Alberto Szpunberg: “Creo que la poesía acentuó el divorcio entre el ser humano y la humanidad misma”

Por María Malusardi

El poeta desarrolló en diálogo sus consideraciones sobre la urgencia de la acción, la poesía y el humanismo. Reivindica de algún modo su frase “la poesía convoca a asamblea permanente”

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Foto cortesía Lamás Médula

Sostiene Platón, en alguno de sus diálogos, que los poetas no están en sus cabales “cuando componen sus bellos cantos”. A pesar del tono cáustico del filósofo griego hacia los líricos de su tiempo, cabe admitir que su diagnóstico no se aleja de una verdad asumida, y hasta festejada, por los mismos poetas. Ya que ese salirse de los cabales constituye un necesario y prodigioso acto de transgresión. Y por qué no de libertad, apuntaría el poeta Alberto Szpunberg: “La poesía es un acto de libertad que se expande, que necesita de los otros. Que busca a los lectores. Y, sobre todo, se rebela contra el poder.” Y cómo enfrentarse al poder sino desde la delicada voluptuosidad de la palabra poética, esquilando aquellas toxinas adheridas a la superficie de las cosas. “Hay que animarse a llevar la poesía a la calle. Es una de las claves para ese reencuentro del ser humano consigo mismo. Y, al reencontrarse consigo mismo, se reencuentra con los demás.”

No es Szpunberg un poeta que largue a rodar sus méritos. Por el contrario, la autenticidad de su modestia lo ubica en un atípico espacio adulto: conversa con el despojo y la tibieza de un niño. Y para conocer lo más formal de su pasaje por el mundo, hay que dirigirse a las anodinas contratapas de los libros, puesto que no se esfuerza él mismo en recordar sus andanzas académicas ni su etapa periodística: fue profesor y director de la área de lenguas clásicas de la carrera de Letras, en la Universidad de Buenos Aires y dirigió el suplemento cultural del diario La Opinión hasta 1976.

Luego de una vida entera de militancia, con un largo y costoso exilio en Barcelona, Szpunberg se empeña aún en generar un irrefutable diálogo entre lo esencial del poema y lo esencial de la vida: el amor, la justicia, la solidaridad, la lucha contra el desamparo. Se da en su poética esa combinación a la que hace referencia Michael Löwy cuando se refiere a Walter Benjamin. Parafraseando a Löwy, la obra poética de Szpunberg abreva en tres fuentes muy diferentes: el romanticismo, el mesianismo judío y el marxismo. “No se trata de una combinación o ‘síntesis’ ecléctica de esas tres perspectivas (aparentemente) incompatibles –dice Löwy-, sino de la invención, a partir de ellas, de una nueva concepción, profundamente original.” Algo así como una “sacralización de lo profano”, en palabras de José Ángel Valente.

Entre mate y cigarrillo, en su departamento de San Telmo, Szpunberg repasa sus comienzos. En 1962 publicó Poemas de la mano mayor. Aparece entonces en la escena Raúl González Tuñón, quien no menos carismático que Rilke, leyó con dedicación el primer poemario de un Szpunberg joven y temeroso. El poeta Luis Luchi, amigo de ambos, le había acercado a Tuñón aquel primer libro. “Un día, Luchi me dijo: ‘me comentó Raúl que todavía no lo llamaste’. Tuñon sabía que yo era un poeta joven y sabía que estaría pendiente. Y él no era un engrupido aunque ya era muy reconocido. Así que lo llamé por teléfono, y nos encontramos a tomar un café en La Fragata, en San Martín y Corrientes. El mismo lugar en el que años más tarde, lo vi por última vez.”

Szpunberg salía de la boca del subte de Corrientes y Florida, del lado de San Martín. Raúl González Tuñón, desde la calle, llegaba hacia la misma boca. “Él entraba y yo salía. Él, como siempre, con su traje y su corbata. Lo sentí muy preocupado. Ya estaba la Triple A, año 1974. Y me dijo: ‘vos qué hacés acá’. Su pregunta lo expresaba todo. Eran tiempos duros y eso abrevió el encuentro.”

Entre el primero y el último –transcurrió más de una década- Szpunberg solía visitar al autor de La calle del agujero en la media en la redacción del diario Clarín. “Iba algún mediodía y lo encontraba a Tuñón, chiquito y solo, en su escritorio, de traje y corbata, como siempre. Cuando la gente se iba a comer, él se quedaba en la redacción porque era el momento de tranquilidad. Un tipo muy querible, un gran compañero. Su modo de vivir y su sensibilidad, todo en él respondía a una visión humilde, y hacia los humildes.”

