El regreso a un mundo (no tan) feliz en Blade Runner 2049

Por Luciano Alonso

La película de Denis Villeneuve es una continuación a la altura de la anterior. Una suerte de film noir que las críticas negativas no logran tratar con justeza y una obra que promete convertirse de culto en el futuro.

*ESTE ARTÍCULO CONTIENE SPOILERS

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En el libro Como si tuviera alas (su autobiografía), Chet Baker desliza un comentario sobre lo decepcionante que le resultó, como trompetista, descubrir que, en sus actuaciones en vivo, el público siempre aplaude más cuando toca fuerte y rápido, como si eso fuese la culminación de un arte complejo y lleno de matices. Desde luego, no lo es. Por el contrario, es una reacción que atenta contra las sutilezas de su arte en particular y del arte en general. Este comentario, que podría pasar desapercibido, cifra una de las dificultades de la contemporaneidad, que no es únicamente la manía por la aceleración, la sed por la velocidad (hace rato que los semiólogos de todo el mundo denotaron este fenómeno), sino una de sus posibles consecuencias: el deterioro del arte, en detrimento de una funcionalidad industrial apremiada por la urgencia.

Los estímulos estallan en rápida sucesión, el tiempo para procesar la información se acorta, una novedad reemplaza a otra, sin solución de continuidad. Luego, la predisposición a un tipo de arte que no sea funcional al sistema (es decir, cualquier tipo de arte que requiera cierta predisposición especial de ánimo, paciencia, perspectiva), queda anulado en su canal de expresión, porque la sensibilidad artística, la predisposición sensible, es la que ha quedado atrofiada. Luego, todo se reduce a tocar fuerte y rápido y que el público aplauda y vocifere, si cabe.

No confundir este discurso, con aquél otro, de la alta cultura y la baja cultura. Discurso que atrasa, por lo menos, sesenta años. El asunto pasa por otro lado: pasa por la incapacidad (producto de los tiempos que corren, tal vez) de percibir sutilezas y matices, en pos de una estridencia evidente. Se trata de llamar la atención sobre lo perjudicial de este mecanismo. Percibir el arte de manera sutil no tiene que ver con volcarse por un tipo de arte superior, no tiene que ver con apostar por la alta cultura, como si tal cosa existiera. Tiene que ver con la capacidad de generar y percibir matices. Tiene que ver con escuchar los silencios, percibir la potencia de las melodías suaves, no dejarse saturar por el fulgor de un brillo obsceno.

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Luego, la decadencia del cine es la decadencia de la cultura. Es un defecto recíproco. Es la búsqueda artística supeditándose al entretenimiento. Desde luego, hay películas entretenidas que, además, son obras de arte, pero no es la tendencia. Más bien, la evidencia demuestra que el entretenimiento se traduce en la pérdida de sensibilidad, en el embotamiento de los sentidos, en luces de colores y autos que vuelan por los aires. La búsqueda de la adrenalina y la respuesta inmediata.

Tanto Blade Runner 2049, como Arrival, acusan recibo de un tipo de consumo completamente distinto. Un tipo de consumo que, de hecho, está en las antípodas de esta suerte de mecanismo. Son películas de cocción lenta. Son películas para contemplar desde otro ángulo. Esto no quiere decir que en ellas no haya acción (de hecho, hay acción), no quiere decir que el cine del director Denis Villeneuve sea difícil o complejo o críptico. Denis Villeneuve no es un listillo tratando de subvertir las reglas del juego o hacer trampas. Se limita a recuperar, a cultivar, a apostar, por un tipo de cine que, alguna vez, entendimos como cine de autor. Esto es, cine con visión artística, cine con intención de trascendencia. Lo que no quiere decir que, por ello, resulte ineficaz para la industria, porque no es así. Por el contrario, la película se estrenó en formato 3D y los carteles publicitarios han tapizado gran parte de todas las ciudades del mundo. Luego, hay una intención industrial evidente y sostenible. Sin embargo, lo que Denis Villeneuve ofrece de diferente, es una búsqueda personal, de autor, que, lamentablemente, no todos podrán apreciar en su justa medida. Esto, independientemente de que la película guste o no. Críticos serios han manifestado su disconformidad respecto a ella, lo cual es completamente admisible, pero sería imperdonable que no apreciaran como un valor positivo la, así llamada, búsqueda de trascendencia. Incluso aunque no nos guste el resultado, incluso aunque nos genere rechazo, hay que ser bastante bruto para no tomar la intención de trascendencia como un valor positivo. De nuevo, podemos aplaudir o repudiar el resultado, pero no podemos obviar que la búsqueda por un cine superior es la única búsqueda que vale la pena. En cuanto dejamos de apreciar el valor de la trascendencia, el arte naufraga sin remedio y todo se reduce a la taquilla, el rating, la popularidad, la satisfacción de emociones primarias.

