Un nuevo encuentro de literaturas disímiles en El Toro

Por Nadia Gómez Fotos: Milton López

La séptima edición del ciclo  contó con la participación de Axel Krygier, Manuel Alemian, Paulina Vinderman, Andrea Stefanoni y Juan Mattio.

DSC_0193

1.

La séptima fecha del ciclo El toro,  literatura de frente fue una  noche amistosa de escuchas,  con la música e ingenio de Axel Krygier; la lectura de los poetas  Manuel Alemian, Paulina Vinderman; un cuento inédito de Andrea Stefanoni y un anticipo de la próxima novela de Juan Mattio.  “Me encanta escuchar a alguien que escucha. Me gusta oírlos oír” escribe Peter Szendy  y bien podría ser el epígrafe de la noche. Escuchar es advertir una voz en sus tonos y modulaciones.

Se sabe que  un  texto leído para otros  es una actualización de lo escrito imposible de detener en la cadena de rebotes. En la escucha, el recorrido va desde la voz al significado y lo que se dice, en general, queda recubierto por la entonación.   Pero ¿qué se puede  decir de lo que escuchó cada uno en particular? Modestamente y con mucha voluntad apenas se apuntarían sensaciones comunes, casi seguro las más obvias, con la misma sabiduría que se practica cuando se miran las nubes para  pronosticar el estado del tiempo. Lo heterogéneo en las estéticas de los artistas convocados es el valor que las coordinadoras del ciclo anuncian como la marca registrada de su propuesta: “Poner en una misma plataforma artistas disímiles”, dice Julieta Desmarás, “Son artistas que leemos, escuchamos y nos gustan”, completa Sabrina De Luca.

2.

Inaugura  el ciclo Axel Krygier, jeans y remera, todo de negro.  Lo ampuloso del equipo de instrumentos – un poco mucho para este espacio que parece más el living de una casa que un escenario-, contrasta, sin embargo,  con las maneras juguetonas de Krygier de tramitar su relación con el público. Kriegier canta, improvisa chistes con voz de Topo Gigo y  juegos de palabras, manipula el piano de donde salen sonidos o canciones completas que se mezclan en el entremés de confesiones al público: “me vine directo de casa en tacho y no pensé la letra, pensé que iba a ser una música para el momento”, dice. Sin embargo, en ese trance improvisatorio, Krygier sabe lo que hace y el sonido es una pista que se escribe. En alguna entrevista lo han elogiado con el mote de  “bicho tímbrico”.  Escucharlo  predispone a un estado de alerta perceptivo. “Dada la informalidad del evento”, dice, “traje el clarinete que es algo que no me animo a tocar en vivo, traje cosas que no suelo usar de un modo que no suelo usar”. Parece  un chico que juega a mezclar ritmos, timbres, géneros. El procedimiento provoca una especie de disonancia  perceptiva, los que vinieron a verlo ya saben  y lo piden. La melodía amable del clarinete de pronto se interrumpe con  un  “pum-chatchbom-pum”  que ejecuta  con la boca en simultáneo al  piano, para, enseguida, con  la voz  gutural, rara, decir: “sí, si señores, con un sonido improvisado, sí. Poco probado ¿no?”, y “pues aquí estamos obligados a disfrutarlo”.  Se oyen ruidos de tormenta, y a Kriygier sigue con una especie de discurso ininteligible con apenas unos cuajos  de sentido: “aquí hay muchos escritores”, “el clarinete me parece que ya fue”,  “ese sonidito, uh-uh”.  Bromea y derrapa en esa explosión sin sentido, con voces de dibujo animado que van desterritorializando la percepción. “Voy a cantar uno que tiene una letra”,  anuncia e  interpreta Hombre de  piedra, una de las  canciones que  integra su último trabajo solista: “En las tinieblas de un sueño borroso/ camino a los tumbos por el suelo rocoso de una caverna/ inmensa y ancestral.” son las primeras líneas de la canción.   DSC_0174Vinderman sonríe y sigue el ritmo con los pies. Uno de los poemas que leerá esta noche  está dedicado a “los pintores del paleolítico  de la cuevas rupestres”. Parece que la  casualidad ha reunido una fascinación compartida, y el cierre de la canción acaso sea una réplica desviada: “La prehistoria ya no existe/ El libro se está escribiendo de adelante para atrás iluminando milenios”

3.

Paulina Vinderman es prudente en su presentación, agradece, está contenta y espera no aburrir al auditorio. “Voy a leerles de mi libro más reciente, ya aprendí a no decir último”, dice. Una sonrisa sugerida que es una punta de iceberg de su propio estilo. Vinderman no dispara sino que invita al recogimiento.

