El Bergsonismo en Deleuze

Por Emiliano Campos Medina

La editorial Cactus publicó este año el trabajo en el que el el filósofo desmenuza la obra de su predecesor Henri Bergson para analizar la primacía del tiempo sobre el espacio y no uno en función del otro.

bergson

Con el pensamiento de Heráclito y Parménides se abre una problemática medular que definirá todo el pensamiento occidental posterior: cómo explicar la heterogeneidad del mundo fenoménico, los cambios y la sucesión. Pero también la permanencia y la identidad. Con Platón la filosofía inicia un camino de explícita inclinación hacia el monismo. La metafísica de lo Uno como principio rector, eterno, inmutable y perfecto del que todo es derivación. Simultaneamente se da, también, la identificación de este principio con el bien. Es decir: la metafísica deviene en una teleología. Hay un fin predeterminado para todo.

Como la de todo filósofo, la mirada del profesor Gilles Deleuze está puesta en el horizonte de su propio proyecto intelectual. Las clases, compiladas y publicadas por la Editorial Cactus, son apenas una excusa para retomar pensadores que de un modo u otro abordaron los límites de la metafísica de lo Uno y abrieron fisuras; enunciaron un resto que impedia el cierre del sistema. Con esa predisposición, Deleuze se aproxima a las principales obras de Henri Bergson, pensador frances, aún no suficientemente valorado; pero que sin embargo fue muy importante como influencia para los artistas de las vanguardias de principios del siglo XX. Bergson es aún hoy, un lado B de la filosofía occidental. Y como suele pasar en el caso de la música, en el lado B muchas veces encontramos las mejores joyas.

Duración, Memoria, Impulso Vital y la Intuición como método del Bergsonismo son los temas que se propone abordar. Para Bergson hay una incongruencia que atraviesa  la filosofía europea y es la de pensar el tiempo en parámetros de espacio. Cuando asume la idea de Multiplicidad, que se debe originalmente al físico y matemático Bernhard Riemann y que también es retomada por su colega Albert Einstein, lo hace con la clara convicción de haber dado con una herramienta capaz de sacar a la filosofía del atolladero Uno vs Multiple:

Lo que es muy importante en la noción de multiplicidad es la manera en que se distingue de una teoría de lo Uno y de lo Múltiple. La noción de Multiplicidad nos libra de pensar en terminos de Uno y Multiple. Conocemos en filosofía muchas teorías que combinan lo uno y lo múltiple. Tienen en común que pretenden recomponer lo real con ideas generales. Se nos dice: el Yo es uno (tésis), y es múltiple (antítesis), luego es la unidad de lo múltiple (síntesis). O bien, se nos dice: Lo Uno es ya Múltiple, el Ser entra en el no ser y produce el devenir. Las páginas en las que Bergson denuncia ese movimiento del pensamiento abstracto, forman parte de las más bellas de su obra: él tiene la impresión de que, en semejante método dialéctico, se parte de conceptos demasiado amplios, como prendas de vestir holgadas“.

En éste punto le va a reprochar a la dialéctica el ser un falso movimiento, que no va de un contrario real a otro sino por abstracciones generales. Con talante platónico interpela a los seguidores de la doctrina dialéctica “cuánto, cómo, dónde y cuándo ¿Cuál unidad de lo múltiple, y cuál múltiple de lo uno?”

De esa denuncia de la asimilación del tiempo a las categorías espaciales emergerá como uno de los principales críticos de su contemporáneo Albert Einstein y su Teoría de la relatividad. En ella se define el tiempo como apenas una cuarta dimensión del espacio. “Es el tema constante del bergsonismo, desde el comienzo: la confusión entre el espacio y el tiempo, la asimilación del tiempo al espacio, nos hacen creer que todo está dado, aunque solo fuera de derecho, aunque solo fuera bajo la mirada de un Diós. Y este es, en efecto, el error común del mecanicismo y del finalismo. El primero supone que todo es calculable en función de un estado; el otro, que todo es determinable en función de un programa: de cualquier forma el tiempo ya es allí solo como una pantalla que nos oculta lo eterno, o que nos entrega sucesivamente lo que un Diós o una inteligencia sobrehumana verían de una sola vez“.

La propuesta del Bergsonismo apunta a desprender la ontología de todo atisbo de finalismo, es decir de toda teleología. Los mecanismos argumentativos a los que recurre para ello exceden el espacio limitado de una reseña y son abordados en profundidad por Deleuze. Basta detenerse, sin embargo, en el novedoso status que Bergson le otorga a la categoría duración. Para él, lo real no es otra cosa que la duración variando en diferentes grados de concentración y distensión. Hay una asimilación de la forma de ser de lo real con las operaciones de la memoria. Como si lo real de hecho fuera una especie de memoria universal que actualiza o no, por medio del impulso vital, lo que de hecho ya existe en forma virtual.

¿Qué es para el filósofo el impulso vital? No se trata de otra cosa que de una virtualidad que se está actualizando, una simplicidad que se diferencia sobre líneas no predeterminadas sino que son creadas en el propio acto de diferenciarse. La implicación ética de ésta ontología es que la creación posee un status de libertad plena. El impulso vital debe resolver obstaculos implicados en su propia actualización y que provienen de ese misma acto, ya no de un programa implicado desde el principio y hacia un fin determinado (el areté de la filosofía clásica). En el acto de actualizarse lo virtual se crea.

La diferencia, la creación produce el grado mayor de concentración del flujo de la duración: “Pero se preguntará cómo lo Simple o lo Uno, `la identidad original´, tiene el poder de diferenciarse. Precisamente la respuesta está ya contenida en Materia y memoria. Y el encadenamiento de La evolución creadora con Materia y memoria es perfectamente riguroso. Sabemos que lo virtual en tanto que virtual tiene una realidad: esta realidad, extendida a todo el universo, consiste en todos los grados coexistentes de distención y de contracción. Gigantesca memória, cono universal, donde todo coexiste consigo mismo, con más o menos diferencia de nivel. Sobre cada unos de esos niveles, algunos `puntos brillantes´, como puntos notables que le son propios. Todos esos niveles o grados, y esos puntos, son ellos mismos virtuales. Pertenecen a un tiempo único, coexisten en una Unidad, están envueltos en una Simplicidad, forman las partes en potencia de un Todo, él mismo virtual. Son la realidad de ese virtual. Ese era el sentido de la teoría de las multiplicidades virtuales, que animaba desde el comienzo al bergsonismo. Cuando la virtualidad se actualiza, se desenrrolla, se `desarrolla´, cuando actualiza y desarrolla sus partes, o hace según líneas divergentes, pero cada una de ellas corresponde a tal o cual grado en la totalidad virtual“.

En El Bergsonismo podemos encontrar, el anuncio de un proyecto filosófico propio y original, deleuziano. Que ya en Diferencia y repetición retomará algunos de los conceptos de los que se va a servir en ésta obra,  para componer una metafísica de la diferencia. En el camino de recuperar el gran proyecto de la filosofía occidental, sin caer en los discursos totalizantes que entronizaron a lo Uno y con esto dieron legalidad fundacional a la centralidad de una autoridad única en lo político moral: el Estado burgués y Dios.

El bergsonismo de Gilles Deleuze.

Editorial Cactus, 2017.

112 páginas.

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