Haidu Kowski: “Me gusta la violencia cuando está puesta en un lugar que hace a la historia”

Por Marvel Aguilera Fotos: Nazarena Talice

En Instrucciones para robar supermercados, los márgenes de la moral se desbordan sobre la necesidad de supervivencia. En esa cruzada frenética, los lazos familiares y la compleja red de vicios sociales pondrán un manto de sospecha sobre la autenticidad de la revolución emprendida.

DSC_3600_WEB

El sol todavía recrudece entre Costa Rica y Malabia. Es jueves por la tarde en Palermo y la Plaza Armenia sigue en reformas, la cubre una medianera larga y ancha desde la que apenas se esboza a ver una pila de bolsas de cal y cemento; en sus esquinas, sobresalen algunas puntas de cantero ideales para sentarse a respirar un poco de aire. A pocos metros, guarecen un par de mesas de la Librería del Fondo, allí donde Haidu Kowski llega luego de unos minutos. Trae un saco oscuro y una remera con dibujos. Se lo nota desenvuelto. Caminamos entre medio de los estantes que exhiben el rostro adusto de Antonio Dal Masetto sobre un fondo negro y otro vigoroso y enorme libro de la española Almudena Grandes. El olor a café se cuela entre las palabras impresas mientras suena una melodía de jazz de fondo. En el patio (un digno escenario para un torneo de skate libre), un mural de una niña leyendo bajo un árbol – en la línea de Maurice Sendak – nos enmarca. “Me gustó tanto que me llevé la idea del dibujo para el jam de escritura”, dice. Haidu está de buen humor, comenta que está abocado a tiempo completo a la divulgación de su nueva novela, Instrucciones para robar supermercados (Tusquets Editores). La obra que marcó su retornó a la ficción tras su Manual de estrategias del póker para la vida. Un texto de casi una década de trabajo, escrito y rescrito con el mismo vértigo con que se mueven sus personajes: al borde del precipicio. En esa vorágine propia de alguien que ha hecho de la improvisación un método, Haidu se siente cómodo; seducido por lo extraño, lo distinto. “Me ofrecieron presentar la novela en este lugar, pero prefiero otra cosa”, comenta. La presentación del libro, finalmente, se realizó en la bicicletería vintage de un amigo, con bandas en vivo y hasta un DJ set.

La búsqueda permanente, por momentos minuciosa, es la que se impone en su escritura, en una radiografía donde la crudeza se convierte en norma; allí conviven los submundos de Chuck Palahniuk, la sátira mordaz de Kurt Vonnegut y hasta, quizás, los personajes en crisis al estilo de Alberto Fuguet. Haidu parece estar en todo, pero reniega de la idea de ser un escritor las 24 horas del día. “No significa que vivo escribiendo”, dice. Pero sí aclara, con entusiasmo: “Todo puede ser una herramienta para la literatura.”

Destornillar el engranaje

Es bueno que la gente no entienda el sistema bancario, sino habría una revolución mañana por la mañana”, dice la célebre cita atribuida al magnate de la industria automotriz Henry Ford. Y, a pesar del poderío que aún poseen los sistemas bancarios, parece algo anacrónica en el contexto actual. La conversión del capitalismo en una disputa entre monopolios hizo que los aparatos financieros sean cada vez más abstractos. Y esa imposibilidad de las clases populares de enfrentarse a aquellas instituciones indómitas, junto al estímulo para consumir cada vez más, corrió el eje  hacia un enemigo más directo: los supermercados. Los grandes formadores de precio han sufrido en todo el mundo dispares ataques en los últimos años, desde el boicot contra los productos estadounidenses en México a raíz del discurso anti-inmigratorio de Donald Trump, hasta el reciente bloqueo a los alimentos catalanes en España por la disputa independentista. Incluso en Buenos Aires, Elisa Carrió llamó hace algunos meses a “no comprar en supermercados” argumentando una remarcación en los precios. En ese contexto, la nueva novela de Haidu Kowski (Buenos Aires, 1974) parece poner en el centro de la escena una pregunta por la supervivencia: ¿Qué estás dispuesto a hacer para vivir bien en un mundo contaminado por el dinero?DSC_3613_WEB

