Notas sobre El toro, literatura de frente

Por Nadia Gómez

Una nueva edición del ciclo de lectura a viva voz tendrá lugar el 26 de octubre en espacio Nivangio. Organizado por Julieta Desmarás y Sabrina de Luca, contará con la presencia de  Paulina Vinderman, Manuel Alemián, Andrea Stefanoni y Juan Mattio.

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Un encuentro de lectura tiene algo parecido al hecho teatral como “acontecimiento convivial”. Se trata de  una  reunión de carácter evanescente e irrepetible cuya vibración humana es imposible reeditar. Lo ciclos de literatura abundan, los hay para entendidos, los hay para aburrirse, para  conocer gente, para purgar egos, los hay más y menos luminosos. ¿Qué hace de éste  una apuesta singular? De Luca y Desmarás son claras: “el  deseo que nos impulsó a  montar este proyecto fue reunir artistas que trabajen la dimensión poética del lenguaje que es lo que nos gusta hacer”. La idea es  convocar a artistas disímiles que trabajan responsablemente con la palabra en su dimensión poética, más allá de la estética, el estilo de cada cual.  Lo heterogéneo no es cualquierismo. La diversidad, así pues, es un valor que reúne a Jorge Boccanera, un poeta que hace que la memoria respire en las palabras; Hebe Uhart,  narradora del detalle o “etnógrafa vocacional”; Walter Lezcano, vocero del destrozo post noventa; Luis Cano, poeta en el teatro  y  Pablo Grinjot, músico de formación clásica y vocación popular que se define como cancionista.

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Entre la milonga, la canción romántica y el candombe funk,  inaugura el ciclo Pablo Grinjot que repasa su último disco, La dueña de mi poesía  (2017),  editado, además, en formato libro por Alto Pogo. Luce una guitarra criolla sin amplificador, jeans y barba de dos días.  “Que empiece la fiesta”, dice Grinjot y agradece a las coordinadoras por “el lujo de compartir escenario con las personalidades convocadas”. Los ecos milongueros de las melodías de Grinjot,  establecen una solidaridad con  el pasado de Boccanera compositor y su gusto cultivado por el tango que confesará como su primera escuela poética.  Tangos que oía a su papá entonar en Bahía Blanca,  su ciudad natal,  o las letras de Discépolo, de Homero Manzi que encontraba en esas revistas “para hacer tiempo entre turnos” de la peluquería de su abuelo Santiago.

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Los viajes, la gente, las  mezclas fascinan a Hebe Uhart. Uhart lee un fragmento de su libro De aquí y para allá (Adriana Hidalgo 2016), un conjunto de crónicos sobre su visita a comunidades indígenas del país, Bolivia, Perú y Ecuador.  Elige la visita a los wichis del Chaco salteño. La habían invitado de la Dirección de Cultura para participar de unos ciclos de cine debate. Uhart pasa primera, y la seriedad del cuerpo rígido y de colores apocados  contrasta con un morral  que trajo al hombro.  Invita a Boccanera con un chiste amable  que la hacer reír por primera vez. Lee  con la hoja bien cerca de la cara y  parece como si la hubiera enchufado a una usina eléctrica: se acuerda, se anima. Lee sobre una clase en Tartagal, un pueblo a una hora de Embarcación y a 100 km de Bolivia, donde funciona un centro comunitario que trabaja sobre la identidad y la memoria. Escucharla leer obliga a aguzar el oído. Datos que arman mundo: la sintonía de una radio local 99.5 La Voz indígena; los cuentos wichis sobre animales, remedios (“para la bronquitis, hervir un pedazo de caparazón de quirquincho, y grasa de rana para el dolor de cabeza”); rituales de pasaje de las niñas que menstrúan y se hacen mujeres;  un relato sobre el enamoramiento (“antes un joven, cuando se enamoraba de una chica, imitaba el canto de un pájaro, cuando se acercaba a la chica elegida, ella le respondía con el canto del mismo pájaro: un chalchalero, una calandria, un cardenal”). Uhart lee con aplomo y pocas veces interrumpe para dar cierto marco, aunque esas pausas parecen más para sí misma que para los oyentes. Se habla como si rememora cosas suyas aunque más que una escritora de experiencias personales es una narradora del detalle  y de las voces de los otros.  De unos deberes escritos que había pedido sobre recuerdos, costumbres,  juegos de chico, resulta que una alumna escribió todo con k. Escribe Reyna Nancy: “y al no tener dokumento eramos indefensos, no había leyes ke nos ampare y defienda”.  Cada vez que aparece la k, Uhart  aclara: “está todo escrito con k”. Risas. La k es el carozo de la crónica: el error ortográfico es un desacomodo lingüístico e identitario que los wichis del monte  sufrieron “porke no tenían eskuela, porke no sabían hablar español”.

