Las pequeñas virtudes de Natalia Ginzburg

Por María Malusardi

 La autora italiana tuvo un tibio reconocimiento en vida, pero es cada día más leída. Una vida que atravesó tragedias y glorias de Italia en el siglo XX y una escritura íntima y esperanzadora.

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I

Quien sea capaz en su escritura de fingir el dolor que de verdad siente –genial y abrumadora paradoja de Fernando Pessoaserá, sin duda, gran artista de la palabra. Reveladora noción, la de Pessoa, más poética que filosófica, aplicable a Natalia Ginzburg, una escritora italiana que durante las últimas décadas permaneció en la sombra de las editoriales en nuestro país. Pero como lo bueno siempre se esfuerza por regresar –acaso no sea esto más que una ilusión, perdida y desbaratada-, aquí la tenemos, soplándole los párpados a tantos lectores de estos tiempos que habitan la lisura del “me gusta”, sometidos a una enfermedad que conduce sin medias tintas al relativismo cultural, a la confusión y al desguace de los criterios que activan la mirada lúcida, evitando poner en discusión el tan mentado discurso del todo vale.

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Ginzburg es una autora que cava hasta el final de la tumba precisamente para no dejarse morir. Y, sobre todo, tiene con qué defenderse: es tan sólida que incita al abrazo, a la admiración, a la permanencia y, lo que no es poco, a la relectura y el aprendizaje.

Por eso La ciudad y la casa, Léxico familiar y A propósito de las mujeres (dos novelas y una recopilación de relatos respectivamente, editados por Lumen) lejos de entretener –quizá el atributo más espantoso para la literatura en estos tiempos- escarban y levantan el polvo de los rincones de la casa familiar. La que fue, la que es, la que será.

La pluma de Ginzburg posee la virtud de la fluidez. Se deja leer aunque, con la mano en alto, intercepta: momentito, no avance tan rápido que aunque la prosa es directa y aireada como merengue, “la letra debe tomarse en toda su potencia y en la vastedad de sus implicaciones” (dixit Roberto Calasso), puesto que la condición humana y sus revueltas necesitan tiempo para procesarse desde que la letra roza hasta que la letra infecta.

Natalia Ginzburg desafía la gravedad de la vida. Aquí estamos, aquí vivimos, aquí somos lo que somos, nos dice. La desgarradura no se muestra como excepción porque está implícita en el acto de vivir. Circula tan abiertamente y sobria, como la belleza y el sabor de una fruta. Se duela como se desintegra el durazno en la boca. Ambos actos importan, ambos hechos son trascendentes, frágiles, humanos. Ginzburg, como Pessoa, apela a lo sensorial pequeño (como Alberto Caeiro en El guardador de rebaños) para demorar la sensibilidad del lector en el cuerpo de la existencia, tendido al sol, inerte, despojado. Su sencillez es una trampa de la apariencia. Y un explosivo latente urde su significado –su generar jirones y fragmentos- no en el texto sino en el alma del lector.

Cuando Ginzburg elude la realidad, el peso de la realidad, es cuando más la planta, la intensifica, la crispa. El lector transita por sus personajes como si anduviera de puntillas por la propia casa, desnudando la propia familia, desafligiéndose porque lo que no tiene solución, a la larga, lamerá las heridas con la sal de la desgracia. La rebeldía hierve en la aceptación, una aceptación acaso más socrática que cínica, en términos estrictamente filosóficos. La transformación sucede en la escritura y en las callosidades que inventa el tiempo. Natalia Ginzburg sabe que el amor –que las relaciones familiares, que constituyen su eje narrativo- es una trampa ineludible para morir un poco menos.

La disfuncionalidad no es una marca de estos tiempos. Ya Anton Chejov -notable su paternidad en el tono narrativo de Natalia Ginzburg- se animó a mostrar, en sus magníficas obras teatrales y en sus cuentos, la desintegración de la familia, la amarga luminosidad de sus miserias. Sólo que cada época tiene sus recursos para el desastre y los condimentos varían y diferencian. Pero, esencialmente, cuando las familias padecen, el espejo se queda sin época. Entonces nos remontamos a Antígona de Sóflocles o a Fedra de Séneca -la versión latina de Hipólito de Eurípides-, por nombrar algunas tragedias clásicas, donde la familia cataliza el proceso de destrucción no sin la inescrupulosa intervención del estado de las cosas del sistema imperante (lo mismo Hamlet y Rey Lear), y nos deja desamparados. No podemos escapar ni del sistema enorme ni del que nos acuna en la intimidad desde que arribamos a este mundo. Sin embargo, Ginzburg siempre nos ayuda -y nos enseña, por qué no- a respirar con aplomo y paciencia, sabe cómo devolver la serenidad en tiempos de catástrofe.

II

“El nombre de soltera de Natalia Ginzburg es Natalia Levi. Hija de Giuseppe Levi y de Lidia Tanzi, nació en Palermo el 4 de julio de 1916, siendo la última de cinco hermanos.” Así comienza Autobiografía en tercera persona, una breve crónica recopilada en Ensayos, otra de sus delicias literarias. Lo que sigue es una vida intensa, tan hermosa como difícil. Sin embargo tuvo tiempo de echarle una ojeada profunda al siglo XX: murió en 1991, en Roma.