En Cuaderno de dibujo (2017) los poemas recorren la representación, la soledad lúcida del artista, el goce del que puede guardar en la  mirada y escribe. Vinderman  dibuja los poemas en la voz.  “Escribo como quien dibuja en la oscuridad/con todo el tiempo del mundo/ mi mano se desliza como una cobra/ y estudia la fuga de los sueños/en un buque extranjero/ es el peso de la mano/mi ojo nuevo”. En la lectura hace falta el silencio que oficia como un  separador, porque son poemas que la voz tiene que organizar en un espacio.  “Mi caligrafía es de agua/muda como un pez/trata de perturbar la distancia/hasta hacerla hablar/borrones de tinta negra envenenados de deseo/no, no me doy permiso de olvido/el viejo, precioso, nudo del corazón, no se deshace fácil/por eso viajo/ con un poema rápido/ sobre una blancura que engendra un lenguaje…”  Las pausas incisivas son la puntuación, porque en la voz, Vinderman, se esfuerza para que se note cómo puso las palabras en el papel. Leyó como sabían recitar en otras épocas, con una modulación amable, cayéndole a cada palabra importante. La voz tenía el ritmo de la mano que escribe como si dibujara una forma difícil,  la mano que se levanta  mientras reconoce la distancia  exacta que la separa de las cosas.

4.

DSC_0215Alemian es alto al lado de Vinderman,  tiene la camisa arremangada  y  se agacha para leer   de  un cuaderno anillado. En la “Biografía autorizada”, la reunión de su obra poética (Oreja Tomada, 2013) Alemian cuenta que en su vida: “hubo dos mundos que operaron de manera paralela en el tiempo: los libros y las cosas”.  “A ver”,  arranca, con tono sentencioso y en lo que sigue,  sus dos mundos se hacen imagen con una precisión quirúrgica : “me doy cuenta de que ahora/ escribo sin la mínima expectativa, /lo siento./Escribo, cuándo no,/para que avance el tiempo: Enrique, la bomba no funciona/y mis músculos tiemblan tanto/que temo un desgarro”.  Parece como si Alemian pensara la escritura tomándose respiros, no es todo escribir sino hacer otras  cosas, y se sabe, hizo de todo: carpintero, guía de turismo, viajero, inventor, actor.  En un  momento Alemian patea el tablero  y funda su propia escuela  al margen del corsé académico, una escuela  hecha a partir de la socialización itinerante: entre amigos, bares, viajes que lo convierten en un autodidacta inquieto, fuera de sistema.  Desde ese borde Alemian escribe como vive, sin histeria ni divismo (“UNDEFINED // ¿Sería ingeniero o periodista? ¿Linyera y artista? ¿Presidiario o loco? ¿Looser o galán? ¿Puto o macho-man? ¿Bruto o intelectual? Mi frase era: ¿qué más da?”). Esta noche, Alemian leyó con aplomo un repertorio de versos que fue derrapando de la reflexión metafísica hacia el puro derroche sonoro y la broma, por caso: “Despentátulos endor:/ fomina, cataluiar/ alsoloc, nip,/ iembe surlimes/ dons”. En el final, una  tirada de versos  que parecen notas de un diario personal, un conjunto de observaciones   nimias con remates incómodos y por eso mismo graciosos,  que pintan los ’90 y su propio periplo vital en esos años.  Título Año 1990. Todos empiezan con un subtítulo en inglés de cuya pronunciación Alemian se excusa, sin verdadera vergüenza.  Estas pinceladas de época parecen a veces, títulos de periódico, otras, notas apuradas sobre una servilleta. En este orden, oímos: HOT // “Te violé”, me dijo Leti, la misionera. Fue tras mi premier pernocte con una mujer, borracho, drogado, inconsciente. Luego, en casa, imaginé lo que habría pasado y me masturbé, y luego,  “NEWS // Un motín militar encabezado por Mohamed Alí Seineldín ocupó el Edificio Libertador y parte del Regimiento de Patricios. El presidente Carlos Menem ordenó la inmediata represión: 13 muertos y más de 200 heridos”.  Lo caleidoscópico en este bloque de versos, que a modo de un zapping esquizofrénico,  Alemian lee  con un tono distanciado,  es una foto de época que saca risitas nerviosas.

5.

A su turno, Juan Mattio, campera, borcegos y una barba setentosa,  se confiesa arisco a leer en público: “No suelo participar en ciclos de lectura”, dice, “hasta hoy no sabía por qué,” y  descubre que tiene algo que ver con el  pánico escénico. Sin embargo, apenas empieza a leer el primer capítulo  de Materiales para una pesadilla, título tentativo de su próxima novela,  se descubre, en su cadencia, que Mattio tiene  bien leído lo que escribe. De su forma de segmentar mientras lee  la frase, inferimos que es un escritor meticuloso,  hiperconsciente de su trabajo. Las comas y puntos, las elisiones, el orden marcado de los sintagmas,  son decisiones significativas, no hay nada incidental. Las reflexiones metaliterarias están sutilizadas en el entramado  de los hechos narrados, son  tentativas, nunca sentenciosas: “Imagino un libro hecho con materiales dispersos: citas,  fragmentos de conversaciones,  pequeñas escenas. Lo que se lee es nítido, legible. En Mattio antes que los hechos, importa el tono en que son narrados,  las explosiones del relato. Sigue: “El  problema está  para encontrar el sentido, que así, roto,  multiplicado parece fugar en todas direcciones. Imagino esto hace dos años, cuando todavía vivo en la casa de la mujer que cuenta esta historia, cuando todavía, por las noches, tomamos whisky, desnudos y enterrados y violentos, porque el amor violenta la vida  para convertirla en otra cosa, ¿no es cierto?”. Se tarda en entender qué pasa. Una máquina monstruosa; una historia referida; un  grupo de cuatro hombres y una mujer encerrados en un monambiente en Caballito. Fechas singficativas: Junio de 1967. Marzo de 1935. Agosto de 1871. El deseo de calcar el tono de Jules Boissière  en Diario de un intoxicado.  DSC_0226

