Fin del paraíso de los sureños ricos en Los elementales

Por María Singla

La bestia equilátera incorporó a su catálogo la novela del maestro del terror Michael McDowell, en la que dos familias se enfrentan a fuerzas misteriosas que lentamente destruyen, a través de los años, su pequeño escape balneario sobre las costas de Alabama.

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Desde un rincón de la mansión familiar en Mobile, Alabama, el loro Niles repite: “Las madres Savage se comen a sus hijos”. La sentencia del pájaro – que nunca había dicho nada jamás – fue una puntada amarga para las pocas personas que regresaban del funeral de la matriarca Marian, aún perturbadas por las tradiciones mortuorias de los Savage. No era inusual en la familia que alguien pareciera muerto cuando no lo estaba y antes del entierro, esposos e hijos debían apuñalar el corazón del cadáver de sus seres queridos. Por eso la despedida de Marian Savage, una de las personas más acaudaladas del estado, fue más que íntima. Tampoco era una persona muy agradable.

Michael McDowell, autor de la novela, presenta a sus personajes desde los bancos de la iglesia en el funeral. Sólo han asistido sus dos hijos; la monja Mary-Scot y Dauphine, su nuera Leigh, su consuegra y mejor amiga Big Barbara McCray junto a su otro hijo y su nieta. Más atrás, más alejada de la difunta y más cerca de la puerta, se encuentra Odessa, la criada negra que se niega a jubilarse y que crió a los niños desde antes del auge del movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos. Allí, el autor traza una línea invisible, pero espacialmente tangible, que todavía permanecía cuando escribió la novela en la década de los 80′, en uno de los estados más segregacionistas del Bible Belt norteamericano.

Luego del entierro, los Savage y los McCray se retiran a Beldame, una localidad balnearia tan inhóspita como paradisíaca sobre el golfo de México, en donde sólo hay tres viejas casas victorianas. Cada clan tiene la suya y la tercera, en medio de las dos, ha sido engullida con el tiempo por una duna de arena gigante, que llega hasta las plantas superiores. En aquel lugar aislado es donde se forjó la endogamia que envuelve a las dos familias. Todos sus miembros, a través de experiencias individuales, se vieron unidos por el miedo que les producía la casa vacía. Incluso después de la desaparición de Darnley Savage y la pequeña hija de Odessa, juntos reforzaron un sentimiento de pertenencia que fue más sólido que el rechazo hacia aquello que moraba el lugar y nadie podía ver -salvo en raras ocasiones.

Las mujeres de McDowell son de armas tomar. En Beetlejuice (1988), por ejemplo, dirigida por Tim Burton y escrita por el autor, la responsabilidad de salvar a los Deetz recae en los hombros de la joven Lydia (Wynona Ryder). En Los elementales son una guía que recorre toda la obra.  A través de ellas, el autor marca puntos de encuentro y de conflicto entre distintas generaciones, razas y clases sociales.

Big Barbara resulta un arquetipo melancólico, que representa la decadencia del estilo de vida sureño, al que el autor ridiculiza. Los demás personajes la desestiman constantemente y ella niega cualquier tipo de problema hasta que es demasiado tarde. Leigh, su hija, representa la transición que oscila entre la comodidad de su posición social y económica heredada y un mundo cambiante. India McCray, la hija de Luker y nieta de Barbara, es la que impulsa a los demás a descubrir qué hay en la casa derruída. Contrasta con el resto por su cuestionamiento incisivo de todo lo que a los demás les resulta natural, o, cuanto menos, simplemente extraño. Criada en Nueva York por un padre soltero, India se desmarca de su familia, que le resulta desagradable. También se aparta de Odessa, que aunque siempre está presente, en un principio vive al margen, en una historia paralela y estancada en los modos de décadas anteriores. Ella porta los conocimientos de la comunidad negra, una  sabiduría que le permite percibir algo que los demás no.

Luego de la muerte de Marian Savage, India pasa su primer verano en Beldame y se empapa de las costumbres de su familia. Su aversión por el estilo de vida sureño se vuelca poco a poco hacia la casa enterrada y sus habitantes, a los que llaman “elementales”.

McDowell desafía en su novela el poder de los vínculos familiares. Solo la confianza forjada entre los personajes más disímiles de la historia permite el traspaso de un conocimiento útil a la hora de enfrentar aquellas sombras sin definir. Odessa, vieja, empobrecida y marcada por el segregacionismo del pasado, decide apostar por el futuro; por la joven abierta, cuestionadora e insatisfecha.

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India se vuelca a la acción a pesar de los encantos de la playa sureña, que arrullan a los Savage y McCray en un sopor de privilegios y en la seguridad de lo familiar e intentará descubrir qué es lo que amenaza su paraíso privado. Odessa percibe que la adolescente ha traspasado el límite que su familia había mantenido durante tantos años y aquello que habita el lugar se despierta.

Todos los personajes lucharán, a su manera, por mantener su estilo de vida y su retiro pacífico en Beldame, pero ¿a qué precio? Odessa comprende, hacia el final, que una era ha terminado y ella es parte del pasado. Por eso le regala a India una nueva manera de ver el mundo, para que las nuevas generaciones no olviden ni hagan la vista a un lado sobre los horrores en rededor.

 

Los elementales, de Michael McDowell.

La bestia equilátera, 2017.

312 páginas.

 

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