Florencia Abbate: “La vida cotidiana nos coloca todo el tiempo en ese borde donde el delirio se mezcla con la trama de lo que consumimos todos los días”

Texto y fotos: Lucía Martínez

En su último libro de cuentos, la autora utiliza la experiencia para darle voz a personajes con una condición común: sus vidas han sido invertidas y nunca volverán a ser las mismas.

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En lo cotidiano se ocultan sucesos extraordinarios que modifican la linealidad de la vida y, en algunos casos, carecen de explicación lógica para sus propios protagonistas o el resto de las personas. ¿Cómo explicar que un tratamiento estético en realidad sea una operación macabra para implantar un chip a los seres humanos? ¿Y qué pasa si un día se cancela un vuelo y terminás envuelta en una guerra en la que tu vida corra peligro?

En Felices hasta que amanezca, Florencia Abbate reúne nueve textos en primera persona, narrados por protagonistas mujeres, en un contexto actual. En los cuentos se producen quiebres con lo rutinario, un punto aparte en la vida de los personajes y, a partir de ahí, una resignificación de las relaciones y del entorno que las rodea.

Abbate es periodista, investigadora y escritora. En 2004, publicó la novela  El Grito y en 2007 Magic Resort (Emecé). Escribió múltiples ensayos entre los que se destacan Él, ella ¿Ella? Apuntes sobre la transexualidad masculina, poesía y libros de cuentos como Una terraza propia (Norma), antología de cuentos de narradoras argentinas como Selva Almada, Gabriela Cabezón Cámara, Mariana Enríquez, Samanta Schweblin, entre otras.

Su obra explora los sentimientos y las sensaciones que experimentan las narradoras a través de sus vivencias y los vínculos que se desencadenan como consecuencia. Realidades que rozan lo fantástico, disímiles a las que caracterizan su primer novela,  transcurrida durante la crisis argentina del 2001.

Voces

Siempre había querido retratarla tan deslumbrante como era. Pero creo que logré capturarla justo cuando estaba empezando a ser. Tal vez había perdido buena parte de su delicadeza femenina, pero había adquirido algo muy superior: una belleza dura, que salió de su indefinida crisálida tan misteriosamente como salta la mariposa del capullo en el instante de su transfiguración, cuando abre los ocelos de sus alas”.

La realidad de la que hablan estas protagonistas no obedece a datos duros ni a generalidades, sino que lo hacen desde su propia experiencia: Un cuerpo que vive y que siente, que condiciona el pensamiento y desplaza a la razón impuesta, para dar lugar a una realidad subjetiva y más significativa desde el ser, sobre temas como el amor, la muerte o la amistad.

Así, Abbate vuelca experiencias periodísticas propias. En Esta cosa Salvaje, transcurrida durante una investigación para un ensayo encargado por María Moreno sobre la transexualidad, comparte con sus entrevistadas una noche que se convierte en momento de confesiones. Un vecino delirante que pasea desnudo y un dealer de un bar de strippers que aparece como el mesías de la noche.

El cuerpo también cumple una función primordial en historias como Una sola cosa con sus manos, en la que una paciente se enamora de su médico a través del tacto, sin dirigirse una sola palabra. La narradora que relata los hechos a través de las breves sesiones que coordina, de tal manera que los sentimientos y las acciones delatan la metamorfosis, la irrupción que descoloca a la protagonista.

En otros cuentos como En el organismo, la protagonista descubre que los seres humanos son implantados con chips en su cabeza, para controlar sus movimientos, pensamientos y acciones, casi como si se tratara de un capítulo de la serie británica Black Mirror. Una visión caótica de una realidad contada por miradas que, aunque estén atravesadas por lo fantástico, no distan de ser reales.

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27267159_10215541793800968_1338731449_oAl igual que El grito, el contexto social, económico y político atraviesa la cotidianidad de  los personajes. ¿Qué te lleva a plantearlo en tus textos?

Construyo los relatos siempre a partir de los personajes. Si bien se enfatiza muchas veces en que tomo lo político o histórico de El grito, mi objeto antropológico en las narraciones son más las vidas que lo histórico en sí. Los contextos entran como parte de la cotidianidad o de ciertos avatares que se relatan. Creo que vivimos en un país donde es difícil abstraerse del contexto, porque de alguna forma siempre atraviesa nuestros vínculos. En El grito eran más que nada lazos familiares y en este libro son amistades, parejas, amantes o relaciones laborales.  

