El trance festivo de la descomposición en Clímax

Por Rodri Botta

En el marco de la Semana de Cine del festival de Cannes realizada en Argentina, se proyectó a sala llena la última película de Gaspar Noé. Entre risas, el director definió a su última película como un musical.

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“Vivir es una imposibilidad colectiva”,

Climax, Gaspar Noé.

 

I

Efectivamente Climax (2018) es un musical. Uno extraño, extremo, que lleva impresa la huella poética de Gaspar Noé. En este caso, el director de Love (2015) e Irreversible (2002), mantiene la rigurosidad formal y el virtuosismo técnico de sus últimas películas. Y a su vez vuelve a rumiar las obsesiones temáticas que atraviesan toda su filmografía: la crueldad y la desesperación de la vida cotidiana, el tedio, la soledad, la pérdida de la comunicación, de la comunión armónica con el otro, la fricción desgarradora de los cuerpos, el goce y las opacidades del deseo, las pulsiones (auto)destructivas de las personas, el trasfondo animal de la condición humana, el aborto, la experiencia sensorial de los trances narcóticos y la violencia ejecutada con metódico sadismo sobre los cuerpos. Filmada siempre desde un registro neutro directo e hiperrealista –en sintonía con el Pasolini de Saló (1975) y el Osvaldo Lamborghini de El niño proletario (1973)– que potencia el efecto de violencia y crueldad, la película lleva al espectador hasta el límite de lo que su “buena conciencia” le permite soportar y, ¿gozar?

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II

La historia de Climax es simple y, supuestamente, verídica. Transcurre en Francia en el año 1996, dentro de un internado deshabitado. Allí después de varios días de intensos ensayos, un equipo de bailarinas y bailarines realizan una fiesta para celebrar la finalización de su trabajo coreográfico. En este espacio hermético, asfixiante, el aire libre solo penetra en contadas excepciones. Los exteriores aparecen exclusivamente al comienzo y al final de la película, como si delimitaran de manera tajante el territorio endógeno de la historia y la fiesta.

El musical se compone a partir de una serie de elementos concretos: una fiesta, bailarinas, bailarines, vinilos, un dj, una sangría, un niño, la bandera de Francia, un pasillo, un espejo, luces, habitaciones, gritos, lágrimas, fuego, sangre, drogas. Estos elementos, como si fueran notas musicales, se despliegan y combinan entre sí, a ritmo caótico y descontrolado, produciendo modulaciones rizomáticas y múltiples atmósferas, cuyos climas se van enturbiando progresivamente hasta vibrar en las zonas más salvajes, desgarradoras e inhóspitas de la existencia humana.

III

En el comienzo de la celebración, delante de las bandejas del dj y de una brillosa y enorme bandera de Francia, durante un extenso y magistral plano secuencia en el que la cámara flota por el espacio y los cuerpos dando la sensación de captar hasta las partículas del aire, el equipo de baile despliega el resultado coreográfico de sus ensayos.48992800_300209373965348_7130404679325843456_n

Una vez finalizada la coreografía este abanico de personajes heterogéneos se dispersa por el espacio. Todavía están sobrios, distendidos, disfrutando del inicio de la fiesta. Por los alrededores de la mesa, donde reposa la sangría secretamente contaminada con LSD, las bailarinas y los bailarines conversan, se ríen y beben. En sus bromas y diálogos casuales se visibiliza el componente fascista del habla cotidiana. Sus palabras destilan la dosis de violencia, humor fálico, xenofobia, homofobia, mezquindad y discriminación sedimentada en la lengua hasta el día de hoy.

IV

Por otra parte, a lo largo de toda la película, Gaspar Noé sostiene un humor despiadado. Incluso en las situaciones límites, en las más incómodas y perturbadoras, donde la moral y “el buen gusto” reprimen la risa, el director de Enter the void (2009) avanza con una lucidez y una frialdad tan extrema y certera como la muerte.

 

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Su risa oscura, nihilista y cruel, en ciertos momentos adopta la forma de la sátira política. Climax, según nos aclara irónicamente uno de sus intertítulos conceptuales– es “un film absolutamente francés que está orgulloso de serlo”. En ese sentido, la enorme y abrillantada bandera de Francia, que ocupa un lugar central dentro del decorado de la pista de baile, funciona como el telón de fondo donde se proyecta la violencia que vemos en escena. Los símbolos de la Francia republicana, Liberté, Égalité y Fraternité, si alguna vez existieron, se han convertido ahora en un ornamento vacío, artificial y carente de sentido.

Noé parece señalar que los pilares de la democracia burguesa francesa se encuentran en un proceso de descomposición irreversible. Porque no solo carecen de la capacidad para armonizar los conflictos y fricciones que acontecen entre las personas sino que, peor aún, son esos mismos valores y aquello que reprimen lo que engendra las monstruosidades que afloran sobre la pista de baile (que no es otra cosa que una metonimia de la sociedad francesa contemporánea).

V

Pero, en última instancia, la historia de Climax es la historia sensorial y existencial de un oscuro trip grupal. La fiesta de Climax, a medida que pasa el tiempo y aumenta el nivel de alcohol y ácido en sangre, se vuelve cada vez más turbia e irrespirable. La cámara, como un personaje más inmerso en el trance, se desplaza mambeada por el espacio. Se acerca y distancia de las luces, los sonidos y los personajes. Por momentos, parece acariciar sus pieles; por momentos, parece morderlas, desfigurarlas. En un par de ocasiones, incluso, queda invertida y se arrastra a la altura del piso.

48412794_1955404771224282_5489499457382776832_nLa fiesta configura un espacio ritual, similar al de las celebraciones dionisíacas, donde los cuerpos se liberan de los encorsetamientos de la razón, de los protocolos de la moral y de las buenas costumbres. Lo que el pacto social reprime irrumpe. Y el trasfondo animal de la condición humana prolifera ardiente, en toda su intensidad, su violencia y su crueldad. Climax, siguiendo a Bataille, es ese punto ciego donde la conciencia se diluye y lo prohibido se hace transgresión. Los cuerpos, animalizados, retorcidos, lastimados, la radiación intensa de las luces y colores, los estímulos sonoros superpuestos, la sangre, los gritos, la violencia y las alucinaciones cohabitan en el tiempo-otro de la fiesta y se vinculan entre sí dentro de ese núcleo orgánico de materia viviente donde se enredan indistinguibles la pulsión de vida y la pulsión de muerte.

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