-Y también conociste y compartiste con Juan L. Ortiz, otro ser humilde.

-Y espiritual, agregaría. Espigado y etéreo, como su mate, su bombilla y su boquilla que él se hacía con las cañitas del Gualeguay. Todo en él era así, caminaba suavemente, no levantaba la voz, hablaba mucho con el silencio. Sus silencios eran hermosos. Su casa siempre abierta. Recibía a la gente, escuchaba. Para nosotros, tan jóvenes entonces, ir a verlo a su casa de Gualeguay era como un viaje iniciático. Cuando lo descubrimos fue maravilloso. Ni siquiera terminábamos de entender qué nos transmitía, pero sabíamos que era algo hermoso, la belleza en su obra tenía pleno sentido. Y por eso mismo, por esa condición estaba tan llena de verdad. Porque eso que dice Keats sobre que la verdad es belleza y la belleza verdad, es así o no es.

-Qué diferente hoy. Sin ánimos de apuñalar el presente, pareciera que no quedan ya esos maestros receptivos, cálidos, despojados de ego. Hoy pululan los cenáculos, las capillas, la idea de poder que, en relación a la poesía, es un contrasentido. Más paja que trigo.

– Y no deja de ser una cultura oficial. En cambio, están aquellos que son más genuinos, que ni saben qué es lo que hacen cuando escriben, sueñan con publicar pero no tienen idea de cómo hacer y están en una situación de marginalidad. La poesía es un derecho humano, es uno de los derechos humanos básicos, como publicar. El día en que la poesía finalmente sea la forma en que nos relacionemos todos, ya no harán falta los poetas porque todos seremos poetas.

-Una utopía, Alberto. Hoy pareciera no importar ya si un poema es bueno o es mediocre. Se publica y se exhibe sin filtro. El relativismo cultural es una plaga sin fondo.

-Y quién decide qué está bien o está mal. Yo también leo poesía que me parece mala…  Hay que defender que quien quiera escribir, escriba, y que si quiere difundir su poesía, pues que la difunda. Que tenga los medios a su alcance y que sea la misma gente, los demás poetas, los lectores, quienes digan: esto me gusta o no. Y que incluso sea motivo de debate. Esto no está bien dicho, se podría decir de otra manera, por ejemplo. Que no haya un juicio oficial, sino popular. Que sea una decisión de la vida misma. Que la vida vaya decantando, qué queda y qué no. La poesía tiene su propia forma de actuar sobre la sociedad que no es como la publicidad o los electrodomésticos o la televisión. Tiene una manera muy sutil de incidir en la realidad, pero esa posibilidad deben tenerla  todos.

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-¿La poesía en tu caso tiene que ver con una búsqueda esencial del ser?

-Ser no es una palabra mía.

-Y qué palabra usarías.

-La vida, pero en sus términos cotidianos y concretos. Demasiado filosófico “el ser” y también a mí me suena pretencioso y falso. El planteo del ser deriva fácilmente en la idea de Dios y a mí no me molesta la idea de Dios, aunque no tengo tratos con Dios, soy ateo, pero soy dialoguista también. Por lo tanto, si mientras estamos charlando vos y yo ahora se sumara Dios, lo incorporamos a la conversación. Y si no conversa es porque es un dios muy débil y muy pobre. La poesía muestra precisamente la importancia del diálogo porque trabaja con el lenguaje y el lenguaje se realiza en el diálogo, siempre es uno y hay otro.

-En el ensayo Las poéticas del siglo XX, Raúl Gustavo Aguirre advierte que a partir de las vanguardias, la poesía se ha ido hermetizando, digamos, y de este modo marcando una distancia con el lector corriente. ¿Lo ves así?

-Yo no creo que la poesía se haya hermetizado. No. Creo que se acentuó el divorcio entre el ser humano y la humanidad misma. Y hoy estamos en plena eclosión de ese fenómeno y nos enfrentamos a un tejido social desgarrado. Parecemos una jauría de individualidades. No, ni siquiera, ni una jauría ni un cardumen. Sólo individualidades. Hoy el grado de alienación es mayúsculo. Ya no se puede reivindicar fácilmente ni a la clase obrera ni a los sindicatos, sólo como antecedente histórico. Fijate el tema de los indignados, estas revueltas juveniles, ese movimiento espontáneo puede encontrarse en la plaza pública, pero no en la fábrica, no en el seno de los sindicatos. Hay un vacío interior muy grande.

