Luciano Lamberti: “Soy feliz llevando al lector hasta el borde del abismo”

Por Marvel Aguilera

En los doce cuentos de su nuevo libro, La casa de los eucaliptus, el autor cordobés abre surcos en la planitud del realismo para revalidar un lugar cada vez más afianzado en lo fantástico.

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Fotos cortesía Cuqui.

 

Es la intersección de Felipe Vallese e Hidalgo, en el barrio porteño de Caballito, las fachadas de los edificios se amoldan a una resonancia más residencial, de despensas, ferreterías y bares de copetín. Las calles son estrechas, incordian, se aprestan al bocinazo estentóreo de los vehículos rumbo al magma del microcentro. Es un viernes agitado en Buenos Aires. El último ápice de la tarde recrudece desde la vereda del café en que nos sentamos. A unos pocos centímetros, dos golden retriever enfrentados se olfatean animosos queriendo reconocerse. Una voz femenina nos pide la orden mientras la lumbre en los labios de Luciano Lamberti se enciende por primera vez. Hace algunas semanas, el autor dio a conocer La casa de los eucaliptus, su regreso al cuento tras la celebrada novela La maestra rural, y una reafirmación de pertenencia a un estilo que, como en El asesino de chanchos (2010) y en El loro que podía adivinar el futuro (2012), lo subyace, contiene y diversifica. Lamberti se muestra simple, habla suave, rebusca en su mente las palabras adecuadas. La literatura es una vida transformada, artificial. Es un código”, dice. Esa carátula de contador de historias, de mecánico de las palabras, le sienta bien, pero también la del artesano que pone las manos en la arcilla hasta moldear una forma: con ideas, sueños rememorados, trazos de cultura geek y praxis, mucha praxis. En tiempos de tendencias experimentales, Lamberti se mece en su género afín, así como la música se rearma desde la canción o el pensamiento desde el refugio del lenguaje.

Cuando el célebre escritor Guy de Maupassant publicó su cuento La chevelure (“La cabellera“) en 1884, un gran debate se abrió respecto a los límites entre la locura y lo sobrenatural en la literatura. En el breve relato, el autor francés narra la historia de un fetichista enamorado de una extraña cabellera, descubierta casualmente entre los muebles de su colección. Los días de amorío junto a la rubia melena comienzan, paulatinamente, a alimentar una obsesión cegadora, pasional, inasequible; que formará en él la creencia de que el espíritu de una mujer anida en la cabellera, dispuesta a entregarle un amor invisible, sobrehumano e inentendible al ojo ajeno. La fuerza del texto de Maupassant se rige en esa ambigüedad indisoluble propia del poder de lo irracional; en la atmósfera de lo incomprensible que bien supo imprimir H. P. Lovecraft a lo largo de su obra: “A veces una curiosa estela de fantasía suele invadir el recóndito rincón de la mente más templada, de tal modo que ningún racionalismo o análisis freudiano puede anular totalmente el estremecimiento causado por el susurro del viento en la chimenea o en el bosque solitario”. En esa cornisa estrecha por la que camina la razón, anida un poder único del que la literatura se ha venido haciendo eco desde hace siglos, un poder capaz de poner a la defensiva al lector y hacerle correr, aunque sea por un instante, los límites de sus creencias.

Los doce cuentos de La casa de los eucaliptus (Random House), al igual que los famosos arbustos, se elevan y ramifican; son distintos siendo parte de una misma especie, de un aroma familiar; pueden ser el hilo de un incendio voraz o el mejunje balsámico de un cuerpo enfermo.

En Los caminos internos un médico rural, ataviado por una voz interna que alimenta sus decepciones, atraviesa un camino marginal de barro y pastizales en la búsqueda de una casa. Lejos de llegar a ella, se topará con un pueblo que le será familiar, propio, casi idéntico al de su infancia, salvo por una ínfima y terminante excepción. La casa de los eucaliptus, el relato que da nombre al libro, que bien podría tener puntos de contacto con Las manos del diablo de Bill Paxton, parte de una extraña e inmaculada presencia que le exige una serie de sacrificios a Renato Viña, un marido y padre ejemplar, atlético, dinámico (todo un párvulo), que comenzará a degradar todo aquello que otrora apreció en pos de un ritual macabro cada vez más placentero e insaciable. En El espíritu eterno, el narrador se pone en los zapatos de un recién asumido presidente de la Nación, empujado al sillón de Rivadavia por una ridícula campaña de marketing simbolizada en el slogan “arremanguémonos”. Grácil, cómico y disparatado, el relato de Lamberti se inmiscuye en las lagunas del poder para retratar una situación irreverente, dickeana, pero que guarda más de un rastro de realidad.  En La ventana, dos amigos encuentran en una vieja casa heredada una abertura hacia un lugar desconocido, un punto de ruptura en una dimensión idílica, divina, propia de un espejismo. Lamberti traza algunos interrogantes tácitos: ¿Hay otros mundos posibles frente a nuestros ojos imperfectos? ¿Somos el mero escaparate de algo superior e ininteligible? Ambos jóvenes, adormecidos por el escenario edénico que posa ante ellos, deberán decidir entre el regocijo del espectador o en abrirse paso ante la oscuridad que merma de lo inexplicable. El último cuento, Santa, que corre por los senderos de la crónica, detalla una serie de sucesos ocurridos en Giberino, un sencillo pueblo en las afueras de Buenos Aires. Allí, Alicia, una joven sumisa y callada de catorce años, es elegida como testigo de las sucesivas apariciones de una virgen que se muestra descreída y atormentada; esas apariciones la irán acercando, inevitablemente, hacia un plano suprahumano. Imagen 335Entre el antiguo X Files y Stigmata de Rupert Wainwright, Lamberti potencia la ficción creando testimonios recogidos, escenografías sumamente visuales, diálogos certeros, en una narración que, sin hilos que cuelguen, bien podría formar parte de los anaqueles policiales irresolutos.

