Roberto Echavarren: Una aventura del pensamiento

Por ná Khar Elliff-ce

El Poeta uruguayo adelanta detalles sobre la trilogía de libros El Pensamiento Chino, El Pensamiento Hindú y El Pensamiento Budista.

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Roberto Echavarren es poeta, narrador, ensayista, traductor y editor, nacido en Montevideo, Uruguay. Responsable de una de las muestras de poesía más leídas y referidas del continente, Medusario, muestra de poesía latinoamericana, Fondo de Cultura Económica, 1996, reeditada por Mansalva en Argentina.

Entre las caracterizaciones que Echavarren desliza de la poesía (en particular de aquella que fuera denominada neobarroca) encontramos una que la describe como aventura del pensamiento (en su prólogo a la muestra Medusario). Esto también caracteriza su escritura según sus pirotécnicas actualizaciones del infinitivo pensar: en verso (una pangimnasia de los sentidos y de las ambiguaciones), en ensayo (investigación siempre anterior del trans y de sus líneas de fuga), en novela (la impunidad deseante que entrevista, curiosea, trasviste), y en traducción (último disfraz de sus llamadas).No es un disfrute de cosas adquiridas, sino un rito, una aventura (…) presenta el aspecto sagrado de la aventura total del hombre” (Lezama Lima), el persistente manar de la manada echavarreniana que, por casualidad, sólo porta un nombre y un nacimiento pero que ya es Legión.

A manera de breve muestra: los libros de poesía Centralasia (Premio Ministerio de Cultura de Uruguay, con ediciones en Argentina –tsé=tsé– y México, más una edición bilingüe en Brasil); El expreso entre el sueño y la vigilia (Premio Fundación Nancy Bacelo); Ruido de fondo; El monte nativo –edición de Juana Ramírez en Argentina–.

Performance, volumen mixto cuya edición estuvo a cargo de Adrián Cangi: antología de poemas, entrevistas, reseñas críticas alrededor de su obra hasta el año 2000.

Los ensayos: El espacio de la verdad: Felisberto Hernández; Arte andrógino (Premio Ministerio de Cultura de Uruguay); Fuera de género: criaturas de la invención erótica; Michel Foucault: filosofía política de la historia.

Las novelas: Ave Roc (ediciones en español y en portugués); El diablo en el pelo; Yo era una brasa; Archipiélago; Las noches rusas: una crónica acerca de la vida política y cultural de Rusia durante el siglo XX.

Como editor está a cargo de la editorial La Flauta Mágica, Montevideo, especializada en ediciones críticas bilingües de poesía y en el rescate de obras poéticas imprescindibles escritas en español.

Titular esta entrevista una aventura del pensamiento, más acá de lo señalado, es una flecha lanzada hacia el blanco de este diálogo: la trilogía inédita El Pensamiento Chino, El Pensamiento Hindú y El Pensamiento Budista, que Echavarren abaraja como uno de los juegos más inusitados de la región trasplatina. Primicia sabrosa para sus lectores habidos y por venir, y otra de las cabalgatas orientales a las que el máximo desorientador de la interzona invita en su siempre hoy, en su siempre más jovial coronación de la curiosidad barroca.

***

En tu escritura de estos años hay un vector oriental que te lleva a Rusia, a China, a India, primero a través de un libro édito (Las Noches Rusas) y luego a través de una trilogía de inéditos (El Pensamiento Chino, El Pensamiento Hindú y El Pensamiento Budista). ¿Cómo insiste ahora esa otra parte del pensamiento, de la experiencia, que suele guiar tus investigaciones?

De adolescente tuve el impulso de irme lo más lejos posible de Uruguay. Alemania me pareció en ese momento el territorio más lejano que pudiere alcanzar. Allí estudié filosofía. Viajar significa aprendizaje o inmersión o apropiación de un enclave, que incluye un idioma particular, o varios, una idiosincrasia, vale decir la historia condensada de esas regiones, manifiesta en el presente de un modo característico. Me doctoré en París y enseñé en Londres, de modo que, en conjunto, Europa fue mi primer campo de aterrizaje.

