La nostalgia como cárcel elegida en El hilo fantasma

Por Victoria Béguet

La octava película de Paul Thomas Anderson se obstina con el pasado y la búsqueda infatigable de un lazo de amor perdido

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A El Hilo Fantasma no lo deslumbra el mundo de la moda. Ni siquiera le interesa verdaderamente. No lo interroga la belleza, cómo se fabrica, de qué manera se articulan diversos elementos para lograr un efecto determinado. Tampoco le seduce el rigor, aunque su protagonista lleve una vida signada por la autodisciplina y un ascetismo discreto. Su materia en cambio es la nostalgia. La nostalgia envolvente, claustrofóbica, encantadora. La nostalgia como cárcel elegida.  La nostalgia recuerda el film, puede ser después de todo y al igual que la vestimenta, un ejercicio de vanidad.

Reynolds Woodcock (Daniel Day-Lewis) diseña vestidos de alta costura durante los años ’50. También ha diseñado para sí mismo algo así como una jaula de oro hecha a su medida que se sostiene gracias a una laboriosa y severa cotidianidad. La Casa Woodcock, que es también su hogar, ocupa un lugar clave en la narración y es un espacio exclusivamente femenino (las personas que trabajan para él, las que hacen sus vestidos, son todas mujeres). La casa está también habitada- aunque la película sugiere esto sin gestos burdos -por el fantasma de su madre. Reynolds, que dedica su vida a hacer vestidos deslumbrantes, nombra al pasar, no sin fascinación, un vestido que ya debe estar, según dice, ¨convertido en cenizas o hecho pedazos¨. Un vestido que entendemos es único e irrepetible. Se trata de un vestido que Reynolds hizo para su madre cuando era adolescente  (y suponemos que fue enterrado con ella). Detrás de la actividad febril que caracteriza sus días, asoma una búsqueda infatigable por ese primer vestido y por ese primer amor. Ambos, insustituibles. Esta es la historia de amor, la tensión central del octavo film de Paul Thomas Anderson, el lazo espectral que consume a Reynolds.

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Si Reynolds Woodcock carece del carisma sobrecogedor del Lancaster Dodd de The Master, es, al igual que el personaje de Philip Seymour Hoffman, un tirano infantil y temperamental que desea retener el control de su asfixiante y pudoroso mundo. Reynolds desea también secretamente que otro le arrebate -de manera temporaria- su férreo afán de control; que otro se arrogue el derecho a cuidarlo. Que lo vuelva vulnerable, dependiente, niño. Alma (Vicky Krieps) va a ocupar este rol dentro del universo peculiar del diseñador.

La irrupción de Alma -y esto constituye acaso el principal acierto del film- es violenta. Mejor dicho, es violenta y es íntima. Alma, una mujer sin pasado, casi ella misma un diseño oportuno, no va a oficiar, como podría esperarse, de musa del diseñador. Tampoco de médium. Si vale la comparación, Alma va a ser, al igual que una traducción, un sustituto posible que indica la imposibilidad de recrear algo. (Va a convertirse también en un insospechado gesto vital). En todo caso, la llegada de Alma a la Casa Woodcock -pero sería más exacto decir que Reynolds sale a su encuentro – parece detener un reloj en marcha, a la vez que señala desperfectos en un mecanismo aparentemente impecable. Dueña de una paciencia infinita y de una presencia leve (su conducta responde, cabe recordar, a la época en la que transcurre la historia), Alma sólo puede pertenecer al terreno de la fantasía o del pasado. Se trata de una mujer hasta tal punto ideal que podría ser una proyección de Reynolds (El Hilo Fantasma podría ser también un cuento que Reynolds se cuenta a sí mismo).

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En ese pasaje de lo ideal a lo posible que permite el personaje de Alma, el diseñador y la casa que habita descubren la forma de pertenecer obstinadamente al pasado. Si la historia de amor entre Reynolds y Alma no es un amor entre iguales se debe en gran medida a que un fantasma, como parece afirmar El Hilo Fantasma, es algo más frágil y a la vez mucho más potente que un individuo de carne y hueso y el lazo que interesa es el de Reynolds con su madre, ausente y a la vez presente hasta la náusea. Si los mundos que concibe Paul Thomas Anderson son mundos hostiles, fieles a sí mismos, cargados en igual medida de patetismo y ferocidad, El Hilo Fantasma no es una excepción en este sentido.

 

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Un comentario

  1. Acertada descripción, profundidad en el análisis, amplio conocimiento de los recursos; con todo eso se llega a una interpretación que guía y enseña. Excelente

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