Rostros y lugares: mucho más que mirar el paisaje

Por Violeta Micheloni

La casi nonagenaria Agnès Varda y el artista callejero francés JR realizaron una película ganadora del Independent Spirit Award a mejor documental. Premiada también en Cannes y nominada en los Oscars, Visages Villages invita al espectador a un recorrido diferente.

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Agnès Varda nació en 1928 en Bélgica, con el nombre Arlette Varda. Su página de Wikipedia dice “Años activa: desde 1955”, como si fuese una computadora de largo aliento. Pero no. Agnès es cineasta, performer, autora de video-instalaciones y también mito viviente en tanto “abuela de la nouvelle vague. Su obra, tan innovadora como desconocida para muchos, es una exploración constante en el eje que va del cine más poético al más documental y es precisamente en ese cruce en el que su ojo se detiene: la poesía de lo real o lo real de la poesía. En el 2017, a los 89 años y en alianza con JR -artista visual callejero francés- Agnès hizo una de las películas más interesantes del año. Rostros y lugares (Visages Villages) es una invitación a un recorrido por los pueblos y pobladores del interior de Francia a través del cual pensar cómo son nuestra mirada y nuestros recuerdos.

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Seres humanos comunes y corrientes. Ese es el punto de partida que reunió a estos dos artistas tal y como ellos mismos lo explican en los primeros minutos de la película. Varda viene de formar escuela de cine realista contemporáneo (los Dardenne, Laurent Cantet y Ken Loach, por solo nombrar unos pocos, le deben algunas ideas). Su propuesta siempre experimental apunta a la puesta en juego de un principio narrativo en un contexto real, no escénico, librado al azar. La película Sin techo ni ley de 1985 sería el ejemplo más destacado en este sentido. JR, por su parte, con 33 años, cumple con las características básicas del street artist actual: identidad (¿JR?) y aspecto (ojos ocultos tras lentes de sol) siempre elusivos. Pero en los temas, su obra se acerca a la de Agnès y se aleja del paradigma Banksy: sus gigantografías de fotos de gente común pegadas en la ciudad invaden el espacio público y, sin buscar tener valor icónico alguno, se ofrecen simplemente a la mirada del que pasa. A partir de este punto compartido, JR y Agnès recorren pueblos del norte y sur de Francia buscando retratar a sus habitantes de manera espontánea. Un camión transformado en cabina fotográfica y gigantesca impresora funcionará como carta de presentación a los pobladores y de allí en adelante todo lo presentado será una mezcla de las impresiones, los recuerdos y la imaginación de los artistas y los retratados. El proceso creativo mismo es parte de la película; las escenas en la cocina de Agnès buscan ser “la cocina” de todo el largometraje y dar la mayor sensación de la transparencia posible.

Con la cámara amaestrada en el registro de lo espontáneo, los distintos relatos y acciones se van conformando en los diálogos y movimientos que tienen lugar en los escenarios elegidos. Antiguos mineros, agricultores, obreros y artistas, hombres y mujeres por igual, todos se emocionan frente al gesto de dos extraños que se acercan y les proponen sacarles fotos y escuchar sus historias. Las fotografías serán las que tomen en el camino, pero también las recuperadas de distintos archivos, entre ellas, fotos sacadas por Varda muchos años atrás. Juntas, fotos nuevas y viejas, cumplirán su rol para la memoria de un instante que desaparece.

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La pregunta será hasta qué punto todo retrato no es un retrato del propio retratador. Allí entran en juego las propias historias de Agnès y JR que, de la misma manera que un turista que visita lugares, se sacan fotos y cuentan sus recorridos. Según afirmaron en entrevistas posteriores, el objetivo era que sus historias personales -también simples- funcionaran como puente entre los espectadores del film y las personas retratadas. Sin embargo, en el caso de Agnès, la película es también un homenaje a su trayectoria y al cine de la nouvelle vague en la manera específica en que este forma parte de su recuerdo. En ese sentido funcionan las menciones a Jean Luc Godard y contemporáneos, así como la escena que tiene lugar en el Museo del Louvre.

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Visages Villages es una película que emociona por la libertad que la sustenta. En su recorrido JR y Agnès se preguntan por los filtros que se interponen entre sus ojos y lo que miran: el deterioro visual en avance de Agnès y los permanentes anteojos negros de JR. En ese gesto reafirman lo infranqueable de la propia percepción, así como su relevancia para explicar la experiencia de cada persona. De la misma manera, la película se abre a las interpretaciones de cada espectador sin subrayar sentidos ni definir consignas. Ese mismo respeto y valoración que se percibe de ellos hacia todos los que se cruzan en su recorrido sale de la pantalla y se da a todo aquel que quiera compartir la experiencia de este viaje. El efecto final es el de haber visto una película inmensamente humana en la que cada cual puede encontrar su reflejo.

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