Martín Rejtman: “Mis personajes están disponibles para lo que pueda pasar”

Por Cecilia Cechetto Fotos: Lucía Martínez

A más de diez años de su primera edición se encuentra nuevamente en librerías Literatura y otros cuentos, con la novedad de un texto inédito y fotografías de Miguel Mitlag. En esta entrevista, el autor desmenuza con paciencia el proceso creativo y algunos clichés sobre su obra.

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En la hora de la merienda, es decir a partir de las cinco de la tarde, los barrios de la ciudad se convierten en un reguero de niños que, junto con sus padres, se lanzan afanosos a las actividades pos horario escolar. A esa misma hora, el encuentro con Martín Rejtman, el ex enfant terrible del cine de culto nacional, habilita algunas preguntas sobre sus películas y cuentos, mientras el intercambio pone en perspectiva casi cuatro décadas de trayectoria artística.

Acción

Entender que “el cine es como la vida sin los momentos aburridos” no admitiría de entrada ningún matiz. Esta máxima hitchcockiana apela directamente a las reglas del espectáculo como forma de expresar las historias. La obra de Rejtman parece saltarse esas ideas, aunque él mismo se haya confesado cultor del cine clásico norteamericano. Tanto sus películas como sus cuentos – la frontera entre ambos es al menos difusa-, ubican al espectador/lector en el momento mismo de algún rito de pasaje que sólo conocemos por hechos vernáculos, como el robo del objeto preciado y la imposibilidad de recuperarlo, la circulación de billetes falsos de los que nadie está seguro o un accidente absurdo. Todo deriva en la desafinación existencial que caracteriza a sus personajes y que también los potencia más allá de la acción voluntaria. La revancha insignificante, muchas veces malograda, como único signo de algún conflicto latente que no sabe o no puede nombrarse y que envuelve al lector en una atmósfera circular varias veces visitada.

Literatura y otros cuentos, ¿el título implica algún tipo de provocación?

No, no lo pensé jamás de esa manera, ¿por qué sería una provocación? Le puse ese nombre porque hay un cuento que se llama Literatura y me parecía perfecto para titular un libro. Siempre me gusta titular los libros, en su mayoría, con el nombre de uno de los cuentos y en este caso también. Me gustaba mucho que hubiera un cuento que se llamara Literatura y fue perfecto para el título del libro.

El cuento que da nombre al libro resume un poco la pelea entre las aspiraciones bohemias del novel escritor y las vicisitudes de una familia de clase media que acompaña, pero también desvirtúa el impulso creativo original, ¿hay algún tipo de batalla entre la veta artística y lo que te aleja de ese impulso, descrito ahí?

No pensé el cuento con nada relacionado con el mundo de la literatura, que es un mundo que conozco muy poco en realidad. Estoy mucho más en contacto con el mundo del cine que con el de la literatura. Cada tanto me publican en alguna antología y me siento raro cuando aparezco. Me da la impresión de que no soy parte de ese mundo, me siento muy ajeno en todo: los códigos, lo temas de los que hablan, si me incluyen en una cadena de mails de alguna antología nunca contesto nada, deberán creer que soy un maleducado. No me siento parte, realmente me siento muy ajeno. Nunca hice la presentación de un libro en la feria del libro. La última vez que estuve ahí fue en los ‘80 en una presentación a la que me invitaron de casualidad. Mientras que del mundo del cine participo un poco más, casi de manera obligada, porque cuando hacés una película tenés que presentarla y si te invitan a un festival tenés que hacer luego alguna sesión de preguntas y respuestas. Y te encontrás con otros realizadores, ahí sí me siento en un mundo más conocido.

Literatura y cine se desarrollan de forma casi siamesa en tu carrera ¿cómo se fueron relacionando y qué te aportó a vos cada una de estas áreas?

En mi casa de chico había una gran biblioteca, recuerdo los libros del boom latinoamericano de aquel momento: Vargas Llosa, García Márquez, Cortázar, Sábato, esas eran mis lecturas en los primeros años del secundario y leía muchísimo. Las colecciones del Centro Editor de América Latina que salían muy baratas y eran muy buenas ediciones. Compraba un libro por semana y así leí casi todos los clásicos. Y en paralelo empecé a ver cine, iba al cine club que funcionaba los viernes después del colegio donde a veces invitaban a directores o pasaban clásicos. El mundo del cine era para mí un poco más misterioso que el de la literatura. En los dos casos me zambullí en esos mundos casi como si te tiraran a una pileta sin saber nadar, de algún modo. Por ejemplo, mi madre me dió para leer El lamento de Portnoy de Philip Roth, que por el contenido no era un libro para un chico de catorce años en aquel momento. También recuerdo haber leído a esa misma edad El pájaro pintado de Jerzy Kosinsky, que es un libro con escenas de altísima violencia. Y lo mismo me pasó con el cine: vi en la cinemateca películas de la era soviética cuando todavía era muy chico para entenderlas. Ya bastante más grande, empecé a estudiar cine. A los 18 empecé a estudiar y a los 20 me fui afuera, a Estados Unidos un año y después me fui otro año a Italia donde trabajé como ayudante de montaje. Después volví un par de años a Estados Unidos y a partir de ese entonces volví para quedarme acá. En general empecé a escribir literatura en algún momento cuando estaba en Estados Unidos. Luego de un corto que hice, quería seguir escribiendo y no podía seguir escribiendo guiones que no iba a poder filmar, porque es bastante complicado filmar una película y entonces dije voy a escribir literatura, a ver qué pasa. Para canalizar de alguna manera mis ideas.

