La vida misma como motor literario de Sergéi Dovlátov

Por Juan Martín Nacinovich

La editorial Añosluz se lanzó a la traducción y edición nacional de El Oficio y La reserva Nacional Pushkin. Aunque logró una obra prolífica en su URSS natal, no fue hasta que se radicó en Nueva York que pudo finalmente publicar su prosa.

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Me atormento por mi incertidumbre. Odio mi disponibilidad a afligirme por pequeñeces. Desfallezco de miedo ante la vida. Y sin embargo, esto es lo único que me da esperanza. Lo único por lo cual debo agradecer al destino. Porque el resultado de todo es la literatura”, dijo alguna vez Sergéi Dovlátov, un secreto a voces de la literatura rusa que, poco a poco, comienza a expandirse en castellano de la mano de la editorial Añozluz, responsables de las traducciones de La Reserva Nacional Pushkin (2016) y El oficio (2017) junto a la escritora y traductora Irina Bogdaschevski.

Hijo de madre armenia y padre judío, nació en Ufá, Baskiria, hoy conocida como Baskortostán, en 1941  durante la evacuación de Leningrado en plena segunda guerra mundial. Desde joven se codeó con intelectuales de su generación, tomando como mentor y amigo a Joseph Brodsky (premio Nobel de Literatura en 1987). A diferencia de Brodsky, Dovlátov no pudo publicar nada en suelo soviético, salvo algunos escritos semizdat, es decir clandestinamente. En 1978 lo expulsaron de la Unión de Escritores Soviéticos  y, al año siguiente, emigró a Nueva York sin saber más que dos o tres insultos en inglés. Allí vivió doce años – y publicó doce libros– hasta su muerte en 1990. Sobre ésta ciudad, dijo: “Nueva York es real. No produce ningún estremecimiento de museo. Está hecha para la vida, el trabajo, la diversión y la ruina. (…) Aquí uno no tiene la sensación del lugar. Si la sensación de una nave repleta de millones de pasajeros. Esta ciudad tiene tanta diversidad que llegas a entender que hay un rincón también para ti. Creo que Nueva York es mi ciudad última, definitiva y final. Desde aquí, uno puede huir solo hacia la luna”.

Ante todo, Dovlátov era auténtico. Con una prosa diáfana y tajante por igual, disparaba dardos precisos a través de oraciones cortas, cargadas de un cinismo de alto contenido ácido. Siempre atento a su entorno, según sus propias palabras, llevaba una libreta mental de anotaciones que luego tecleaba salvajemente en su máquina de escribir Underwood. Los textos desperdigados en sus diarios personales fueron publicados bajo el nombre de El oficio. Sobre su prosa, Brodsky dijo: “tallados como poemas, línea por línea, con una sintaxis asombrosamente pura”. Algunos de aquellos pequeños chispazos de Underwood:

Una vez, después de una terrible borrachera, Wolf y Kopelian se fueron a su casa de fin de semana. Digamos, al seno de la naturaleza. Cuando bajaron del tren, Kopelian señaló con el dedo y lanzó un grito salvaje:

–¡Miren! ¡Miren! ¡Un pájaro vivo!…

Dicen, que si uno bebe un vino madeira soviético y luego mea encima de un chacal, el chacal muere.

En la Unión Soviética tratan a los negros con cariño y prudencia. Recuerdo la transmisión televisiva de un combate de boxeo. Un negro, oscuro como betún, peleaba con un polaco rubio. El comentarista moscovita explicó con mucha delicadeza:

“Al boxeador negro se lo puede distinguir por el ribete celeste de sus pantaloncitos…”

En la frontera entre Rusia y Estonia se yergue la Reserva Nacional Pushkin, parque de atracciones recreativo y museo poco meticuloso donde tiene lugar la nouvelle de “autoficción” del mismo nombre. El propio Dovlátov estuvo allí una temporada trabajando como guía, aunque en el libro optó por utilizar un alter ego. El protagonista, no soporta el estado de su pareja, de la cual se está divorciando, mientras acumula una buena cantidad de años sin ser publicado. Cansado, emprende un éxodo hacia la reserva para alejarse de todo y todos. Se adapta rápidamente y comienza con su labor de guía, primero tomándose todo al pie de la letra hasta que él mismo se flexibiliza y empieza a omitir pasajes del tour, inventar citas y demás cuestiones hilarantes. Su esposa, resoluta a saltar el Atlántico hacia territorio enemigo –todavía en tiempos de Guerra Fría– lo va a buscar una última vez. El protagonista se emborracha dos semanas seguidas después del encuentro.