Lo interesante de la literatura, es que da cuenta de lo histórico desde una mirada más oblicua, donde quedan más las emociones, las sensaciones de determinados contextos. Preguntas más que respuestas. También pienso que queda algo propio en los textos: Por ejemplo, de otras épocas tengo más un recuerdo del cuerpo, del malestar o la alegría que sentía y que quedan reflejadas en la biografías de los personajes, en la trayectoria subjetiva del protagonista y las sensaciones corporales o emociones que causan determinados contextos o acontecimientos históricos.

Ésta cosa salvaje y MS están inspirados en experiencias periodísticas que realizaste. ¿Por qué decidiste llevarlos al plano literario?

Me pasaba como periodista que lo que experimentaba en un viaje o en un trabajo de campo para realizar una investigación, era mucho más complejo o interesante a nivel vital, de lo que escribía en una nota sobre el viaje al El Salvador o el libro de investigación sobre transexualidad, que también tenía una parte teórica. En esos cuentos quise volver a recrear experiencias que de alguna manera me marcaron, experiencias de las cuales aprendí mucho, desde otro lugar. En Esta cosa salvaje, desde el lado más humano con quienes eran mi objeto de estudio, pero que en la realidad eran personas con las que me encontré, conocí, con las que establecí algún tipo de vínculo. En el caso de MS,  El Salvador es un país muy chiquito, tiene el tamaño de la provincia de Tucumán. Hay momentos de la historia política de los países latinoamericanos que compartimos, como los terrorismos de Estado, donde pude acceder mucho más fácil a las entrevistas con los principales cuadros. Y hay algo de esa experiencia, de conocer a los protagonistas de esas historias (en nuestro caso lo vinculamos a los ‘70) que me parecía narrativamente interesante.

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La literatura permite alejarse de la experiencia para volver a recuperarla desde otro lugar. No todo es testimonial, ni se ajustan a los hechos tal cual sucedieron, por supuesto que también se mezclan con la imaginación. Estos cuentos juegan a tocar un borde donde, un relato que comienza de manera realista, avanza hacia una estética en que lo verosímil no es suficiente para contener lo que pasa. Me interesa mucho ese cruce de miradas entre géneros.

También mis ficciones responden a contextos contemporáneos. Es el presente lo que quiero narrar, desentrañar. La vida cotidiana nos coloca todo el tiempo en ese borde donde el delirio se mezcla con la trama de lo que consumimos todos los días. Incluso, desde los medios de comunicación. Muchas veces decimos “la realidad supera la ficción” y hay algo de eso.

En El organismo se ve la irrupción de lo fantástico que mencionás, ¿Se podría decir que también actúa como una puerta para observar la realidad de otra forma?

Me gustaba poner al lector en ese borde donde tenga que decidir si eso es fantástico o no lo es. Una cosa que me resultó fascinante es tener un personaje con un microchip que actúa como GPS. Pero cuando empezás a investigar sobre eso, hay un montón de gente comprometida con este tema, desarrollando hipótesis sobre la tecnología. Y existen. Mis personajes no son convencionales ni estereotipados, por eso me gusta la idea de que el personaje esté loco, un poco fantástico. También creo que la literatura trabaja sobre cierto grado de indeterminación que es lo que hace que un texto pueda tener una multiplicidad de interpretaciones.

¿Crees que aún existe un canon literario?

Creo que la tradición literaria argentina responde a interpretaciones más bien masculinas. Por ejemplo, la idea de que la literatura nace con El Matadero. Y David Viñas dijo una vez: “La literatura argentina nace con una violación”, a mi siempre me pareció una interpretación muy masculina porque uno puede decidir el origen en cualquier lado. Hay muchas maneras de construir una tradición. El canon en si, siempre fue constituido por escritores, también eso responde a la propia historia cultural de las sociedades, en el sentido de que las mujeres históricamente accedimos a las prácticas intelectuales más tarde que los hombres porque siempre nos costó obtener reconocimiento en esos ámbitos y esto creo que cambió a la par, los roles de las mujeres en la sociedad. Esta observación no dice nada de la calidad de las obras, del valor literario y del valor estético de las obras del canon.