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De los datos revelados se deduce que nuestra autora nació durante la Primera Guerra Mundial y atravesó la segunda. Las corridas y los exilios se produjeron dentro del propio país, arrastrando hijos, soportando persecución y hambre y asumiendo una temprana viudez. Había conocido a su marido, Leone Ginzburg, a través de uno de sus hermanos. Se casaron en 1938. Seis años después, ya en la clandestinidad, Leone fue atrapado por la policía alemana: además de ser judío combatía, desde distintos frentes, contra el fascismo.

La vitalidad de Natalia, unida a su juventud, no la dejó hundir; durante y después de los desastres de la guerra, persistía en la escritura. De hecho, en 1941 culminó su primera novela -ya había publicado algunos cuentos- y la envió al entonces editor de Einaudi, Cesare Pavese. Salió al año siguiente, pero con pseudónimo, por obvias razones.

No le resultó fácil a Natalia Ginzburg ubicarse en el mundo de las letras. Su intolerancia a la formalidad institucional la alejaba de ciertos círculos y mecanismos. “En 1935, después de conseguir con dificultad el título de la escuela secundaria, se matriculó en la facultad de letras. Nunca obtuvo la licenciatura.” Lo cuenta ella misma en su Autobiografía en tercera persona. El autodidactismo había arraigado como costumbre desde su niñez. En su crónica Infancia, regresa a la primera persona, acaso porque elabora una subjetividad tan estética como valorativa: “Cursé toda la enseñanza en casa, porque mi padre decía que en las escuelas públicas los niños contraían enfermedades. Por aquel entonces se daba enorme importancia a la salud física y ninguna a la psicológica; en cuanto a mi padre, no creo que se haya planteado demasiados problemas por mi causa, porque era la última de los hermanos y él estaba cansado de hijos y era de naturaleza impaciente, y además tenía muchas preocupaciones, reales e imaginarias, sobre las cuales su pesimismo innato proyectaba luces de tormenta, y lo único de lo que le pareció importante preservarme fue de las enfermedades contagiosas. Como tenía hermanos mayores, a menudo estaba sola, y en soledad contraje algunas ideas equivocadas, como la idea de que los que iban a la escuela eran los pobres y que los ricos estudiaban con una maestra en casa, por eso yo posiblemente era rica, pero me parecía extraño, puesto que en casa siempre oía decir que estábamos ‘sin dinero’, y no veía a mi alrededor indicios de riqueza, como terciopelos, brocados o platos exquisitos.”

Dan ganas de transcribirla entera. Su trazo lacónico, elevado por la agudeza, la precisión en el detalle y un humor asumido desde la nostalgia, no sólo encanta sino que transforma y tranquiliza: “Me levantaba tarde, y esperaba a la maestra leyendo novelas y comiendo pan. Pensaba a menudo en lo distinta que era mi vida de la del resto de los niños, no sabía si mejor, pero el hecho de que fuera distinta hacía que me sintiera humillada. Privilegiada y humillada, alimentaba en mí los gérmenes del orgullo y de la vergüenza. Mi escasa costumbre de estar con los de mi edad hacía que, cuando tenía algún compañero de juego, fuese autoritaria con los débiles y apocada con los fuertes; viciada por la soledad, que sin embargo odiaba, me volví obstinada y prepotente, y al mismo tiempo de una feroz timidez, y, a la vez que me sentía ansiosa de tener compañía, no soportaba la voluntad de los otros.”

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Autorreflexiva y valiente, se sobrepuso con tenacidad a las insólitas dificultades de su tiempo y de su realidad íntima. Trabajó como redactora en la editorial Einaudi, junto a Pavese y a Italo Calvino. Se volvió a casar, tuvo otra hija y volvió a enviudar. Tradujo los dos primeros tomos de En busca del tiempo perdido de Proust y también Madame Bovary de Flaubert. Recién con su novela autobiográfica Léxico familiar (1963) obtuvo el premio Strega y, por primera vez, una buena dosis de repercusión como autora -antes había pasado desapercibida. No ha sido tan prolífica pero a lo ya nombrado hay que sumar y destacar su novela epistolar Querido Miguel y Las pequeñas virtudes, un asombroso volumen que reúne once textos -un poco ensayo, un poco autobiografía- en los que la existencia se derrama espesa en el lenguaje: “Hay un peligro en el dolor, así como en hay un peligro en la felicidad, respecto a las cosas que escribimos. Porque la belleza poética es un conjunto de crueldad, de soberbia, de ironía, de ternura carnal, de fantasía y de memoria, de claridad y de oscuridad, y si no conseguimos obtener todo esto junto, nuestro resultado es pobre, precario y escasamente vital.”

Su apego a la obra de Chejov no sólo se evidencia en cierto ensamble de estilos. Natalia le dedicó al autor ruso una chejoviana biografía donde el homenaje repara y conduce hacia su autoafirmación, como si al hablar de Chejov anunciara sus propios valores, aquellas pequeñas virtudes que, desde su obra, Natalia Ginzburg nos regala: “En eso radica la grandeza de Chejov: sabe interpretar a los seres más dispares, ya se trate de perros, lobos, hombres o mujeres; a los ojos de todos ellos, el mundo puede parecer amigo o enemigo, afectuoso o terrible, pero resulta tan extraño que la mirada aventurada es, sobre todo, de asombro”.

 

Natalia Ginzburg

La ciudad y la casa – 280 páginas

A propósito de las mujeres – 112 páginas

Léxico familiar – 272 páginas

Editorial Lumen

 

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