Lo individual en el arte y su contraste con lo real en The Square

Por Violeta Micheloni

La película del sueco Ruben Östlund logró ganar la Palma de Oro en Cannes con una apuesta satírica, llena de filosas críticas hacia lo restrictivo de los museos y los límites de su público. 

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La cita de Walter Benjamin “No hay ningún documento de cultura que no sea al tiempo documento de barbarie” es una de las más rendidoras de los últimos años. Casi un sello de goma. El aforismo benjamineano dice mucho del momento actual de los productos del pensamiento (documentos), pero especialmente sobre aquellos que son considerados arte. Un arte que se para sobre los hombros de su propia historia y la juzga, se expide a favor o en contra, se posiciona. Un arte que piensa y que muestra ese pensamiento, lo vuelve un discurso necesario para su adecuada lectura. Es la ruta que definieron las vanguardias de principios del siglo XX y que parece no haberse agotado. La eterna disputa con las instituciones “canonizantes”, la paradoja del dentro y fuera del museo, el dilema de arte y vida. En ese sentido, la Palma de Oro de Cannes, como reconocimiento de mayor prestigio del arte cinematográfico -y su industria- actual, define “lo importante” de la agenda, aquello de lo que se debe hablar, el cine que está bien hacer. No escapa a la paradoja, entonces, que una película como The square (2017) de Ruben Östlund, centrada en la pregunta por la legitimidad y el sentido del arte visual contemporáneo, se haya hecho con el dorado premio este último año.

Christian es el curador en jefe del museo de arte moderno de Estocolmo, Suecia. Ubicado en el antiguo palacio real, el museo se precia por proponer exposiciones rupturistas, aquellas que estiran el borde de la percepción artística. En pocos días se inaugurará la muestra de la artista argentina Lola Arias (una ficticia, no la real, directora teatral) “The square”, cuya legitimación frente al público representa todo un desafío. square-1El staff del museo se está ocupando mediante las estrategias más vigentes (es decir, las redes sociales) de posicionar la exhibición, pero para Christian la tarea es personal, porque realmente ve el valor del arte que el museo expone y de la propuesta de la muestra. En línea con la estética relacional -el curador menciona a Nicolás Bourriaud-The square” es simplemente un cuadrado trazado en el suelo que propone un happening al público, una forma diferente de mirar el mundo a partir de un espacio delimitado y con reglas nuevas.

De un ritmo al principio muy lento, la película suma velocidad y avanza hacia la barbarie que late en el fondo de esa civilización: ese modo de vivir, ese unir el arte a la vida, no puede ser vivido al extremo, no realmente. En ese sentido, la escena en la que un artista llena de brutalidad la más controlada cena de beneficencia del museo,  provocando una reacción de pura violencia en los tan correctos asistentes causa un altísimo impacto.

Más que una crítica al arte contemporáneo en sí mismo, la película funciona como retrato de la elite intelectual europea; un grupo social que se volcó sin complejos ni obstáculos a la cultura y al placer, con la individualidad radical como meta. Y la burla es clara: adultos mayores, muy mayores, intentando con todas sus fuerzas bailar tecno, una periodista cultural que tiene un orangután de mascota, un hombre de más de sesenta que lleva a su hijo de meses al trabajo, son cuadros breves en los que lo especial y diferente se toca sutilmente con lo ridículo. El individuo es precisamente el problema, ya que todo lo que confronta esa individualidad, todo “el otro”, se escapa para siempre de la comprensión de estos sujetos. Los vagabundos, los gitanos que reclaman el espacio de la aséptica Estocolmo, interrumpen en la película como en la vida de la clase dominante e incomodan, revelan lo que es negado.

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Christian, sin embargo, intentará comprender. Ser sensible es posible; el arte viene a decirnos algo que tenemos que abrirnos a escuchar y actuar en consecuencia. Hasta que la chica de la noche anterior, Anne (Elizabeth Moss), lo hace confrontar con lo vacío de su discurso y con lo que realmente siente: lo que lo excita es su propio poder y el otro, en el fondo, le da igual. La culpa y el conflicto lo alcanzan de todas formas y se cristalizan en una de las mejores tomas de la película con un plano cenital del protagonista revolviendo basura sueca en busca de un papel perdido, que tiene un número de teléfono que necesita para pedir perdón.

Claes Bang, actor danés, hace un gran trabajo en el rol de Christian, generando la empatía necesaria para un personaje bastante desdeñable y, en general, el tono cínico de la película es equilibrado con suficiente humor para ser tolerable. B99600593Z.1_20171122155811_000_G861OHIVK.1-0El único problema obvio es la duración; dos horas y veinte que se vuelven arduas -y, se supone, venían de ser originalmente tres- y que son, quizá, mucho pedir para un tema como este.  Como sea, la apuesta es fuerte y las ideas que reclama también lo son. Más que respuestas, la película abre preguntas y muestra la evidente crisis de la institución del arte que aún hoy busca su razón de ser.

 

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