El último relato lo presenta como el más conmovedor. Lo conmovedor nunca es conmiserativo y el público lo entiende. Una señora le acerca el cuaderno de su hija “que escribe todo el  día”. Algo preocupada o esperanzada por esa pulsión le pregunta si quiere mirarlo. El cuaderno está todo lleno de aforismos y máximas que Uhart asocia con Almafuerte. Máximas como:“Nunca digas que no tienes nada, siempre hay algo muy dentro de ti que no se puede ver pero no se pierde” o “Cree en ti, sin importar nada más, sigue tu objetivo”, firmado por Ana Carema, Comunidad 9 de julio, Tartagal. Interesada por la opinión de Hebe. La señora espera una suerte de veredicto y ella, risueña ahora en la lectura,  propina: “va camino a la Facultad de Letras”. El augurio es difuso pero vacío de cinismo. Se sabe por entrevistas y por testimonio de conocidos de la  generosidad lúcida de Uhart, de su humildad ejercitada como tallerista y lectora de amigos. Uhart entiende la escritura como un oficio  lento y amoroso de cincelado de los recuerdos, de las vivencias, de la materia viva de las cosas.

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Jorge Boccanera lee poemas reunidos en Ojos de la palabra (Aerea 2016), una antología que reúne gran parte de su obra poética. Jeans claros y mocasines negros,  Boccanera  se sienta debajo de la lámpara con el libro mucho más lejos de los ojos que Uhart que lo apretaba contra la nariz. Su cadencia  impone una intimidad que obliga a un repliegue sobre las palabras que ahora hay que pensar en sus ecos y desvíos. 22007626_1932034073702001_620575667066161003_nExiliado durante la dictadura en México,  las dedicatorias ofician como informantes de ese periplo vital.  En Engarce siente cierta emoción sobre los versos: “La mano que lleva a un niño de la mano no retrocede nunca”. El último poema que lee es al abuelo peluquero. La peluquería es justo uno de esos cuentos memorables que Uhart tramó a partir de sus charlas insólitas con María, la peluquera correntina del barrio de Almagro. “Creía que los clientes venían a visitarme a mí”, recuerda Boccanera y en el poema  aparece esa mirada del asombro infantil sobre un mobiliario encantado. “El sillón  giratorio de marca Dossettii era como una nave espacial”, ha dicho en alguna entrevista. Y lo bello del poema está en ese desliz, de pronto el instrumental para rasurar el pelo y la barba se refuncionaliza y entra en otra dimensión: “Asentaba navajas en un listón de cuero,/ porque era su trabajo arrancarle a los rostros/ sus animales muertos./ Hacía barba y bigote para el espejo atestado de gente./Su navaja pulía aquella superficie,/rasuraba los rostros del espejo y haciendo su trabajo/¿afeitaba al espejo? (…) Un día la muerte, que hojeaba una revista deportiva, dijo:/ ‘me toca a mí’./ Y ocupó aquél sillón, despatarrada y con un remolino/en la cabeza”. Entonces da una pirueta poética que pasa con elegancia de lo pedestre a lo epifánico: “el peluquero se marchó bajo un cielo cualquiera con/ estrellas de talco”.