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Si bien los cuentos son disímiles, se observan algunos puntos de contacto, como entre La ventana y Eddie, que podrían hacer creer que forman parte de un territorio en común. ¿Hay un concepto de fondo que los hermana?

En todo lo que escribo hay imágenes que se repiten, visuales. En los “Eucaliptus” hay bastante de eso: el hombre que vuelve a su pueblo, un médico de campo que de vez en cuando ve casas alrededor de los eucaliptus; también el segundo cuento, que da nombre al libro; en la historia (Vida) de E, el hombre que se vuelve carancho, también hay una casa de las mismas características. Es algo que surgió solo, me di cuenta, y decidí dejarlo porque me parecía simpático y, a su vez, le daba cierta unidad al libro. De todas formas, son cuentos muy disímiles entre sí. Los libros con cuentos muy parecidos me hinchan las pelotas. Me sentiría parte de una maquinita con ellos. Me quema un poco escribir algo así, y también leerlos. En el libro busco que haya variantes, ciertas formas de descanso. Cuando lo armé pensaba en esas cuestiones.

¿Los relatos son tajantemente historias ligadas a lo sobrenatural o advierten, en todo caso, el horror al que pueden llegar las personas en situaciones límites como la soledad y el aislamiento?

Es probable. Se trata de gente enfrentada a un mundo sobrenatural, pero que es un mundo que puede ser pensado desde la locura. Y eso no siempre termino de cerrarlo, porque es un punto fuerte del género, tal como hace Henry James en Otra vuelta de tuerca al no cerrar las posibilidades de interpretación del texto, para que de la ambigüedad surja la idea del fantástico como forma de conocimiento, de perturbación o cuestionamiento de la realidad. En el cuento que da título al libro hay una ambigüedad respecto a si “la visita” es parte de la realidad o de la locura del protagonista, un tipo perfecto que siempre hace todo lo que se espera de él. Entonces, lo podés pensar como una ruptura de esa perfección, una vía de escape. De todos modos, no importa tanto si es real o no, mientras una persona crea en él, es real. En toda experiencia sobrenatural captada por una persona siempre va a haber ambigüedad.

Algunos de los relatos se desarrollan en pueblos o lugares aislados de las grandes urbes, ¿crees que estas historias podrían equipararse a las leyendas que se cuentan en el interior?

Ojalá tuviera tanta fuerza en lo que escribo como lo tiene la leyenda, que es algo que se puede introducir tanto en el subconsciente hasta el grado de volverse parte de la cultura popular. En el caso de Frankenstein, es una leyenda que inventa Mary Shelley, o con Drácula de Bram Stoker; se inventan figuras que todo el mundo conoce, por más que no hayan leído el libro o visto las películas.

El cuento El espíritu eterno, que narra los momentos posteriores a la asunción de un presidente, ¿podría ser pensado como una gran metáfora del detrás del telón del poder político en el país?

Es la idea de que no hay un último poder, de que siempre hay algo detrás. Además, la idea divertida de que un presidente argentino tenga que pasar situaciones como la de cruzarse con (Juan Domingo) Perón. El objetivo era hacer una especie de continuación de presidentes que van recibiendo ese “espíritu eterno”. Igualmente, un cuento que habla de política es lo menos político. El cuento surgió a partir de rever la serie The Wire, una de las temporadas centrada en un alcalde. Me interesaba esa figura de ascensión de alguien común. Y, a su vez, la figura del macrismo. Algo que era difícil de imaginar: un político fuera de los partidos tradicionales llegando a presidente.

