Diez apostillas sobre los días que estremecieron a John Reed

Por Eduardo Minutella

100 años de la Revolución Rusa. Marea editorial publicó en el centenario de la revolución rusa la crónica del periodista estadounidense, que en sus últimos días decidió abandonar su país -for good- y sumarse a la causa.

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Cumplido el Centenario de la revolución rusa, uno tiende a preguntarse si es posible volver a escribir sobre su crónica extraeuropea más famosa: Los diez días que conmovieron al mundo, del estadounidense John Reed. Porque, más allá de la importancia del acontecimiento y de lo relevante de aquel registro pionero: ¿Hace falta otro perfil del niño de Harvard que abandona una vida de comodidades para viajar por el mundo como grumete de un barco que transportaba ganado a través del Atlántico? ¿Es necesario volver a contar sus peripecias, que lo llevan a unirse sucesivamente a los obreros de la seda de Paterson, o a recorrer los frentes de batalla durante la Gran Guerra con espíritu de personaje de Hugo Pratt?  ¿Tenemos que repasar una vez más cuáles fueron sus fuentes, o mensurar los alcances y límites de su condición de testigo directo del proceso revolucionario? ¿Hay que volver a repensar su carácter legendario, o invocar el adjetivo romántico para invocar a un sujeto inasible para nuestra sensibilidad cínica y pretendidamente post-todo? Tal vez no sea necesaria una respuesta. O quizás la evocación de diez momentos de aquellos días que conmovieron a John Reed permita que surja por sí sola.

I.

El edificio del instituto Smolny era un enclave de arquitectura renacentista italiana en la Petersburgo filofrancesa y mayormente neoclásica. Otrora destinado a la educación nobiliaria de las jóvenes aristócratas, se había transformado, desde 1917, en  la plataforma desde la cual los bolcheviques se proponían asaltar los cielos. Hasta su puerta llegó un día León Trotsky, cuando todo se encaminaba hacia aquel final que solo desde hoy juzgamos inevitable. Reed, que pudo obtener el salvoconducto para ingresar al edificio, tuvo en aquella jornada mejor suerte que el presidente del soviet local, que, luego de registrar sus bolsillos, constató que se había presentado sin su pase.

-No importa –acabó por decir–, usted me conoce. Soy Trotsky.

-¿Dónde está el pase? –respondió terco el soldado–. No puede pasar, yo no conozco a nadie.

-Pero si soy el presidente del soviet de Petrogrado.

-Bien –contestó el soldado–. Si usted es una persona tan importante debe llevar encima algún papel.

El cronista cuenta que Trotsky siguió insistiendo y exigió hablar con el comandante, pero solo obtuvo negativas; el comandante era un hombre ocupado y no se lo podía molestar así porque sí. Finalmente logró que un oficial superior a cargo se hiciera presente.

-Me llamo Trotsky, repetía.

-Trotsky…el cabo de guardia se rascó la nuca. He oído ese nombre en algún sitio. –pronunció lentamente–. Bueno, pase, camarada.

Reed nunca lo supo, pero la escena podría sintetizar el devenir de la revolución toda.

II.

Hay una imagen de Alexandr Kerensky que ha circulado bastante entre aquellos pocos que se han interesado por su figura. En ella, los ojos del presidente del gobierno provisional interpelan fijamente a la cámara por delante de un mapa gigantesco que representa a una tierra que se descubre ingobernable. Es la mirada del hombre de la ofensiva fallida de julio, al que jaquearon por derecha y por izquierda. Sobre ella pesa la memoria de los caídos en un campo de batalla que para muchos ya se revelaba incomprensible.

Kerensky, el que tuvo que huir en tren cuando los bolcheviques ya fueron incontenibles. Tristemente vestido de marino. O acaso de enfermera, según testimonios menos comprobables, mientras que su última guardia de defensa -un batallón de mujeres- intentaba detener lo inevitable. La Historia también es paradoja.

Reed escribe al respecto y tal vez no se guarda nada: “se decía que varias soldados habían sido arrojadas por las ventanas a la calle, que casi todas las demás habían sido violadas y que muchas se habían suicidado, al no poder soportar todos estos horrores”.

La revolución es un sueño eterno y algunas veces es pesadilla.

III.

