El ansia por contarlo todo en Los árboles

Por Fernando Berton

En la novela editada por Modesto Rimba, Hugo Correa Luna juega con todos los costados de su propio acto de narrar

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Una forma posible de encarar la reseña de Los árboles es tratar de ver en la novela qué nos dice sobre ella misma, ya que, desde el epígrafe de Juan José Saer, Los árboles se presenta como una escritura que va en distintos sentidos. Todos a la vez, claro, ya que de lo contrario no valdría la pena remarcar esto. Veamos un ejemplo de la página 142:

El tiempo corría de un modo diferente, se decía Valerio Gardini (h), cuando uno estaba así; ni más rápido, ni más lento, ni normal, diferente. Por ejemplo, seguía diciéndose, podía pasar y simultáneamente no pasar, como si se pareciese a las raíces de un árbol: unas más delgadas, otras gruesas, algunas profundas, algunas casi al ras de la tierra –que era, para Valerio Gardini (h), el ras de la tierra, se entiende, el tiemo normal–, y é iba y venía por ellas.  Era así: como si perdiera la consciencia de su paso.

Con esta cita, la novela de Hugo Correa Luna se autodefine: es una escritura que va y viene por sus propias raíces, va a lo profundo para luego ramificarse en las alturas, y sube y baja por el tronco, desde el cielo hasta lo más hondo de la tierra. Es que el árbol simboliza, entre otras cosas, el eterno renacer: después del invierno, esas ramas secas, yermas, vuelven a brotar y a cubrirse de verde. Pero ¿cómo describir un árbol en su totalidad?

En un sentido estricto, el héroe tendría que dejar de vivir para poder escribir, de lo contrario, nunca sería capaz de ponerse al día. Si quisiera ser ehaustivo, además debería incluir en su biografía el acto de escribir esa biografía … Narrar es un intento de plasmar de forma secuencial una realidad que no es secuencial en absoluto.

Esto mismo parece decir la novela un poco más adelante:

Naturalmente, como pasa con los sueños, no conseguía recordar nada fidedigno, por momentos le parecía que sí, pero cuando lo ponía en palabra sabía que no, que no era así como estaba diciendo. Y pensaba que si sabía que no era así, así como le estaba diciendo, entonces quería decir que sí lo recordaba, sí. Es pero no es, pensó en seguida. Los sueños tienen esas cosas, les comentaría más tarde al Turco Bezerra, a Panizza y al Gringo Lödola, todavía extrañado: son pero no son.

Ahora bien, por más que aquí se hable de un sueño, que de por sí suelen tener una lógica bastante alocada, ¿no pasa lo mismo con la realidad, con lo que llamamos realidad? Pretender plasmar de forma secuencial una realidad que no es secuencial en absoluto, como dice Eagleton, es casi un absurdo. Tal vez por ser consciente de ello es que Los árboles empieza con una dedicatoria y epígrafe de Saer, que tan bien mostró ese intento de ir en diversas direcciones a la vez con su escritura:

AMANECE

Y YA ESTÁ CON LOS OJOS ABIERTOS

Parece no escuchar el ladrido de los perros ni el canto agudo y largo de los gallos ni el de los pájaros reunidos en el paraíso del patio delantero que suena interminable y rico, ni a los perros de la casa, el Negro y el Chiquito, que recorren el patio inquietos, ronroneando excitados por el alba, respondiendo con ladridos secos a los llamados intermitentes de perros lejanos que vienen desde la otra orilla del río. La voz de los gallos viene de muchas direcciones. Con los ojos abiertos, echado de espaldas, las manos cruzadas flojas sobre el abdomen, Wenceslao no oye nada salvo el tumulto oscuro del sueño, que se retira de su mente como cuando una nube negra va deslizándose en el cielo y deja ver el círculo brillante de la luna; no oye nada, porque cincuenta años de oír en el amanecer la voz de los gallos, de los perros y de los pájaros, la voz de los caballos, no le permiten en el presente escuchar otra cosa que no sea el silencio.

Otro recurso del que se vale Correa Luna para esta cuestión de mostrar varios planos simultáneamente es poner a reflexionar a un personaje que, después de uno o varios párrafos, vuelve al lugar de partida. En Los árboles, por ejemplo, entre las páginas 68 y 69, don Antonio piensa en su mujer, Tita, en el viaje que la alejó de él, en si los hijos separan a las parejas, si es mejor no tenerlos. Abre y cierra casi con la misma frase:

No habían sido, pues / por lo tanto, semanas fáciles para Marchiarena, que había andado de aquí para allá, desasosegado, en definitiva. Y quizás sea este el desasosiego de querer narrar esa realidad huidiza:

Pero además, la pregunta del padre Lima –de apariencia tan inocente, tan desinteresada, por así decir, aunque lo que revelara fuese un interés humano, una mera curiosidad, pero que se ubica en el límite entre el mundo de Dios y el de los hombres–, la pregunta del padre Lima le devolvió además, entonces, las urgencias teológicas que lo habían asaltado al salir de la misa del domingo –quizá, pensó Valerio Gardini (h) al darse cuento de ello, también esa hubiera sido la causa del mal dormir–, esa urgencias, pues, que le asaltaban la consciencia, a saber: si quien acostumbre a comulgar cada domingo disminuye a los ojos del Señor cuando falta por una vez al hábito, y si no hay soberbia, además, por otro lado, en ello, puesto que la razón, así, está postulando un Dios domesticado por la costumbre del feligrés. Todo eso lo paralizaba ante el bondadoso sacerdote, y sólo atinó a mirar su reloj desacomodadamente y sintió, al mismo tiempo, que al hacerlo, al mirar con descortesía el reloj, ofendía su ministerio y estaba, d esa manera, como quien dice, entre que me voy y que me quedo. (Págs. 86-87)

Lo que aquí muestra Los árboles es que la intención de contar la simultaneidad de los hechos se choca con lo fragmentario de la realidad vista por una sola persona: en efecto, uno no puede abarcarlo todo, ni siquiera contarlo, como se ha dicho. Por eso recurre a una prosa fragmentada, que junta pedacitos de realidad entre comas, guiones, cambios de tiempo y, extrañamente, sin paréntesis. Se vale de una escritura que, para lograr ese efecto de contarlo todo a un tiempo, lo que sabe y lo que no, lo que pasa o podría pasar, lo lleva, como quien amasa, para un lado, para el otro, hace un bollo y o vuelve a estirar.

Tal vez quede también dicho nítidamente casi al final:

La fiesta –pensó entonces, sin melancolía – había alcanzado su clímax antes de que llegasen los invitados. No era que lo que seguía no importara, pero tal vez, en realidad, no importara verdaderamente: acaso todo el esfuerzo había sido necesario para lograr ese instante.

Los árboles de Hugo Correa Luna.

Modesto Rimba, 2017

160 páginas.

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