-En las primeras décadas del siglo XX, el dadaísmo y luego el surrealismo surgieron como grupos combativos, tanto desde el lenguaje como desde lo político y la acción social. “Es posible que la imaginación esté a punto de reconquistar sus derechos”, apuntaba André Breton en el Segundo Manifiesto. Los poetas estaban encaminados a hacer la revolución. Un siglo más tarde, ¿en qué situación nos encontramos, política y poéticamente?

-Es como que algo está tocando fondo. El mundo no puede seguir como fue hasta ahora. La revolución es más necesaria que nunca. Ahora la revolución es un cambio de conciencia. La que conocimos o leímos o intentamos hacer fracasó, entonces hay que inventar algo nuevo y ahí la poesía tiene mucho que decir y aportar, claro. No es que la poesía tiene que ser lo que ciertas elites tildan despectivamente como poesía política, sino que la poesía debe ser transformadora, liberadora. Eso es otra cosa.

-Hay una frase de Roque Dalton que te gusta mucho y que tuvo mucho que ver con El Che amor.

Roque Dalton me explicó lo que yo estaba viviendo. Hay gente, militantes, dijo, que llegan a la poesía por la revolución y hay militantes o personas que llegan a la revolución por la poesía. Los primero son malos poetas y no muy buenos militantes; los segundos son buenos poetas y buenos militantes. Desde esta idea viví el proceso de El Che amor. No sé si son buenos poemas o no pero los escribí desde la poesía y eso era estar haciendo la revolución.

-También eras militante.

-Sí, claro. Ambas cosas estuvieron siempre juntas para mí.

-Eso es notable en toda tu obra. Aun en la última etapa, el nivel de abstracción y complejidad formal incitan a leer tus poemas desde una perspectiva metafísica. Diría que desde Apuntes comienza tu poética a manifestar cierto espesor dialéctico, si se quiere, entre tu posición política y tu posición poética. Pero creo que La Academia de Piatock, además de auténtico, es el más representativo de esta visión orgánica.

– Es un libro muy especial, sí, porque hay una historia personal para mí muy entrañable. Porque hay ecos de cosas, de historias de amor, de historias familiares, de juegos infantiles… Hay ecos. La academia de Piatock es un poemario lleno de recovecos muy íntimos.

-Piatock existió.

-Sí, claro. Existió. Era un personaje del pueblo de mi abuelo, un pueblo pequeño  de Polonia. Y sigue existiendo porque el gato de mis hijas se llama Piatock.  Y aunque aparecen allí algunas historias muy íntimas, a veces tengo ganas de que alguien me pregunte para poder contarlas.

-Contá, nomás.

-Al obrero del vidrio, por ejemplo, yo lo conocí. En realidad era un plomero del barrio que tenía unas manos callosas. No me olvido de ese detalle. Y además de arreglar estufas y calefones colocaba vidrios. Me importa rescatar el mundo, un mundo en el que la historia la hacen los pueblos. Y los pueblos son los de abajo. Los humillados y ofendidos de Dostoievsky. Mirá, hoy fui a El federal a tomar un café, y me atendió una chica a la que yo llamo Doña Aldana. “Cómo estás”, le pregunté. “Bien, pero tengo a mi nena con varicela.”  Y le dije que todos los chicos tienen varicela, que no se preocupe. “Pero me gustaría estar ahora con ella”. En vez de quedarse cuidando a su hija estaba trabajando. Eso te habla de una situación, de una humanidad. Y ni qué hablar de situaciones mucho más difíciles.

-En La Academia de Piatock hay un claro registro de estas preocupaciones. Es un libro que por momentos hiere, por su agudeza, y por momentos alivia: hay vapores de humor, ternura, piedad y lucha. Destaco en particular, los sueños del caballo de Piatock. Aparece allí algo de esa vigilia de la infancia que nos acompaña, la atrevida imaginación de un niño. Empezaste a escribir a los siete, ocho años…

Sí. Me acuerdo del primer poema que escribí: “Es una chica muy buena / la conocí en su casa / y al otro día la vi / tendiendo ropa en la terraza.” El título era, por supuesto, Poesía. Y puse el título en el medio del poema. Ese texto está en Jerusalén, se lo regalé a una amiga.

