El otro lado o la desintegración de la torre del orgullo

Por Esteban Galarza

La edición de la novela de Alfred Kubin, clásico perdido del siglo XX de mitteleuropa, recupera en toda su intensidad la visión del mundo que tuvo la generación expresionista previa al estallido de la Primera Guerra Mundial

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A los Enmudecidos

Ah, locura de la gran ciudad, al caer la tarde
a oscuros muros clavados miran árboles  informes,
en máscara de plata el genio del mal observa,
luz con látigo magnético repele a la noche de piedra.
Ah, sumido son de campanas en ocaso.

Puta que alumbra entre helados temblores a un niño muerto.
Ira de Dios que azota furiosa la frente del poseso,
púrpura peste, hambre que rompe en trizas los ojos verdes.
Ah, la horrorosa risa del oro.

Más calmada mana en guarida oscura humanidad más callada,
y en duros metales conforma la cabeza salvadora.  

Georg Trakl

Los años que se vivieron en Europa desde el fin de la guerra franco-prusiana en 1870 hasta el verano de 1914, en el que fue asesinado el Archiduque Franz Ferdinand de Habsburgo, suelen recibir el nombre de Belle Époque. Lo que separa esos años del siglo XX (siglo de totalitarismos, genocidios y guerras globales) son los cuatro años de lo que los historiadores llamaron Gran Guerra o Primera Guerra Mundial, “una franja de tierra arrasada” según las palabras de la historiadora Barbara Tuchman. Un fenómeno tan cruel e inaudito no sale de la nada y en su libro La torre del orgullo, Tuchman desmenuza a las sociedades europeas beligerantes desde ese dorado término hasta la podredumbre de rencores, injusticias, racismos y militarismos que preconcibieron la masacre.

Pero es fácil la tarea del historiador; toma episodios cristalizados en documentos esparcidos en bibliotecas o archivos personales y propone causas de lo que estaba allí, latiendo en las calles pero que en ese momento nadie, o casi nadie, veía hasta que fue demasiado tarde. Hubo, sin embargo, una clase de personas que vaticinaron la guerra, aunque no se los tomó muy en serio en su momento: los artistas y escritores. Entre ellos, quienes fueron más agudos en los alcances de lo que vendría fueron los que pertenecieron al llamado movimiento expresionista.

A diferencia de sus pares de otras tendencias de la época, los expresionistas no veían con buenos ojos el patriotismo militarista alemán, ni le auguraban un buen futuro a la soporífera y anquilosada monarquía imperial que gobernaba un vasto país desde Viena. Basta rastrear las obras de estos artistas nacidos entre 1870 y 1890 para dar cuenta de su visión: varios poetas solían escribir poemas sobre el fin del mundo con Georg Trakl a la cabeza, los artistas plásticos como Oskar Kokoschka o Ernst Ludwig Kirchner tenían un ojo puesta en la obra de su precursor Edvard Munch y otro en los horrores que se avecinaban (y que bien supo retratar Otto Dix cuando llegó la vida en la trinchera, una suerte de serie de los horrores de la guerra como los que dibujó Goya un siglo antes).

Entre toda esta marea de autores, la mayoría asesinados durante la guerra, otros perdidos en los años inmediatamente posteriores al fin de las hostilidades, tuvo su particular lugar Alfred Kubin, un artista plástico que escribió algunas obras literarias y la novela El otro lado (Die andere Seite), admirada por Franz Kafka y Herman Hesse. Los años posteriores a su muerte hundieron su nombre dentro de los autores leídos por pocos adentrados en los estudios literarios. Es por esto que su reciente edición de La Bestia Equilátera llega para poner las cosas en su lugar.

Pero, ¿de qué trata esta novela? Publicada por primera vez en 1909, cuenta la aventura fantástica de un joven artista radicado en Múnich que decide aceptar la invitación de un viejo amigo de infancia que fundó un extraño y hermético Estado llamado Reino Soñado en algún lugar de oriente. El lugar es un frágil ecosistema que dista de ser paradisíaco, pero que fascina a sus habitantes. El pasaje de acostumbramiento de los recién llegados recuerda a la primera noche de Hans Castorp en la clínica de La montaña Mágica descripto por Thomas Mann. Un lugar que parece encapsulado en algún año de mediados del siglo XIX y que rechaza todo tipo de progreso.

El ambiente que se presenta hostil y que amenaza con despedazar a quien no se adapte, embarga de terror a la esposa del protagonista. El Reino Soñado permanece encapotado de nubes, en un microclima donde no hace ni calor ni frío, lleno de edificios antiguos, importados de diversas partes de la vieja Europa. Los elementos oníricos pueden rastrearse en los tratados freudeanos de la época e inclusive en la serie de libros sobre los sueños de Gastón Bachellard. El protagonista intenta acceder a una entrevista con su viejo amigo, Patera, pero todo es infructuoso salvo el vivir en el país enrarecido.

La amenaza se vuelve un hecho cuando llega un antagonista venido de Estados Unidos, un millonario emprendedor que quiere despertar del sopor a la comunidad y alzar al pueblo contra el enigmático gobernante, Patera. La decadencia en forma de diversas calamidades hará que todo se trague en una serie de horrores espeluznantes.

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La destreza de Kubin como artista plástico y el haber sido parte de la generación de artistas expresionistas le ayudó a componer descripciones intensas que coquetean tanto con las artes plásticas como con una escritura que se adelanta inclusive al estallido del cine alemán de la época de la República de Weimar.

La novela es infinita y no se agota en una primera lectura. Kubin, como todo artista de su generación, observó la fragilidad y la decadencia de su sociedad. Emparentado El otro lado a La marcha Radetzky de Joseph Roth, pareciera que el destino de la civilización está enlazado a los destinos personales de sus gobernantes, emperadores obsoletos que viven en torres de cristal y que hace tiempo perdieron todo contacto con sus súbditos. El estallido de las calamidades del Reino Soñado se adelanta 5 años a las atrocidades con las que Europa y el mundo se sumergieron tras el atentado del 28 de junio de 1914 en Sarajevo. Pero eso es otra historia.

El otro lado de Alfred Kubin

La bestia Equilátera

276 páginas.

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