Sergio Olguín: “Me interesa más la vitalidad de las chicas asesinadas que describir morbosamente el ataque. Creo que eso viene de cierto compromiso o ética”

Por Julieta Pros Fotos: Nazarena Talice

Odelia editora trajo nuevamente a las librerías el libro de cuentos Las Griegas de 1999. En sus relatos, el autor narra historias de mujeres diferentes pero fundamentales.

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Sergio Olguín entró al Bar de Cao con una sencillez y una sonrisa que mantuvo hasta que se despidió. Llegó para hablar de la nueva edición de Las griegas, un libro con nueve cuentos que tienen como protagonistas a mujeres de diverso origen social, en distintas épocas, con diferentes objetivos, pero todas atravesadas por el amor, el deseo, la ideología y la tristeza. Lo publicó en 1999 y ahora, de la mano de Odelia editorial, aparece nuevamente en las vidrieras.  Siguen siendo los mismos relatos que pensó hace casi 20 años, con personajes femeninos muy fuertes, fundamentales.

Las canas invaden el pelo de Olguín. Pide un café cortado en jarrito y se acomoda en la silla vieja dispuesto a charlar. “Me parece que los libros de cuentos siempre están más predispuestos al cambio que la novela, un libro de cuentos se presta para el juego, para la cosa lúdica de ver cómo se rearmaría hoy por hoy. Ahora se reedita Lanús y se reeditó Filo y de esos libros no toqué casi nada“, cuenta.

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¿Qué modificaste de la versión original de Las Griegas?

Saqué un cuento que no me gustaba que escribí a los veintipico, era más bien paródico de lo que a mí me resultaba desagradable, como ciertos escritores argentinos cuarentones muy machistas y egocéntricos. Leído desde la perspectiva de un tipo de mi edad quedaba casi como un cuento en primera persona, más como una experiencia personal que una cosa paródica, y a la distancia puede parecer que es mi mirada sobre el mundo de la literatura. Además, pensé que no estaba a la altura de lo que yo esperaba para un libro, de hecho era el cuento más viejo. De lo que estaba seguro es que tenía que haber un cuento vinculado con Verónica Rosenthal, uno que escribí para una antología muchos años después, en el 2003. Y cerraba bien con lo que yo estaba buscando en Las Griegas: relatos donde los personajes femeninos fueran muy fuertes, donde fueran fundamentales. Los trenes de la muerte estaba en esa línea, era como un texto que había quedado perdido que en su momento me sirvió para escribir La fragilidad de los cuerpos y me gustaba la idea de que se incorporase en algún libro. La reedición de Las Griegas fue el lugar más adecuado. Además lo que hice fue reordenarlo, lo que resultó en el libro casi un cambio de sentido. Antes estaba estructurado de tal manera que comenzaba con un cuento de modelos, en la mitad había otro y al final uno más, como si el tema de la moda fuera fundamental. Ahora, estructuré esos relatos donde eso es un apartado de igual importancia que las otras partes del libro. Y por último, respecto a la escritura, hay algunos cuentos que están ampliados, como El intruso, que es una versión relativamente nueva que salió en una antología.

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¿Pueden haber influido, en esas modificaciones, los movimientos feministas que
protagonizan la coyuntura social y política?

El cuento que saqué era un cuento machista, un cuento en primera persona de un escritor que tiene de amante a una alumna y la mirada es: “yo soy la inteligencia, el talento y vos sos la discípula y lo único que sos es linda”, que es una mirada común de la literatura argentina por lo tanto como testimonio de época no estaba mal, pero a mí me molestaba. No es lo que yo escribiría alrededor de ese tema. Sobre todo porque hoy me cuesta escribir en primera persona, prefiero la tercera, y la mayoría de los cuentos de Las Griegas son en primera. El resto de la obra, con sus virtudes y defectos, con su mirada sobre la mujer, una mirada absolutamente personal, no fue influenciado por las últimas discusiones alrededor del feminismo y del lugar de la mujer.

¿Qué te incentivó a escribir sobre el mundo de la moda?

