Chile reflexiona su propia historia a través del teatro

Por Violeta Micheloni

Yo maté a Pinochet de Cristian Flores Rebolledo y Pompeya de Gerardo Oettinger llegaron desde el país trasandino para presentarse en el Festival Internacional de Teatro TABA.

Pompeya
Pompeya

Las salas del teatro Timbre4 abrieron sus puertas para la sexta edición del festival internacional de teatro Temporada Alta en Buenos Aires (TABA), que recibió a elencos de Brasil, Chile, España, Francia, México y Uruguay. Junto a los elencos locales, realizaron 31 funciones de doce obras con recorrido previo y un estreno oficial en el marco del festival. El evento de once días incluyó también actividades especiales orientadas a sus participantes como conversatorios y workshops.

Yo maté a Pinochet, con dramaturgia y actuación de Cristian Flores Rebolledo y dirección conjunta con Alfredo Basaure Espinoza, fue la primera función del país trasandino en el festival. La obra se estrenó en Chile hace unos años y viene de realizar temporadas en España y Francia. El unipersonal cuenta la historia de un integrante del MJL (Movimiento Juvenil Lautaro), brazo armado del MAPU Lautaro, que relata lo sucedido una noche en la que se reencuentra con amigos de tiempos pasados. Allí, les confiesa haber matado al dictador en 1987 e intenta convencerlos de que todo lo sucedido desde ese momento fue una conspiración del estado chileno que ocultó el asesinato para sostener el poder y el mito. La reacción de sus viejos amigos dispara en el personaje una crisis que pone en evidencia las heridas sin cicatrizar de una época cuya historia, sobre todo en Chile, fue escrita por los vencedores. La rememoración, la recuperación a través de la memoria, ocupará entonces un lugar central en la obra, pero también lo tendrá el teatro mismo como herramienta de posicionamiento.

En la historia negada hay siempre un cuerpo negado. Es precisamente el cuerpo todo lo que importa en este unipersonal en el que el personaje se construye casi completamente desde lo gestual y desde la emoción reflejada en cada gesto. Y el efecto es patente, los recuerdos dolorosos se presentifican en ese cuerpo y en esa corporeización se liberan. El despliegue y los recursos del actor en ese sentido son para destacar. Quizás la falla de la obra se encuentre en el texto en el que por momentos el tono específico del personaje se rompe y aparece algo cercano al discurso político puro que nada tiene que hacer en ese marco con algunas metáforas demasiado subrayadas.

El autor explica, en una entrevista radial con Télam, cómo frente a la historia oficial chilena, en la que todos los asesinados y encarcelados del régimen militar son asociados al rol de pobres engañados e inocentes, él se propone en esta obra devolverle el valor y el proyecto político a estos sujetos sociales: despegarlos del lugar de víctima y recuperar su costado activo, idealista y lógicamente también violento en un tiempo de guerra sin cuartel en la que su proyecto es el derrotado. El escenario deviene así en un espacio político en el que mediante el cuerpo construir un relato disidente, escribir una contra-historia.

Yo maté a Pinochet
Yo maté a Pinochet

Otro es el grupo abordado en Pompeya, con dramaturgia de Gerardo Oettinger y dirección de Rodrigo Soto. En un pequeño departamento de Santiago sobrevive una familia de travestis; la maternal y retirada Suzu, Beyoncé y Leila junto con Lucho, que supo ser una más y ahora opta por ser el “cafisho” guardián de sus compañeras. La que falta es la Kena, que desde hace unos días no aparece y sobre cuyo paradero se centrará la trama hasta develar qué pasó finalmente con ella. La sospecha es que la mató un grupo de travestis colombianas recientemente llegadas a Santiago que representan algo así como la competencia de este grupo. Basada en testimonios y material documental, Pompeya refleja la realidad dura pero cotidiana del trabajo sexual y de la discriminación en Chile pero también en América latina.

Una vez más frente a la desaparición, la pregunta sobre el cuerpo es la que rompe el orden. Leila se entera de que un cadáver quemado apareció en la morgue policial y se pelea con la policía para que la dejen verlo por si reconoce ahí a su amiga. El derecho se le niega a título de que ella no es familiar de la que se busca, pero sobre todo se le niega importancia a la desaparición de una travesti. El completo desamparo del colectivo trans frente a instituciones y autoridades diversas se pone en evidencia y se denuncia en tanto -como dicen sus autores- en Chile más allá de luchas y militancias no hay avances reales en materia de derechos de los 80′ de Pinochet a la actualidad.

Pero la oposición no es sólo con la institución que detenta el poder más obvio, sino con una sociedad civil que desde siempre rechaza lo distinto y se esfuerza en poner fronteras incluso entre los marginados. La pregunta por lo trans en esta obra no será la de una identidad negada sino de lo trans como lo va inevitablemente hacia el margen, lo que por ser diferente queda afuera, deviene inmigrante en su propia sociedad. Paradójicamente, la solución que ellas imaginan a esa situación es el cambio de sexo definitivo, no como autoafirmación identitaria sino como la posibilidad de pulir la diferencia y volver a ser admitidas en el deber ser. Tal es el plan de Beyoncé que sueña con ser ama de casa y tener un marido al que atender. Leila, por su parte, es la “travesti-fascista”, en palabras de Lucho, que ve en las colombianas que invaden su territorio la culpa de todos sus problemas y no es capaz de ver que todas ocupan el mismo margen.

El grupo de actores conformado por Guilherme Sepúlveda, Rodrigo Pérez, Gabriel Urzúa y Gastón Salgado realizan un trabajo impresionante de intercalado de diálogos a una velocidad y un volumen que pocas veces se ve en un escenario. Entre los cuatro conforman un cuadro cuasi coreográfico en tensión permanente que apenas decae en algunos momentos, probablemente a modo de descanso. La misma función tiene el humor, que aparece como ruptura del artificio o en las ocurrencias de los personajes. La propuesta en sí tiene innegable valor como visibilización de una realidad que los relatos oficiales omiten, la pregunta es si toda la incorporación del discurso de conciencia de clase, representado en el personaje de Lucho, tiene algo de forzado para un grupo de personas que tiene problemas muchos más concretos que resolver.

Quizás lo único bueno de la realidad que describe la obra sea la reivindicación de la familia elegida como refugio y guarida ante una sociedad que rechaza y desaparece. Para el final la conclusión es obvia, la Kena había muerto de la muerte más triste y estúpida y sus amigas hermanas se ven envueltas en un ajuste de cuentas con el grupo opuesto, que probablemente derive en una muerta más. A la vieja Suzu, que lo ha visto todo, solo le queda rezarle una vez más a la virgen de Pompeya.

Finalizado el último TABA, las dos obras venidas de Chile resultan valiosas por su fuerte y necesario posicionamiento político que revela al teatro como herramienta útil hacia la toma de consciencia y en la búsqueda de la justicia.

Fichas técnicas

Yo maté a Pinochet

Dirección: Alfredo Basaure Espinoza – Cristian Flores Rebolledo
Elenco: Cristian Flores Rebolledo
Diseño integral: Ricardo Romero Pérez
Universo sonoro: Juan Manuel Herrera
Diseño gráfico: Alejandro Délano Águila

Pompeya

Dirección: Rodrigo Soto
Dramaturgia: Gerardo Oettinger
Elenco: Guilherme Sepúlveda, Rodrigo Pérez, Gabriel Urzúa, Gastón Salgado
Diseño sonoro: Daniel Marabolí
Diseño integral: Gabriela Torrejón
Producción: Alessandra Massardo

 

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