La Gran Guerra continúa y Reed transcribe un diálogo que describe la situación en el frente de batalla. Algunos soldados se quejan de la selectividad en la elección de las misiones:

-Los oficiales. Sobre todo los mencheviques y eseristas, tratan deliberadamente de poner a los bolcheviques bajo las balas. ¡No se permite la entrada de nuestros periódicos en las trincheras, nuestros oradores son detenidos!”.

-¿Por qué no habláis de la falta de pan?, gritó un soldado.

-No solo de pan vive el hombre, respondió severamente Chudnovsky.

IV.

Reed narra la historia de un soldado que había escrito unas palabras en memoria de sus camaradas caídos en el combate contra Kerensky. Que había escrito hasta derrumbarse: “La hoja estaba manchada de algo parecido a lágrimas”.

V.

El cronista finalmente se entrevista con Trotsky. Está una vez más ante un ícono de la Historia del siglo pasado, aunque es cierto que todavía no lo sabe. Ya pasó antes por esa situación, cuando, en el México en armas se fascinó con la figura de Pancho Villa, con quien logró congeniar hasta el punto de recibir del caudillo los apodos de el míster, o el chatito. Y sin embargo, aquella cercanía no le impidió preguntarle por su permisividad ante las acusaciones que lo habían involucrado en la promoción de la violación de las mujeres de los enemigos caídos. Había que animarse y el míster se animó, acaso obedeciendo a aquel “desmedido deseo de ser arrestado” que, según Walter Lippmann, había constituido la pasión central de su vida.

La entrevista con Trotsky transcurre en una pequeña habitación del Smolny en la cual, según afirma el cronista, fue casi innecesario hacer preguntas. El líder soviético hablaba fluidamente, con seguridad y casi para sí. Perspicaz, acaso Trotsky haya proferido retrospectivamente el mejor elogio posible para un periodista: “John Reed sabía ver y sabía oír”.

VI.

Hasta dónde aquellas jornadas del 17 que estremecieron a John Reed conmovieron inmediatamente al mundo todo es materia discutible. En primer lugar, debido a la falta de información, o bien a la desconfianza que generaba la que llegaba. En Buenos Aires, por ejemplo, el día posterior a la toma del poder por los bolcheviques, La Nación publicó algunos cables que recogían mucho del desconcierto de la hora:

“Lenin, el jefe del golpe de estado ruso, estaba señalado hasta hace poco por la policía de su país como agente al servicio del gobierno alemán. Su mano derecha es Trotsky, un anarquista”.

Por otro lado, si los días iniciales de la revolución conmovieron al mundo, no siempre lo hicieron de la misma manera. Lógicamente, los hechos de Petrogrado fueron mal recibidos por la derecha, pero a la izquierda el entusiasmo de algunos se compensó con la profunda desconfianza de los demás. Entre ellos estaba Karl Kautsky, sumo sacerdote del cientificismo de la Segunda Internacional y defensor de vías menos voluntaristas de acceso al socialismo, pero también Rosa Luxemburgo, de indiscutibles credenciales revolucionarias, que desconfiaba del optimismo de los bolcheviques y de los modos que habían adoptado para llevar a buen puerto a aquel bajel carmesí que navegaba entre tormentas. En cambio, los jefes bolcheviques, al igual que los jacobinos franceses del siglo XVIII, se esforzaban en creer que aquellas jornadas debían ser necesariamente el punto de partida para la emancipación universal de la Humanidad: “No puede haber nacionalismo en un momento de semejante crisis. Viva la dictadura del proletariado en todos los países”, grita un oficial ucraniano en su lengua materna. “¡La Rusia revolucionaria y el mundo entero tienen puestos los ojos en vosotros!”, arenga Lev Kámenev.

Reed, estadounidense e internacionalista, toma nota.

VII.

Cuando por fin logra ver a Lenin en el Smolny lo describe como un hombre bajito, fornido y de gran calva. En épocas anteriores al coucheo y las asesorías de imagen, Reed repara en el atuendo del jefe de los bolcheviques: el traje desgastado, los pantalones demasiado largos para su talla. Lo ve adelantarse hacia el estrado y recibir la ovación con impertérrito manejo de los silencios, antes de gritar con voz firme: “¡Ha llegado la hora de emprender las construcción del orden socialista!”.