Franco es un repositor de supermercados despedido, otro anónimo al que el sistema le pegó una trompada en la cara. Sus horas, pateando el aire por las calles de Ciudadela, se desgastan en el tibio recuerdo de su banda de rock diluida, Mueran Humanos. Esa necesidad de salvataje – tan propia de la crisis de 2001 – lo llevará a hacer de una viveza criolla un método y, si se quiere, una filosofía de vida. Robar productos camuflados, cambiar precios, transar con las cajeras. Todo vale siempre y cuando se ajuste al método. Con el guiño de Salcedo, su compañero de pensión paraguayo, y el padrinazgo del tío de éste, un capo del conurbano que se hace entender más por su fierro que por sus palabras, Franco desafía los límites de la moral, en la búsqueda de una vida desprejuiciada, absoluta; para llenar, también, el vacío que su padre dejó cuando él era apenas un chico. Cagar a tiros a un chino, garcharse a su propia hermana, comer carne humana, coachear soldados para expandir la red delictiva; las normas, para Franco, se diluyen en la carrera vertiginosa que ha emprendido. “El lujo es la perdición, pienso. No porque sea malo, sino porque una vez que probás ciertas cosas es muy difícil aguantar otras”, dice. Su libertad parece hija de la prédica del ateo Iván Karamázov en la obra de Fiódor Dostoievski: sin creencias, todo está permitido. Esa conversión en “modo Dios”, sin embargo, comenzará a flaquear cuando entre sus intereses empiecen a cruzarse los deseos familiares y pongan en peligro el imperio invisible que ha venido montando.

Instrucciones para robar supermercados puede leerse como una comedia negra sobre los bajos fondos de Buenos Aires: regada de chistes “argentos” y escrita con eun tempo acorde al modo de vida del “hombre suburbano”. Pero la novela de Haidu Kowski también es una indagación al mundo del desempleo, al estado desolador de vivir en los márgenes de una sociedad estimulada por el mercado. Lejos de ser moralista, Instrucciones para robar supermercados expone (con algo de reductio ad absurdum) la complejidad de las relaciones mediadas por el dinero y la ambición. En ese desenfreno, del cual parece difícil volver atrás, los personajes buscan resguardarse en su deseo más privado, aquel que los mantiene libres por un buen rato de la gran jaula social que nos alberga.

¿Se puede pensar Instrucciones para robar supermercados como una novela contra el sistema?

Sí, hay un enojo muy importante con el sistema en todos lados. Conozco gente de todo el mundo: vivas bajo un gobierno de derecha, de izquierda o de lo que sea, desde Venezuela hasta Pakistán, todos están enojados con el sistema. La novela no pretende ser ‘anti-sistema’ pero es verdad que hay un acto de rebeldía ingenuo donde, tanto el personaje como los que lo siguen, hacen lo que sea para subsistir. Todo vale. Desde allí, se vuelve anti-sistema. Me divierte jugar con ese leitmotiv, aunque no fuera el objetivo; es más, siempre intentó ser apolítica y amoral, y aun así tiene algo de eso. Se dio porque me sentí libre, no me puse ninguna barrera al momento de escribirla.

A medida que pasan las páginas esa primera impresión parece tomar un tono de sátira ante ese tipo de actitud…

La novela se ríe de todo, desde las drogas y el sexo hasta de los pobres y los ricos. El personaje, Franco, está más allá, hace lo que puede. Es cierto que la novela quedó como una especie de sátira. Todos los temas que se tocan lo tienen. Mi mamá me decía: “¡¿Por qué puteas a las viejas que van al supermercado?!”  Y, no lo sé, caen todos. Me divertí un buen rato con eso.DSC_3610_WEB

Estamos en un contexto donde los supermercados y los precios están en tela de juicio tanto en la sociedad como por una parte de la clase política. La novela retrata esa escena e imagina un posible accionar contra ellos. ¿Cómo atravesó esa problemática a la obra?

