Sigur Rós: el color que cayó de Islandia

Por Esteban Galarza Fotos: Nazarena Talice

Ayer se realizó la tercera edición del Sónar Festival, un espacio de convergencia entre la música y la tecnología. 

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Hay un momento en el documental Encounters at the end of the World, de Werner Herzog, en el que el equipo de filmación bucea debajo de la capa polar antártica. Las imágenes que se ven son delicadas, en slow motion, de una pureza azulina que no puede transmitir otra cosa más que paz. Entonces Herzog reflexiona que tras ver esa realidad entiende por qué el Hombre se desprendió de todo ese mundo y salió a la superficie: era un mundo extremadamente violento y los que no se adaptaban a él perecían o huían. La acotación no deja de asombrar porque no se condice con lo que se muestra en pantalla, pero se intuye cuando se vuelve a observar. ¿Qué tipo de seres pueden vivir rodeados de hielo y lava? ¿Qué tipo de personas son los tres integrantes de Sigur Rós?

La banda islandesa había atisbado en 2008 con llegar como teloneros de Radiohead, pero finalmente no lo hicieron y la expectativa no hizo sino crecer aún más. Sus shows son algo de otro mundo, con todo lo que ello implica. La espera terminó pasadas las 22 en el microestadio cerrado de Tecnópolis. Luces de led dispuestas sobre lo que parecían ser estacas comenzaron a jugar mientras desde lo oscuro se engrandecían los instrumentos hasta darle forma final a Ekki Múkk, o “sin sonido”, un tema de su disco Valtari (2012).  El tema es un lento ascenso desde atisbos fragmentados de ruido hasta la usurpación total de luz y estruendo. Apoyados con visuales difíciles de describir, Sigur Rós dejó atónitos hasta a quienes esperaban un espectáculo de esa magnitud, en parte por lo que implica comenzar el show desde la negación de lo primordial para que exista música.

Sigur Rós (40)

¿Qué es lo que hizo enmudecer a los espectadores? Es Argentina, es un público que gusta celebrar con cantos a sus artistas. Pero con Sigur Rós eso no pasó. La banda es imponente: una guitarra que es usada como cello; una batería que marca estallidos más que momentos calmos; un sintetizador y un bajo que dan texturas y moldean en medio del caos. Y sobre todo es esa voz venida de las profundidades, los tonos agudos de Jónsi Birgisson que ascienden a límites impensable y se mantienen en las cimas para luego derrumbarse, despeñarse en un caos que bien podría ser el estallido de un volcán, bien una avalancha, o tal vez ambos al mismo tiempo. Lo que subyace es el silencio total.

La banda demuestra que el tiempo es algo que se moldea y que lo eterno tal vez no sea más que algunos minutos y un poco más de tiempo. Los temas de Sigur Rós no son canciones, sino molduras sacadas de ese país extraño llamado Islandia. Durante casi dos horas Jónsi, Georg Hólm y Orri Páll Dýrasson hicieron un recorrido por algunos temas de su carrera. Extrañamente salvo Ný Batterí no tocaron temas de Ágætis byrjun (1999) disco que despegó su carrera y los hizo conocidos, pero sí se detuvieron en el extraño ( ) (2002), un disco que si bien se escucha esa voz hipnótica de Jónsi no tiene un significado aparente. Es un ejercicio plástico que, junto a las visuales, enmudece al espectador.

Así, el show continuó con Glósóli, de su disco Takk… (2005), luego con E-Bow y Dauðalagið, ambos de ( ) y Niður y Óveður, algunos temas nuevos que incluyeron en esta gira. Entonces llegó uno de los momentos más fuertes de la noche con el clásico Sæglópur; la delicadeza y la violencia muy pocas veces se sintieron con tanta fuerza. Otro momento álgido lo protagonizó la voz de Jónsi en Festival, tema de Með suð í eyrum við spilum endalaust (2008). Sobre el final del tema, su voz ascendió solitaria y filosa durante un tiempo sin fin, tal vez más de tres minutos, sin que tomara aire por un segundo. Lo que continuaba era aún más aturdidor: el silencio total del público.

Las ovaciones llegaban con delay de a oleadas e inclusive se improvisó un tarareo delicado que el vocalista agradeció en inglés: “That was very beautiful”, un poco consternado por una participación cálida que cortaba un poco el trance en el que la banda se sumergía con cada tema nuevo. Tal vez motivado por esa emoción el islandés comenzó a hablar en su idioma.

Tras una hora y media, la banda se retiró para volver a tocar el último tema de la noche: Popplagið; un estallido venido de las cimas o las profundidades… o ambas, que sumieron al público en un desamparo infinito.

Los músicos reaparecieron finalmente para saludar, visiblemente emocionados por la respuesta del público. En la pantalla superior se dibujó la palabra islandesa Takk, que significa “gracias”. Desde ese lugar extraño del que emergió Sigur Rós, ese agradecimiento repercute de un modo distinto y será difícil de olvidar.

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Un festival que reivindica errores de la edición anterior

Hubo entre los asistentes de la edición 2017 del Sónar Festival una alegría especial. Esta vez se enmendaron errores que se habían cometido el año pasado; la organización fue muy buena, la calidad de los shows también, aunque muchos lamentaron que Trentemøller cancelara a última hora. Más allá de un desfasaje en algunos horarios que acortaron el show de algunos artistas como Daniel Melero, no hubo que lamentar nada más.

El festival plantea una relación armónica entre recursos renovables, música electrónica y tecnología de punta. Tecnópolis demostró una vez más ser el lugar adecuado para este tipo de festivales porque los espacios son amplios pero no vastos, la acústica de los distintos escenarios es ideal y especialmente en el microestadio techado.

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Gilles Peterson

Horas antes del cierre de Sigur Rós se presentaron DJs con propuestas frescas como Gilles Peterson, presentador de la BBC de Londres que hizo un repaso por glorias del primer dub y música jamaiquina de los ’60, pinchando vinilo tras vinilo y con visuales coloridas y divertidas que recordaban la música de la generación Madchester de fines de los ’80. Los Happy Mondays siguen de moda para toda una generación de ingleses.

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Daniel Melero

Otro destacado del día fue Daniel Melero que se presentó con banda. Lamentablemente solo pudo dar un show compacto y breve debido a que fue programado como la última banda antes del cierre de Sigur Rós. Sin público no hay show, así que tras 20 minutos cerró con Líneas, un clásico de su banda Los Encargados. Previamente también había cantado Sangre en el Volcán, también de esa banda.

Pasó así una edición más del Sónar Festival y si los organizadores tomaron nota de errores de la edición anterior es de esperar que el año que viene el festival traiga un aluvión de buenas propuestas. El tiempo dirá qué harán con una vara que se puso alta.

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