La infancia que se habita en República luminosa

Por Alan Ojeda

La novela de Andrés Barba ganadora del último premio Herralde nos presenta una narración capaz de poner en crisis nuestras ideas sobre la civilización, la infancia y la existencia de formas de otredad irreductibles, que escapan a nuestra lógica y nuestro lenguaje.

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¿Qué es la infancia? Durante mucho tiempo en la humanidad existieron sólo dos etapas: infancia y adultez. A la adultez se llegaba luego de un ritual de iniciación. Esto implicaba en transformarse en uno más de la tribu, ser sujeto de pleno derecho, participar de las decisiones, de la caza y de la sabiduría ancestral. Más tarde, con la muerte de los rituales y la secularización paulatina de la sociedad, llegó (hace no mucho tiempo atrás), la adolescencia. La adolescencia parece ocupar un entre-lugar poco determinado, en el que no se goza de los beneficios de la infancia por no ser ya lo suficientemente chico, pero tampoco se puede entrar plenamente en el ámbito adulto porque no se ha alcanzado la mayoría de edad. Más allá de las dificultades que puedan presentar estas estructuras sociales, parecen, hasta cierto punto, seguir siendo funcionales. Ahora ¿Qué sucede si lo que llamamos infancia ocupa el lugar de la otredad absoluta e irreductible? ¿Qué pasa si esa infancia hasta se inventa un idioma lateral para comunicarse fuera del mundo de los adultos? ¿Qué pasa si ese lenguaje es un puro flujo creativo y pragmático que crece continuamente? ¿Y si los niños son como una manada, sin centro, de puros actores libres unidos por una única corriente afectiva? ¿Qué hacer con esos chicos y con esa infancia? Estas preguntas son mucho más de lo que la sociedad puede tolerar y es justamente hacia donde dirige Andrés Barba la narración de República luminosa.

La pequeña ciudad selvática de San Cristóbal vive en su rutina habitual. De pronto, como si se tratara de un cuento kafkiano, la presencia de unos pequeños niños indigentes de diez años hace su aparición en las calles. Nadie sabe de dónde vienen ni quienes son, sólo especulan. Son “pequeños salvajes”, sucios, descuidados, lejanos a cualquier noción de civilización. Los organismos del Estado no saben qué hacer. Los niños aparecen y desaparecen sin dejar huella, se mueven en manadas, no hay un líder a la vista, hablan de una manera incomprensible y se resisten a la lógica del mundo adulto. Pero ¿No es la condición salvaje la infancia de la humanidad? Barba nos pone frente a la memoria lacunar de la adultez. Ningún mayor podrá entender nada, porque ya ha abandonado la infancia, que es nada más y nada menos que una patria que se habita. Ya lo dijo Ranier Maria Rilke: “La verdadera patria del hombre es la infancia“. Una vez que crece y se incorpora al mundo adulto es un exiliado que ha perdido también un idioma. Es por eso que la reconstrucción de ese mundo viene por parte de los hijos de las familias de San Cristóbal.

Los niños de la ciudad parecen ser especialmente sensibles a esa existencia extraña de los pequeños salvajes. Es por eso que el narrador-cronista sólo podrá acceder a sentirse cerca de una respuesta cuando ceda su lógica para sumergirse en las representaciones que una de las habitantes de la ciudad, que era aún niña el día de la tragedia que desencadenó la búsqueda de los 32, cuente su verdad en unas memorias. La respuesta, nuevamente, es ver con ojos de niño: “¿Y como se empieza el amor desde cero? ¿Cómo se ama sin referencias? El célebre adagio de La Rochefoucauld de que hay gente que nunca se habría enamorado si no hubiese oído hablar de amor tiene, en el caso de los 32, un peso específico. ¿Gruñían, se daban la mano, se acariciaban en la oscuridad? NH598_República luminosa_CORR.indd¿Cómo eran sus declaraciones de amor, sus miradas de deseo? ¿Dónde terminaba la herrumbre y dónde comenzaba lo nuevo? Igual que hicieron brotar una lengua nueva de la lengua española, tal  vez partieron de nuestros gestos consabidos del amor para hacer de ellos otra cosa

La narración de Andrés Barba es humilde. La novela está llena de preguntas y cuestionamientos más que de respuestas, lo que facilita el cachetazo reflexivo al lector. El narrador está tan perdido como nosotros en ese mundo extraño, selvático y amenazador. Sólo la distancia temporal y la voz de los chicos le permitirá reflexionar más o menos acertadamente sobre los hechos que marcaron a la ciudad.

República Luminosa de Andrés Barbar.

Anagrama, 2017.

192 páginas.

 

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