Siempre cuando veo las ofertas me pregunto por qué no bajan los precios y listo. Se embanderan en las ofertas, las canastas familiares y toda esa buena onda. Es un camino del marketing que no es precisamente para ayudar sino para ganar plata, está claro eso. Cuando empecé a escribir la novela, hace nueve años, era un momento en que estaba sin trabajo: venía de trabajar en Inrockuptibles, que había cerrado; estuve un tiempo en Haciendo Cine, pero estaba un poco bollando y con mucho tiempo libre. Entonces, comencé a investigar. Iba mucho a los supermercados, hablaba con gente, incluso hice entrevistas para trabajar en seguridad, pero solo para escuchar lo que me decían. Así fue que conocí gente que tenía la misión de ir y llevarse cosas, no robar, sino cambiar precios, cortar sachets de leche con gillete, entre tantas cosas. Solo por diversión. Era otra época, las cámaras de seguridad no eran lo que son ahora. En ese momento escribí unas ciento cincuenta páginas, de las cuales no quedó nada en la novela. El libro lo rescribí como cuatro veces. No me gusta corregir, cuando no me cierra algo, lo rescribo. Tengo esa facilidad, me pasa con páginas, párrafos o capítulos. Todo eso, que era como un intermedió, voló. La novela tiene muchas elipsis, y esos capítulos del medio no están incluidos en la novela. Fue un laburo importante el de limpiar, no por pedido editorial, sino porque al leerla me producía bastante tedio y ahora se puede leer fácil, rápido y sin dejar de ser la misma novela.

Hacés material un habitual intento de boicot, como es la reprimenda de no comprar en los supermercados, el cual nunca es lo masivo que se prevé.

Parece un acto de rebeldía ingenua. Puedo poner en Facebook que no me gusta tal cosa y que solo lo vean dos o tres personas. Es una libertad de expresión llevada más allá y, en realidad, uno se expresa porque así quiere hacerlo. En la novela, hay un panfleto copiado tal cual de otro real que decía “vamos a boicotear al supermercado”. Y la gente siguió yendo igual. Sí hay movimientos más fuertes, como el 2001, cuando a la gente le sacaron la plata del banco. Si vuelve a pasar algo así es porque te tocan el bolsillo o el culo. Después hay casos más específicos, políticos o no, donde la gente se queja, pero son olas de convencimiento masivo.

¿Se pueden pensar en una misma esfera la novela El club de pelea de Chuck Palahniuk y tu obra?

Sí, es muy Chuck Palahniuk la novela. Lo leo mucho. Me gusta la violencia cuando está puesta en un lugar que hace a la historia, no porque sí. Y Palanhiuk trabaja bastante bien eso. Los personajes no son violentos, las cosas que les pasan son violentas y los llevando a eso. El personaje (Franco) no es violento, todo lo contrario, al principio parecía alguien no le podía pegar ni a una mosca. Pero la situación se torna violenta y desde allí avanza. Hay una novela de Palahniuk que se llama Rant, sobre un pibito del interior de Estados Unidos que es adicto a las mordeduras de serpientes. Y tiene viajes con esas mordeduras. Eso es maravilloso, más allá de que después se vaya a carajo. Acá es igual. Él está un poco mordido por una serpiente, y esa serpiente lo va llevando a una situación donde se pregunta: “¿Qué hago acá?” Bueno, dentro de lo que sabe de ese trabajo en el supermercado, encuentra este ardid con las etiquetas.

En el tramo final de la novela, Franco se da cuenta de que su empresa revolucionaria al estilo Robin Hood es ilusoria, solo parte de un engranaje mayor. ¿Él vulnera al sistema porque el sistema así lo quiere?

Cuando llegué al final y me encontré con eso me dije “esto no está bien así”. No era lo que yo quería decir. Y me di cuenta de que soy un instrumento, y la novela me pedía eso. Lo pidió y funcionó bien. Una de las frases finales es “la mejor manera de robar es asociarte con el jefe”. El sistema siempre te ubica, estés donde estés. Incluso si terminás en una cárcel, estás dentro de un sistema para reinsertarte en la sociedad. Siempre estás adentro. Es una especie de monstruo cancerígeno, cuando haces algo fuera de él, te vuelve a ubicar. Hay una sensación en la novela de que toda esa red que se arma es posible porque al sistema le conviene.DSC_3608_WEB

Hay una figura que está siempre por detrás del protagonista, como una sombra que no termina de resolverse hasta el final, que es el padre. ¿La construcción del sistema y la necesidad de superar sus propios límites está llevada por ese lazo?