-El niño es el primer surrealista, dice un verso de González Tuñón. ¿Todos los niños son poetas?

-Sí, todos. Y qué pasa cuando un ser humano deja de ser niño, porque es domesticado, primero por la familia, después por el colegio, después por los códigos, después por la Constitución… Es domesticado. El chico tiene una libertad que va perdiendo. Yo creo que la poesía es la recuperación de esa libertad.

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– De hecho, tu libro ¿Por qué no hay más bien brócoli? surge de una pregunta de tu nieta Sofía, cuando tenía seis años.

-Sí. Me preguntó un día por teléfono, desde Barcelona: Zeide, el otro día fuimos con mamá a la verdulería a comprar brócoli. Decime, quién le puso brócoli al brócoli. Yo lo relacioné con la pregunta de Leibniz: “¿Por qué no hay más bien nada?”.

 -Leibniz y Sofía generan un encuentro potente, la unión del logos y de la sensibilidad. Y el resultado es un poemario complejo. La palabra brócoli pareciera imprimirle un tono lúdico, colorido y hasta infantil, diría. Sin embargo es un libro que, inquiriendo acerca del lenguaje y sus alcances, resulta filosófico y, como siempre, político. –“Finalmente, miles de años le enseñaron al hambriento / que toda aureola es un plato vacío de sopa boba. ‘También se vacía la meada?, se sacude Leibniz, ¿la sangre, una mónada de rocío sobre el desliz de una palabra’, / pero hasta el cielo entiende que ninguna razón es suficiente / y, herido de asco, se revuelve contra sí mismo”.

-La poesía y la filosofía inicialmente eran lo mismo. Los presocráticos eran poetas. Después empieza una bifurcación pero que tiene que ver con el desarrollo social particular, un desarrollo de la cultura. Lo cierto es que en la poesía, como en el amor, uno no sabe por qué algo se expresa de determinada manera y no de otra. Está ese sentimiento que uno quiere expresar y ahí empieza un trabajo, encontrar la palabra. Hay una sola palabra que expresa lo que uno quiere decir y encontrarla no es fácil y después sí, uno llega a un estado en que los poemas se escriben solos. Hay toda una parte lúdica de la escritura, esa famosa corrección, que es divertidísima. Es un juego. Es genial cómo reemplazar una coma por dos puntos cambia todo, es una maravilla esa búsqueda. Corregir, sin duda, es parte de la escritura.

-Hasta el próximo encuentro, Alberto.

-Hasta el próximo encuentro, claro.

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Alberto Szpunberg (Bs.As., 1940) fue Director de Literatura y Lenguas Clásicas  en la Universidad de Buenos Aires (1973). Dirigió el suplemento cultural del diario «La Opinión» hasta 1976. Compañero cofundador de la Brigada Masetti,  se exilió en El Masnou (Barcelona, España) en mayo de 1977. Es autor de Poemas de la mano mayor (1962), Juego limpio (1962), El che amor (Mención Casa de las Américas, Cuba, 1966), Su fuego en la tibieza (Premio Alcalá de Henares de Poesía, España, 1981), Apuntes (1987), La encendida calma (2002), Notas al pie de nada ni de nadie (2007), Luces que a lo lejos (2008), El libro de Judith (2008); La Academia de Piatock (2010) y Traslados (2002). En 1993 ganó en Francia el Premio Internacional Antonio Machado por Luces que a lo lejos. En 1983 fue corresponsal en París de la Agencia Nueva Nicaragua. Regresó a la Argentina en 1984. Fue profesor en la Universidad Madres de Plaza de Mayo. En noviembre de 2013, Entropía publicó su “Poesía Reunida” bajo el título de Como sólo la muerte es pasajera. En 2016, Suri Porfiado publicó su poemario La tarde, sólo es la tarde (27 sonetos y una milonga de ida sin vuelta) Ediciones en Danza, El nombre revelado. Con diseño de Sergio Kern, la editorial Lamás Médula publicó ¿Por qué no hay más bien  brócoli? en 2016 y en 2017, La habitante del cometa. Ha recibido el Premio Rosa de Cobre (Biblioteca Nacional, 2014) y el Premio Nacional Cultura Argentina (2014). Actualmente, reside en Barcelona, junto a sus hijas Sabina y Victoria.

 

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