Leila Sucari: “Me interesaba ver qué sucedía en una confluencia de mujeres en tensión”

Por Marvel Aguilera  Fotos de Émilie Mantaray

En su primera novela, Adentro tampoco hay luz, la joven escritora esboza una perspicaz mirada sobre el mundo adulto desde la perspectiva de una niña. Entre la emotividad y la comedia, la narración corre con frescura y agudeza sobre los anhelos sensibles en tiempos cada vez más desnaturalizados.

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Es la tarde gris de un jueves en Palermo, los caminos se cruzan entre el arraigo barrial de las sillas en la vereda y el aroma chic de los bares cosmopolitas que recubren las adyacencias de una casi solitaria calle Gorriti. Leila Sucari viene caminando, cansina. Enfrente, dos amigas se reconocen y se ponen a charlar, gesticulosas, ante la vista hipnotizada de un bebe levemente parado del cochecito que una de ellas sostiene. La autora me saluda, lleva el pelo recogido y se la ve algo congestionada por el cambio de clima. Es joven y tranquila. Hace unos meses se publicó su primera novela Adentro tampoco hay luz, una obra galardona con el primer premio del Fondo Nacional de las Artes a fines del año pasado. “Es una escritora muy interesante con mundo propio, imágenes muy potentes y una escritura original”, dijo en ese momento el reconocido autor Guillermo Martínez que ofició de jurado entre varios otros. Nos ubicamos sobre la vereda de un café, Leila tiene experiencia periodística y reflexiona sobre las preguntas que le han hecho de su obra a raíz de la grata circulación que ha tenido, entre ellas las que resaltan su embarazo en medio del proceso creativo y las posibles influencias que pudo haber contraído el texto. “No puedo disociar mi vida de la escritura, son parte de lo mismo. Si estoy en un momento de lentitud y observación, y escribo con tiempo, no es lo mismo si paso por un momento de locura y vaivenes emocionales. Me cambia la relación con la escritura”, dice. Por momentos, las imágenes que detalla Sucari dejan traslucir la voz que brilla en su celebrada obra, la voz de una niña curiosa e inconformista que debe lidiar con la realidad ostensible que los adultos consumen a diario. Una voz que nadie que se digne a escribir puede osar ignorar.

“Desde que llegué al campo me despierto todas las madrugadas con el grito del gallo. El pobre extraña a sus hijos. La abuela es una vieja mala que se los roba. Dice que no tiene hambre pero en realidad guarda espacio para los pollitos. El otro día la vi matar a un recién nacido. Le quebró el cuello y se metió el cadáver en el pelo para disimular. Los dos eran de un rubio exagerado. Cuando escucho que el gallo empieza a cantar, me tapo los oídos e intento seguir durmiendo.” En ese comienzo que marca la llegada de la niña a la casa de campo de su abuela, la voz de la protagonista absorbe su entorno como si fuera una esponja: mira, huele, toca, come, bebe; el mundo es aquel en que su perspectiva persevera, ese donde la mirada enfervorizada de su prima y el quehacer metódico y brusco de su abuela no tienen más que algún resquicio ínfimo. Los colores tienen más matices; las flores parecen dejarse llevar por el tiempo natural de las estaciones; los animales sienten y gozan una existencia más allá de los mandatos que le dictan los hombres. La niña logra ver aquello que los adultos evaden. Adentro tampoco hay luz (Tusquets Editores) nos sitúa en una familia actual: disfuncional, quejosa, enfrentada por egos, pero finalmente junta. En esa casa que funciona como gran salón de choques generacionales, los personajes batallan contra sus incertidumbres existenciales: una abuela solitaria, matriarcal, obsesionada con el día de su muerte; una madre ausente (aun en presencia) necesitada por darle un leitmotiv a una vida que ve consumirse en la intrascendencia; una prima en plena adolescencia que aprende a ser mujer desde impulsos casi dionisiacos. La niña, testigo y parte necesaria de los actos ajenos, convive entre la inocencia que la une a lo más esencial de su entorno y el acecho del mundo adulto que ronda expectante en su propio cuerpo. “Si voy a ser como ellas prefiero morir desangrada”, dice ante su primera menstruación. Pese a ello, la lúcida interpretación de los altibajos familiares le permite sobrellevar el encuentro con la femineidad de forma natural. Lejos del deseo de infancia eterna del Oscar de El tambor de Hojalata y de la rebeldía proto punk de Holden Caulfied de El guardián entre el centeno, Sucari logra crear una protagonista sincera con ella misma, consciente de sus cambios y de las ausencias, consciente de que la infancia se marchita como las flores en un nuevo otoño.

