La búsqueda del origen como estratagema del diablo en Luciferina

Por Rodri Botta

El director argentino Gonzalo Calzada estrena hoy la primera película de su tríptico La Saga de las Vírgenes

 “el mundo se hacía oscuro y brillante y oscuro de nuevo con cada latido”.

Carlos Castaneda, Las enseñanzas de don Juan.

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Hoy se estrena Luciferina, el cuarto largometraje de Gonzalo Calzada. Con esta película, el director argentino da comienzo a La saga de las vírgenes: un tríptico de historias de terror –de acento teológico y fantástico– que además estará compuesto por Inmaculada y Gótica.

Natalia (Sofía del Tuffo) –la protagonista de Luciferina– es una frágil y perturbada muchacha de diecinueve años que tiene el don de percibir la tonalidad del aura que irradian las personas. Su extraña sensibilidad la impulsa a alejarse de su casa, de su familia y se interna en un convento para abocarse a la vida religiosa. Una mañana, mientras rezaba metódicamente en la capilla, una de las monjas superiores se le acerca y le comunica que su madre se ha suicidado. Luego de recibir la trágica noticia Natalia decide regresar a su hogar.

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Cuando llega se enfrenta a un panorama mucho más enrarecido del que había dejado. Su padre está postrado en una cama del altillo, herido, enfermo, rodeado por una serie de cuadros satánicos pintados por su esposa. Al convaleciente, según parece, el miedo le sustrajo la voz y le petrificó los ojos.

Natalia, a su vez, se reencuentra con Ángela (Malena Sánchez), su hermana mayor, y se dirigen al patio para mantener una conversación íntima en la que comparten la tristeza, la soledad, la inquietud de no saber efectivamente quiénes son, la intuición de que en los hiatos de la memoria familiar anidan oscuras verdades.

En ese sentido, para intentar develar aquellas zonas de la realidad inaccesibles a la conciencia, para exorcizar los demonios internos y descifrar sus verdaderos nombres en la escritura del universo, Natalia, Angélica, su novio y sus amigos, viajan a una isla del Tigre. luciferina-1Dentro de la espesura asfixiante del territorio, cerca de una iglesia derruida y rodeada de tumbas, los espera un chamán para iniciarlos en el rito sagrado de la ayahuasca. Los jóvenes beben el influjo de la planta y se sumergen en el trance. Pero, en este caso, el umbral de percepción abierto, en vez de irradiar luz, vomita sombras. Lo que debería haber sido una vía de acceso a la realidad no ordinaria –en el sentido de Castaneda– se convierte en un pasaporte directo al corazón de las tinieblas. Sangre, canibalismo, alaridos, muertes, revelaciones y exorcismos, que tienen como trasfondo la presencia del diablo y su deseo de procrear. De esta pesadilla –más cercana a las ruinas de la realidad que a un mal viaje– intentarán escapar Natalia, Angélica y los demás jóvenes.

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