Zama de Antonio Di Benedetto no es Zama de Lucrecia Martel

Por Luciano Alonso

La novela supuso el punto más alto de la escritura larga del autor mendocino y es una de las novelas más importantes escritas en castellano. La tarea de la cineasta fue ardua y su visión personalista, pero siempre a sabiendas que no se podía hacer una adaptación fiel al autor.

EN EL ARTÍCULO SE DEVELAN DETALLES IMPORTANTES DE LA TRAMA

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Zama está dividida en tres bloques de tiempo. 1790, 1794 y 1799. En el primer bloque, Diego de Zama observa, en un muelle en desuso, un mono muerto atrapado en un remolino. Zama es una novela excepcional desde el primer párrafo. Un monólogo sufrido y metafísico, donde, por una parte, se pone de manifiesto la extrañeza que puede generar la realidad inmediata y, por otra parte, la desintegración de la identidad a partir del leitmotiv del ir y venir de los acontecimientos, de lo irresoluble y lo irresuelto.

Diego de Zama se revela solitario y estoico. Mientras ejerce como asesor letrado en un pueblo sin identificar (presumiblemente ubicado en la zona limítrofe entre Argentina y Paraguay), espera ser trasladado y regresar junto a su familia. Mientras tanto, continúa varado en ese pueblo, donde ejerce como funcionario público. Dead-Horse-700x1068Es una persona de carácter fuerte, pero respetuoso de sus superiores. Tiene como colega a Ventura Prieto, otro funcionario, ubicado por debajo de él en rango jerárquico. Con Ventura Prieto, compartirá conversaciones, observaciones indolentes sobre el día a día.

Diego de Zama se hospeda en casa de Domingo Gallegos Moyano. Indalecio ha arribado al pueblo, con noticias directas desde Buenos-Ayres. Se habla sobre el traslado de Diego de Zama, pero de manera imprecisa. Entre tertulias en casa de diferentes funcionarios, el tiempo transcurre. En casa de Godofredo Alijo, ministro de la Real Hacienda,  dialoga con Luciana Piñares de Luenga, cónyuge de Honorio Piñares de Luenga, compañero de Godofredo Alijo. Sin querer, Diego de Zama entrevió a Luciana Piñares de Luenga tomando un baño, en el arroyo. Un episodio confuso, torpe, inconsecuente, que, no obstante, funciona como prólogo a una tensión sexual entre Luciana Piñares de Luenga y Diego de Zama, que se ampliará en lo sucesivo.

Simultáneamente, Diego de Zama se siente atraído por Rita, la menor de las hijas de Domingo Gallegos Moyano. En algún momento, Diego de Zama intenta una aproximación romántica, pero justo en ese momento, un ladrón entra en la habitación, malogrando sus intenciones. Quizás ha sido un niño, el mismo que ya ha entrevisto con anterioridad, de manera algo confusa.

Pese a las apariencias, la situación financiera de Diego de Zama no es buena. Realiza muchos sacrificios en pos de su carrera. En cierta ocasión, intercede para que Félix de Ordóñez, un funcionario de Montevideo, pueda hacer negocios con Honorio Piñares de Luenga. No obstante, Honorio Piñares de Luenga no se encuentra en su casa, pues ha salido de viaje. Diego de Zama insiste, entonces, en que vean a Luciana Piñares de Luenga, su mujer. La petición es, también, un atrevimiento, del que Luciana Piñares de Luenga será cómplice.

Diego de Zama discute con Ventura Prieto. La discusión termina en una afrenta física. Aunque Diego de Zama es americano y Ventura Prieto, español, el peso de la jerarquía inclina el favor del gobernador, que se pone de parte de Diego de Zama. Ventura Prieto, entonces, es destituido de su cargo y obligado a exiliarse. En su fuero interno, Diego de Zama siente culpa. Quizás la resolución del gobernador ha sido exagerada. No pasa demasiado tiempo cuando, inesperadamente, Félix de Ordóñez muere, lo que implica que Diego de Zama y Luciana Piñares de Luenga ya no tienen excusas para verse. La novedad inoportuna a Diego de Zama.

tumblr_ovjy2zKPuU1u3lb1ko2_1280El oficial mayor Bermúdez, que hasta entonces no ha sido más que un girante de legajos en la casa de la gobernación, ofende a Rita, que le pide a Diego de Zama que tome el lugar de su padre, en el duelo que planean batir, pero Diego de Zama no accede. En su lugar, Diego de Zama insiste con cortejar a Luciana Piñares de Luenga. Ella, a su vez, mantiene una aventura con el oficial mayor Bermúdez quien, finalmente, resuelve darse a la fuga. Luciana Piñares de Luenga regresa a España. Termina el primer bloque de la novela.