Con una prosa que desliza solvencia y fluidez, Sucari respira creatividad en las casi doscientas páginas que registra su debut literario. En ese desafiante riesgo de cargar con una única voz en el relato, la joven autora se mueve con naturalidad, manteniendo el eco del relato, sumando un humor por momentos ácido, generando pesos emotivos con solo un puñado de escenas. Allí donde las piernas tiemblan, Sucari camina con desparpajo, dispuesta a abrir un lugar destacado en el espectro literario.

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No hay demasiados ejemplos que se pongan en la voz de una niña pre adolescente para narrar una historia, ¿cuál fue el atractivo para plantarte en ese lugar?

Me surgió primero el territorio y la voz de esa niña, luego me fui dando cuenta de que estaba bueno que fuera una niña púber, porque me daba la posibilidad de jugar mucho más, en especial con el lenguaje; abrir posibilidades de interpretaciones, donde la palabra sea plastilina que se pueda moldear desde ese punto de vista. En los adultos suele estar todo más definido y cerrado. En ella aún está esa potencia del lenguaje. Además, está en una frontera: ni del lado adulto ni de los niños. Es un límite con el que me gustaba jugar.

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El lenguaje de una niña es seguro distinto al de un adulto, ¿cómo se lidia con esa situación?

¿Cómo se supone que debe hablar una niña? La novela trata de desarmar un poco los estereotipos de “lo que se espera de” como, por ejemplo: ¿Qué se espera de una niña de once o doce? ¿Cómo debe hablar o ser? Y de la misma manera, ¿qué se espera de una familia en un campo? La idea era desarmar esos lugares comunes. Eso se refleja en el hecho de que la infancia no sea idílica o que el campo no sea un espacio de paz y contemplación sino un territorio vivo lleno de tensiones.

Esa mirada casi adolescente debe desarrollarse ante una familia que circula entre la búsqueda de su lugar en el mundo y la necesidad de escapar a la soledad o idea de muerte en el caso de la abuela.

Es así. Los personajes están todos en una búsqueda, pero ninguno tiene claro adónde y para qué. En el caso de la madre, prueba, va y viene, tiene un novio y luego una novia, se va al sur, planea un spa de termas trucho. Está un poco a la deriva, perdida. La prima y la niña son parte de eso también. Por otro lado, la abuela está escapando, de alguna forma, a una muerte con la que está obsesionada, al punto de pedirle a la niña que la maquille cuando sea enterrada para así mantener su entereza; esa faceta dura y firme que no quiere perder.

¿La cercanía de la protagonista con el mundo animal es el modo de tomar distancia de la conflictividad diaria de la vida adulta?

Los animales y toda la naturaleza que la rodea, que empieza a generar vínculos muy fuertes con ella. La chancha y el lagarto son los ejemplos más concretos, pero también incluye a los bichos, las hormigas, las gallinas, los pájaros; todo el bestiario que hay a su alrededor y en el que ella se siente muy cercana.

¿Cuánto redescubriste de tu propia infancia a medida que ibas retratando el camino de la niña?

Me siento reflejada en la niña, está un poco inspirada en mi niñez. De chica todo el día salía a la calle, caminaba por la plaza, y siempre volvía con un perro, un gato abandonado o una paloma con el ala rota. Juntaba los bichos en frascos y me quedaba horas mirándolos, les armaba universos juntándoles plantas. Tuve de todo.

Viviste una situación particular como la de quedar embarazada en medio de la escritura, ¿eso pudo haber llevado a que buena parte de la novela gire en torno a los nacimientos, primero con la chancha y después con la prima?

No quería darle tal relevancia, pero puede ser. Más que con la trama, estar embarazada me despertó un montón de percepciones. Además, surgió una especie de marginalidad del mundo; sentía el tiempo correr de otra manera, otros ritmos, y eso me permitió bastante escribir. Fue como estar en una especie de limbo.