El segundo fue Rusia. Yo buscaba una historia, el episodio de un oficial que se veía de pronto entre dos fuegos. En Petersburgo y en Moscú me dediqué a recolectar historias de vida de ancianos sobrevivientes del frente ruso y del sitio de Leningrado durante la segunda guerra mundial. Encontré la historia que buscaba y muchas más. Al reseñar mi libro Las noches rusas, un crítico dijo que yo viajaba por motivos casi geológicos. En el caso de Rusia, o del nadir del siglo xx, me interesaba saber hasta qué punto era soportable el horror de la situación, cuáles eran las características concretas de esa condición extrema, durante la guerra, entre la implacable autoridad por un lado y la violencia de las armas por el otro, y las vivencias de un cuerpo atrapado allí; vale decir, no sólo un cuerpo, sino muchos millones. Por cierto, aproveché la ocasión para investigar y escribir sobre el brutal gobierno de Lenin y sus secuelas, así como para dedicar buena parte de mi tiempo y energía a revisar las vidas y las obras de los poetas y artistas reprimidos por el régimen soviético.

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Más tarde, hice dos viajes a Indonesia. Tomé como desafío adentrarme en esa coyuntura geopolítica, en el pensamiento indonesio, si puede llamarse así, y en la vida cotidiana de ese país plural donde coexisten cazadores de cabezas con una megalópolis como Jakarta. Noté que salvo el animismo local, los otros componentes de la  cultura indonesia eran el hinduismo y el budismo, que se infiltraron a partir de los primeros siglos del primer milenio, culminando en los monumentos del siglo VIII en Java. Me interesaba explorar los sustratos anteriores a la penetración del islam, que tuvo lugar a partir del siglo XV. Esos elementos anteriores todavía están presentes de manera residual, y en la isla de Bali, donde el islam no pudo penetrar, conforman la cultura predominante. El otro componente decisivo de la cultura indonesia es la inmigración china, que suele estar en conflicto agudo o latente con la religión mahometana mayoritaria.

De ahí surgió el plan de mi trabajo: revisar el pensamiento chino, llevar a cabo comentarios de textos de la tradición védica, así como de la doctrina budista, deteniéndome en particular en aquellos textos del budismo Mahayana que eran más leídos en el siglo VIII en Java y que fueron ilustrados en los relieves de piedra de la estupa de Borobodur en Java central.  Hasta ahora completé El pensamiento chino y El pensamiento hindú, y estoy escribiendo El pensamiento budista.

Ese sentido de fuga que mencionás, se vuelve en esta trilogía una diagonal de máxima. ¿Percibís que ésta arroja un guante, un chispazo que es una pregunta, hacia nuestras prácticas culturales que a vos (pensador andrógino) te interesa dar relieve?  

Bueno, déjame decirte primero que ya no hay exotismos. En el siglo XIX Europa descubrió algunos textos védicos y sabemos que gravitaron sobre el pensamiento de Schopenhauer, por ejemplo. Por otra parte, he consultado durante décadas el I Ching, en la traducción de Richard Wilhem. Ha sido un guía excelente. No sólo quería huir de Uruguay sino de la tradición cristiana en la que fui criado. Por un lado están las religiones del Libro, judaísmo, cristianismo e islam, que forjaron un aparato eclesiástico y nociones de ortodoxia y blasfemia. Apoyadas por el poder político, esas creencias pudieron imponer su idea de ortodoxia por la fuerza. Prefiero reservar el término religión para calificarlas. En cambio, en China o la India no hubo noción de ortodoxia. Vedantismo y budismo convivieron, tanto en la India como en Java y otros lugares, sin aparentes fricciones violentas. Es curioso que el libro central del pensamiento chino, el I Ching, no es un texto revelado por cierto dios sino un libro de adivinación que capta el estado de las situaciones y sus vectores muchas veces secretos o no percibidos. A esas vertientes del pensamiento, en su costado ritual, me parece apropiado calificarlas como cultos y reservar el término religión al ámbito donde se inventó: las guerras de religión europeas del siglo XVI, y, anteriormente, el conflicto entre cristianismo e islam. Es sorprendente cómo los brahmanes hindúes, en vez de defender una fe rígida, resbalaron o evolucionaron hacia un pensamiento sin dioses. Además, a través de los siglos, los dioses derivaron unos en otros. Ni el budismo ni el pensamiento chino necesitaron a los dioses como soportes de su visión del mundo o de su conducta. La idea de texto revelado no tiene mucho sentido aquí. No hay palabra divina ni texto dogmático superior a todos los otros libros, por más que haya escrituras veneradas.

