Silvina Giaganti: “Pienso que escribir es darle cauce a una obsesión. Si obsesionarse es no poder dejar de mirar algo, escribir es mirarlo sin exponerse tanto”

Por Manuel Álvarez

Su libro Tarda en apagarse fue uno de los sucesos editoriales del año pasado. La poeta reflexiona sobre aquellos temas que unen los poemas de la antología y su equilibrio entre las cuestiones universales y los reflejos de esta época.

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Silvina Giaganti nació en Avellaneda en 1976 y, además de escritora, es filósofa. Tarda en apagarse es su primer libro,  una antología de poemas tan cruda como hermosa, en la que le da vueltas a sus obsesiones. Obsesiones que muestran su singularidad, con poemas directos que se tensan pero no se rompen. Un libro que brilla por la potencia de lo que transmite.

Los 23 poemas que conforman el libro tienen el poder de las imágenes, que explotan en los ojos del lector como un cohete en las manos. En ellos, la autora no busca la rima fácil, significa las palabras y así logra desautomatizar el lenguaje.

Fabián Casas suele repetir que un poeta fuerte es aquel qué determina qué es poesía. Después de leer Tarda en apagarse, está claro que Giaganti es una poeta fuerte.

 ***

Ya se vendieron 2.500 ejemplares de un libro de poesía, algo bastante inédito y que hace tiempo no pasaba, es un libro que tuvo mucha repercusión, lo leen muchos pibes y lo lee gente que no lee poesía, ¿cómo explicas el éxito que tuvo y que sigue teniendo?

Sinceramente, nunca pensé que el libro iba a vender tanto. De hecho, cuando lo presentamos en Brandon en octubre del año pasado, mi editor me escribió dos días antes y me dijo “Silvina nos re equivocamos, estamos presentando un libro a fin de mes, la gente no tiene un peso”. Y yo, que estaba más estresada que él, le dije “ya fue, ya está, va a estar todo bien“. Es más, voy a confesar algo, tres días antes de presentar el libro me agarró una erupción fuerte en la piel, me bajaron mal las defensas. Es decir que, estando muy nerviosa, en vez de decirle: “tenés razón“, lo calmé, porque era la única que me quedaba. Yo sabía que iba a llevar 300 ejemplares a la presentación, la primera tirada entera. Puso su puestito en el primer piso de Brandon y esa noche le quedaron 30, vendió 270 libros, y a mitad de semana se puso a reimprimir 300 más y así se fueron escurriendo. Se generó una constancia de ventas, pero no solo de ventas, el libro tuvo la suerte o el mérito de que lo acompañó la venta, la opinión de gente del mundo de la literatura, y que lo acompañó gente que no lee. Es decir, se vendió, tuvo buenas críticas y gente que no lee, o que no lee poesía, lo leyó. Eso fue lo que pasó. Ahora, intentar explicar eso sería tratar de entender un fenómeno que me excede. Una hipótesis es que es un libro que tiene en muchos de sus poemas el aire de época: género, feminismo, amistad sorora, amor lésbico, reconstrucción de la historia familiar, que siempre es un tema universal, rupturas amorosas y amores trabados. Es decir, hay una bajada particular de temas universales y hay un aire de época que, en realidad, no fue estratégico. Es mi mundo y son los mundos de los que yo quise hablar.

Recién hablabas de los temas universales. Le dedicas el libro a tu psicóloga y en los poemas se siente ese aura de diván, de los temas universales que uno supone se hablan ahí, vos los nombraste: la reconstrucción de lo familiar, el desamor, la amistad, la sexualidad. Hay una frase que dice el poeta Martin Rodríguez sobre que existen los escritores que buscan la originalidad y los que pican la roca dura del lugar común para crear algo nuevo. ¿Te sentís identificada con eso?

Sí, creo que Martín trazó una división bastante clásica que también la trazaron en algún momento autores norteamericanos. La división entre autores experimentales y autores que insisten en lo mismo. En mi caso los temas se me imponen, no los elijo. Para mí el libro no se presentó como un proyecto de escritura, digo, no desestimo tener un proyecto, una idea, un plan, un eje, porque el libro terminó teniendo un eje, pero eso se definió con el material hecho, lo vi después. Con todo el material junto advertí que había en los poemas una constancia de temas y el libro lo traté de ordenar en torno a esa constancia. Traté de hacer un libro en donde cada poema tuviera su autonomía, se pudiera leer por separado, como cápsulas pero, a su vez, se pudiera leer como vagones de un mismo tren. Por otra parte, yo no sé si los temas universales necesariamente son sinónimo de lugar común. Sí creo que se puede asociar el tipo de escritura de Tarda en apagarse a la crudeza, a un estilo directo, bastante concreto, que habla de cosas cotidianas, de fechas, de productos, de lugares, de consumos, de canciones. En ese sentido es un libro en donde cada historia está situada. De todas maneras, con respecto al lugar común yo creo que no es una buena estrategia huirle. Bah, a nada es estratégico huirle. Y además hay lugares comunes que son bastante interesantes.

