Glow y la conquista femenina de la lucha libre

Por Juana Groisman

Una de las últimas producciones originales de Netflix, vuelve llenar de mujeres espacios predominantemente masculinos y se mete de lleno en el universo de la lucha libre.

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La primera escena de Glow es tal vez la más simbólica de la serie y sin duda sienta precedente para el resto de la historia a lo largo de sus diez episodios. Ruth Wilder (Alison Brie) es una actriz frustrada, castigada por la industria por tener un rostro demasiado “real”, como le dice su agente. A pesar de las dificultades que se le presentan por ser mujer, Wilder se empeña por conseguir buenos papeles. Al comienzo de la serie, se la ve probándose para interpretar un papel masculino, mucho más protagónico, empecinada en ir más allá de la única línea destinada al personaje femenino. El comienzo resume perfectamente la intención de las dos creadoras, Liz Flahive y Carly Mensch, de mostrar los obstáculos a los que deben enfrentarse las mujeres todos los días.

Situada en 1985, Glow cuenta cómo un grupo de fracasadas, sin mucho talento a primera vista, comandando por un director de cine drogadicto y misógino (Marc Maron), decide producir un programa de lucha libre femenina que se transmitirá por un canal de cable al mejor estilo Titanes en el Ring.

Aunque los personajes no terminan de romper los estereotipos usuales, sin duda plantea una fuerte diferencia con respecto a la norma en este tipo de producciones. La joven malcriada y fiestera, la gorda con problemas de autoestima y el productor de Hollywood con poco criterio para la financiación de proyectos son algunos ejemplos; lo cierto es que Glow logró construir y desarrollar un abanico de personas muy bien logrado. glow-netflix-first-look-1

En ese sentido, el trabajo de Brie es muy sólido. En los primeros capítulos parece que su personaje es sospechosamente similar al de Annie Edison, la joven estudiante que representó en la comedia Community, pero finalmente se separa y logra su mejor trabajo hasta el momento. Wilder genera en el público el mismo efecto que en sus compañeros de trabajo: un sentimiento que varía constantemente entre la ternura y la furia.  Finalmente, la actriz fracasada termina teniendo su redención, dejando una puerta abierta a un posible desarrollo de su historia en la segunda temporada. Al fin y al cabo, Hollywood ama auto elogiarse.

No hay grandes épicas en la serie, los personajes se enfrentan con problemas relativamente cotidianos, y no presentan diálogos de gran intensidad o fuertes reflexiones, y sin embargo la serie deja contento al espectador. No es un serie con grandes heroínas ni villanas, casi lo opuesto a lo que sucede en el mundo de la lucha libre, si no que los protagonistas destacan por los grises. El caso del director es probablemente el más clásico: un artista frustrado que maltrata a sus compañeros y finge no tener interés en nada, pero finalmente deja al descubierto su alma tierna y generosa. Las dos protagonistas, Ruth y Debbie, presentan la construcción más original. Ruth parece ser la clásica chica alegre, torpe e inocente y sin embargo termina un affaire con el esposo de su mejor amiga. Debbie, por su parte, da la impresión de ser una actriz de telenovelas consumida por su propio ego, pero termina teniendo su propia redención al final.

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Aunque el trabajo de Maron como el director Sam Sylvia no es particularmente original, e incluso se parece en ocasiones a una particular imitación de Woody Allen, el actor logra convencer a los espectadores sobre sus problemas, sus dudas y su honesta preocupación por las actrices con las que trabaja. A diferencia de Brie, que logra generar en el público la misma sensación que en sus compañeros, Maron construye un misógino que termina siendo agradable y amado por la audiencia, al mejor estilo Dr. House.

Glow entra dentro de la categoría de los “dramedy”, una nueva concepción dentro de las producciones audiovisuales que cada vez gana más terreno en la ficción, especialmente en las plataformas como Netflix y HBO. No es una comedia propiamente dicha, aunque logra sacarle varias sonrisas al espectador, pero tampoco puede caracterizarse como un drama. La serie también se mueve constantemente entre los límites de lo bizarro, aunque nunca lo cruza y mantiene siempre los pies sobre la tierra.

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A pesar de no desarrollar de forma completa ninguna relación romántica, Glow es una historia de amor. Las relaciones entre el director y sus actrices, particularmente con Ruth; entre las mujeres entre sí, y con sus propias personalidades, son el eje principal sobre el cual se va construyendo el relato, sin caer en la cursilería. Se presentan algunos lugares comunes, principalmente en cuanto a los vínculos entre padres e hijos , pero el uso del absurdo y el gran trabajo actoral evitan que se generen situaciones incómodas o poco verosímiles.

Glow, producida por Jenji Kohan, tiene ciertos aspectos similares a los que se pueden apreciar en Orange is the New Black. Ambas series se apropian de lugares primordialmente masculinos, como la cárcel o el ámbito de la lucha libre y los colma de mujeres. Esto no se logra “masculinizando” a los personajes femeninos, si no que cada programa brinda su propia impronta a estos espacios, sin ignorar el hecho de que lo está sucediendo es único y distinto a lo común.

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