Lo que propongo es otro tipo de ubicación diversa del modelo en que fuimos criados. Pero el pensamiento oriental ya permea nuestra cultura. Basta referirse al yoga por ejemplo, a las técnicas de respiración, a la idea misma de meditar. En mi caso concreto, en tanto escritor y examinador de textos, me interesó ir directamente a un conjunto de obras literarias que me parecieron particularmente elocuentes. No me interesó generalizar sino ir a lo concreto, citando mucho, para que la glosa o interpretación no desvirtuase la articulación precisa en que fueron formuladas.

Es un ejercicio personal de investigación, que me llevó a fuentes antes desconocidas por mí. Si mis libros al publicarse estimulan a algún lector, eso será para mí una recompensa extra. No olvido el enclave en que vivo, y por lo tanto me interesa que mis esfuerzos, si es posible, reverberen en ese enclave antes que nada.

A través de mi tarea busco devenir otro del que era, que es mi modo de mantenerme fiel a mí mismo. Vivo en tránsito. Cada estímulo obra a un nivel empírico, pero no tanto en relación a un  yo, sino a un campo de consistencia, algo así como la tela tensa de la araña que recoge vibraciones. Cada figura retumba en una cámara de eco o de figuración por encima o por debajo de su concretud literal.

En relación a esto que decís me viene a la memoria algo que comentás en la Introducción al Pensamiento Hindú: “predomina la tendencia aditiva y no sustitutiva”. Tendencia que se aprecia en tu obra y que Lezama percibía en la suya calificándola de summa. En la tuya parece proceder de un fondo vital: captar la invención de estilos de vida y sus prácticas y desde allí dejar crecer esas adiciones. Desde esta suma de unas doctrinas milenarias, ¿cuáles invitarías hoy a recorrer?

La tendencia aditiva debería predominar por encima de esos textos supuestamente eternos que no toleran adiciones, porque las consideran herejías. Son los textos revelados, trátese del Corán o del marxismo-leninismo. Mis lecturas chinas o hindúes me confrontan como escritor y poeta y sobre todo como viviente. Lo que veo en el pensamiento chino, por ejemplo, es una alternativa entre alguien como Confucio, músico y poeta y concernido por la tradición libresca, que rescata la herencia del pasado y quiere llevar la cultura a su excelencia, aunque sin traicionar jamás su propia autonomía de pensamiento, y la actitud de alguien como Chuang Tse quien, a pesar de ser letrado, y justo por serlo, se desliga deliberadamente de la sociedad de los hombres e incluso de los libros y de la responsabilidad de la memoria, para dedicarse a una experiencia interior/exterior chamánica, vuelos furiosos y galopes entre nubes de tormenta.  Hay cierta simetría entre Chuang Tse y una obra como el Astavakra Gita dentro de la tradición vedanta. Lo que tienen en común es una decisión de apartarse de los hombres para concentrarse en algo que algunos llaman sí mismo, o alma, o también cuerpo inventado o, para recurrir a la terminología de los Upanishads, atman y brahman.

Ese sí mismo se diferencia de un ego o un yo empírico. Rebasa los límites del cuerpo y hasta del ser o no ser. Es algo invisible que permea todo. El alma singular se funde con el alma universal (atman se funde con brahman). Ponerse en contacto con el  alma universal relativiza la supuesta consistencia de cada cosa, que pasa a depender de la convención y de la lengua. Tales posiciones (de Chuang Tse y del Astavakra Gita) prescinden de la moral: la relación con los hombres queda en suspenso. Son individuos retirados, se desligan de responsabilidad hacia los otros. Es una actitud ética de respeto a sí mismo, a la propia dignidad, a la autonomía y honestidad, que nos deja en libertad de experimentar vivencias y sensaciones.

¿Y quién quedaría a cargo de la moral?