Desde luego, es una posibilidad.

Una posibilidad que repudio.

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Blade Runner siempre ha estado envuelta de un halo de magia. Aunque no fue comprendida en su momento, luego se convirtió en una película de culto, cuyos fanáticos no dejan de aumentar. El fenómeno es inabordable, porque entrelaza numerosas variables dinámicas. Lo único cierto es que fue una película incomprendida y que ha ganado relevancia con el tiempo, hasta volverse un auténtico fenómeno de culto. Luego, como toda obra de culto que se precie, la información sobre ella siempre está llena de equívocos, de opiniones encontradas, de múltiples versiones.

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Su origen es doble. Nace de la mente maestra de Philip K. Dick, pero, también, de la de Ridley Scott. Ambos autores poseen una trayectoria relevante, digna de interés. Desde luego, excedería con creces este espacio. Vale la pena mencionar que, pese a la influencia de ambos autores, la película también ha sido modificada por obra del azar, como una auténtica obra con vida propia. Es decir, lo que la vuelve tan especial, también está ligado a ciertas circunstancias aleatorias. Por ejemplo, que el guion haya sido reescrito numerosas veces y que el proyecto haya pasado de mano en mano. Cada intervención, cada variable, modificó el resultado. Hasta el límite en el que, incluso al día de hoy, existen dos versiones de la película. La versión tal como se estrenó y la versión con el corte del director (y la diferencia entre ambas es notable).

Evidentemente, la historia de estos androides indistinguibles de los humanos, es más difícil de contar de lo que parece. Blade Runner supuso tal cambio de paradigma en el cine de Ciencia Ficción que no ha habido otra película que generara tal impacto desde entonces (con la excepción, quizás, de la primer película de la saga Matrix). Es difícil explicar, rastrear, descubrir, las razones de este fenómeno. A cada espectador le genera algo distinto, lo seduce por razones diferentes. A veces, se trata del argumento, a veces, las locaciones, los paisajes de futurismo y herrumbre, el lazo con el film noir, los actores, las actrices. Cada uno de los ingredientes se combina de una manera majestuosa.

Dicho lo cual, sería imposible desglosar en detalle su argumento, narrar anécdotas, desarrollar hipótesis a propósito de su significado. De hecho, existe toda una bibliografía (tanto en inglés, como en español) dedicada pura y exclusivamente a analizar Blade Runner y no son libros de ocasión, de esos que intentan sacar partido de un éxito inesperado. Son libros serios y exquisitos. Por ejemplo, el de Juan José Muñoz García, para editorial Rialp. Por ejemplo, la antología que publicó Tusquets, que incluye ensayos de Fernando Savater, Cabrera Infante o Rafael Argullol, entre otros.