 El segundo bloque arranca con un altercado. El gobernador se ha enterado que Manuel Fernández, un mozo, un secretario, un escribiente, ha estado utilizando el tiempo laboral para escribir un libro de carácter personal. Diego de Zama desea hablar con el gobernador, a propósito de su anhelado traslado, pero el gobernador es elusivo. En lugar de resolver nada, le pide un informe sobre Manuel Fernández, poniendo a Diego de Zama en contra de Manuel Fernández, quien nunca le ha hecho nada malo. El gobernador se empecina, con cierta crueldad injustificada. Si Diego de Zama quiere que el gobernador eleve una petición al rey, antes tiene que escribir un informe sobre Manuel Fernández. Diego de Zama así lo hace, no sin sentirse humillado ante sí mismo.

Diego de Zama tiene un hijo bastardo con Emilia, una nativa. Su situación financiera continúa siendo crítica. La comunicación con España es dilatada y no es sólo el correo el que se demora en llegar, sino también el dinero para efectuar los pagos correspondientes. Pese a las dignidades que computa como asesor letrado del gobierno, lo cierto es que Diego de Zama no tiene dinero. Domingo Gallegos Moyano, el posadero, le pide a Diego de Zama que libere la habitación que ocupa (con años de deuda), para recibir a otros huéspedes, más afortunados. Diego de Zama se muda, entonces, a lo de Ignacio Soledo, quien dispone de un lugar venido a menos, terrorífico, lleno de humedad y huéspedes esquivos, conjurados.

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El gobernador toma la inesperada resolución de trasladar a Manuel Fernández al despacho de Diego de Zama. Desde ahora, será su secretario. Por discutible e injusto que sea, el poco dinero que llega de España se reparte de manera desigual y los que menos reciben son los que están mejor posicionados en la escala jerárquica. La lógica es que son los que mejor dispuestos se encuentran al sacrificio, a favor del rey. Esta circunstancia genera la paradoja de que Manuel Fernández, súbdito de Diego de Zama, percibe mejores ingresos y ventajas que su inmediato superior. A tal punto, que Manuel Fernández se ve en la obligación moral de ayudar a Diego de Zama, aunque sea en lo básico, como el almuerzo.

La decadencia económica y espiritual de Diego de Zama es indudable. Quizás por eso, ha dejado que Manuel Fernández se involucre cada vez más en su vida, hasta el límite en el que consiente su petición de casarse con Emilia y hacerse cargo de su hijo bastardo. En la posada, húmeda y fantasmal, cree reencontrarse con el mismo niño que alguna vez entrevió, hace cuatro años. Quizás recibe los favores y cuidados de una mujer o quizás son todas imaginaciones, productos del delirio y de la fiebre.

Finalmente, en la tercera y última parte, Diego de Zama se suma a las filas del regimiento que pretende dar caza a Vicuña Porto, un bandido que asola al pueblo. No está obligado a ello, pero así lo hace. Si sale victorioso de la hazaña, conseguirá, ya sin dilaciones, el favor del rey, en lo que a su traslado respecta. El jefe del regimiento es Hipólito Parrilla, hombre desparejo en carácter. Al principio, el regimiento se muestra expeditivo, pero la falta de víveres, el invisible rastro de Vicuña Porto y un enfrentamiento con una tribu guanae, de la que salen vencidos, hace que se malogren todas las expectativas.

Gaspar Toledo, uno de los soldados, en realidad es Vicuña Porto. Así se lo confiesa a Diego de Zama, que desde entonces espera el mejor momento para revelarle a Hipólito Parrilla la verdadera identidad del soldado, pero esa ocasión no se presenta sin reportar riesgos. Puede que otros soldados estén enterados de la verdadera identidad de Gaspar Toledo, puede que, incluso, conformen un complot.