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Lo generacional es en Lezcano un asunto temático y estilístico. Los problemas del/ sobre el  dinero, la cultura popular y la prepotencia de lo juvenil se trafican en los versos de este  poeta correntino que no tiene timidez en decir las primeras palabras sucias de la noche. Lezcano apura  en los versos la tensión de lo social y del margen: alquilar una propiedad, no llegar a fin de mes, no tener zapatillas de marca en un colegio privado. Algunos sintagmas discontinuos: los huerfanitos, McDonald, X Men. Por qué Batman le rompió el orto a Superman. Generación alquiler. Un epígrafe de Barthes. Lezcano lee rápido: “Mi vieja no tiene una casa/ No es que viva en la calle/es que todavía no es dueña de ninguna de esas propiedades/que la gente llena de cosas inútiles/y les dice hogar”. Lee de corrido y sin ternura, recién al final, esa especie de blindaje del que “es de otro palo” y lo quiere hacer notar se desintegra en un agradecimiento a las organizadoras por la invitación y el gusto de haber estado con Uhart en el mismo sitio.  Walter Lezcano es  docente y periodista freelance. Fundó la editorial Mancha de aceite, la primera de San Francisco Solano. Del poema de su vieja y el alquiler refulgieron  los versos: “Yo una vez escribí una novela/para mandarla a un concurso/que tenía como primer premio 50.000 pesos./Me parecía que con eso le alcanzaría para cumplir/su sueño./Pero la novela estaba muy mal escrita y no gané ni una mención”. La poesía no sirve para nada, remata Lezcano, y las risas entre los asistentes ponen entre paréntesis la afirmación porque es algo para pensar más luego.

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A su turno, Luis Cano, poeta, dramaturgo y director teatral,  sorprende cuando  saca un reloj despertador del bolsillo.  Dado que no supo cómo recortar lo que había traído para leer, el reloj de su cocina oficiará como vivisector del tiempo. En esta oportunidad, lee teatralmente un fragmento de Socavón.  Un hombre va a una ferretería a comprar un cuchillo,  los que no conocemos la  obra descubrimos que es  el  monólogo de un tipo que hizo algo malo y que está poblado de imágenes alucinantes: “¿Reconoce el cuchillo? Es el que se usó, quiero que me venda el mismo cuchillo”. “En la cuadra de enfrente hay un  hombre que  me interesa mucho”. “De pronto se hizo demasiado alto, como yo, igual de alto”. “Me gusta trabajar con las manos”. “La imaginación es algo, un día me va a matar”. “Usted es introvertido, si pudiera se acuchillaría solo”. Cano mira el reloj  y se preocupa. El juego sale mal. La alarma no se activa. “Igual no vamos a llegar a ningún lado”,  bromea y saca risas de todos. Fuera del tiempo del reloj,  el último texto de Cano instala unas cuántas  imágenes  alucinantes. Alguien ve a un ciego por la ventana.  Ese ciego se pone semillas debajo de los párpados y comercia versos. “El ciego me hizo entender que la poesía es algo que se intercambia por monedas”,  lee Cano. En una entrevista a raíz de su obra Aviones enterrados en la playa, Cano se define como poeta antes que como dramaturgo, “hago teatro pero pienso en poesía”.

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Acaso el azar reúna por empatías misteriosas. En el cierre, los versos de Grinjot establecen una solidaridad anacrónica  con alguna de las zonas estilísticas – temáticas que figuraron los textos que oímos  leer.  “Yo llegué desterrado, amurado y cansado a una casa en las dunas/ buscando mi alma nueva/ ojalá que no llueva/ vacaciones, la luna/ vio la luz el debate/ en la ronda del mate/ peronismo y cultura (…) Vino tinto,  raviol,  mejillón,  caracol,  el ritual de la mesa”, entona Grinjot. 22310638_1939402436298498_9210895187736059017_n[1] El rasgueo preciso de las melodías se ensambla con  los versos de canciones que tocan  los sentimientos. Extirpar la amargura, canta Grinjot e instala un clima amarillo. El recitado de Casas círculos con unas rimas fáciles y honestas condensan su estilo: un cancionista del corazón. “Bajo el cielo represento mi epitafio de poeta”, confiesa Grinjot en Vanidad arrabalera, la canción con la que se despidió. Los aplausos son calurosos, ninguno miente. Notas de bitácora que quedan por hilvanar. Valor de lo heterogéneo, había dicho Desmarás. Grinjot  pierde el corazón en cada verso. Boccanera escribe más en  el exilio. El  ciego de Cano cambia versos por centavos. Uhart, consciente de la desproporción entre la miseria real y el sueño, amadrina a la chica wichi de los aforismos compulsivos. Las novelas no sirven para comprar casas, nos queda de Lezcano. El arte acaso sea inútil en los negocios del mundo, no obstante, parece que tiene otros poderes.

*Próxima edición: jueves 26 de octubre a las 21, en Espacio Nivangio, Colombres 946, CABA.

 

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