A él lo lleva el hecho de estar sin trabajo y sin plata. En la sociedad de hoy si tenés plata sos exitoso. Si sos un filósofo o pensador y no la tenés, no sos exitoso. Tal vez para uno mismo lo seas, pero no para la sociedad. Acá la moral se corre un poco. Me puse a ver muchas redes sociales y vi fotos de pibes que son chorros y suben felices su botín a Facebook. Para ellos y sus amigos son exitosos. Por otro lado, con el padre, hay algo; muchas cosas de la vida personal que se mezclan. Mi papá falleció joven cuando yo era chico. No tuve que robar, pero sí laburar y hacer muchas cosas.

Ese método que bien podría servirle a Franco para ganar dinero y tener una vida de excesos comienza a cambiar cuando se relaciona con la gente de la pensión y ve cómo disfrutan de otro nivel de vida.

La novela tiene mucho de equilibrar, desde un lugar casi mínimo. En un momento, cuando Franco ve comer a la gente de la pensión, la palabra “delincuente” se le borra del vocabulario. Él lo hace y la gente está contenta con ello: viven algo que no hubiesen podido vivir. Igualmente, él se ríe un poco de esta noción de Robín Hood. La ve como un invento de la Corona para darle la ilusión a la gente de que alguien lo hace. Funciona desde ese lado. Hoy podríamos llamarlo posverdad.

Parece muy en sintonía con el documental HyperNormalisation y la idea de crear oposiciones ficticias…

Hoy con las redes sociales parece muy fácil eso. Solo hace falta dinero y un poco de ideas. Si estoy solo y publico en Facebook no voy a tener mucha llegada. Pero si invierto en eso, empiezo a tenerla. Vivimos en una especie de estado de mentira absoluta. Yo no creo nada de lo que veo, incluso las peleas políticas actuales. Es imposible estar afuera, pero trato de pensarlo desde otro lado; es un círculo que nos lleva siempre al mismo lugar.

¿Esa cadencia tan vertiginosa de la novela responde a las características del personaje o a una impronta personal?

Soy así. Por ejemplo cuando corrijo. Tiene que ver también con el jam de escritura. Es la improvisación de la escritura en vivo: me siento y escribo. Tengo un método de relectura en voz alta, frente a un espejo, y trato de que sea muy fluido. De repente me salé así, en una hora puedo escribir veinte páginas. Me digo “qué buen comienzo de novela”, pero ya tengo como ochenta y cinco comienzos de novela. Luis Mey me dijo que me siente y trate de cerrar esos comienzos para hacerlos cuentos, ¡Ni loco! Esa vorágine es la manera en que vivo, en que trabajo y también en que leo. Cuando empiezo un libro y me gusta, lo tengo que terminar. La novela tiene ese ritmo. Alguien dijo en las redes que la novela es como si un pie estuviera atado al acelerador. La devolución de todos es esa: “la leí en una tarde”, “me quedé leyéndola hasta las cinco de la mañana”. Me pasa mucho eso. Es difícil que la literatura genere eso. La gente lee poco y lee en lapsus: en medio de un viaje, un rato en su casa.DSC_3601_WEB

¿No te genera un poco de molestia que un trabajo de tantos años se pueda leer en solo algunas horas?

No, me pasó ya con mis otros libros. Tengo un amigo que vive afuera, se lo bajó de Apple y me dijo que aún cansado, durante la madrugada, no podía dejar de leerlo. Para mí es un orgullo. Ahora estoy más preocupado por mi próximo libro, porque no voy a tener ocho años como con éste. Y no sé si va a estar tan bueno. Eso me preocupa más que el hecho de que alguien lea Instrucciones… en dos horas y media. Hoy en día las editoriales convocan a personas conocidas, pensando que eso va a hacer que más gente lea. Puede hacer que se compren más libros quizás, pero no que se lea más. Con eso estoy un poco peleado, y quise hacer lo contrario: hacer que la gente agarre el libro y lo lea aun no siendo lector. Tengo el objetivo de que lo lea más gente, no por una cuestión de ego sino porque quiero que sea una apertura a la literatura contemporánea argentina, que hoy está viviendo un momento maravilloso y con muchos escritores de calidad.