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El campamento es interrumpido por una escena que parece arrancada de un sueño. Una procesión de quinientos indios adultos, todos ciegos, precedidos por niños videntes. Los adultos fueron víctimas de la ferocidad de una tribu mataguaya. Diego de Zama participa a Hipólito Parrilla de la verdadera identidad de Gaspar Toledo. No obstante, Vicuña Porto y sus secuaces, reducen a Hipólito Parrilla y, luego, lo arrojan al río. También maniatan a Diego de Zama. Todos se pronuncian en su contra, pero Vicuña Porto no lo mata. Prefiere amputarle los brazos y dejarlo librado a su suerte. Si lo encuentra un indio, tal vez pueda sobrevivir.

La última escena es confusa, simbólica, enigmática. Al parecer, Diego de Zama ha sobrevivido. Sin embargo, no es un indígena quien lo ha rescatado, sino el mismo niño que ha entrevisto tantas veces, de manera confusa, nebulosa, a lo largo de estos años. Diego de Zama, naturalizando lo inexplicable de la situación, se limita a decirle al niño que no ha crecido y el niño le responde que él tampoco.

Adaptación de Lucrecia Martel (2017)

Uno de los debates más interesantes y persistentes en lo que al arte contemporáneo respecta, es la problemática de la correcta interpretación de las imágenes. El arte bueno y el arte malo. Lo abstracto y sus infinitas posibilidades de sentido. Una obra incomprensible puede ser, al mismo tiempo, algo irrelevante o una genialidad. La libre interpretación aporta su cuota de dramatismo y anarquía. Luego, las metáforas existen y convocarlas es una suspicacia reservada a los espíritus sutiles.

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La lectura de Zama presupone la discusión sobre la espera, como metáfora y símbolo de resonancias mitológicas. Novela emparentada con El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati o La mujer de la arena, de Kobo Abe. En todos los casos, se trata de forzar una situación realista hasta volverla absurda, con la consecuente reflexión a propósito de la angustia y el sinsentido, que autores como Franz Kafka o Albert Camus supieron incorporar a su propia imaginería, para volverse sus mejores exponentes.

En la personal lectura de Zama que realiza Lucrecia Martel, el foco no se pone en la espera del personaje sino, tal vez, en una de sus consecuencias: el deterioro que causa y su correspondiente pregunta por la identidad. El universo propuesto por Antonio Di Benedetto y el universo propuesto por Lucrecia Martel no se oponen, ni se anulan. Por el contrario, uno incluye al otro, como subconjuntos cuya intersección es de factura existencialista. Por lo tanto, universal.

No obstante, hay una diferencia notable entre el libro y la película: el único punto verdaderamente disonante. Allí donde el libro tensa el verosímil, volviendo extraño lo realista, hay una transgresión hacia el género fantástico, efectiva y comprobable. Lucrecia Martel, atenta y respetuosa con la obra de Antonio Di Benedetto, consigue generar la misma tensión y atmósfera, pero no traspasa el límite del realismo, jamás. La última escena es clave. La novela obliga al lector a disponer de la metáfora. No hay manera de comprender, de asimilar la información, sin recurrir al sentido figurado, sin el auxilio del simbolismo y, por ende, del género fantástico. zama1 Es decir, en la novela, tanto puede tratarse de que todo sea un delirio del personaje, como no. Esa duda es lo mejor que ofrece la novela. Ese saber y no saber, ese ir y venir, ese leitmotiv que anticipó el mono atrapado en el remolino, esa espera cuyo significado es múltiple y abierto. La metáfora que, en la versión unívoca y plana de Lucrecia Martel aparece anulada. Está bien, el cine y la literatura son lenguajes diferentes. No obstante, todo en la película es una invitación a lo fantástico y su renuncia no deporta una ganancia, sino que supone una falla y, también, una incoherencia.

Los indicios de que la película reclama y busca lo fantástico son constantes, desde la misma película y desde el texto que le sirve como soporte, como base. Lucrecia Martel no se anima, donde Antonio Di Benedetto juega su mejor juego. Es la única crítica realmente importante que puede achacársele a la adaptación cinematográfica de Zama. Igual, es una película muy fina, exquisita, que vale la pena ver, por otros motivos. No es la genialidad absoluta que una obra literaria de tamaña envergadura supone, pero consigue reflejar algo de su luz. No es poca cosa.