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¿Y creés que esa necesidad se plasmó en los cuentos?

En todos los cuentos hay material autobiográfico, pero ninguno de los relatos tiene nada que ver conmigo. Ninguno de esos personajes soy yo o alguien que yo conozco. Psicodelia tiene cosas tomadas de la realidad pero esa escena nunca existió, es un gran invento en realidad. En Literatura y otros cuentos, el orden en que aparecen publicados es el mismo orden en que los fui escribiendo. Alplax, que es el primer cuento, lo siento como una entrada en calor y por eso es un poco más seco que los otros, con menos humor, más tranqui. Y después empieza a haber un poco más de movimiento en los relatos, salvo en el último, Psicodelia, que no está en la primera edición del libro y es el último cuento que escribí hasta ahora. No volví a escribir un cuento después de ese y es más contemplativo que Alplax. Fue por encargo para incluir en una antología de cuentos breves y también fue el texto de un catálogo para una muestra de Miguel Mitlag.

¿Cómo surgió la idea de trabajar con Miguel Mitlag?

Soy amigo de Miguel, el fotógrafo, y me gustaba toda la serie que incluía esa foto. Cuando visité a Miguel en Berlín donde vive, él me pidió algunos ejemplares del libro. Al consultar con la editorial ya no quedaban y a partir de ahí se me ocurrió la idea de re-editarlo y de paso incluir otras fotos de la serie que a mí me gustaba tanto. Miguel estuvo de acuerdo y me puse en campaña para hacerlo. No es tan fácil editarlo así en colores, es bastante caro y la editorial tuvo la generosidad de re-editarlo de este modo. Me gusta que mis libros estén en circulación para que se sigan leyendo. Un poco como las películas, hay que encontrar la manera de que todo siga circulando.

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En Alphaville, Jean Luc Godard nos mostró hace más de cinco décadas el mundo tal cual se perfila hoy: una sociedad vaciada de sentimientos, hija de la normativización y la transparencia total de la comunicación. Lenguaje y tiempo, las dos caras de una misma moneda, centralizados por la técnica habrían logrado la sujeción voluntaria de la mayoría de los habitantes de ese condado de ciencia ficción a un orden que sólo se ve alterado por la llegada de un héroe de otra época, es decir con otros códigos, quien logra destruir la máquina y rescatar a la protagonista. El cineasta francés incluyó una cita de Jorge Luis Borges hacia el desenlace del film: “El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego.”  Del mismo modo, los personajes en los cuentos (y películas) de Rejtman no logran habitar ningún presente, en el cual no se reconocen nunca. El motor de las acciones impulsa sus historias como si siguieran el vector de un conejo blanco enloquecido que no les permite anticipar el desenlace. Como Andrés, el protagonista de ‘Mi yeso’, a quien su propio reflejo atrapado en el televisor o en los mosaicos de la pared lo observa desde algún otro lado que ya no es más él. Recién en el último cuento y el más breve, Psicodelia, el protagonista logra la recompensa de un momento meditativo que resume la búsqueda de todas sus historias.

En tus cuentos jugás con la duplicidad, la repetición, el eterno retorno, ¿es un recurso narrativo o pura idiosincrasia?

Eso sucede, es parte de la trama de mis cuentos, pero es mostrado con muy poca nostalgia, con muy poco sentimentalismo me parece. Podría tratarse de tramas melodramáticas, si querés, podría tratarse de la trama de un teleteatro. Pero me gusta eso de que queden las cosas suspendidas, en realidad, y también puede ser que transmitan la idea de un mundo circular y conectado. Es que para que los cuentos funcionen hay ciertos cabos que tienen que atarse o conectarse en algún momento, no todos, pero hay algunos que sí. Es más como una estrategia literaria o narrativa porque sino sería todo una deriva de la escritura y en algún momento hay que empezar a cerrar algunas cosas para que haya una idea de estructura. En el cine este mecanismo es más marcado, en la literatura las cosas pueden quedar más en el aire.

En Dos Disparos seguís más esta dinámica narrativa de cuentos cortos. ¿Creés que es en esa película donde los dos géneros convergen más?

Para mí lo que pasa en Dos Disparos es que no hay una trama lineal y es más disgresiva la película, se bifurca va por distintos caminos, pero al final se vuelve a la historia central. Es la misma estructura narrativa de Tres cuentos, por ejemplo, el libro siguiente a este, como que abandono un personaje y sigo a otro. Así que sí, van por caminos un poco más paralelos la literatura y el cine en estos últimos tiempos.

