Los amantes sobreviven en The End of the F***ing World

Por Victoria Béguet

Luego de su estreno en Gran Bretaña en octubre del año pasado, la comedia que satiriza los lugares comunes de los romances adolescentes ya está disponible en Netflix.

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La adolescencia es un salto al vacío o, por lo menos, se siente así.  Y pocas cosas condensan ese vértigo, esa pérdida de certezas como el amor adolescente. The End of the F***ing World, basada en el cómic homónimo de Charles Forsman, parte desde el principio -en toda historia de amor el principio conserva siempre una contundencia irrebatible-cuando James y Alyssa se conocen.

James, interpretado por Alex Lawther (protagonista de uno de los capítulos más perturbadores de Black Mirror) tiene diecisiete años, vive en un pueblo chico de Inglaterra y está convencido, con volubilidad adolescente, de ser un psicópata. Alberga fantasías casi infantiles -retratadas con insólita ternura- sobre matar a alguien. Incapaz de sentir, asegura que sería ¨interesante¨; una cura certera para su apatía. Para llevar a cabo su empresa, necesita una primera víctima humana. Alyssa (Jessica Barden) tiene la misma edad que James y va al mismo colegio. Finge ser más fuerte y madura de lo que es y está acostumbrada a protegerse a sí misma con valentía impostada. maxresdefaultNecesita con urgencia escapar de un padrastro abusivo y de una madre oportunamente distraída. Desconfía de la ¨gente bien adaptada¨ y en los primeros minutos de la serie, por hartazgo o aburrimiento, rompe su celular. Así, dos outsiders se encuentran -el momento en que se conocen no tiene nada de memorable- buscando, sin ser conscientes de ello, asilo en el otro.

La premisa entonces es sencilla: dos adolescentes se fugan juntos y ese viaje se convierte en rito de iniciación o, mejor dicho, en una conjunción de iniciaciones varias (en mayor medida en la violencia, en menor medida en el sexo). Es una historia que ha sido contada mil veces. The End of the F***ing World es consciente de esto y opta por volver explícitos los clichés. ¨¿Por qué estás hablando como en Downton Abbey?¨, le dice Alyssa a su madre en el primer capítulo. En otra instancia, mientras la pareja observa el auto chocado del padre de James, él le pregunta si cree que va a explotar, y Alyssa le responde: ¨Esto no es una película yanki¨.  Señalar los clichés se vuelve constante y permite tanto generar complicidad con el público como enfrentarlo con sus expectativas. images (1)Así como Alyssa y James se burlan repetidamente de las afectaciones e hipocresías del mundo adulto, la serie también encuentra su identidad por oposición; por lo que reconoce y rechaza. Así, The End of the F***ing World parece moverse por capricho, como motivada por un ímpetu adolescente. Usa y descarta materiales en la medida en que los necesita (un ejemplo llamativo: una característica central del personaje de James resulta ser tan sólo un elemento disuasorio). La serie se afirma así en la sabiduría adolescente, sin gestos condescendientes.

El tono, por otra parte, ocupa un lugar privilegiado en la narración. Hay en la sierie, si se mira de cerca, una nostalgia casi imperceptible, incluso negada. Si la vale la equivalencia el programa podría ser una canción de Pulp, con sus letras siempre un poco más oscuras, un poco más ácidas, un poco más ingeniosas que sus contemporáneas del brit pop. Algo del ethos noventoso, su rechazo del consumismo, su desconfianza de todo lo que consideró artificial, su apatía, su fe ciega en lo ¨genuino¨ se hace evidente en The End of the F***ing World, aunque sin idealizaciones forzadas.

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James y Alyssa son amantes y criminales torpes que ensayan aplomo, o mejor dicho, lo toman prestado de los adultos. Están muy lejos de ser asesinos por naturaleza. Una de las virtudes de la serie consiste en aludir a un detalle incomodo: puede haber una gran inocencia en la crueldad. Hay una iniciación gozosa y dolorosa en la violencia  (aunque cabe notar que no es retratada de forma realista). Después de todo, que lo agresivo sea producto de un impulso y se parezca más a un reflejo no la vuelve menos necesaria ni menos ¨sabia¨. The End of the F***ing World – que se arrima sin culpa a lo políticamente incorrecto-  demuestra una incapacidad para tomarse a sí misma en serio, sin dejar de tomarse en serio a sus criaturas. Les permite actuar indistintamente con violencia y con ternura. Pero, sobre todo, las protege de convertirse en caricaturas. Otro mérito adicional de la serie: el aprendizaje moral que está en el centro de la historia se da sin pesadumbre y sin reflexiones finales.

Al terminar la primera temporada, tanto los protagonistas como la serie misma han sacrificado referencias, puntos de apoyo, terrenos familiares. No en vano la última toma muestra a James corriendo. Ya hizo las paces con su lado oscuro y con su pasado. Lo hizo con torpeza, lo hizo (como todos) a su manera. Sabemos que corre en la playa, sobre la arena y que lo hace con desesperación, pero no sabemos hacia donde se dirige. Si la rebeldía es un tránsito hacia algo (¿qué nos espera del otro lado una vez que soltamos amarras con lo conocido?) The End of the F***ing World se niega con saludable terquedad a responder la pregunta.

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