El libro se puede leer como un viaje interior, de descubrimiento personal, de aprendizaje, y también de superación, de Sarandí a Nueva York, ¿no? Empieza con una chica que se va del barrio, que no sabe bien quién es, y termina con algunas certezas: volver a pasar por el mismo lugar sin hacerse tanto daño. Antes hablabas del orden y ahí se ve una unidad en las obsesiones, un libro que funciona como esfera.

Sí, es un libro sobre el viaje de una vida. Una vida interior, la de cómo crezco y cómo me voy a relacionar y cómo me voy a ganar la vida; y una vida exterior, la vida de las acciones que fui metiendo para crearme una vida. Lo de Sarandí a Nueva York simplemente es porque los últimos poemas del libros los terminé escribiendo ahí, en un viaje sola que hice. Pienso que escribir es obsesionarse, básicamente. Es decir, es darle cauce a una obsesión. Si obsesionarse es no poder dejar de mirar algo, escribir es mirarlo sin exponerse tanto. En Tarda en apagarse hay varias obsesiones: la reconstrucción del origen (y en ese intento de reconstrucción correrse del lugar), el intento de explicar los amores trabados, o por qué volvemos a esos lugares en donde nos hacemos daño, y el misterio de la amistad. La amistad es el futuro, es el modo de vínculo más moderno, hacia dónde ya estamos yendo. Pero a lo que voy es que hay un recorrido y creo que todos los poemas tienen una característica: hay tensión. Hay un vinculo amoroso con el barrio, pero también una advertencia y es que del barrio hay que tomarse el palo para crecer. Y también hay una tensión con eso porque una se siente que traiciona a su clase yéndose, pero a su vez siente que si se queda no engorda su experiencia. El barrio es un tipo de closet. Hay también una tensión en el amor, un amor que en el momento mismo de narrar su climax incluye su final. Y bueno, hay un poema que reivindica a los autores norteamericanos que me gustan, autores blancos, heterosexuales y cuyos temas dominantes son las historias de fracasos amorosos, parentales, económicos. Hablo de Philip Roth, de Michael Chabon, de Raymond Carver, de Richard Ford, de Tobias Wolff, y muchos otros. Entonces trabajé las tensiones, porque me parece que lo importante de la literatura, al menos para mí, lo que busco es que no se perfile como un manifiesto, porque lo que enriquece a la literatura, a la escritura, es el matiz. En cambio, lo panfletario tiene que ser blanco sobre negro y tiene que haber como una bajada de línea, entonces en lo panfletario no puede existir la tensión. En lo panfletario el conflicto está resuelto. La tensión es el conflicto en su estado más puro, quise trabajar eso. En el último poema me permito, no una reconciliación conmigo misma, sino una mañana calma. Digo esto porque me levanté un sábado a la mañana y salió. Me desperté con la necesidad de prender la computadora y lo escribí directamente en un Word y salió de toque. Fue un poema que fluyó.

Hablaste de la tensión que lo que hace es mostrar la particularidad, las contradicciones o incompatibilidades que te hacen ser alguien específico, el “yo crudo”. El hecho de que el libro fue mayoritariamente leído como una autobiografía en versos, que habla desde la culpa por ganar más que los viejos hasta el desarraigo amoroso, ¿te resultó un problema?

Es que por lo general se da por sentado que hay una correlación entre realidad y escritura, ¿no? Aristóteles decía existe la realidad, el pensamiento humano tiene la posibilidad de aprehenderla tal como es, y el lenguaje tiene la capacidad de reproducirla. Hay una correlación entre las tres instancias: lenguaje, pensamiento y cosa. Digo esto porque cuando me preguntan por el nivel de exposición nunca me preguntan: ¿es verdad todo? Y me parece una pregunta interesante. Entiendo que es porque hay un yo que enuncia o porque ciertos datos de mi biografía se hermanan con ciertos datos del libro. Yo siempre digo algo, pero porque lo creo, no porque esté instalada en una idea que me quede cómoda repetirla: el lenguaje es mediación. Y hace mucho se rompió esa idea de correlación aristotélica. Sabemos que la verdad no existe, es una construcción. Lo que quiero decir con esto es que el lenguaje recrea pero también distorsiona, olvida, lo cuenta diferente, cuenta otra cosa, hasta tal punto de que me doy cuenta qué es la literatura cuando, por ejemplo, alguien me dice me expusiste en un texto, como si yo hubiera dicho la verdad de nuestra relación. O cuando otra me dice: “esto no pasó así, no fue como lo contás“. Cuando en realidad la literatura es eso que pasa entre los dos cuestionamientos.