Pero supongo que tus percepciones cambiaron a raíz del embarazo…

Prestaba mucha atención a cuestiones como las flores o los pájaros; me reencontré con un montón de cosas de mi infancia: la tierra, salir a caminar; estar en un tiempo más pausado, dedicarme más a mirar que a hacer. A veces uno entra en esa vorágine de hacer – tuve muchas etapas así – y cuando estuve embarazada me dediqué a mirar todo con mucha atención. No sé por qué. Ahondé en el misterio de tener una vida adentro, de lo que hay entre la vida y la muerte. Toda una serie de interrogantes existenciales así.

¿Cómo es estar gestando vida humana y arte al mismo tiempo?

Fue un momento “megacreativo” si se quiere. Fue un año especial. Igualmente, cuando nació mi hijo, seguí escribiendo.

Y en ese seguir escribiendo post nacimiento, ¿notaste diferencias en tu propia escritura?

En esa etapa fue todo más corrido, sin tiempo. Todo lo que era mirada y contemplación se transformó en desesperación y vorágine. Tenía el laburo, el bebe y escribía generalmente a la noche, cuando tenía un rato, mal dormida, pero con mucho deseo de escribir. Eso es lo que te mueve a escribir, las ganas, el deseo de tener algo para decir.

Hay un rasgo muy latente en la novela que es la ausencia masculina: el padre de la niña, el abuelo, el novio “barbudo” de la madre. ¿Fue una manera de centrarte en las relaciones entre las mujeres?

Los hombres brillan por su ausencia (risas). Me interesaba ver qué sucedía en una confluencia de mujeres en tensión. No es un grupo homogeneizado, sino que cada una es muy diferente, con una historia distinta y un temperamento distinto; quería ver como se manifestaban y chocaban entre sí, qué pasaba con esas mujeres ahí encerradas ya que, si bien estaban en el campo, era una convivencia casi forzada: una prima adolescente que no puede aún elegir, una madre que cae en el lugar. Y hay una tensión latente entre todas ellas.

Además, son todas mujeres de generaciones distintas, en una misma casa.

Hay algo de experimento porque te surge la pregunta de qué hacen todas ellas ahí. En ese sentido, mi manera de escribir es un poco un experimento. No programo ni pienso cómo tengo que llegar de A a B, por contrario, me gusta mover las piezas para ver qué puede llegar a pasar. Me dejo llevar por lo que va pasando, lo que sienta respecto al lugar donde quieren ir los personajes. Hace poco me preguntaron si había pensado de antemano la relación entre la prima y el barbudo, y la verdad es que no fue así. Surgió de repente. Tenía a este hombre que vivía ahí con ellas y era casi natural, viéndolo desde adentro de la novela, que llegara a pasar algo con la prima. Estaba cantado. Por lo tanto, lo que restaba era descubrir qué es lo que iba a pasar.

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La mirada de la niña casi como testigo permanente de los cambios ajenos también la involucra con su despertar sexual, ¿fue algo que la encontró casi sin querer?

No sé si es sin querer. Todos los despertares son así, casi de casualidad. Nadie se levanta con esa necesidad. Ella lo toma con mucha fluidez y naturalidad, no juzga sus deseos, deja que suceda lo que su cuerpo le pide. En ese contexto, termina estando muy cerca de lo animal.

A pesar de las problemáticas a las que se enfrenta, la mirada de la narradora siempre se muestra racional, muy aguda para percibir la depresión de su madre o la inmadurez de su prima.

El personaje tiene esto de mantenerse siempre al margen, mirar desde allí. Es una de las pocas miradas o al menos la que me interesa resaltar, correrte al costado para ver qué sucede. Tener otra perspectiva de las cosas. Ella con su familia lo hace todo el tiempo, por eso puede darse el lujo de la crítica con total impunidad y sin culpa. Si devasta a toda su familia, bueno, es lo que ella ve.

Aún así, nunca intenta desprenderse de esos lazos. La familia está.

No, es verdad. Pero si hay una necesidad de chusmear la vida de los otros: ver cómo son y viven. Allí descubre que esos otros tampoco están en un lugar mejor o en un paraíso perdido. Cuando ve aquella familia tipo encarnada por sus vecinos, que parece tan ideal, y se acerca, se da cuenta de que no es tan así. Aprende que todas las familias están llenas de fisuras, que en realidad se desmoronan por algún lado.

