¡Llegó la actuación al Cervantes!

Por Nadia Sandrone Fotos de Julieta Desmarás

Nadia Sandrone comparte una reseña poética sobre La liebre y la tortuga, el fenómeno teatral del año, a cargo de Ricardo Bartis.

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De la mano de Ricardo Bartis, ausente durante casi 20 años del teatro oficial y en el marco de una renovación estética aportada por Alejandro Tantanian, se abren las compuertas del teatro nacional.

La liebre y la tortuga es el resultado del laboratorio de creación que coordina el director. 35 cuerpos deseantes, estimulados por el punto de vista que arriba a un abajo, donde 14 escenas improvisadas en simultáneo nos reciben.

La pieza teatral deviene acontecimiento y uno asiste perversamente al proceso de creación. Nos recibe la actuación, la actuación que no descansa, que circula en los estudios, en la publi, en la tele, la actuación que funda compañías. Llega la actuación desde Formosa, Tandil, Rojas, el conurbano. La actuación está ahí, sedienta de mirada, no dice nada, es un truco de magia , el que construye sentido pierde, el que constituye escena pierde.

La liebre y la tortuga es un mapa y uno agarra la ruta que desea; no hay boyas, no hay relato, hay arriba y hay abajo, deuda, patria y preguntas filosófico-ontológicas meta-teatrales.

Hay una fiesta, miles de polleras, una niña escapada de un cuadro de Balthus; se escucha a Gilles Deleuze, a Rosa Luxemburgo, a John Berger. El director oficia de pintor y va pintando un cuadro de la época: texturas, colores, atmósferas. El que construye sentido pierde.

La orquesta, pechito, ¡no se besen por favor!, no se besen. La niña quiere sexo. La orquesta, los numeritos, la rifa, el concurso de baile. Podemos situarnos en Formosa o en Rusia.

La orquesta, los numeritos de la rifa, el concurso de baile, el cantante italiano, la guita, la deuda, la eterna deuda.

El hombre atrapado en la telaraña de la burocracia queda jadeando, junta los billetes, Una corre en tetas por arriba, alguien la persigue siempre. Uno no puede hacer lo que quiere, pero ellos hacen lo que quieren, se percibe la autonomía de la actuación, una actuación primitiva, gozosa.

El goce del cuerpo en acción poética; se actúa para los vivos y para los muertos,

se actúa con lo vivo y con lo muerto. Todo es una fiesta, incluso la decadencia,

un cuerpo desaparecido en el medio absolutamente presente. La rifa deviene concurso de baile, los rusos corren, gritan, concurso de pantorrillas. Pulso poético, acontecimiento.

La obra es política. La obra es una fiesta y no refleja la vida ni la representa, está más cerca de la vida que del teatro; es decir, no imita la realidad, sino que crea una nueva, la duplica y multiplica en intensidad. El caos es caos en orden aparente pero a punto de fracasar siempre, los que sostienen el barco a punta de flecha son los movimientos inteligentes e intuitivos que hacen la actuación. Una actuación que opina y construye lenguaje: cuerpo colectivo, memoria social.

Un morocho en bicicleta, vestido de pantalón cortito, camisa, trajecito, grita “huelga general, huelga general!”. Huelga general, señores, están haciendo una reforma laboral.

“¿Y este gesto de quien es? ¿llora el personaje o lloro yo? A mi no me dieron texto, a mi me dieron estado”. Entra el sol por el ventanal, suena cumbia al taco. La deriva constante traza líneas de fuga que atraviesan todas las coordenadas espaciales. Se ven las pinceladas en acción; la belleza, la belleza, la belleza.

Es pura construcción poética de matriz escénica, el contexto es obsceno; el final es una herida abierta, una pregunta sin respuesta que atraviesa los huesos y hace  brillar sus fosforescencias.

“EL TEATRO SABE, EL TEATRO TEATRA”

*Viernes 24/11, Sábado 25/11 y domingo 26/11 en el Centro de las Artes UNSAM, Sánchez de Bustamente 75, CABA.

 

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