Marosa di Giorgio, una mariposa que sueña

Por María Malusardi

Adriana Hidalgo publicó Otras vidas, libro en el que la poeta uruguaya rascata trazos de su vida y la vuelca en imágenes escritas

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Hay que escribirla imitándola. O más bien, contagiándose de su decir de oleaje, puntilloso y conciso. Marosa di Giorgio es, hoy, una mariposa que sueña. Y desde ese follaje onírico corresponde bordar sus diamelas y sus membrillos. No es posible otra manera. Ella no lo permitiría.

En Otras vidas (Editorial Adriana Hidalgo) sueña a los otros. Cada quien podría ser un ideograma: apenas con una pincelada y algunos movimientos danzantes anuncia todo lo que tiene para decir. Demuestra que el decir fugaz se parece al silencio y que desde el silencio se escucha y se acierta con vehemencia. No supera la página y media cada poeta al que se refiere. Unos escasos compases su voz más un texto del autor en cuestión, a modo de muestra. Es todo. Y potente.

“Desde muchos años se vestía siempre de blanco y entregaba un lirio a los visitantes.

            Publicó en vida tres poemas que pasaron desapercibidos.

            Treinta años después de su muerte, una sobrina sensible encontró en un baúl el mazo de versos, de salmos, que recorrería triunfalmente el mundo.

            Emily vio en su jardín nevarse la flor del ciruelo y escuchaba el silbo de los mirlos. Y, por sobre todo, escuchó el silbo (‘Llamaron nuevamente’) del Mirlo.”

La enorme Emily Dickinson. En pocas líneas, toda ella. O más.

Sucede que la poética de Marosa, que pone demencialmente en escena un ecosistema de jardines náufragos, obliga al lector a disponer de todos los sentidos. Poco tiene para decir Marosa acerca de otras poéticas –como de otras vidas- porque lo que domina su obsesión de ninfa es el cielo y el infierno en la tierra. Donde hierve su mirar, zozobra la pena. Donde su ojo escarba y goza del erotismo de los ángeles, nace una poética de la acción y la barbarie. Imposible, entonces, asomarse a otro autor o autora desde lineamientos teóricos. La conmueven y la exaltan un despliegue de pájaros, una rebelión de hongos, un crujir de tazas y de platos, un batallón de archipiélagos y de cipreses que vuelan.

“En su cántico está la vida cotidiana, el rito diario, pero todo trémulo, tocado, como leve y definitivamente alterado. Vienen señas, se oyen avisos, la presencia alta y recta, o sigilosa, está de nuevo ahí. En un escenario de salas, jardín casero, río, hierbas, espejos, canastas de costura, cucharas, ollas, días, noches, aparentemente iguales, surge la luz de color desconocido y corre erizando todo, alertando, salando, congelando.”

Se refiera a la poeta uruguaya Circe Maia.

Y así, con tono especial, recogiendo frutos, grullas y sartenes que ofrecen los árboles, Marosa construye sus piezas mágicas sobre las vidas y las obras de otros poetas. Con precisión y justicia, con singularidad y destreza “pone a bullir a fuego y  nieve la vida entera.

También se ha ocupado de sí misma. Señales mías ha titulado su autobiografía. Y comienza así:

“Vine a la luz en este florido y espejeante Salto de Uruguay, hace un siglo, o ayer mismo, o mismo ahora, porque a cada instante estoy naciendo. Era por junio y por domingo y a mitad del día. Imagino el rostro pálido de mi madre, y más allá a los campos con la escarcha crecida –como mármol levísimo, lúcido, adecuado sólo para construir estatuas de ángeles- y con las telarañas cargadas de perlas, y las naranjas como bombas de oro, olvidado ya el azaharero origen.”

tapa Diario frances FINALY desde aquí es posible meterse de lleno en lo medular (cítrico, menta y chocolate) de su escritura. Porque su obra reunida, titulada Los papeles salvajes, se consolida desde un lenguaje selvático y boscoso –las palabras ya no son palabras sino que toman el volumen, la materialidad y el ritmo cardíaco de lo que nombran- en el que las historias huelen a tierras húmedas, a lluvia, a sexo y a miel de abejas (apenas algunos de sus condimentos). Todo resulta un lodazal bíblico, un relicario de huéspedes solitarios, una reunión variopinta de sabores y de almas, magulladas algunas, cascabeleando las otras.

“Aquella muchacha escribía poemas; los colocaba cerca de las hornacinas, de las tazas. Era cuando iban las nubes por las habitaciones, y siempre venía una grulla o un águila a tomar el té con mi madre.

            “Aquella muchacha escribía poemas enervantes y dulces, con gusto a durazno y a hueso y sangre de ave. (…)

            “Aquella muchacha escribía poemas; los colocaba cerca de las hornacinas, de las lámparas. A veces, entraban las nubes, el viento de abril, y se los llevaban; y allá en el aire ellos resplandecían; entonces, se amontonaban gozosos a leerlos, las mariposas y los santos.”

Este fragmento corresponde a uno de sus más hermosos libros: Magnolia. Aunque, hay que decirlo, no cae la escritura de Marosa en desaciertos, en pozos ciegos. No. Sus poemas arrastran a regiones donde lo familiar se torna guerra entre terrones de azúcar y el cantar de los murciélagos, entre una furia de limones y espejos quebrados, donde bracear en el lenguaje es un ascenso medieval, un regreso a lo más bello y cruel de la infancia. “Como si entre los lirios anduviera errante un entreabierto corazón de higo.”

Marosa Di Giorgio murió a los 72 años, en Montevideo.

Leer su obra remite a una experiencia arqueológica, pagana, vanguardista. Leer su obra es revivir a los muertos, como ella revivió a los suyos: “A todos aquellos seres –de mis huesos y de mi alma- que vivieron conmigo la edad del bosque…”.

Otras vidas de Marosa di Giorgio

Adriana Hidalgo Editora

248 páginas. 

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