Margaret Atwood: “Cuando las mujeres contamos algo, solemos tildarlo de feminista y solo es una mujer hablando”

Por María Singla

La autora canadiense visitó la Argentina y tuvo una charla informal en la Biblioteca Nacional con su director, Alberto Manguel.

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El auditorio Jorge Luis Borges se llenó por completo luego del éxito televisivo de la adaptación de la novela distópica de Margaret Atwood The Handmaid’s Tale a la pantalla chica. Con una organización enrarecida, que incluyó firma de libros e incluso la venta de ejemplares de la editorial española Salamandra ya autografiados, la charla dejó a más de 200 personas fuera del auditorio.

Atwood comenzó su conferencia por el principio, contando su infancia en el norte rural de Canadá, en un hogar en el que no había electricidad ni agua caliente. Sus padre era entomólogo y su madre una aficionada a la actividad física, que rehuía de las diversiones sociales de la ciudad. En ese contexto, su conexión con la literatura – su madre era una gran narradora y los chicos del barrio iban a su casa a escucharla leer en voz alta – y con la naturaleza, permitió el desarrollo de elementos claves para su trabajo, de una marcada impronta feminista y ecologista.

Junto con su hermano, pasaban horas dando vuelta troncos y piedras, para ver qué había debajo. “Es un gran ejercicio para un novelista. A veces uno no quiere ver qué hay debajo de los troncos caídos, pero cuando una está escribiendo o leyendo una novela, lo tiene que hacer”, cuenta. Sus primeros trabajos fueron cómics que escribía e ilustraba junto a él. “¿Cuándo empezó a sentirse una escritora y escribir cosas más serias?”, preguntó Alberto Manguel, tal vez desacreditando el cómic como formato, tal vez desacreditando los brotes infantiles de una de las autoras más importantes del siglo XX y XXI. “¿Acaso esos trabajos no eran escritos serios?” preguntó entonces Atwood, con sutileza. “Mi primera novela la escribí a los siete años, se trataba sobre una hormiga. No fue una buena elección, porque durante los tres primeros años de una hormiga no sucede nada, solo hasta que aparecen las patas y puede llegar a moverse”, explicó para luego despachar un consejo sobre la escritura: “Cuando enseño siempre recomiendo regla de las cinco páginas: si el lector quiere continuar luego de las primeras cinco páginas continuará leyendo hasta las 20 páginas, si puedes mantenerlo enganchado desde el principio hasta el final, probablemente publicarán tu libro. Como en policiales, no debes develar lo que sucedió al principio, pero sí presentar el muerto, que es el gancho de tu historia”.

Al salir su primera novela, La mujer comestible, en 1969 un editor que se había olvidado que había accedido a publicarla le dijo que la encargada de leer su obra “había quedado embarazada y le había afectado el cerebro”. En Edmonton, Alberta aún no había un movimiento de mujeres consolidado a fines de los 60’ y las primeras feministas de la segunda ola como Doris Lessing y Simone de Beauvoir no se dirigían a la experiencia personal de Atwood. La publicación de su obra dividió aguas en un momento de quiebre: aquellos más críticos dijeron que era una autora joven y que iba a cambiar sus ideas. Otros pensaban que sus libros hablaban sobre el movimiento feminista. “No era así, particularmente. Si las mujeres cuentan algo solemos decir que es feminista y solo es una mujer hablando”.

Su segunda novela, Resurgirde 1972 habla del reencuentro de una mujer con los paisajes de la Canadá forestal de su infancia. La conexión del personaje con su tierra, literalmente hablando, habla de una mirada ecologista que se encontraba en pañales en la época. Lo innovador de aquella mirada fue que Atwood supo plantear que son las mujeres quienes tenían – y tienen, aún – la capacidad de mejora: “A menos que las mujeres estén a favor de querer salvar el planeta, no va a pasar, porque son ellas quienes toman principalmente las decisiones sobre qué se come y qué se compra”

“Sin embargo has dicho que no te considerás feminista”, disparó Manguel. “El feminismo es uno de estos términos “paraguas”, tenemos que definir qué entiende la otra persona antes de continuar con la conversación: ¿A qué grupo dentro bajo este gran paraguas nos estamos refiriendo? Si hablamos de tener los mismos derechos jurídicos, de que las mujeres somos seres humanos, yo alzo la mano. Si decimos que las mujeres son ángeles, no. Hay muchos tipos de mujeres como los hay de personas, pero no por eso hay que negarle sus derechos”.

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