Tomás mucho como escenario de tus historias a la costa argentina y de golpe te vas a Australia, ¿hubo un salto de imaginación ahí o algún ingrediente autobiográfico quizás?

Australia en Ornella es porque justamente fui a un festival en Brisbane, la ciudad que aparece en el cuento y el hotel era el mismo del relato, el Hilton, entonces describo un poco todas las cosas que ví en ese lugar. Pero después hay otros cuentos, como Este-Oeste en Tres Cuentos, donde hay una parte que sucede en Los Ángeles, que si bien estuve allá un par de veces, no conozco el escenario donde transcurre ese cuento, que es en el barrio coreano de Los Ángeles. Y todo eso lo ví a través de Google Street View. Buscaba los lugares y los negocios, porque no se dió viajar en ese momento. Si tenía que planear un viaje se detenía la escritura por mucho tiempo. Así que empecé a buscar por Google y me divertí bastante haciendo eso.

El motor de las historias son claramente las acciones de los personajes, sin embargo siempre están enfrascados en alguna especie de transición en sus propias vidas, muchas veces en cosas que los exceden. En este caso, ¿las fotos refuerzan un poco esa idea?

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Es cierto que siempre hay algo que está más allá de ellos, hay cosas que no controlan, que no pueden controlar y al mismo tiempo están en una cierta transición. Pero también están disponibles para esa transición. A mí me molesta, por ejemplo, cuando me dicen que mis personajes son abúlicos o escépticos. Y para mí más que nada se trata de esa disponibilidad y esa idea de transición me parece buenísima. Están moviéndose de un lugar a otro y están dispuestos a ir de un lugar a otro. Están disponibles para lo que pueda suceder, lo que pueda pasar. Otra de las cosas que se dicen es que hay una especie de falta de voluntad y no es así. Ese tipo de comentarios tienen más que ver con expectativas pre-establecidas con respecto a un producto literario o cinematográfico que con lo que es la vida o lo que cada uno entiende que le pasa en la vida. Porque nadie tiene metas tan claras todo el tiempo y mucho menos en culturas como la nuestra. Lo que yo percibo es que las cosas están mucho menos jerarquizadas, planificadas y entonces uno está un poco más a la deriva también, pero no en el mal sentido. Creo que eso abre muchas puertas. Por eso me molesta un poco cuando me hablan de los personajes en términos negativos.

Pasamos de Rapado, cuando confesaste en una entrevista que no había público para esa película en ese momento, a la explosión cinéfila  que se pudo ver todos estos años, en el BAFICI por ejemplo, ¿qué nuevas etapas podés anticipar ahora o como es tu visión actual sobre la industria?

Es un momento muy difícil creo, ya casi no hay televisión, todo es internet y estamos viendo ese experimento: las nuevas maneras de consumir contenidos. Es un momento muy raro, de mucho cambio y no sé muy bien hacia dónde va, no tengo mucha idea. Creo que lo bueno de las redes es que conectan a todo el mundo pero veo con preocupación la polarización de fuerzas que colisionan y no encuentro nada virtuoso en eso. Me quedé pensando que ahora se habla mucho de los ‘90 porque es la última década que podemos nombrar. Los 2000 es raro, ¿qué son los 2000? ¿los 2010? Es cierto que pasaron un montón de cosas en los ‘90 y también se puede nombrar como el resto de las décadas anteriores. El tiempo actual que transitamos, en cambio, todavía no se puede nombrar. Quizás a partir de la década que viene ya vamos a estar aceptando un poco más que estamos en el siglo XXI y se van a poder nombrar nuevas épocas. Todavía no estamos acá y seguimos hablando de allá. Hay algo de eso me parece. Yo nunca me propuse hacer en aquel momento un retrato de época ni nada que se le parezca. Creo que de la misma manera que escribí en ese momento escribo también ahora y los personajes no son tan diferentes. Nunca pensé en hacer un retrato ni generacional, ni de época.

¿Estás filmando?

RejtmanEstoy haciendo un corto, Shakti, el protagonista es un joven de 27 años. Y un largometraje que voy a hacer el año que viene en Chile, con dos actores argentinos y el resto del elenco chileno y todas las locaciones allá. Tenía ganas de cambiar un poco de escenario, de que se hable de otra manera. Mi último corto es del ‘86 (Doli vuelve a casa) pero aún no sé cuándo va a quedar listo este corto que estoy realizando para su estreno. La película nueva se va a llamar La Práctica, el protagonista tendrá 40 años, y llevará muchas semanas de rodaje porque tiene muchos decorados distintos y eso encarece bastante la producción. Aunque lo que se ve finalmente en las películas parece muy simple, detrás siempre suele haber un gran despliegue.

Literatura y otros cuentos de Martín Rejtman.

Literatura Random House, 2017.

144 páginas.

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