Lady Bird: el sueño de ser libre

por Mariano Cervini

La segunda película de Greta Gerwig como directora cuestiona de lleno los mandatos familiares que se deben romper – o aceptar – durante la adolescencia.

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Donald Winnicott, una de las eminencias del psicoanálisis del siglo pasado, dijo que en la adolescencia existe un desafío de parte del joven a formar su propia identidad. Esto no sería un descubrimiento tan profundo si no hubiese agregado que lo realmente importante de aquel desafío es que encuentre la oposición de un adulto dispuesto a enfrentarlo. En ese tira y afloje imaginario se va gestando una nueva personalidad de ambos lados; tanto del padre como del hijo.

Lady Bird (Greta Gerwig, 2017) no solo es el título de una de las principales candidatas al Oscar 2018 sino que ese nombre se resignifica al interior de la trama. Es el seudónimo que elige la protagonista, Christine McPherson, (Saoirse Ronan) para marcar un distanciamiento inicial de sus padres. La película aborda el tema con dramatismo y humor: la historia de una chica que tiene el mundo por delante y quiere elegir su destino frente al mandato familiar – en este caso materno – de una vida diseñada de antemanoLady Bird

Una reacción inesperada plantea desde el comienzo el juego violento de una adolescente que sigue adelante a pesar de todo. La grieta aparece ya desde el inicio; un juego en el que nadie parece ceder a pesar del sentimiento que en el fondo une a Marion – la madre, interpretada por Laurie Metcalf – con Christine, que no quiere ser Christine, que elige ser Lady Bird. Un pájaro al que le abren la jaula pero tampoco está tan segura de lo que decide.

La incertidumbre del futuro, los planes frustrados, la falta de dinero y los primeros amores configuran el tablero que en el medio tiene un abismo: el de aceptar lo impuesto o buscar lo desconocido. Lady Bird prefiere saltarlo o hundirse en él. La opción nunca es pactar con lo dado. Parece continuar aquella frase de Jean Paul Sartre: “el hombre nace libre, responsable y sin excusas”.

La segunda película como directora de la multifacética Greta Gerwig (actriz, guionista, escritora) tiene una trama simple. La vuelta de tuerca la dan las actuaciones. Todo en Lady Bird se sostiene a partir de una soberbia Ronan (Hanna, 2015) en el contrapunto perfecto con Metcalf, actriz de larga data televisiva y cinematográfica (Roseanne, The Big Bang Theory, Scream 2). ladybird2-1078x800Cuando ese diálogo siempre tenso entre dos partes irreconciliables se rompe, vienen los otros protagonistas a intentar pegar lo pedazos. La figura de Larry, el padre, (Tracy Letts) y la mejor amiga Julie Steffans (Beanie Feldstein) son vitales para darle aire a la trama. 

Ronan es hipnótica. Golpea la pantalla todo el tiempo. Refleja el dolor, las ganas y los sueños de un joven con tanta pasión que resulta imposible no conmoverse. Sin dudas sería una consagración si logra el Oscar a Mejor Actriz al que está nominada en una terna que en principio parece imposible (la eterna Meryl Streep por The Post; una bestial Frances McDormand por Three Billboards outside Ebbing, Missouri; Sally Hawkins por The Shape of Water y Margot Robbie por Yo, Tonya).

Lady Bird es una comedia dramática que refleja una época de duelos, relaciones que se resignifican, grupos de socialización que cambian (colegios, universidades, amigos, pares) y decisiones difíciles que definen el final de una etapa. En el fondo y como dicen los griegos, toda crisis representa una oportunidad. En Lady Bird está presente esa búsqueda unida a la pasión por el futuro. La clave es creer en uno mismo, sobre todo si el camino está a punto de comenzar.

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