Acid Mothers Temple & The Melting Paraiso UFO y su despliegue de vanguardia psicodélica

Por Luciano Alonso Fotos: Ana Vojnov

El sábado el conjunto japonés se presentó en Niceto y junto a los argentinos Reynols, dieron rienda suelta a la experimentación sonora sostenida.

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Escrutar los mecanismos de ciertos resortes psicológicos es una tarea ardua y gratuita, más propia de un semiólogo que de un oyente o un espectador o, si vamos al caso, un periodista. Lo cierto es que, en el imaginario cultural, hay ciertas palabras claves, cuya sola mención funciona como contraseña y pasaporte hacia la imaginación estimulada. Por ejemplo, Japón. Por ejemplo, psicodelia. Cuando ambas aparecen de manera secuenciada en una misma oración, entonces la expectación se potencia y multiplica. Desde luego, las palabras son tramposas, accesorias, aluden a un objeto en constante fuga. Por lo general, nunca significan una única cosa, sino varias. Entender y decodificar los mensajes, se vuelve, entonces, una tarea compleja, imprevisible.

Inscritos en una sociedad capitalista, mercantilista, donde todo se reduce a un intercambio de bienes, en donde unos ganan y otros pierden; unos se enriquecen y otros se empobrecen y en donde no parece haber fisuras ni desacuerdos, en la que el dinero es el motor y sustancia del mundo, poco espacio queda para el arte en su expresión más cabal, más pura. Día a día somos bombardeados por la promesa de algo más nuevo, algo mejor y, entre tanta copia y tanta ausencia, sólo repetimos una vieja fórmula. Mercaderes de vanidad en un teatro absurdo.

No obstante lo cual, seguimos insistiendo. El contacto directo o indirecto con la belleza, a lo largo y a lo ancho de su dimensión alegórica, nos fuerza a bajar la guardia. El contacto con formas sublimes, la promesa de un momento real, auténtico, se presenta como la próxima batalla, un terreno fértil que debemos conquistar, abriéndonos paso entre la maleza. Hace rato ya que la industria y la mercantilización han domesticado el potencial subversivo del arte, convirtiéndolo en una inofensiva práctica civilizatoria. Sin embargo, siempre existen y existirán puntos ciegos. Esas zonas inexploradas, indescifrables, ridículas, donde, acaso, se refugia lo sagrado, sea lo que sea.

Hace rato ya que Japón dejó de ser un país, para convertirse en un estado en la mente. En cuanto a la psicodelia, probablemente nunca se supo a ciencia cierta qué es, aunque todos lo sospechamos. Algo relacionado con la trascendencia de la mente. Un material donde se trafican impresiones diversas, cambiantes, rotativas. La noticia de la visita de Acid Mothers Temple a la Argentina, se transformó apenas en una posibilidad, entre otras. La oferta y la demanda de un mercado cada vez más astillado y roto. Nuestras prioridades, trastornadas, resentidas.

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La alerta debió llegar de la mano de los locales Reynols que, aunque en formato trío (el dúo Conlazo + Courtis) se sabe que siempre estuvieron a la vanguardia de todo, más allá del bien y del mal, donde lo mejor sucede. La combinación, entonces, de factores nobles, habilitó la promesa de una noche real, brillante como una pieza de contrabando. Una anomalía como consecuencia de otra. Las paredes de Niceto, imperturbables, indiferentes, acogieron la llegada del sonido dinamita.  Hace rato ya que la vanguardia no significa nada, otro título apropiado por los entusiastas del materialismo. Sin embargo, existe un espacio para la sorpresa, un espacio donde lo mágico puede tomarnos por asalto.

Los japoneses de Acid Mothers Temple no están contaminados por ningún discurso previo, que funcione como catalizador de defectos y virtudes o, mejor, sí. Pero hicieron de esa contaminación su mejor virtud. Supieron mantenerse ecuánimes, íntegros, en su burbuja de experimentación sostenida (lo mismo aplica para Reynols). Denostados y glorificados, pero jamás indiferentes. Existe una posibilidad de entrar en contacto con fuerzas sobrecogedoras. A veces, basta con algo tan aparentemente simple como un recital, una práctica habitual, casi inocente. No sucede siempre, no sucede con gran frecuencia, pero sucede. E incluso los artífices, los actores, de este teatro de máscaras, cumplen una función rotativa. Nadie perdura donde nada es perdurable. Pero qué bello es vivir.

Hubo un sábado 25 de noviembre. La noche dio la bienvenida con Reynols. Roberto Conlazo tocando casi siempre de espaldas al público, transmite un mensaje impreciso, como si no fuese real el público, como si no fuese real lo que sucede. Es que, tal vez, no lo es. Pero la música sí. Luego, Kawabata Makoto, guitarrista y líder de Acid Mothers Temple, obsequió desde su podio unas distorsiones de ensueño. Mientras tanto, Tabata Mitsuru y su baile excéntrico funcionaron como bienvenida y saludo de latitudes increadas. Higashi Hiroshi convirtió su sintetizador en una auténtica nave espacial, cuyo ronroneo se volvió un leit motiv alucinógeno. Trillado y efectivo, como una película de ciencia ficción bizarra. El mito ya estaba creado y la maquinaria en pleno vuelo. Resuenan ecos de otras latitudes, las mejores, música concreta, Frank Zappa, jazz, rock progresivo.

El público a veces sabe cómo reaccionar ante una auténtica anomalía y a veces no. A veces no se entiende lo que es la vanguardia, lo que implica la psicodelia. Anoche, tampoco, pero qué divertido. Así vale la pena sostener la pregunta, sostener la duda, por lo que es y deja de ser, el arte, la música, la ciencia ficción, la vida.

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