La moral, en la India, queda a cargo de la clase guerrera, que es también la clase que en último término sostiene a los dioses. Los dioses fueron plasmados en el Rig Veda,  el libro más antiguo de la India. Puesto que el poder de los dioses es superior al de los hombres, ellos encarnan una noción de castigo, venganza, o justicia. El aspecto justiciero se mantiene, aunque ellos sean injustos. Varuna es feroz pero justo. Indra puede ser feroz pero injusto. Otros dioses aparecieron o adquirieron mayor relieve del que tenían antes. Los Upanishads desprecian a los hombres que veneran a los dioses. Al venerarlos y pedirles favores, los hombres se transforman, dicen, en perros o animales domésticos de los dioses.

La casta guerrera permanece fiel a los dioses (esto se aprecia en el Mahabarata, la épica más larga de la literatura universal). La casta guerrera considera que la acción en el mundo es válida. Esta es su razón de ser. Justifica su existencia. Según tal convicción moral, y siguiendo la recomendación de los dioses, la acción resulta transformadora y restaura la justicia. Los guerreros elaboran la noción de deber. Mientras la casta de los sacerdotes o brahmanes tiende a la no-acción.

El Mahabarata, y en particular el capítulo titulado Bagavad Gita, estipula cómo debe ser la acción. El acto debe hacerse por sí mismo, por su adecuación, necesidad, deber; no en vista a los resultados o ganancias. Una línea del I Ching dice: “Un príncipe lo ofrece al hijo del cielo. Un hombre mezquino es incapaz de esto. Un hombre mezquino se daña a sí mismo.” Hace el esfuerzo sólo por un deseo de ganancia.

El pensamiento budista es el libro que ahora estás escribiendo. Aprovechando esta situación y lo que acabás de comentar,  preguntarte si hallás en el budismo esa suerte de bisagra que le permite articularse a la vez con el zen, con el vedantismo y con el pensamiento chino. ¿Esto funciona así, incluso hoy,  ya que viajaste a algunos de sus enclaves?

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Es interesante considerar el desplazamiento de Siddharta con respecto al espíritu brahmánico. Atman y brahman son nociones dejadas de lado por Siddharta. Lo fenoménico de la experiencia, según el punto de vista budista, no tiene por qué aceptar realidades sustanciales. Dentro del fluir de lo que aparece y cesa, Siddharta recomienda no preocuparse por nociones, sino meramente concentrarse en evitar el sufrimiento y alcanzar la paz. Prefiere no decir nada acerca de sustancias eternas. Niega la realidad del yo y no deja nada en su lugar. Ahora bien, el budismo zen (China y Japón) es una nueva vuelta de tuerca dentro de la tradición budista. Parece olvidar la dialéctica entre el sufrimiento y el nirvana, que preocupaba a Siddharta. El zen retiene un solo un rasgo del budismo: el estar atentos. La atención es una tarea epistemológica crítica que nos preserva de engaño. El engaño es tomar lo real a un solo nivel, el de las apariencias, o el del lenguaje que define, sin tener en cuenta que todo lo que parece concreto y determinado es parte de un conjunto inseparable, un campo de energías. Dado que no pueden considerarse a un solo nivel, las cosas son y no son a la vez.

La corriente media del budismo, el Mahāyāna, floreció después del Hinayana, que adhería a los dichos de Siddharta. El Mahāyāna trajo al budismo el mito hindú de la encarnación de Vishnu. Krishna es un emisario que el dios Vishnu envía a los hombres para restaurar la justicia en la tierra.

En el budismo Mahāyāna, Krishna fue reemplazado por el principio buda, algo que ya no es Siddharta y mora en el cielo más allá, igual que Vishnu en el palacio de los dioses. Ese principio buda vive lejano, pero de vez en cuando se compadece de los hombres y envía un emisario—un Bodhisattva—para ilustrarlos y protegerlos, y también conducirlos finalmente a ciertos tipos de paraíso: las Tierras de Buda. Siddharta consideraba la extinción. Su perspectiva descarnada es sustituida, en el imaginario Mahāyāna, por una proliferación de decorados, de visiones paradisíacas. Cada bodhisattva prometía un paraíso diferente, unos al este, otros al oeste.