¿Existe una dificultad en incorporar a los autores que están en un ámbito más intelectual a un terreno más popular?

El ejemplo son los concursos literarios. Hay algunos que mandan dos mil ejemplares. Y un autor medio argentino ni en pedo vende eso. Hubo una explosión en la Argentina desde el 2001 que incentivó a que la gente escriba. Había mucha que, sin plata ni laburo, no tenía nada qué hacer. Al haber cada vez más gente que escribe, hay muchos que se destacan y hay una buena generación de escritores. Pero sí, es verdad, hay más escritores que lectores, y ese es un problema para el mercado. Para todos. Porque hay que leer, pero no estamos yendo para ese lado sino para otro más tecnológico. Y, si bien el libro no va a morir, no sé qué va a pasar con la escritura como forma de expresión.

¿Cuán difícil es que un libro logre una divulgación importante con sólo estar en una vidriera o en una reseña de algún suplemento cultural?

No sé qué incidencia puede tener una nota. Hace poco salió una de Pedro Mairal en el suplemento cultural de Clarín. Y si bien me gusta como él escribe, la tapa era vergonzosa. Los del diario decían: “El escritor que ganó el Premio de Novela a los 28 años hoy se dedica a hacer videos de YouTube con formas de alambre y toca el ukelele”. ¡Mierda! No nombraban siquiera un libro de él. A eso vamos, a que resalten eso en un suplemento de cultura. ¿Esa es la cultura para un grupo muy grande de gente? Pobre Mairal, quizás hizo una nota súper interesante y le pusieron en tapa eso. Es tremendo. Al escritor se lo pone en ese lugar de figura rara.

¿Esa incertidumbre sobre el lugar al que va la escritura vos la pudiste capitalizar en el jam?

El jam viene de muchos lados. En ese momento estaba más metido en eventos de literatura, como fue la revista Pisar el Césped. Me invitaban a lecturas y yo no leía bien, me hartaba y me ponía de mal humor. Pensaba, ¿cómo puedo hacer que un escritor se luzca y no sufra su propia literatura? La mayoría de los escritores, cuando lee en voz alta sus textos, los destruye. Se lee mal. Por otro lado, tenía ganas de sacar al escritor de su espacio de comodidad. Tiene que ver con la corrección. Es muy fácil escribir más o menos bien cuando tenés mucho tiempo para corregir. Y el jam te da inmediatez. El escritor va, se sienta y escribe. El público se trasforma en lector instantáneo de lo que el autor está escribiendo. En esa escritura tenés errores de ortografía, repetís palabras; pero es literatura pura.

¿El jam intenta un acercamiento de la escritura con el mundo del deporte, como si fueran juegos olímpicos?

No es que va cualquiera y se sienta en el jam de escritura. Dependiendo el evento se elige a un escritor. En México o en España, cuando se hace, se elige quién y por qué va a estar cada autor y con quién va a estar acompañado. No hay una competencia, pero sí la idea es que estén los mejores exponentes del momento y que puedan hacer un gran texto para que la gente lea. Ahí podría asociarse con los juegos olímpicos. Solo faltarían las medallas y cantar el himno.

¿Y tu escritura está influenciada directamente por las prácticas que comandás en el jam?

Me pasa eso. Si me pongo a escribir, me siento y escribo. Pongo música, o en silencio, y escribo hasta tal punto. Si me engancho sigo, sino corto. Y escribo mucho de corrido. Lo mismo cuando leo. Si tengo un libro a las ocho de la noche trato de terminarlo a las doce. Si me gusta, le entro. Y no tardo mucho en leerlo.

¿Qué rol juega el póker en tu oficio de escritor?

