Marcelo Carnero: “Si la literatura no me va a dar intensidad no me interesa”

Por Manuel Álvarez

La edad del agua, la segunda novela del autor, es una distopía que plantea un mundo donde el agua escasea, las organizaciones ecologistas funcionan como guerrillas y en el que todo parece estar contaminado.

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Foto cortesía del autor.

Con su prosa poética y la crudeza de sus imágenes, Marcelo Carnero construye una historia que interpela al lector, que lo sacude en su comodidad. El futuro llegó y no les va a gustar, parece decir el autor.

En tiempos donde predomina la autoficción, La edad del agua invita a la evasión. Bienvenida esa invitación.

***

Una de las cosas que más llama la atención en La edad del agua es el cruce de géneros, es una distopía sobre la escasez del agua, pero a la vez tiene realismo, tiene ciencia ficción, tiene policial, todo cabe y funciona, ¿cómo trabajaste esa fusión de géneros?

Yo vengo de un lugar en donde la construcción de mi imaginario lector es un poco caótica, digo, como me pienso como lector, porque a partir de ahí es de donde escribo. Vengo de un lugar marginal, en mi casa no había para leer, no había absolutamente nada para leer porque no había ningún interés en la lectura, y entonces empecé a leer a partir de las cosas que me llegaban. Y eso fue construyendo una forma de lectura muy Frankenstein porque leía lo que venía, leía historietas tipo de Dartagnan y cosas así, me fascinaban las revistas de ciencias, entonces me parece que a partir de ahí fui necesitando esa intensidad de lectura. Eso es lo que trato de laburar en los textos y me parece que cuando no estoy escribiendo en ese cruce de intensidades y de formas, me aburro. Con este texto me pasó que mucha gente me dice “¿pero como no hiciste una novela entera de la primera parte?”, y es porque yo nunca podría hacer una cosa así, no podría sostener 200 páginas así porque me aburriría, a la página 80 me embolo, entonces tengo que cortar y empezar con otra historia. Eso me llevó a ir descubriendo cosas de mi propia escritura que no sabía, me encanta trabajar con muchas historias a la vez, me encanta construir con muchos personajes, para mí no hay personajes primarios ni secundarios, para mi todos los personajes son importantes. Y ahí también fui descubriendo una serie de autores que laburan de alguna forma así, no sé, Thomas Pynchon, por ejemplo. Cuando lo leí por primera vez dije “yo quiero hacer esto”. Me embolan las historias que son lineales, y eso en relación a los géneros y en relación a muchas cosas que pasan adentro del texto a la hora de escribir. Porque a la vez para mí el texto es una construcción de tantas capas distintas de sentido y me parece que pensándolo desde los géneros creo que cada uno me da la posibilidad de trabajar distintas cosas. No hay un solo molde dentro de un texto. De lo que entiendo del género trato de tomar lo mejor para contar lo que estoy contando en ese momento de la historia. No me genera conflicto eso, hay gente que siento que eso la conflictúa, a mí no me pasa. Tampoco me parece que la linealidad de la historia o el registro se pierda. Digo, no la linealidad de la historia en relación a lo narrativo o la narratividad. Yo trato de componer una narratividad propia y ser fiel a eso que me va apareciendo.

Hablaste recién de linealidad y justamente la novela trabaja contra la linealidad del tiempo, arranca treinta años atrás, después va para adelante al presente y vuelve con flashbacks, y a su vez, no hay marcas de tiempo ni de espacio, no está claro cuándo pasa ni dónde, es como si el tiempo se volviera difuso y tuviéramos que mirar a través de una cortina de agua. ¿Qué buscaste con esto?

Esta semana estuve pensando bastante en algunas cosas en relación a cuestiones de cómo nos cooptan en relación a ideas, los imaginarios, ¿no? A mí me parece que si hay un lugar ganado, en realidad un lugar perdido por parte de la gente, es el lugar del tiempo. Estamos totalmente desamparados ante la idea del tiempo y me parece que en literatura los escritores tendríamos que ser un poco más responsables en relación a eso. Porque no creo para nada que haya un solo tiempo que vaya de atrás hacia adelante, para mí el tiempo es multidireccional, simultáneo, todo está pasando al mismo tiempo en todos lados. Y hay algo de eso que trato mínimamente de reflejar en los textos. Me encantan las historias que trabajan en contra de esa idea del tiempo, que se supone lógica y para mí no es nada lógica, digo, pensar que el tiempo pasa en una línea sola. Y sí, eso trato de laburarlo, lo laburé en La boca seca y acá de una forma por ahí más difusa. Aunque me gusta también pensar que el tiempo es un anclaje que el lector busca y que yo no se lo quiero dar. Porque no me interesa tampoco un lector cómodo, me interesa que el lector se sienta incómodo, se pregunte, que le pasen cosas o sino que tire el libro. Me embolan los autores que trabajan para la comodidad del lector, me parece que se le ven los hilos por todos lados, no me interesa tener esa relación ni ese diálogo con el lector, me interesa tener otro diálogo.