Tiene mucho que ver con los años noventa y mi experiencia como editor y director de V de Vian, una revista cultural que ponía fotos de moda en la tapa, generalmente de chicas y muy de vez en cuando de algún tipo. Algunas fotos las producíamos acá pero la mayoría las robábamos de medios extranjeros, era fácil robar, no había Internet (se ríe). Adquiríamos una estética para la revista vinculada con ese universo artístico, desde un lugar crítico pero a su vez fascinado por la belleza de las fotos y las producciones. Era una revista muy particular, en un especial sobre Alemania había notas muy eruditas sobre cómo se había desarrollado la novela alemana después de la Segunda Guerra Mundial seguidas de una producción de Claudia Scheffer. El encanto de V de Vian era poder pasar de algo intelectual a algo más cotidiano, más superficial. Y así, sin querer, me fui convirtiendo en un especialista del mundo de la moda, sabía datos absurdos como cuál era el lápiz labial favorito de Scheffer, los zapatos más caros o qué había quée ponerse en determinada fiesta. Todo un conocimiento que olvidé, no me acuerdo de nada (se ríe). En ese momento lo disfrutaba mucho, siempre me gustó que en los cuentos de [Julio] Cortázar aparecieran las marcas y una vez alguien había dicho algo como “sus cuentos parecen que ocurren en el mundo cotidiano pero transcurren en el infierno”. Me gustaba la idea de que en ese mundo cotidiano, lleno de cosas familiares que nos calman o nos producen cierta tranquilidad, también podía haber cosas terribles, desde una violación o el hijo de un dictador. El rapto de Helena es más divertido, quería contar una historia de amor, una comedia. Y está basado en anécdotas reales, la mayoría de lo que ocurre tiene que ver con una época donde me contacte con muchos fotógrafos argentinos que quisieron juntarse para hacer una revista que nunca se llegó a hacer porque había muchos egos. En las reuniones siempre contaban anécdotas y como periodista tomaba nota mental, lo que me sirvió para escribir ese cuento. Me divertí mucho con ese universo tan lejano a mi vida cotidiana, soy un desastre para vestirme, para lo que sea, estoy muy lejos del mundo fashion.

¿Cómo lograste que conviva ese universo de la moda con un cuento como el de
Clarisa o la historia de una señorita?

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Creo que tiene que ver con mis múltiples intereses, obsesiones y preocupaciones. Nunca estuve interesado por una sola cosa, siempre me interesó un universo muy amplio. Como lector leo ficción, pero también leo libros de historia antigua, medievales. No hay algo que me encierre, no soy un especialista. Por ejemplo, me obsesiona la política, lo que ocurrió en la Argentina en los años setenta, los movimientos guerrilleros. Eso intenté contar en el cuento de Clarisa o la historia de una señorita, los vínculos entre la sexualidad y la revolución, ese lado reaccionario que tenían los revolucionarios respecto
de lo sexual. Estaban a favor de la fidelidad, del matrimonio, estaba mal vista la homosexualidad y creo que parte del fracaso de esos movimientos estuvo vinculado a no comprender hacia donde estaba cambiando el mundo en relación al género y a la sexualidad.

En varias de tus obras, incluso en Las Griegas, aparecen hechos relacionados a la
última dictadura cívico militar, ¿tiene que ver con algo de tu vida personal o solo
con un interés político?

Tiene que ver con un interés como ser político, no con una experiencia. No fui víctima de la dictadura, no tengo familiares desaparecidos y empecé a ir a actos políticos a los 16 años cuando la dictadura estaba terminando. Indudablemente haber pasado parte de la infancia y la adolescencia en ese mundo me hace sentir testigo de un universo donde otros morían, desaparecían y eran víctimas del terrorismo de Estado. Pero verdaderamente, lo que siempre me preocupó en mi narrativa, más que la dictadura en sí, es la violencia del Estado sobre el ciudadano que también funciona en democracia. Es una obsesión que tengo ver cómo el Estado muchas veces ataca al ciudadano.

Tu obra Lanús está muy atravesada por esa mirada.

Lanús tiene mucho que ver con lo que fue el menemismo: la pérdida de los valores vinculados al trabajo, la desocupación, la imposibilidad de que el barrio te dé una respuesta a una vida digna o que la forma de sobrevivir sea engancharte con las mafias locales. Todo eso en los noventa estaba muy claro. En Lanús hay un momento en que los protagonistas deciden usar la plata que habían robado con un objetivo para, finalmente, comprarse cosas que nunca habían podido y en la Capital Federal. Eso es a lo que aspiran algunas personas y muy pocas veces es respetado, está mal visto, hay una cierta clase media progre que ve de forma negativa querer consumir o que un sueño sea comprarse algo. Y tiene que ver con la felicidad no con el consumismo. Muchas personas disfrutan comprándose cosas que en la vida cotidiana no pueden. Todos los que alguna vez quisimos comprarnos algo y no tuvimos la plata para hacerlo sabemos lo que es eso. Sí, yo quiero la revolución, un cambio social importante pero también quiero comprarme un disco o una remera. Por eso siento mucha empatía con Francisco y Mariela, además es una pareja que existió y me estafó (se ríe). Eran dos empleados que yo tenía en una pseudoempresa de distribución que tuvimos que armar cuando entró en crisis la revista
V de Vian. Ellos eran novios y trabajaban como cobradores, pero no me pagaban las revistas, un día dejaron de venir y fui en colectivo a la casa de ella que sabía donde vivía, por el Oeste, y él no estaba, y me quedé ahí esperando toda la tarde en la calle aunque él nunca apareció así que nunca pude recuperar la plata. Eran muy divertidos, me quedó siempre el recuerdo de pareja de los suburbios. Con la empresa quebramos al poco tiempo (se ríe). Esas experiencias te permiten comprender mejor algunas situaciones. Una vez que Francisco tenía ese dinero, ¿qué iba a hacer? Lo quiere gastar, quiere comer en un lugar lindo algo rico, o quizás lo más absurdo: Francisco se compra una Hepatalgina. Toda su vida vio la publicidad y cuando le dolía la panza nunca pudo tomarse una, eso es un deseo también. Yo establezco un vínculo con mis personajes, sobre todo en las novelas.
¿Cuándo se reedita Lanús?
En junio.