La novela tiene algo sustancial en sus detalles, todas las imágenes que uno recrea a partir de las descripciones de la naturaleza y de costumbres familiares como puede ser la sopa de la abuela. ¿Cuán importante fueron esos detalles para la historia?

Hay una búsqueda de transmitir desde los sentidos, no desde algo abstracto sino del sentimiento que produce tocar algo, probar, comer; todo lo que incluye al cuerpo y le pasa a éste con el medio. Está desde el principio, pero porque tampoco puedo pensar una historia por fuera de un personaje, y ese personaje es alguien que mira, siente, toca, huele; es un cuerpo con todos sus sentidos individuales y particulares.

¿Esos sentidos funcionan como marca del tiempo al no haber un contexto histórico?

Lo que marca el paso del tiempo es la naturaleza misma: los cambios de estación, el embarazo de la prima, la hibernación de los animales. Hasta la mañana la marca el gallo, todo está dictado por un movimiento natural.

¿Cuántos de esos detalles eran propios de tus recuerdos familiares?

En muchos aspectos fue volver a la niña esa que fui. De hecho, mi papá vive aún en el campo, a 80 km de Buenos Aires, y de chica iba mucho los fines de semana. En la novela hay mucho sobre aquel territorio: la necesidad de descubrir qué hay del otro lado de la tranquera, la fascinación por la tierra y los animales. Muchas cosas. Aun así, no es autobiográfico, no me interesa escribir sobre mí. Son experiencias que luego trastoco y deformo.

¿La escritura de la novela se apoya más en lo bien contada que está la historia por sobre los juegos de estructura o de voces?

Lo que más me interesa es trabajar el lenguaje: la frase, la combinación de palabras; todo lo que conlleva la forma, no solo la trama. No puedo pensar una trama y una estructura, aparecen después de que haya una voz; si no hay una voz, un tono y un clima, no tengo nada. La idea sola de principio a fin no me sirve de nada.

¿Más que el argumento?

Me gusta leer cosas donde el argumento no es lo más importante sino cómo está contado. No importa tanto el tener una historia original, porque todo ya se dijo de alguna manera. Lo interesante es la manera particular que se tenga de contar eso.

Es difícil encontrar una novela que se sostenga con solo una voz…

Puede ser, no lo pensé así. Traté de buscar un equilibrio entre la historia y la forma. Una pura experimentación sin nada de contenido hace ver que falta algo.

¿Qué buscabas cuando empezaste Adentro tampoco hay luz?

Empecé sin tener mucha idea de cómo iba a seguir, ni siquiera sabía si iba a ser una novela o un cuento largo. Tenía muy presente sí el universo del campo y la niña protagonista. No buscaba nada más que escribir por escribir. Lo disfruté un montón. Cuando ya estaba avanzada pensé en la posibilidad de publicarla, pero no era un objetivo previo.

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¿Siempre escribiendo desde la soledad o recurriste a otras voces?

La trabajé con Fernanda García Lao. A ella la conocía por haber hecho un taller de cuentos antes. El principio de la novela arrancó en un verano, luego me sumé a un taller de novela con Fernanda. Ahí me ayudó la premisa de tener que ir una vez por semana a leer algo. Eso me daba un ritmo de escritura. La mirada de los otros muchas veces te ayuda, te dispara ideas o preguntas que hacen funcionar a tu cabeza. Fue muy rico compartir eso con otros. Después seguí sola hasta el final, salvo algunos aspectos puntuales que le consulté. Es bueno encontrar alguien de confianza con quien puedas compartir un lenguaje y un universo.

¿Se podría decir que la novela es una gran sátira sobre la vida adulta desde el ojo de una niña?

Tiene una mezcla de comedia con tragedia; sin más, la comedia sin tragedia pierde su gracia. Me daba esa posibilidad el personaje de la niña: moldear la palabra y que todo pueda ser un malentendido. Basta que se escuche mal o se entienda una palabra de otra manera para hacer evidente que la comunicación, la mayoría de las veces, falla. Todo es un teléfono descompuesto que visto desde alguna perspectiva puede ser gracioso. Esas confusiones me divertía escribirlas, me motivaban. Cuando escribo tiene que haber algo que me aliente, como fue en este caso el humor.

 

Adentro tampoco hay luz de Leila Sucari.

Tusquets Ediciones

208 páginas.

 

 

 

 

 

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