Dos años después, aquel hombre que devino Historia prefaciaría brevemente la edición estadounidense del libro que se publicó como resultado de aquellas anotaciones.

VIII.

Reed no es objetivo y se siente orgulloso de no serlo”, dijo alguna vez Lippmann. La aseveración no menosprecia la obra: a pesar de su predilección por los bolcheviques, en sus Diez días le da voz a todos los actores involucrados: revolucionarios y contrarrevolucionarios, bolcheviques, mencheviques, eseristas, gentes de a pie y dirigentes de primera línea. Los apellidos célebres se multiplican, pero también las voces de los ignotos y los ignotos del campo y la ciudad. Aunque hay un nombre que solo aparece dos veces: Josef Stalin casi brilla por su ausencia.

IX.

Reed recoge la voz de Trotsky, que resuena una vez más en el Smolny. “¡No bebáis, camaradas!” El alcohol es una “trampa de la burguesía” y hay que evitar caer en ella. Anuncia registros inminentes de lugares sospechosos y asegura que no habrá piedad con los traficantes de alcohol. La Ley Seca del ascetismo revolucionario.

Orden del Comité Militar Revolucionario

1. Queda prohibida, hasta nueva orden, la producción de alcohol y de toda clase de bebidas alcohólicas.

2. Se ordena a todos los propietarios de depósitos de alcoholes y bebidas y a todos los fabricantes de alcohol y bebidas alcohólicas que pongan en conocimiento, no más tarde del día 27 de este mes, el lugar exacto en el que se encuentran sus depósitos.

3. Los infractores de esta orden serán entregados al Tribunal Militar Revolucionario.

X.

Lenin, nuevamente. Hay en el cronista estadounidense algo de fascinación por la figura de aquel líder que se ganaba el apoyo de las masas revolucionarias “por el solo mérito a su inteligencia. Lenin, sereno. Lenin desapasionado. Lenin que frunce el ceño y escoge minuciosamente cada palabra para enhebrar frases que son como mazazos. Lenin y el rol de los medios: “La libertad de prensa no puede separarse de otros problemas de la lucha de clases. Prometimos clausurar esos periódicos y debimos clausurarlos. ¡La inmensa mayoría del pueblo está con nosotros!

Fin.

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En la breve semblanza biográfica que escribió Juan Carlos Berrio Zaratiegi para la reciente edición realizada por Marea Editorial se detallan los avatares en torno a la publicación de los Diez días de John Reed. Si nunca fue fácil ser de izquierda en los Estados Unidos, los años finales de la Gran Guerra no fueron la excepción. Al contrario, en aquellas jornadas la persecución contra los movimientos de izquierda se hizo más sistemática, con su esperable saga de clausuras, detenciones y procesos judiciales. En ese contexto, los esfuerzos de Reed por difundir su crónica, a la que Nadezhda Krúpskaya no dudó en calificar como “epopeya”, no lograron prosperar. De hecho, ni bien arribó a Nueva York tuvo que soportar la confiscación de todo el material que había producido minuciosamente durante sus convulsionadas jornadas en Rusia. Recién le sería devuelto a fines de 1918, cuando la contienda tocaba fin. Al año siguiente, su libro se convirtió en un bestseller –en realidad un longseller– de alcance mundial. Aunque su autor vivió poco para disfrutar de aquel éxito. Y tampoco puso empeño en aquello. Al contrario, volvió a Rusia y se sumó a la causa de Tercera Internacional hasta que un tifus temprano e inoportuno puso fin a su periplo. Le faltaban tres días para cumplir treinta y tres años.

 

Fue enterrado con honores en la necrópolis ubicada junto al muro del Kremlin. La placa que lo recuerda está acompañada por las de otras figuras, menos exóticas, del panteón soviético: Anatoli Lunacharski, Clara Zetkin, Maksim Gorki, Yuri Gagarin. Una geografía fúnebre de la historia de la revolución y su complejo legado, que hoy recordamos en tonos menores, con un entusiasmo más modesto y desconfiado que el había manifestado su cronista extrauropeo más famoso. Como si, en tiempos de cinismo y desencanto, solo pudiéramos contrarrestar la teleología ingenua de un futuro feliz ya inverosímil con dosis racionadas de melancolía de izquierda.

Diez días que conmovieron al mundo de John Reed.

Marea Editorial, 2017.

496 páginas.

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