El narrador muta a partir del segundo capítulo, se pasa de un pasado en primera persona a un presente en tercera, ¿cómo pensaste esta estructura?

En principio la historia para mí sale de una frase rítmica, no nace de una lógica narrativa, y a partir de ese ritmo puedo escribir, si no tengo esa frase rítmica no puedo escribir. Y esa frase rítmica tiene un agotamiento y es el narrador. Cuando esa voz se agota yo tengo que cortar y armar otra cosa.  Si el narrador se agotó para una parte de la novela necesito otro que me cuente otra cosa, que mire de otra forma el mundo, que se pare desde otro lugar, que me diga completamente lo contrario, no me importa. Entonces ahí voy viendo sobre el pucho qué es lo que va apareciendo rítmicamente y narrativamente. En el caso de La edad del agua sentí que había un corte natural en ese espacio-tiempo que estaba narrando que era la parte de selva en ese primer capítulo, que después, más adelante, me interesó retomarlo de otra manera completamente distinta. Me gusta mucho trabajar con el ida y vuelta de los puntos de vista, me parece que hay algo ahí notable a la hora de narrar que es el hecho de la fragmentación, y me interesa laburar la mirada sobre el mundo. Y después porque entiendo que es una forma de lectura que se está empezando a expandir, no leemos más como hace doscientos años, no leemos, como decía Bolaño, como en el siglo XIX, estamos escribiendo novelas del siglo XIX en el siglo XXI, y la gente no tiene la misma percepción del tiempo, uno no lee de esa forma absolutamente nada. Entonces escribo así, como leo.

En todo el libro se siente la sensibilidad de la poesía, su musicalidad, el uso del comparativo combinado con la oralidad de la prosa narrativa. Esto hace que se cree un lenguaje nuevo, propio. ¿Qué importancia tiene la poesía en tu escritura narrativa?

Para mí la poesía es todo a la hora de escribir. No escribo poesía porque no me asalta más, no me habla más. Y lo que me pasó es que, cuando empecé a escribir narrativa, empecé a escribir con ciertos lugares que me parecían interesantes pensar que es cómo se puede contar desde lo poético, como se puede no usar palabras solamente, sino narrarlas, no solamente narrar historias, sino cómo hacer para narrar una palabra. Siempre hago un ejercicio en el taller que tiene que ver con la adjetivación, si yo voy a decir “pasto verde, montaña alta y océano profundo” y… yo no necesito un libro para saber que el pasto es verde, la montaña es alta y el océano es profundo, decime otra cosa. Entonces narrame eso, qué profundidad tiene ese océano, las tonalidades de ese verde, la intensidad. A mí me interesa trabajar de esa manera. Tal vez también hay algo de marca de origen por esto de La Boca, yo nací ahí, en los conventillos, y ahí estaban los inmigrantes y toda esa cosa de laboratorio lingüístico, entonces fue crecer escuchando muchos retazos de lenguas distintas. Por otro lado, también los autores que busco son de ese estilo. A mi me fascina Lezama Lima y cuando lo doy en el taller me sacan cagando, es muy expulsivo, pero cuando uno logra entrar en ese código es una belleza, porque te das cuenta que hay un entramado del lenguaje, hay un laburo de enhebrar una cosa con la otra, de sentidos, de sonidos, la sensorialidad. Yo busco eso, si la literatura no me va a dar esa intensidad no me interesa.

Otra aspecto que resalta es cómo planteas las apariencias en la novela, desde el cura que no es cura hasta la organización ecológica que funciona como brazo armado, nada es lo que parece y a la vez todo parece contaminado, desde los peces hasta los personajes, todos están sucios, en ese sentido parecen personajes arlteanos. ¿Lo ves así?

Hay cosas que aparecen en el texto, en el sentido de que yo no planifico mucho a donde voy a la hora de escribir, entonces van apareciendo cosas y voy jugando con eso en la medida en lo que puedo. Muchas veces aparecen cosas que no van. Cuando apareció la posibilidad de que el cura no fuera cura dije “esto es maravilloso”, porque el doble fondo me daba mucho margen para construir, sobre ese personaje y sobre todo el alrededor. Después hay algo ahí que me parece que yo quería laburar y era el tema de los enunciados, todo lo que se enuncia. Vivimos en un mundo de enunciados. Voy al Facebook y enuncio que soy un revolucionario y después me tomo un vino de 300 dólares en el sillón, y la gente cree el enunciado. Eso pasa mucho y a mí me interesaba trabajar desde ahí. La organización ecologista que en realidad después se convierte en cualquier otra cosa, los ecologistas que de pacifistas no tienen nada y, después, otra cosa que me interesaba mucho es la reacción en una situación extrema, digo, más allá de las reacciones colectivas que podamos tener ante ciertas cosas, ante la inminencia de algo que no hay forma de reestructurar. Pensando en esto de la ecología, la naturaleza no se puede reformular, no tiene vuelta atrás, entonces la pregunta debería ser qué hacemos ante esa inminencia y no cómo vamos a reaccionar colectivamente, lo que me interesa es cómo vamos a reaccionar individualmente, cómo reacciona el individuo en la intimidad, porque en la calle somos todos “correctos”, pero después, puertas adentro, yo no sé si empezamos a pensar tan políticamente correcto.