Entonces, solamente aclarar que, para poder captar, comprender, degustar debidamente Blade Runner 2049, es necesario recordar con tanta precisión como sea posible, la película de Ridley Scott. Parece una obviedad, pero hace falta aclararlo. Blade Runner 2049 no es una remake, ni una precuela, ni una película independiente que comparte elementos comunes. Es, lo que se dice, una auténtica continuación. De buenas a primeras, esta proposición podría parecer excesiva. Quizás lo es. Sin embargo, al juzgar los resultados, obtenemos una película muy sólida y digna. Bien pensado, la película de Ridley Scott no era concluyente. Dejaba muchos cabos sueltos. Desde luego, era parte del encanto. Luego, se corría el riesgo de que, por sobreexplicativa, Blade Runner 2049 naufragara o arruinara el encanto de la anterior. Pues, ni una cosa, ni la otra. Si bien es cierto que la primera deja cabos sueltos, la segunda retoma esos cabos, pero redobla la apuesta, sumando nuevas incógnitas a las ya existentes. Ese es, posiblemente, el golpe maestro de Denis Villeneuve.

Veamos un pequeño ejemplo: en la versión de Ridley Scott, Rick Deckard (Harrison Ford) es un policía que se encarga de retirar del mercado a los Nexus-6, un tipo de androide de avanzada, indistinguible de los seres humanos, que han desarrollado voluntad propia, rebelándose contra los humanos. La paradoja es que, en algún momento, la película desliza la sospecha de que el propio Rick Deckard podría ser un androide. Luego, termina la película y esta incógnita no se aclara jamás.  Ahora bien, en Blade Runner 2049, nos reencontramos con Rick Deckard, pero ha envejecido. La primera reacción será de decepción, pues ya no caben dudas de que, entonces, no era un androide, sino un ser humano. Error. Aquí es donde Denis Villeneuve  demuestra una suspicacia e inteligencia notable. Al parecer, la compañía Tyrell (la compañía que creó a los Nexus-6) fue más lejos de lo que ella misma imaginó (el mito de la creación tomando vida propia). Luego, es probable que alguna versión de todas las versiones experimentales y prototipos de androide que han creado, haya sido capaz de envejecer, tal como los seres humanos. Es más, la cosa va todavía va más allá: es probable que uno de los modelos más perfectos de Nexus-6, Rachel Rosen (Sean Young), haya quedado embarazada. ¿Cómo es esto posible? Pues, si se lleva al extremo la premisa de la creación de un androide indistinguible del ser humano, en realidad tal consecuencia es, incluso, lógica.

Blade-Runner-2049-Jared-Leto-as-Neander-WallaceAhora bien, Niander Wallace (Jared Leto), es el sucesor de Eldon Tyrell. Ha comprado su compañía y ha avanzado en las investigaciones sobre androides inteligentes. No obstante, nunca ha podido duplicar el fenómeno de la creación, pese a intentarlo numerosas veces. La posibilidad de que los androides se dupliquen a sí mismos (de que sean capaces de procrear) es el próximo escalón en la evolución creadora, en la conquista total y definitiva de la máquina. Dominar esa tecnología, en cierta medida, es volverse una suerte de dios. Blade Runner 2049 será, entonces, la épica en la que Niander Wallace hará todo lo posible por apoderarse del hijo pródigo, cuya investigación será clave para completar sus ambiciones fáusticas.

Simultáneamente, el agente K (Ryan Gosling) tiene la misión de borrar las huellas del, así llamado, milagro (la concepción androide), pues, si la información se divulga, el delicado equilibrio social, la delicada armonía entre seres humanos y androides, se vería severamente cuestionada. Habrá una vuelta de tuerca inteligente en la trama, que no es posible revelar sin arruinar la sorpresa.

Finalmente, lo que cabe destacar es que todos los temores, todas las inquietudes, todos los prejuicios que una secuela habilita, quedan desarmados ante la inteligente resolución de Denis Villeneuve. Blade Runner 2049 es una obra maestra, una obra de arte por derecho propio. Tanto así, que incluso en las redes sociales se hicieron escuchar voces en contra, por la irritación que, a veces, genera tanta evidente genialidad. Este es otro fenómeno curioso: los críticos que perciben la sutileza de un autor como algo grosero y, al final, se irritan al detectar una intención grandilocuente. Es un fenómeno que se explica muy bien, al pensar el cine de Stanley Kubrick, por ejemplo. Directores que reciben el oprobio por pedantería, por cancheros, por soberbios. Es comprensible. Por otra parte, habría que revisar con detenimiento las opciones, antes de tomar partido.

