I, Tonya: fuego en la pista de hielo

Por Mariano Cervini

Enfundada en el traje de Tonya Harding, la mayor patinadora artística sobre hielo que dio Estado Unidos en los 90, Margot Robbie consiguió su mejor actuación a la fecha. Abusos, excesos y un ascenso tan meteórico como su caída.

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En la última línea de la carta suicida que dejó Kurt Cobain para despedirse de su esposa e hija aparece la siguiente frase: “es mejor arder que apagarse lentamente”. Ese fuego que hacía brillar al dios -y que a la vez fulguró su propia extinción- coincide con el espíritu grunge de unos años noventas cargados de adicciones y rebeldías. Había que arder, llevar todo al límite, y terminar la existencia en un cadáver joven y bello. Darle de comer a ese monstruo americano que fagocita en su estómago el karma de sus propios héroes. Algo similar ocurrió con Tonya Harding.
Animal del patinaje artístico norteamericano -fue la primera mujer estadounidense y segunda del mundo en completar un salto casi imposible llamado Triple Axel durante una competencia- su figura hizo arder la historia de las pistas de hielo. Dos veces olímpica, dos veces campeona del Skate America, su talento era tan fuerte como su carácter. Lejos del estereotipo de mujer americana alabado por críticos y jurados, fue amada y odiada en partes iguales. Caprichosa, comprometida, brillante, el eco furioso del grunge de Cobain parecía acompañarla a donde fuera. Tonya era la rockstar del patinaje y si bien su vida no terminó en tragedia, el mito de la patinadora rebelde la hizo arder por completo.

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I, Tonya (Craig Gillespie, 2017) es una biopic dramática con leves toques de comedia que rescatan los furiosos noventas en los que Harding fue, según sus propias palabras, “la segunda figura más nombrada del país, después de Bill Clinton”. Los escándalos que rodearon su vida – entre los que se destaca el haber sido cómplice en 1994 del ataque a su principal competidora para los Juegos Olímpicos, Nancy Kerrigan – la llevaron de la nada a la gloria y viceversa. Esos vaivenes sumado a su talento le dieron mucho más de lo que ella esperaba: el status de leyenda. Basada en videos con entrevistas a los protagonistas reales -entre los que se encuentran su ex-marido golpeador, Jeff Gilloly y su monstruosa madre, Lavona Fay Golden– la película recorre esos años de auge y caída.

Margot Robbie logra su propio Triple Axel de la actuación. Interpreta a la patinadora con altísimo compromiso y refleja el dolor de una mujer abusada desde la infancia. Tonya es sumisa en la vida pero se convierte en furia cuando sale a la pista. Su alta calidad actoral tiene la contraparte perfecta : “Si no patina con odio, patina mal”, dice una bestial Allison Janey, ganadora del único Oscar que cosechó la cinta (a Mejor Actriz de Reparto por su papel de Lavona Fay). Esa madre que -parafraseando al poeta Charles Bukowski– es una gran maestra del dolor. El patetismo de un ser bajo, sin concesiones, que asume a su hija como un animalito salvaje que nunca tendrá entidad propia. Janey maneja los hilos del miedo, la apatía, el desprecio y la violencia a todo nivel que destina al personaje principal.
La cuota de comedia pasa por la actuación secundaria y delirante de Paul Walter Hauser (Kingdom,2014) interpretando a Shawn Eckhardt el guardaespaldas de Tonya. La seriedad con la que revela cuestiones banales o ridículas dentro de un universo cercano al famoso meme del Gordo Nerd Granudo lo vuelve querible. El punto bajo se lo lleva Sebastian Stan. El actor rumano-estadounidense (Gossip Girls; Kings) no logra una continuidad emocional en un personaje creíble pero apático.

I-tonya-Robbie“Yo solo quiero sentir tanto como puedo”, dijo alguna vez Janis Joplin. Ese intento de llegar al máximo tan apasionado explica las reacciones de Tonya. A los fanáticos del rock, relájense y sientan la música que acompaña el patinaje: desde Supertramp con Goodbye Stranger, pasando por Fleetwood Mac con The Chain, Dire Straits con Romeo and Juliet y Siouxie And The Banshees con una versión de The Passenger, el clásico de Iggy Pop.
En tiempos de empoderamiento y reivindicación del feminismo I, Tonya sirve para reflexionar. No solo cuenta la vida de un ícono del patinaje que cayó en desgracia por sus propios fantasmas, sino que detrás asimila el contacto sensible de una mujer contra un sistema opresor que pretende ahogarla. Saber sobrevivir es uno de las cualidades de un personaje que parece haber entendido que -lejos de la autodestrucción- la única mujer bonita es la que lucha.

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