La cotidianidad como filosofía de vida en Paterson

Por Luciano Alonso

La última película de Jim Jarmusch desmenuza la rutina de un chofer de colectivos y encuentra belleza en las pequeñas variaciones de una vida poco espectacular.

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Una de las mejores películas del año,  ya sea 2016 (año del estreno internacional) o 2017 (año del estreno local). No importa, sea cual sea, Paterson se ha convertido automáticamente en una de las películas del año, lo cual sorprende y no sorprende. Sorprende, porque es una película aparentemente simple y de ambiciones discretas. No lo hace porque es, al día de la fecha, la última película de Jim Jarmusch, un director de calidad, avalado por su propia trayectoria, cuya fuerza e impacto dista de haberse agotado. Si bien siempre repite ciertos vicios autorales, también siempre resulta original. Sus películas aparecen bien diferenciadas unas de otras, pero todas tienen su inconfundible sello.

Es lógico que Paterson no pase desapercibida. Incluso cuando, en lo que refiere a la trama y puesta en escena, parezca tan poca cosa. Básicamente, es la historia de un chófer de autobús (interpretado impecablemente por Adam Driver), atrapado en su rutina nada espectacular, aficionado a leer y escribir poesías, sacar a pasear al perro, tomarse una cerveza en el bar, mientras convive con Laura, su pareja (la hermosa Golshifteh Farahani), sin que ocurran grandes sobresaltos. Con estos elementos, Jarmusch filma un trozo de su vida, en cada uno de los días de la semana, de una semana cualquiera. De lunes a lunes. Lo que se ve, entonces, es la repetición de una rutina y sus variaciones sutiles. Nunca pasa nada espectacular y, una vez inmersos en la atmósfera que la película propone, tampoco queremos que suceda nada espectacular. A diferencia de otras películas que intentan captar la magia de lo simple, Paterson no resulta abrumadora o aburrida. Por el contrario, es una película dinámica y sutilmente divertida.

Paterson, también, es la ciudad donde transcurre la película. El personaje y la ciudad se llaman de la misma manera. Las duplicaciones de todo tipo son una constante. Por ejemplo, el autor favorito de Paterson es William Carlos Williams, cuyo apellido coincide con su nombre. En la primera escena, su pareja le relata un sueño en el que ha quedado embarazada de gemelos y, luego, Paterson encuentra gemelos o mellizos casi a diario. Si bien la película habilita una lectura simbólica, lo cierto es que todo ese juego de duplicaciones y su permanencia no pasan de ser, precisamente, eso: un juego, una suerte de elemento disuasorio, que no tendrá ninguna consecuencia.

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El eje que la película propone se desplaza hacia una zona donde la aceptación del mundo y de la cotidianidad tal cual es se vuelve una suerte de filosofía de vida, en la que resuenan ecos del budismo, pero también de autores como Henry David Thoreau o Ralph Emerson. El contacto con la naturaleza y el desapego material son una auténtica toma de posición política frente al mundo, una fuerza de resistencia, positiva y real. En este sentido, la visión del director es clave. Podría haber narrado cualquier otro momento de la vida de su personaje, pero elige momentos que guían la atención del espectador hacia un sentido particular, donde la disposición para lo trascendental, sea lo que eso sea, es una promesa sostenida y comprobable, aunque imposible de definir.

Los planos en los que se filma la ciudad, desde la perspectiva de Paterson mientras permanece arriba del colectivo, parecen simples. No lo son. Hay una astucia, una gracia, un manejo técnico de la cámara, un virtuosismo, que se vuelve un deleite para el espectador. El resultado no es el típico de una película, así llamada, “contemplativa”. Es, por el contrario, el resultado de una decisión estética, de una sutileza precisa. Lo mismo podría decirse de las conversaciones de los pasajeros que Paterson escucha, como al azar, mientras conduce. Podrían ser banales, triviales; no lo son. Están cuidadosamente elegidas y, aunque también son inconsecuentes (la trama no enlazará con ninguna de esas historias escuchadas por azar), esconden una clave de lectura.

Si Jarmusch fuera un director mediocre, hubiese subrayado el mensaje para que se entienda bien. Por ejemplo, los poemas que escribe Paterson, estarían directamente inspirados en esas conversaciones escuchadas por azar. PATERSON_D28_0281.ARWPero no lo están y es, justamente, en esa negación, en esa ausencia, donde revelan su importancia. ¿Por qué escuchamos esos fragmentos y no otros? Porque esa es la verdadera fuente de la inspiración literaria y la inspiración literaria no es un momento cinematográfico. La única manera de capturar la esencia del mundo (sea lo que eso sea), es por defecto. Tal como sucede con una metáfora en la mejor poesía.

Ahora bien, si dijéramos, entonces, que la película intenta captar ese fantasma de la inspiración literaria, daríamos, quizás, en el blanco y, nuevamente, lo que tiene de genial la película es cómo hace de ese tema tan escabroso y huidizo, un fresco tan acertado y solvente, en las antípodas de lo que suele proponer el cine. La inspiración literaria, un tema tan yermo para la espectacularidad del cine y las imágenes, suele volverse una tentativa frustrada en cada nueva oportunidad. Sin embargo, Paterson aparece envuelta con una gracia natural, cuyo desenlace esconde, también, una toma de posición por parte del director, una opinión a propósito de la literatura.

Es decir: según la visión que la misma película propone, la literatura sería un esfuerzo cotidiano, residual, donde nunca importa la finalidad, sino el recorrido. thumb_6306_film_poster_293x397Un esfuerzo constante, atravesado por momentos de plenitud y gozo, pero inasible por definición. Donde siempre se comienza desde cero. Donde todo lo que se construye está fatalmente destinado a perecer. No importa que sea por negligencia, por accidente, por un impulso autodestructivo o por puro azar. La literatura también es un juego de duplicación, que sostiene una tensión imposible de resolver entre lo perdurable y lo espurio. Pocas películas reflejan esta tensión con tanta gracia y naturalidad y sentido poético.

 

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