El libro está lleno de personajes fuertes pero hay uno que sobresale porque se lo enuncia mucho y aparece poco: Maneces. Su figura ronda toda la novela y aparece recién al final, funcionando un poco como el Kurtz de El corazón de las tinieblas, no tanto por el miedo que provoca sino por la fuerza del eco cuando se lo nombra. ¿Buscabas esto?

Es un personaje que fue creciendo a medida que lo iba escribiendo. En un momento, de hecho, tenía rasgos mucho más delirantes. Y yo tenía que resolver cosas del texto a través de un personaje y, bueno, decidí que la resolución de ciertas cuestiones fueran a través de él. Pero no había pensado esto que decís del Kurtz de El corazón de las tinieblas, aunque hago una relación directa en muchas cosas con el libro, pero no había pensado en particular en ese personaje. Si me pasó que tenía que resolver cosas ahí adentro en relación al personaje de Lumumba, en relación a la organización, en relación a la aparición del personaje en la primera parte mencionado por el cura. Y esto que vos decís, que en realidad no aparece nunca en toda la primera parte, pero su nombre es una presencia. La verdad que no lo había pensado como una posibilidad narrativa, se fue armando y también se fue armando el recorrido de ese personaje, que es lo que me interesa. Pensar de qué manera los personajes van tomando sus propias decisiones dentro de la historia.

La novela también se puede leer en clave política y en presente. El peligro real de la desaparición del agua potable, la corrupción y las mafias de las instituciones que se supone deberían regularlo, en ese sentido la novela dialoga con estos tiempos. ¿Creés que tiene una carga de actualidad?

Hay dos cosas ahí. Una es la posibilidad estética que me da la idea de trabajar con una distopía, que es algo que me interesa. Y me interesa la distopía porque para mí el mundo es distópico. Por otro lado, cuando empecé a escribir este libro estaba escribiendo otra cosa, una novela que tenía bastante avanzada, y me puse a ver un documental sobre el tema del acuífero guaraní y estaba mirándolo y en ese mismo momento empecé a escribir. Paré el documental y empecé, esto que te decía de las situaciones rítmicas, dije “acá hay algo”. Después me puse a buscar porque soy medio fanático de las teorías conspirativas, entonces investigando empecé a ver todo las cuestiones que había alrededor de la triple frontera. Y ahora hace poco vi una noticia similar a la primera parte de la novela, cuando el cura cuenta que están poniendo bases en donde hay recursos naturales, apareció una nota sobre la triple frontera de la relación entre el narcotráfico, los grupos de ISIS y un tipo que metieron preso y es el que lava guita. Y ahí dije “esto es loquísimo”, todas esta serie de noticias bizarras y conspiranoides pasan. Sí, me parece que tiene una carga de actualidad.

Si hay algo que no escasea en la novela es justamente al agua, está en todas partes y con múltiples interpretaciones, desde la lluvia hasta el río, como amenaza y como salvación. Al principio se dice que la música debe tener uno de los orígenes en la lluvia, más adelante el cura la define como “un viejo animal mitológico habitando la tierra debajo de nuestros pies”, y al final uno de estos medio zombies lo cruza a Níctor y le dice: “vos sos el agua”. ¿Qué representa el agua para vos?

En mi imaginario el agua es muchas cosas. Primero, una cosa muy rara que pasaba en La Boca, como los edificios son construcciones muy viejas, yo vivía arriba y no llegaba el agua, no había presión de agua, entonces teníamos que cargarla en un bidón porque no había en ningún lado. Después, mi vieja trabajaba en el hospital de niños en la parte de hemodiálisis, entonces yo la acompañaba en busca de agua, y el agua era una cosa líquida que todo el tiempo estaba presente. Eso por un lado. Después de más grande empecé a tener un viaje con el agua porque para mi el agua es un elemento que tiene una carga muy fuerte para lo que es la humanidad, esto que nos preguntamos de si hay agua en algún lugar, si estamos hechos de agua, para mí el agua es Dios. Si hubiera un Dios pensaría que es de agua. Me parece un elemento alucinante, podría pensar el mundo sin un montón de elementos, ahora, no se me ocurre cómo podría ser sin agua.

La edad del agua por Marcelo Carnero.

Mardulce, 2018.

160 páginas.

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