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En casi todas tus obras la sexualidad tiene un protagonismo importante, ¿por qué?

Creo que hay una cuestión medio pacata en la literatura argentina que hace que nos llame la atención lo que tiene que ver con la sexualidad. En mis libros también hay mucha violencia, muerte y gente que la pasa mal pero eso no llama tanto la atención. En cambio sí la sexualidad, y no es raro que ocurra porque en la literatura argentina la sexualidad forma parte de algo que no se dice. A mí me parece que forma parte de la esencia de los personajes, narrar su aspecto sexual, sus deseos, su forma de vincularse con otros y consigo mismo me permite descubrirlos mucho mejor. Si vos no entendés como funciona la sexualidad entre Pedro y Fátima en 1982 no entendés qué va a pasar en la novela, gran parte de ese vínculo amoroso es un amor fuertemente cariñoso más allá de la sexualidad, pero a la vez es una relación puramente erótica. Sin eso no entenderíamos qué es lo que los lleva a jugarse la vida en la dictadura. Existe una especie de pudor de mezclar el sentimiento con la sexualidad. Y otra cosa importante es que la literatura te despierta sensaciones, que aparezca sexo en una novela está bueno, que se sienta cierto deseo. Cuando uno escribe un policial intenta que el lector se sienta intrigado, no me parece mal que la literatura esté también vinculada con la calentura. Y además, en ese sentido, hay un lector muy activo, es imposible hacer un relato sexual que a todos les despierte lo mismo, porque está relacionado con la experiencia de lectura, de vida, las fantasías, los miedos, las obsesiones, con todo eso que lo pone el lector. A la vez, soy un autor pudoroso, así como me descontrolo y soy muy puntilloso con las descripciones sexuales, en otras situaciones evito el morbo. Por ejemplo, en Las extranjeras no hay descripciones sobre las violaciones y los crímenes. Me interesa más la vitalidad de las chicas asesinadas que describir morbosamente el ataque. Creo que eso viene alrededor de cierto compromiso o ética que tiene que ver con el periodismo, jamás
publicaría fotos de cadáveres como hacen algunos medios. Siempre sentí un gran rechazo ante esa actitud mediática.

¿Cómo te resultó la serie La fragilidad de los cuerpos?

Me gustó mucho. Posiblemente yo hubiera hecho otra cosa pero está bueno que los autores soltemos la obra para que otros armen algo creativo con eso. Creo el trabajo del guionista, el director y los editores es un trabajo artístico buenísimo. Creo también que captaron lo esencial de Verónica Rosenthal y que Eva De Dominici construyó muy bien el personaje. A diferencia de Eva, Verónica se cree mucho más linda de lo que es, se impone por presencia. Hicieron un buen laburo y respetaron el espíritu de la novela.

¿Estás escribiendo?

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Últimamente estoy trabajando en guiones para televisión y películas, en algunos proyectos propios y otros que no. Igual es una excusa, tengo tiempo para escribir ficción pero estoy atrasado por culpa de los guiones con la cuarta novela de Verónica Rosenthal y mi intención es entregarla este año. Ese es mi proyecto.

Antes dijiste que está bueno soltar la obra para que otros hagan algo creativo con ella.
Para dar un ejemplo de algo que pudimos ver, La fragilidad de los cuerpos es mi novela y de eso me hago cargo, lo otro es un producto artístico. A mí me gusta que los personajes literarios tengan vida propia y el hecho de que a Verónica, Lucio o Federico alguien los retome o se haga una historia con eso, me llena de orgullo. Mi mayor orgullo es que mis personajes no dependan de mí, que salgan de mi novela y anden por la vida como si fueran de todos.

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