Él Mató a un Policía Motorizado: memorias del subsuelo

Por Julieta Heredia

Un recorrido por la historia de la banda que refugió a toda una generación, partida entre discos y pantallas.

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Fotos por Matías Casal para Indie Hoy

Para algunos músicos, crecer es bajar de a poco el nivel de los pedales de distorsión hasta que se convierten en bypass, pero no es el caso de Él Mató: si bien su último disco explora un sonido más limpio y complejo, las huellas del origen se descubren por momentos en guitarras saturadas y bases detonantes.Lo-fi con gloria”, como define Shaman Herrera en el libro Más o menos bien, de Nicolás Igarzábal. La distorsión con épica.

¿Cuántas cosas cambiaron en quince años? Una constante para muchas personas de toda una generación y quizás la relación más larga de sus vidas fue con las canciones de Él Mató a un policía Motorizado. Para celebrar este aniversario, la banda platense nos llevó de viaje por toda su discografía en el estadio cubierto de Tecnópolis, frente a la multitud más grande que llegó a congregar en una sola noche y después de varios preámbulos.

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Pero volvamos al principio. Un jueves de agosto en 2004, según la agenda del suplemento No de Página/12, esa noche tocaba Gori, Decenadores, Nikita Nipone y El Mató un Policía (sic) en el Salón Pueyrredón.  El efecto fue instantáneo y todas las piezas estaban ahí desde el comienzo: el magnetismo del ruido constante y las letras breves, guitarras al frente con la presencia inusual del slide en una banda indie, un cantante-bajista que hablaba a menos de 20 pulsaciones por minuto y el misterio de cuatro músicos que tocaban en Capital por primera vez. En aquella época seguíamos a dos o tres bandas de los ‘90 que todavía sacaban buenos discos, pero eso cambió con el nacimiento de una etapa creada especialmente para nosotros: los hijos del medio que llegamos tarde a la industria discográfica y temprano a las plataformas digitales, o los que escuchábamos música de “afuera” sin traducción local. Era el tiempo de los sellos autogestivos y del rock espacial que nos despertó.

Gracias a la experiencia que traía cada integrante de otras bandas fugaces, Él Mató tuvo dos grandes ventajas. “Morían los proyectos antes de entrar a grabar. Yo pensaba que grabando el disco primero, antes de tocar, nos íbamos a sacar esa mufa de encima. Después somos libres y de paso la gente tiene algo para llevarse”, cuenta Santiago Motorizado en La ruta del sol, el libro que editaron en 2017 con textos de Walter Lezcano. También salieron al mundo con una identidad definida, su propio universo simbólico a partir de letras, intertextos, ilustraciones, diseños de flyers y portadas.

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En 2005, después de una serie de recitales en Remember, a los que asistían menos de cincuenta personas, pasaron a su primer show de gran escala en el Ciclo Nuevo! del Centro Cultural San Martín, que reunía artistas emergentes todos los fines de semana. Con butacas llenas en la sala A/B, las visuales detrás del escenario tomaron protagonismo y empezaron a mostrar escenas de ciudades, rutas y demoliciones para reforzar ese imaginario que estaban creando en otros niveles. Y así pasaron del sótano de Remember al de Unione e Benevolenza, al Marquee, a Niceto, a los teatros y festivales de Buenos Aires y alrededores. Entre el público de estos lugares también estaban las bandas que después se sumaron al sello Laptra, como Go-Neko! y un joven Prietto que regalaba los CD-R de las primeras Lou Fai Home Sessions.

Otra escala antes de volver al presente: en abril de 2008, Él Mató tocó en el Teatro 25 de Mayo, el “pequeño Colón” de Villa Urquiza, y fue un día inolvidable por muchas razones: el espacio y la acústica excepcional del teatro antiguo, las visuales que develaron de dónde había salido el nombre de la banda (porque se proyectaba la película R.O.T.O.R. de 1987, un montaje preparado para la ocasión por Diego Trerotola), la presentación anticipada de Día de los muertos que lanzaron seis meses más tarde, y el hecho de que casi se suspende cuando empezaron a hacer pogo sobre una tabla de madera que cubría el foso de orquesta. Entonces encendieron las luces para desalojar el lugar pero la banda siguió tocando y se escuchó el cierre de la trilogía de la mejor manera.

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Después, los recitales de fin de año en solitario o en las ediciones del Festi Laptra tuvieron una conexión particular, una sensación de calma antes de la tormenta. Es el diciembre final, el tiempo del no-tiempo, el verano eterno que nunca llega. “Y nada más atemporal que el Apocalipsis: todos los años es el fin del mundo”, resumió Lezcano, el escritor y periodista que también define al disco Día de los muertos como un verdadero “viaje al fin de la noche”. Busco este libro de Céline para retomar una frase que tenía marcada: “Ya no nos queda demasiada música dentro para hacer bailar a la vida: ahí está. Toda la juventud ha ido a morir al fin del mundo en el silencio de la verdad”. Pero la costumbre de volver a las canciones que nos hicieron felices en otro tiempo, rodeados casi por las mismas personas, es lo que nos mantiene despiertos. Todo el universo depende de eso.

Así llegamos de nuevo a diciembre en el estadio de Tecnópolis (después de las giras y reconocimientos internacionales, ya leídos en otras notas) con miles de espectadores en el campo y la platea, con las luces y efectos visuales en el escenario que imprimen los tonos de La síntesis O’Konor, el único disco que tocaron en su totalidad. Sin embargo, no dejaron ninguna etapa afuera de la lista de treinta canciones que estuvo dividida en partes casi simétricas, cada una con la introducción breve y melódica de El magnetismo, Noche negra y Alguien que lo merece, la balada ternaria al mejor estilo Spiritualized. Una de las sorpresas fue la presencia de Mora, tecladista de 107 Faunos, para cantar Terrorismo en la copa del mundo tal como la grabaron hace quince años. 

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El final es el principio y el final: después de los bises que siempre incitan al pogo como Más o menos bien, Chica rutera y Mi próximo movimiento, se despidieron con la canción que cerraba todos sus shows durante los primeros años, Prenderte fuego. En aquellos sótanos y salas pequeñas donde ya no volverán a tocar, ese era el momento de caos cuando quedaban más personas arriba del escenario que abajo, el momento de improvisar desenlaces cada vez más ruidosos donde todos se subían a gritar y prender sus propios fuegos simbólicos.

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