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Blade Runner 2049 tiene el estigma de ser indisoluble de una obra de culto, que le precede. Para bien y para mal, no hay manera de pensar una, sin la otra. El tiempo acomodará la película donde le toque en suerte. Especular sobre su futuro es gratuito. Lo único válido, certero, incuestionable, es el presente. Vale la pena verla, aunque sea para participar del debate. La banda de sonido es alucinante, capaz de generar un clima de hipnosis, de arrobamiento profundo. Las actuaciones son justas, la trama es atractiva, inteligente, sutil. Contiene escenas dignas de quedar grabadas en la memoria cinéfila, como el enfrentamiento entre el agente K y Rick Deckard, mientras se activa un proyector 3D que pone a Elvis Presley a bailar o la escena en la que Luv (Sylvia Hoeks) dirige un ataque dron, mientras se esculpe las uñas.

blade-runner-1 (1)En conclusión, Blade Runner 2049 es una apuesta sensible, acaso imponente, que expresa una búsqueda por renovar el género de Ciencia Ficción, donde la búsqueda estética se funde con la intención narrativa, difuminando los límites entre cine y arte y, también, es un sentido homenaje a su predecesora. La escena en la que aparece Rachel Rosen, eternizada en su juventud, es técnicamente desconcertante y enigmática. De la novela original de Philip K. Dick, no quedan prácticamente rastros, pero esto no debe interpretarse como un defecto. Antes bien, se nota que Denis Villeneuve es un lector serio y comprometido del género. La adaptación de Ted Chiang lo demuestra. Blade Runner 2049, también.

 

 

Un comentario

  1. Coincido con la mayoría de los argumentos elegidos para valorar la película. Pero creo que son esos mismos conceptos los que en mi opinión producen una película fallida. En la crítica se hace referencia a la búsqueda de la trascendencia en la obra, como uno de los logros y apuestas del autor, que elevan la obra por sobre la media de productos actuales (sobre todo de ciencia ficción, genero que por estos días el cine industrial global ha preferido encumbrar) que son en su mayoría ligeros, agradables y fáciles de digerir. Hay honrosas excepciones (Ex-Machina me viene a la mente por ejemplo) pero en líneas generales es un poco así.
    El problema de Villeneuve es justamente la búsqueda de trascendencia. Y no es sólo del canadiense, es un problema de muchos artistas en cualquier disciplina. La trascendencia no se puede hacer, fabricar o filmar. La trascendencia es una cualidad ajena a la producción artística. La trascendencia es inasible. Es una consecuencia directa de qué tan genuina es una obra. A mi modo de ver, cuanto más personal y genuina es una obra más posibilidades tiene de trascender. Es el máximo esfuerzo que un autor puede hacer por una obra en aras de que trascienda es ser lo más sincero posible.
    Pocas películas son tan trascendentes como Die Hard o El bueno, El Malo y El Feo en las historia del cine de los últimos 50 años. Te imaginás a Leone pensando en que esa película iba a trascender. Que tenía que ser grandilocuente y subrrayar la acción para convertirse en un clásico. O a Tobe Hooper filmando la silueta de Leatherface al amanecer, pensando que dejaba un legado en el cine universal.
    Villeneuve es audaz, no lo niego, pero no por elegir un tempo lento en sus narraciones. Todas sus obras mantienen el mismo ritmo, nada apurado, por momentos contemplativo y sobre todo, aquí viene el problema de BR2049 funciona cuando lo que se narra es relevante. Tanto Arrival, Prisioneros, El Hombre Duplicado o Sicario, todas desenvuelven sus tramas sin apuro y el recurso a veces funciona y otras no. Lentitud no arroja profundidad. Nos permite acercarnos a la belleza porque el director sin duda es un esteta y logra imágenes tan poéticas como sugerentes o conmovedoras, algo que no le pasa con sus artefactos narrativos. No es casiualidad que BR2049 sea su obra más larga 2h 44m, al parecer sintió que tenía que extremar el recurso para que lo contado pesara más, fuera más trascendente. No lo logró, al menos para mí.

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