Mi anterior libro, que salió por Ediciones B, fue un libro a pedido. Me pidieron hacer un libro de póker que no sea de póker. Y lo que salió fue Estrategias del póker para la vida.  Y, qué se yo. No sé si hay estrategias del póker aplicables a la literatura. Sí hay muchas estrategias que me han servido para la vida. En la misma novela se dice: “perder vas a perder siempre, lo que se trata es de perder lo menos posible”. Es algo que un jugador piensa mucho: el 90 por ciento del tiempo pierde y sólo el 10 por ciento restante gana. En ese sentido, pensándolo en la literatura, hay que poner todo en tu trabajo porque va a venir algo bueno.

Tenés una relación muy cercana con la música, sin embargo, en la novela no hay una constante alusión a ella, ¿ésto tiene que ver con que la propia obra tiene una impronta punk?

Sí, la tiene. El protagonista tiene una banda, que refiere a una banda real (Mueran Humanos) y es un grupo que me encanta. Instrucciones… tiene una mezcla de anarquismo y punk. También remite mucho a mi infancia: empecé siendo ‘darky’, ‘punk’; escuchaba mucho de eso. Es bastante musical a pesar de que no tenga tantas referencias. Tiene mucha intensidad. En simultáneo con la obra, hice una serie de pinturas a partir de rayas y rayas y rayas. Estuve rayando todo el día, horas y horas. Y me dejaba en ese estado ‘ultraviolento’, como cantan Los Violadores. El personaje tiene esa sensación de que todo se va al carajo, y esa era mi sensación al escribirla.

DSC_3615_WEB

¿Cómo encontrás el momento para pensar en conceptos bajo el vértigo que tiene constantemente la novela?

En todos los capítulos de la novela se baja un concepto: desde algo como el incesto hasta el viagra, que es una droga que anda dando vuelta por todos lados; el trabajo esclavo también aparece. El personaje tiene esta idea de que todos los que hacen algo adentro del sistema son gente mediocre y aburrida. Ese es un concepto muy fuerte. Todo el tiempo se están bajando conceptos. No sé si están preestablecidos, pero le dan una riqueza a la novela que tal vez no hubiese tenido. Franco es un personaje particular, un tipo de clase media-baja que tiene una idea de lo que busca y quiere, de lo que está bien y está mal. En parte porque tiene una familia detrás.

Partiendo del exitoso método que logra instalar el protagonista, ¿creés que uno de los grandes escollos del progreso social es la estimulación del personalismo por sobre las formas de organización hoy tan denostadas por cierta opinión pública?

Si lo pienso desde lo social, siento que detrás de cada movimiento puede haber un gran negocio. Hoy en día el éxito pasa por el dinero: con él se pueden hacer muchas cosas. Siempre que hay un movimiento, hay alguien que lo lidera, y de un momento a otro va a tener que manejar todo ese caudal de gente y también un gran caudal de dinero. Y ahí todo se bastardea. Son interesantes los movimientos que se dan, por ejemplo, tras las sierras de Córdoba o cerca de Ciudad Universitaria donde conviven grupos de personas que no utilizan dinero. Me atrae mucho. Se dio en el 2001 con el trueque, cuando la gente no tenía plata. Por otro lado, hay un problema con lo que no se dice. El otro día lo escuchaba a Martín Kohan que decía, citando a Walter Benjamin, que los soldados cuando volvían de la guerra volvían mudos. Es decir, tenían vivencias que no las podían convertir en experiencias por lo fuerte que había sido todo para ellos. A diferencia de un marinero que viaja y que transmite sus vivencias como si fuera un juglar. En la novela, el personaje tiene la capacidad de decir cosas que quizás para las otras personas sería un mutismo. ¿Quién se animaría a decir que toma viagra porque no se le para? Eso se calla. portada_instrucciones-para-robar-supermercados_adrian-haidukowski_201708232250Si lo llevo al plano social, debe haber grupos que reclaman y por detrás tienen un interés diferente, pero ninguno va a decir: “lo que me interesa es salvarme armando una ONG y facturarle al gobierno”.

Instrucciones para robar supermercados de Haidu Kowski.

Tusquets, 2017.

224 páginas.

Deja un comentario