Le redoutable: temer lo incierto, olvidar lo temible

Por Cecilia Cechetto

Desde un tratamiento estético impecable, Michel Hazanavicius intenta navegar las líneas de fractura de un artista prolífico y excepcional, un Godard frágil e incomprendido que asiste a los dolores de parto de la sociedad posmoderna.

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Habitar entre dos mundos tiene sus riesgos. El extrañamiento con los propios descubrimientos, llevados de un lado al otro, nos puede acercar a la locura si no existe un cauce expresivo eficaz. Un ejemplo crepuscular pueden ser los submarinos que barren el fondo del mar: son un secreto que busca encontrar otros secretos. Y la metáfora oceánica siempre le calzó como un guante a la idea del inconsciente. La última película de Michel Hazanavicius, que lleva por título el nombre de un submarino, Le Redoutable, cuya traducción del francés sería “El temible”; se dedica a retratar durante casi dos horas un período muy específico de la vida del cineasta franco-suizo Jean Luc Godard.

Basada en la novela autobiográfica de quien fuera su esposa durante los ajetreados años de la década de los ‘60 y ‘70 del siglo pasado, y también protagonista de muchos de sus films de Los años Mao, Anne Wiazemsky (1947-2017), la biopic se centra en la crisis artística y personal del director que acompaña las eclosiones culturales globales de esos días. Desde el rechazo sufrido por su film-panfleto La Chinoise, protagonizado por Wiazemsky y Jean-Pierre Léaud, entre otros, por parte del Partido Comunista chino hasta su accidentada participación en los acontecimientos de mayo del ‘68, vemos un Godard atribulado y muchas veces incomprendido.

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El francés Louis Garrel logra una caracterización formidable que destaca el gesto ofuscado y a la vez tierno de un Godard que debía dar explicaciones de sus nuevas ideas a cada paso y, quizás por lo mismo, tropezar y estropear sus anteojos a cada rato durante las protestas callejeras o las encendidas discusiones en los claustros universitarios. Encuentra un buen complemento en la actuación de Stacy Martin para interpretar a su inexperta partenaire, que contaba por aquel entonces con poco más de 17 años. La película homenajea con infinidad de recursos el sello autoral del genio, muchas veces excéntrico, del realizador de la nouvelle vague y le regala al espectador un juego de imágenes entrañables sobre las recordadas revueltas de mayo, de las que ya se conmemora medio siglo.

En el momento particular de su carrera artística que transcurre en Le Redoutable, el ya célebre cineasta busca dar un giro de 360 grados para dedicarse al cine político de la mano de su colega Jean-Pierre Gorin y el grupo Dziga Vertov, pero no sólo eso, sino que pretende estallar la idea del cine como dispositivo técnico, del guión como expresión narrativa clásica y de la actuación como situación performativa convencional.

El título poco azaroso nos da la nota del énfasis puesto sobre el carácter complicado del artista y su poca empatía con el entorno que lo rodeaba. En algunos países se tradujo directamente como Mal Genio, mientras que en Buenos Aires se estrenó como Godard Mon Amour.

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La película coincide, por otra parte, con la última película de su compañera de aventuras cinematográficas de la juventud, Agnès Varda (Visages Villages, 2017). Ante la negativa de recibirla en el Cantón suizo donde habita actualmente este ogro bueno, luego de querer visitarlo junto al artista callejero JR lookeado “casualmente” como Godard en su juventud, la también octogenaria cineasta no dudó en llamarlo “rata sucia“.

No se debería perder de vista que somos contemporáneos de quien operara una de las mayores transformaciones del estatuto representativo de las imágenes a través del cine, la tecnología que le imprimió su carácter a toda la historia del Siglo XX. Junto con otros genios del séptimo arte, como Paolo Pasolini o Andréi Tarkovsky, Godard buscó dinamitar con sus películas el discurso del poder no sólo desde el contenido sino también desde la forma. El cine de autor siempre quiso reapropiarse de los mecanismos de la expresión ya sea para realizar una crítica al capitalismo que lo acunó, o bien para alcanzar proyectos artísticos más radicales. En este sentido, tres autores lograron un triángulo muy alto en esta contienda y sus obras pasaron a ser de culto, y hasta mainstream, sin ser comerciales. Godard intentó reapropiarse el lenguaje, Tarkovsky buscó la reapropiación del tiempo y Pasolini quiso recuperar la sacralidad del hecho artístico.

LeRedoutableBanniere-800x445Sin embargo, en estos días sumado a la sorpresa del estreno del último cortometraje atribuido a Jean Luc Godard en el Festival de Cannes (Vent D’Ouest) en apoyo a la lucha de la  Zone À Defendre (ZAD), un grupo anarquista francés, contra la instalación del aeropuerto de Notre-Dame-des-Landes, un mensaje preocupante nos llega desde aquel submarino que monitorea las profundas simas de los humores de nuestra cultura occidental: “el cine se ha metido en cada arcano del capitalismo y ya no hay cineastas sino técnicos, la técnica tiene prioridad sobre el gesto y el humano abandonó el ojo de quien mira”.

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