En general, las mujeres estuvimos sub-representadas en el sentido de menos representadas. Por ejemplo, en la obra de Juan José Saer, un escritor que admiro profundamente y del cual escribí un libro. Prácticamente todos sus narradores son hombres. Y como dice Ricardo Piglia en un texto, en muchas de las obras centrales del canon por ejemplo, El Aleph de Jorge Luis Borges, el Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal o Museo de la novela eterna de Macedonio Fernández, es como que la mujer murió y es idealizada por el narrador varón. Y Piglia dice que la pérdida de la mujer desencadena el delirio metafísico del hombre. No lo dice ni como bien ni como mal, lo que digo es, esto es lo que vemos. Lo que siempre hay es la voz de un hombre entregado a una actividad intelectual y no por ahí la perspectiva de contraposición a ella.

Autoras como Libertad Demitrópulos, una escritora totalmente olvidada, relegada a cualquier canon del siglo XX y que investigué para el CONICET, trabajó sobre la representación de mujeres de clases populares, narradoras con vidas muy duras. A mi no me parece casual que ese tipo de obras, muy anti intelectual por el tipo de estética que ella trabaja, por las protagonistas mujeres, por una recuperación del indígena y por ser mujer, quedara en los márgenes del canon. De todas maneras, creo que una tradición literaria nunca es única y está hecha de muchas tradiciones. Cada autor o autora inventa su propio cruce de tradiciones y dialoga con autores que no son argentinos. A mi como cuentista me gusta mucho la tradición norteamericana, Truman Capote, John Cheever, Lorrie Moore y estoy impregnada de lo que leí, que no necesariamente es de Argentina. Y así podríamos decir que otras escritoras como Mariana Enríquez están mucho más impregnadas de otras tradiciones que de la canónica argentina. Creo que cada autor establece su propio cruce de tradiciones. Y si, veo cambios de un tiempo a esta parte. Me parece que las voces de las mujeres son muchos más visibles. Creo que también hay escritores contemporáneos que representaron muy interesantemente a ciertos personajes femeninos.

El intervalo Lúcido es el único cuento del libro narrado por un hombre y se advierte una una deconstrucción de su figura, del significado…

Creo que los personajes masculinos de estos cuentos no son “el macho”, son personajes que están en crisis con los mandatos, desde tener que trabajar, hasta casarse y tener hijos. Y un poco la peripecia del cuento lo lleva a la destrucción, a estrellarse con un auto, porque no aguanta más la presión. La literatura siempre es compleja en el modo de representar los vínculos o los vínculos son complejos. Provenimos de matrices culturales donde se naturalizan ciertas cosas y también desnaturalizarlas es un trabajo. Tanto para las mujeres como para los hombres, porque hay visiones machistas de las mujeres.

Si bien en el siglo XX Roland Barthes planteó la separación del escritor y su obra, en los setenta se reivindicó el valor del cuerpo en el sentido físico e intelectual. ¿Qué rol crees que cumple en la actualidad?

Hay escritores como el cuentista Rubem Fonseca, que vuelcan algo de su voz y de la corporalidad que me parece interesante que en la literatura se haga visible. En ese sentido, los vínculos que aparecen en estos cuentos apuntan a lo físico del contacto entre las personas, más que lo intelectual. En todos hay una narradora con una amiga, o la narradora con el médico al que va, en donde se despliega algo concreto, como cuando la protagonista acompaña a su amiga a abortar. Es el cuerpo de una que tiene que someterse a una intervención y el de su  amiga que está ahí, esperándola hasta que salga para llevarla a la casa. En el otro caso, la protagonista va a un médico que cambio algo a partir de un tratamiento por el tacto. No hablan ni una palabra y su relación evoluciona de esa forma. Los vínculos se construyen sobre el hacer, no solo con el intercambio de ideas. La literatura puede mostrar la evolución, la intensidad de la relación entre dos personas a través de las sensaciones físicas, o como la amistad es un acto compartido, un quehacer práctico, físico y no como una abstracción. También hay cosas que están poco representadas en la literatura, como la mujer que se quiere hacer un aborto.  Algo que sucede en la vida cotidiana y sin embargo no se toca. Yo soy empirista, creo en Hume, en que las ideas tienen más de las experiencia material en el mundo y condicionan las sensaciones, los sentimientos, las ideas.

 

Felices hasta que amanezca de Florencia Abbate

Emecé

234 páginas.

 

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