Las actuaciones son, en líneas generales, correctas. Destaca Daniel Giménez Cacho, como Diego de Zama. El acierto del actor es tal, que a punto está de volverse lo mejor de la película.  Cito a Lucrecia Martel: Giménez Cacho es en sí mismo un monstruo de unas proporciones gigantescas (Entrevista con Kleber Filho, aparecida en HaciendoCine, número 184) No cualquiera es capaz de expresar con el rostro el deterioro espiritual de un personaje. Hay escenas remarcables, detalles apenas perceptibles, como un hilo invisible de baba colgando de sus comisuras, justo cuando intenta ser galante.

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Lola Dueñas como Luciana Piñares de Luenga no se queda atrás. Sabe dar con el tono justo, de frivolidad y tragedia, de histeria y seducción. Matheus Nachtergaele como Vicuña Porto es otro gran hallazgo. Por lo demás, las locaciones son hermosas, espectaculares. La multiplicidad de voces y el amplio arco idiomático que manejan los personajes, le aportan el exotismo del mestizaje, tan caro a la mejor literatura latinoamericana, sea lo que eso sea. Los colores aparecen saturados, brillantes, artificiales y artificiosos. Transmiten esa sensación onírica de un paisaje bucólico en esplendor romántico.

Zama contiene escenas francamente alucinantes, de una sutileza visual y sonora sin par. La composición de imagen en la posada, cuando el protagonista permanece en la cama, con fiebre, mientras lo asisten dos mujeres que bien podrían ser fantasmas, la escena en la que los indios de rojo fosforescente dan caza al regimiento de Hipólito Parrilla (Rafael Spregelburd), el juego de luces y sombras en la bóveda, cuando el cura dialoga con Diego de Zama, a propósito de la muerte del oriental y otras escenas, muchas. Básicamente, una propuesta exquisita, sutil, en numerosos aspectos. El cuidado vestuario (responsabilidad de Julio Suárez), las locaciones, el sonido, los movimientos de cámara. Elementos que suponen, para el espectador, un embelesamiento estético sincero y profundo.

Pese a que la novela significa una cosa y la película otra, comparten el mismo argumento, casi punto por punto. No obstante, gracias a la autonomía de las imágenes, en la película se generan nuevos sentidos, nada despreciables. Por ejemplo, lo ridículo y extravagante de ciertos ceremoniales, atuendos y vestuarios,  sus usos y costumbres,  una farsa sobre la civilización. Pelucas llenas de dignidades y herrumbre. Ahora bien, aunque el argumento sea prácticamente el mismo, Lucrecia Martel se excede en sobreentendidos y escenas faltantes. No hay manera de comprender por completo la historia, sin haber leído la novela. 

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Manuel Fernández (Nahuel Cano) besa al hijo bastardo de Diego de Zama, en un fuera de campo desdibujado donde jamás podríamos saber si se trata de una expresión de cariño o algo más. Si leímos la novela, sabemos que se trata de algo más: Manuel Fernández adopta a ese hijo, como propio. La película abunda en detalles similares. Básicamente, hay una complicidad excesiva y excluyente, entre los que han leído la novela y los que no. Tampoco es un defecto, pero es una característica que define a la película.

En conclusión, se trata de una adaptación algo desarmada y quizás imperfecta, pero que funciona. Comporta un sentido homenaje a Antonio Di Benedetto, además de una personal lectura. Se entiende que Lucrecia Martel leyó al autor y que intentó serle tan fiel como pudo. Quizás no le salió lo mejor posible, pero quizás, también, era una tarea destinada al fracaso. El arte, también, se nutre de esto.

 

 

 

 

 

 

 

2 comentarios

  1. Cómo cambia la cosa cuando el crítico leyó el texto fuente de una transposición y puede mirar el fenómeno en su complejidad. Desacuerdo con la mayor parte de lo que decís, con el método de observación y, sobre todo, con tu escritura. Pero esto es así, no? Sin embargo, es mucho mejor que la mayoría de los artículos que hemos tenido que leer por ahí. Te dejo una nota disonante: https://revistabonaria.com/2017/10/08/el-olvido-de-zama/

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