Entre tanto, los diarios personales de Dovlátov, bautizados como El oficio se componen de dos tomos. El primero de ellos lo escribió en la otrora URSS y lo llamó El libro invisible (1976). Así empieza: “Con cierta inquietud comienzo a escribir. ¿A quién le pueden interesar las confidencias de un escritor fracasado? ¿Qué hay de instructivo en sus confesiones?”. Y agrega: “Caóticamente, de manera larga y no muy clara trataré de exponer mi biografía ‘creativa’. Serán las aventuras de mis manuscritos. Retratos de los conocidos. Documentos… ¿qué título le daré a todo esto – ‘Dossier’? ¿’Apuntes de un escritor’? ¿’Composición sobre tema libre’? ¿Acaso importa? Si el libro será invisible…”. Notoriamente turbado, Dovlátov hasta ese entonces reunía una novela, siete relatos y cuatrocientos cuentos cortos. Pero no era publicado. En todos lados lo rechazaban al mismo tiempo que lo felicitaban por su talento. El régimen soviético no le permitía dar el salto de calidad. Dovlátov era literatura no permitida. En esta primera parte, además, saca a relucir toda su devoción por escritores como Fiódor Dostoievski, Aleksandr Solzhenitsyn, Nikolái Gógol, Antón Chéjov –sobre todo Chéjov–, William Faulkner y Ernest Hemingway, entre otros. Lector voraz, de todos ellos y tantos más, se facultó de manera incansable.

En 1984, ya instalado y a punto de consagrarse en Nueva York, escribe la segunda parte: El periódico invisible, haciendo alusión al diario que sacaron adelante con sus camaradas disidentes. Un diario escrito en ruso en suelo norteamericano. A pesar de todo, Dovlátov escribe: “Ya van cinco años que paseo con la cabeza abajo, desde aquel día que cruzamos volando el océano (si creemos que realmente la tierra es redonda)”. Si bien la realidad allí era más amena que en la Unión Soviética, su ascenso tuvo tramos cuesta arriba, hasta que todo se logró encaminar. The New Yorker publicó uno de sus cuentos, se le abrieron nuevas puertas. Aparecieron los contratos. Dovlátov finalmente comenzó a publicar. En total, publicó doce libros en doce años, hasta su pronta muerte a los 49 años, en 1990, luego de una falla cardíaca.

El objetivo del trabajador no debería ser ganarse la vida, o conseguir un buen trabajo, sino realizar bien una tarea. No contrates al hombre que trabaja por dinero, sino a aquel que lo hace por amor a la tarea”, planteó en Una vida sin principios (1854) el escritor y filósofo Henry David Thoreau, acérrimo enemigo del establishment. Siguiendo esta lógica, Dovlátov vivió su vida como pocos lo hacen. Desde la vanguardia y frente a infinidad de adversidades, su vida siempre estuvo atravesada por la palabra. “No fui yo quien escogió esta profesión agotadora, estentórea, dolorosa, pesada. Ella me escogió a mí”. Nunca abandonó su tarea, su objetivo. Nunca dejó de escribir. Y así vivió. “Lo que pasa alrededor de nosotros no es importante. Lo importante es cómo nos experimentamos ante ello”.

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La Reserva Nacional Pushkinnseguido de Ariel y la uva de Sergéi Dovlátov y traducido por Irina Bogdaschevski.

Añosluz, 2016.

166 páginas.

 

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El oficio de Sergéi Dovlátov y traducido por Irina Bogdaschevski.

Añosluz, 2017.

198 páginas.

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