Juan Mattio es redactor periodístico, autor  de la novela Tres veces luz (2016), una historia que nace a partir de su trabajo como cronista policial y que ha obtenido una  mención en el premio Casa de las Américas.  A primera oída se nota que Mattio sabe narrar una historia y aún más, que en eso que lee, que está leyendo, hay un trabajo quirúrgico sobre el lenguaje en su dimensión poética: “(…) la mujer que cuenta esta historia,  está adentro. Abre una de las ventanas de la cocina y desde ahí me llega su voz aunque no la veo. Cuando empieza hablar ya siento el miedo, el dolor, la ferocidad, todo eso que está en la historia y, sin embargo, no en su voz. Su voz es neutra, quiero decir, por momentos, me parece que en su voz hay más que hechos sin ninguna emoción. La máquina, dice, fue hecha por escritores”. El lenguaje es una materia densa y Mattio es  capaz de sostenerla sin ningunear los hechos que se cuentan. Porque En materiales para una pesadilla ocurre una historia poderosa, en la que el oficiode escribir es parte de  la aventura.

6.

Stefanoni  agradece la invitación y como su compañero, dice,   tampoco suele ir a lecturas.  “Ni escribir cuentos”, aclara, pero hizo uno para esta fecha. Andrea Stefanoni ha colaborado en diversas revistas y suplementos culturales y fundó el sello editorial Factotum. Su primera novela La abuela civil española (2009) la consagró como narradora.   De lo último que leyó  Mattio había quedado resonando en el aire la idea de una “cosa jodida”. Acaso eso jodido que quedó de Mattio se prolonga o se instala o infecta las primeras líneas que lee Stefanoni, desapasionadamente, sin sentimentalismo: “Este niño no es mío pero no me quiere soltar. Es un peso que tira hacia abajo y hacia afuera de mí,  que no me deja avanzar. No lo conozco. No me dice nada pero tampoco se va” Stefanoni   escancia la voz en la lectura.  La brutalidad de la escena  y la voz impasible instalaron una sensación ambigua,  la de un fastidio resignado, de una heroicidad no deseada: “Muchas veces le pregunté cómo te llamás, sin respuesta. Otras veces,  intenté soltar sus dedos, abrir aquella mano pequeña, pero no pude, él aprieta más”. En el cuento, una mujer tiene un chico prendido de la remera. La  autora descompone cada una de las acciones y pensamientos que acontecen a medida que la mujer avanza por el mercado de frutas y verduras con ese chico haraposo que no es su hijo y que le pide “lo que le corresponde” cuando come, no tiene nada de alegórico ni quiere enseñar nada.  La voz narrativa  desmenuza la violencia de  ese evento terrible – que es la  aproximación obligatoria de dos alteridades-  sin ínfulas ni ganas de contagiar compasión, apenas un tiroteo de  frases  breves que,  como el chico que tira de la remera, pesan y van marcando el tránsito de la mujer por el mercado, su derrotero, su resistencia a mezclarse y, finalmente, la  aceptación resignada de hacerse cargo del desamparado.

7.

En el final , Krygier aprovecha la intimidad del salón y  se acerca al grupo de las chicas del fondo, “tus groupies” bromea una, para soltar unas notas del clarinete casi como en una ronda. La escucha no es silenciosa, las interjecciones, los sorbos de una copa, incluso los suspiros parecen amplificados porque Krygier ha quebrado el territorio binario entre escenario y público, está ahí en medio de todos porque se atreve a escucharnos escuchar. Las luces son casi rojas a esta altura de la noche que se va agotando mientras alguien habla de besos.  Cuaderno de dibujo circula en el patio de Nivangio. En una mesita hay copas  llenas sin dueño, Krygier sale con las chicas a saludar, está apurado porque tiene una hija pequeña que lo espera.  Alemian descubre los adhesivos de colores  sobre los poemas que leyó Vinderman. Desmarás y De Luca  hablan  sobre la amistad que se arma cuando se comparten libros.  El  epígrafe de ese poemario acaso podría oficiar como una cifra caprichosa de este encuentro de escuchas amistosas.  ¿Qué son los rostros,  los lenguajes, el mar, la Historia, el silencio, la oscuridad, , las flores, las montañas , las cucharas? Conjeturas, sentencia Quignard, conjeturas.

*Próxima edición: sábado 9 de diciembre en Espacio Nivangio, Colombres 946, CABA.

Deja un comentario