The shape of water: el agua y los sueños

Por Lux Tenebras

La última película de Guillermo Del Toro repasa muchos lugares comunes del género fantástico romántico desde su trama, pero despliega toda su potencia artística en la fotografía y la música.

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Elisa (Sally Hawkins) es muda, huérfana y trabaja en el sector de limpieza de un laboratorio militar. Para ser la protagonista, la heroína de esta historia, la verdad es que su vida no parece nada espectacular. Por el contrario, la vemos someterse a una rutina de días similares y monótonos, donde el único momento álgido del día es cuando se masturba por las mañanas, en la bañera. En fin, resulta que también es aficionada a los musicales (es muda, pero no sorda) y mantiene una relación peculiar con Giles (Richard Jenkins), un ilustrador veterano, ex alcohólico, bonachón y homosexual.

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Digamos que, en principio, pasar el lampazo y limpiar los baños no promete demasiadas aventuras, pero resulta que el laboratorio para el que trabaja Elisa no es un laboratorio cualquiera, sino que esconde secretos militares y, sin querer, a veces el personal de limpieza ve cosas extrañas. En cierta ocasión, junto a Zelda (Octavia Spencer), su compañera de trabajo, observan cómo ingresan con vida, maniatado con cadenas en una peculiar pecera, a un insólito ser anfibio, un monstruo marino, que probablemente será sometido a rigurosos estudios y experimentos.

El primer giro argumental interesante (un poco previsible, pero interesante), es que el monstruo marino, que reacciona a la defensiva contra todo el personal científico del laboratorio, desarrolla una inesperada empatía con Elisa. No obstante, como Elisa ni siquiera debería saber de la existencia del monstruo, sólo consigue interactuar con él, a escondidas. La relación que establece con el monstruo se desarrolla de manera gradual, a través de momentos secretos, íntimos, robados a la rutina.

El segundo giro argumental está indisolublemente ligado a la aparición del villano, quien, más allá de la apariencia física, es el verdadero monstruo de esta historia. Se trata de Richard Strickland (Michael Shannon), el nuevo jefe de seguridad. El monstruo marino le arranca dos dedos de un mordisco y, aparentemente, Richard Strickland odiará al monstruo por eso, tomándose el asunto de manera personal. Queda claro que, si fuese por él, mataría al monstruo, sin contemplaciones, pero debe acatar las órdenes de sus superiores que, de momento, planean mantener con vida al monstruo, para estudiarlo mejor.

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Hasta aquí lo que puede narrarse, sin arruinar el factor sorpresa, aunque lo que sigue es fácilmente deducible. No así el desenlace, donde siempre anida un margen de incertidumbre. Digamos lo obvio: Elisa desarrolla una suerte de romance con el monstruo, al mejor estilo de La Bella y la Bestia y, en el laboratorio, deciden que, para estudiar mejor al monstruo, mejor una vivisección. Desde luego, Elisa (con la ayuda de los buenos de la película, obvio) tendrá que salvar al monstruo, como quien libera a Willy y, en el medio, deberá sortear varias dificultades, donde Richard Strickland compone el gran elemento adverso.

La trama, si la analizamos en sus elementos básicos constitutivos, no es muy original que digamos, aunque hay otra subtrama, un poco más interesante, que es casi como una película paralela. Se trata de la historia del Dr. Robert Hoffstetler (Michael Stuhlbarg), un agente ruso infiltrado, un científico que trabaja en el laboratorio. Un personaje complejo y mucho más intrigante que Elisa, porque es tan ambiguo en sus intenciones, como indescifrable. Perfectamente capaz de traicionar por igual a los rusos, como a los norteamericanos. Nunca se entiende si es bueno, si es malo o qué. Sea como sea, coincide con Elisa en liberar al monstruo y ambos unen fuerzas, aunque quizás no tienen las mismas intenciones. Puede que Robert Hoffstetler no tenga fines altruistas sino que, simplemente, quiera arruinar los planes de los norteamericanos. Después de todo, el escenario en el que transcurre esta historia es el de la Guerra Fría y considerando que el monstruo marino es estudiado con fines bélicos, es una posibilidad.

Todos estos elementos se entrelazan con cierta audacia, sin componer, ni por separado ni en conjunto, lo mejor que la película tiene para ofrecer que, en definitiva, es algo estrictamente audiovisual, indescriptible. A partir de aquí, de este punto, es donde la discusión sobre el valor de la película se deshace en balbuceos. La propuesta de Guillermo Del Toro, que de improvisado no tiene nada, no se agota en la trama, sino en el visionado de la película. Entonces, La forma del agua, adquiere un valor específico, que cada cual debe juzgar según su propia sensibilidad y experiencia.

Guillermo Del Toro, que ha demostrado con creces un amor genuino y un conocimiento profundo sobre la dinámica y alcance de los cuentos de hadas, propone una fábula que, como tal, puede interpretarse de numerosas manerasLa forma del agua no significa una única cosa, sino que consigna diversos elementos simbólicos, que resuenan de diferente manera, para cada espectador. El mérito del director es el de articular un mundo donde disponer de esos elementos, donde hacer que funcionen, con independencia del gusto de cada cual.

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Entonces, la imaginería que lo caracteriza. La estética harto peculiar, los aparatos complejos, de dudosa mecánica, los monstruos viscerales. Esa manera tan propia de realizar sus encuadres, los aletargados y acompasados movimientos de cámara y de actores, casi como si estuviera interpretando una partitura, en lugar de manipulando imágenes. (¿Será por eso que Elisa es aficionada al cine de género musical?). Sin lugar a dudas, lo mejor que la película ofrece es su puesta en escena, donde radica su verdadera originalidad. La fotografía, con una paleta de colores de reminiscencias marinas, se permite algún desliz monocromático, que funciona como un verdadero truco de magia.

Puede que el argumento y los personajes de La forma del agua sean algo obvios, pero le sirven al director para confeccionar una experiencia cinematográfica tan intensa, como inolvidable, donde también hay una intención lúdica, manifiesta y eficaz. Por eso, la película se vuelve un pastiche de géneros, donde caben por igual el romance, el terror, el thriller, la aventura,  incluso el humor (todas las escenas en las que el monstruo se comporta como un humano, donde el choque de civilización y barbarie aparece satirizado, son indudablemente cómicas). En definitiva, La forma del agua es un inmenso y sentido homenaje al cine, donde lo que importa es suspender la incredulidad, para dejarse maravillar, entretener, sorprender y, con algo de suerte, hasta es posible emocionarse.

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