El título aparece en la última frase de Throop Avenue, que es uno de los últimos poemas, y lo loco es que terminó siendo premonitorio, ¿cómo te surgió el nombre?

Va casi un año y el libro sigue siendo leído y sigue vendiéndose, entonces sí, efectivamente tarda en apagarse. El título es una cosa muy difícil. Cuando lo estaba buscando yo estaba con la sensación de querer ponerle un título largo y lo coteje, una vez que el libro estuvo terminado, se lo di de leer a cuatro o cinco personas y les adjunté cuatro o cinco títulos tentativos y ninguno me decía qué bárbaro alguno de ellos. Había un consenso en que ninguno era demasiado interesante y yo estaba muy indecisa. Pero sí quería algo; que el título fuera extraído de alguna línea de los poemas. Bueno, y a uno de los que se los di para leer fue a Pedro Mairal y Pedro me hizo una devolución del libro y me dijo: “mirá ninguno de los títulos me cierra, me parece que podés encontrar uno mejor”. Y me recomendó un procedimiento que a él le sirvió mucho para ponerle títulos a sus libros de poemas. Pedro tiene muchos libros de poemas y es un poeta increíble. La cuestión es que me dijo que lo leyera varias veces de atrás para adelante, que a él siempre le había dado resultado, que así había encontrado los títulos para sus libros. Me parecio un ejercicio serio y lúdico a la vez. Es como una cinta pasada al revés. Lo hice y a la primera lectura al revés hubo frases que me sonaron más lindas que otras. Y a la segunda vez llegué a la última frase de Throop Avenue, leí “tarda en apagarse” y dije este me parece que es el título. A los días me encontré con Maga Etchebarne, se lo mostré y, después de pensarlo unos microsegundos, me dice: “me gusta, ¿y sabés por qué me gusta? Porque da la sensación de que el libro lo terminás de leer y se queda un tiempo más con vos”.

Hace poco escribiste en Twitter que ciertos lectores criticaban el libro diciendo que no era poesía, y vos decías que te gustaba que el libro no se pudiera encasillar, que sea diferente a lo que se esperaba. ¿Cómo te llevas con la crítica?

Creo que también el mérito de un libro se mide por las resistencias que genera, ¿no? El consenso absoluto en la literatura no sucede y está bien que no suceda. El otro día tuve una lectura con Julián Lopez, que sacó su libro La ilusión de los mamíferos hace poco y le está yendo bárbaro porque además es un libro increíble, y me dijo que esa semana había tenido dos reseñas duras y que eso está bien, que es lo que tiene que pasar con un libro. Un libro no puede tener un respaldo absoluto, tiene que aparecer el que matice el fervor. Hace poco hicieron una reseña del libro en una revista de La Plata y me gustó mucho leer una reseña en donde el que la hace observa que a veces los poemas logran lo que quieren y a veces no. Eso está bueno.

¿Qué estás leyendo ahora? 

A ver, La ilusión de los mamíferos de Julián Lopez me encantó. Después recomiendo cualquier libro de Ann Carson, Trance de Alan Pauls, Feminismos de Gabriela Borrelli Azara, y un libro que se acaba de publicar que se llama Escribo pidiendo ayuda de la poeta Micaela Szyniak. Recomiendo también Volcán de Valentina Varas y Amiga de Malena Saitotarda-en-apagarse-silvina-giaganti-editorial-caleta-olivia-D_NQ_NP_939501-MLA26136003594_102017-F. Y Los mejores días de Magalí Etchebarne, que para mí fue de lo mejor que se escribió el año pasado.

Últimamente subís poemas a las redes, ¿estás trabajando en un nuevo libro?

Estuve un tiempo sin escribir poesía, la publicación del libro un tiempo me vació. Y desde hace un mes, dos, vengo teniendo como una especie de aluvión de poemas que corregí inmediatamente después de escribirlos, pero seguramente como soy, si mi deseo es publicarlos, los voy a corregir muchas veces más. Y después también estoy escribiendo un libro de relatos para que salga el año que viene.

Tarda en apagarse de Silvina Giaganti.

Caleta Olivia, 2017.

60 páginas.

 

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