Tal vez por resonancia recordé tu libro de poesía Centralasia (2005, tsé=tsé): ¿será un primer despunte del ulterior ligue asiático de tus tres Pensamientos? Sin pensar en una temática sino en una suerte de pensamiento sensorial que ya entonces aparece montado a esa geografía, con todas las potencias de ambiguación de tu poesía…  

El Tíbet siempre me llamó la atención como territorio. Es el techo del mundo, con temperaturas de frío extremo y gran austeridad de recursos, contra un fondo de gigantescas montañas. Es un espacio fuera de escala, desmesurado para nuestras condiciones y resistencia. A esta singularidad se añade que es el único país donde el budismo devino un gobierno nacional por encima de los reyes anteriores o locales. Leí muchos informes de viajeros, de cuando se podía viajar al Tíbet libre, antes de 1959. Esto me permitió construir un Tíbet literario, y a la vez chamánico, como si yo hubiera estado allí. Describo la época de la inútil resistencia tibetana al invasor maoísta. Aparte de arrollar a un pueblo, los chinos llevaron a cabo una extensiva demolición de templos y monumentos históricos y quemaron muchos manuscritos budistas que se perdieron para siempre. No sólo violentaron a la gente, sino que destruyeron una cultura. Centralasia es un poema épico que incluye testimonios de acciones de guerra. Invento un encuentro erótico entre el yo lírico y un traficante de caballos que ayuda a la resistencia. A la vez, intento pensar en tibetano, enfrentar el pensamiento budista en sus formas idiosincrásicas, pero me permito ciertas libertades de interpretación. Al fin y al cabo el pensamiento budista en ese país no es monolítico, sino que reconoce diversas vertientes o sectas. A través del poema transito enclaves, confronto caminos impasables, atravieso coyunturas con un cuerpo transparente. Y lo que era más frío deviene cálido irradiante.

En el año 2000 Eudeba publicó, a través de la iniciativa de Adrián Cangi, una muestra de tu obra hasta ese entonces, que se tituló Performance. ¿Cómo percibís desde ese 2000 el devenir de tus libros que siguieron multiplicando el rizoma echavarreniano: narrativa, poesía, ensayo, traducción, edición? ¿Habrá otra palabra / concepto sintético como a su manera lo fue Performance?

Varias cosas pasaron desde entonces. En primer lugar llevé a cabo mi investigación en Rusia en 2001 y 2002. Trabajé en ese proyecto durante varios años hasta que Las noches rusas fue publicada en 2011. Es la obra más ambiciosa y extensa que he escrito hasta ahora. Fue traducida al inglés y espero publicarla en ese idioma. Publiqué en Uruguay y después en Argentina mi novela El diablo en el pelo, sobre la prostitución masculina en Montevideo. Publiqué Yo era una brasa, una novela sobre los negros de Uruguay, con mi primera protagonista femenina, negra, lesbiana, bisexual, y transgénero. Siguieron el poema largo Centralasia y más tarde otro poema largo, El monte nativo. También otro libro de poemas, El expreso entre el sueño y la vigilia. En 2012 se estrenó en Montevideo mi pieza de teatro África, la muñeca de Felisberto Hernández, publicada en Argentina. Varios de mis libros, la novela Ave Rock, Centralasia y El monte nativo fueron traducidos al portugués; El monte nativo y El expreso al inglés. En cuanto al  ensayo, en ese período fueron apareciendo las sucesivas ediciones de Arte andrógino: estilo versus moda, y de Fuera de género: criaturas de la invención erótica. También Porno y postporno, publicada después como Las fronteras del porno. Y por último Michel Foucault, filosofía política de la historia. Traduje antologías de los poetas estadounidenses Wallace Stevens y John Ashbery y una selección de poesía rusa, La edad de plata. Preparé ediciones críticas de Julio Herrera y Reissig, Juana Inés de la Cruz (El sueño), de Amanda Berenguer y de Wilson Bueno, y una muestra de poetas del Cono Sur, Indios del espíritu. Quizá la palabra rizoma sea la más adecuada para describir las ramificaciones que se fueron tramando entre mis diversas obras.

 

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