Tu novela La maestra rural tenía la particularidad de contar con una estructura que, aún armada a partir de muchas voces, podía confluir alrededor de un hecho como podía ser Angélica Golik y su relación con los “sefraditas”. ¿Apuntaste a esta idea rupturista de que el mero argumento ya no sostiene un texto, como decía Roberto Bolaño?

A mí Bolaño me parece rupturista hasta por ahí nomás. Más que rupturista, tiene estructura en sus obras. Son muy definidas, como métodos de producción. No lo creo rupturista porque en cierta forma es un escritor que trata de construir una imagen del mundo, no te rechaza como lector. Yo hasta lo siento muy sensual a Bolaño. No plantea dificultades para poder continuar con una novela.

Entonces, ¿cómo se planteó la idea de la novela?

En La maestra rural trabajo con un elemento tradicional de la literatura que es el enigma: mantener un centro oscuro y rodearlo de voces que vayan rellenando ese hueco. Es un poco la experiencia de haber visto alguna serie, como lo era Lost, por ejemplo. En su momento la sensación de verla era como una adicción a saber qué era lo que pasaba, a conocer la verdad última. Eso es lo que traté de hacer en la novela. Asimismo, el policial también tiene como eje la muerte y quien lo mató. Un enigma que se retarda, una y otra vez, hasta que se revela. Es una estructura, casi arcaica, que sigue funcionando.

¿Es complejo poder escribir pensando en un público más general, por fuera de cierto círculo cultural?

Es muy difícil. Implica mucho talento contar bien una historia. Y si no es tu pulsión natural, es un bajón. A mí me divierte tratar de contar bien una historia, ser atrapante, enganchar al lector. Quizás antes me gustaban otras cosas; ahora trato de hacerlo, pero sin resignar nunca lo que a mí me da placer. Siempre trato de escribir lo que yo quisiera leer.

Si bien tu foco es contar bien una historia, también tenés en cuenta el público al que va dirigida.

Todos piensan en el público, sino no publicarían. No es que pretendo que me lean, por ejemplo, las suegras, pero tampoco únicamente los lectores más exquisitos; está bien, pero me interesan mayormente los lectores de a pie que los propios escritores: con sus cuestiones y búsquedas determinadas en la escritura. Además, escribo parado en el género, tratando de volverlo mío y sentirlo propio. Eso ya implica cierta elección de un público.

cigarrillosHay desde hace un tiempo una proliferación de actividades artísticas (talleres literarios, clases de actuación, pintura, bandas autogestionadas) cuyo fin es el mero placer más que el posible logro o éxito obtenido. ¿Qué observas al respecto desde tus talleres?

A mí me parece muy genuino, no voy a condenar a alguien por querer ir a un taller a escribir y luego volver a su casa. Si hay una banda que se quiere juntar a romper los huevos, me parece fantástico. No todo el mundo tiene que publicar ni entrar a un circuito de bandas. Hay formas de disfrutar el arte y de acceder con otras cuestiones, como el autoconocimiento. En ese sentido, algunas personas toman el arte como si fuera una clase de bordado, y es fantástico. A mis alumnos incluso los hago trabajar para que hagan la idea de publicar, pero antes tienen que armar algo, manejarse solos; pero no tienen que publicar como sea.

Pero parece innegable que con los talleres se ha abierto un nuevo camino para hacer literatura, por fuera de las grandes editoriales.

Puede ser, porque la literatura en los talleres se enseña desde un costado mucho más práctico. Yo no voy a enseñar cuestiones estéticas del siglo XIX en un taller. No me interesa ni creo que a nadie le sirva para escribir. Sí me interesa brindar lo que yo sé, lo que aprendí en estos años desde hace que escribo y público; mi forma de resolverlas. Lo teórico a nadie le importa, porque cada uno arma su propio corpus cuando escribe, su tradición. No es que van a tomar la mía necesariamente. En ese sentido, me siento orgulloso, porque mis alumnos no escriben como yo. Cada uno toma su camino y desarrolla su voz.

Es posible que se hayan generado otras formas de llegar a la literatura, otro campo cultural interesante. También las redes influyeron en eso, más aún en los talleres literarios. Yo no me puedo imaginar cómo era escribir antes de las redes, pero no porque lo use en lo que escribo, sino por la circulación de los libros que es tan fuerte como en los diarios. Antes si no salías en La Nación, Clarín o Página/12, no existías; ahora un libro se puede poner de moda en las redes y luego ser tomado por esos diarios.

Hay una teoría que supone que para poder ser más fructífero en lo creativo es necesario recolectar un cumulo de experiencias en vida, ¿a vos te cambió en algo en tus ideas literarias el paso de Córdoba a Buenos Aires?

No, tengo una vida bastante parecida a la que tenía en Córdoba. Tuve un hijo y pensé que iba a escribir mucho menos, pero contrariamente estoy escribiendo más; me evitó el boludeo constante el estar más familiero. No obstante, no es que sos Jorge Luis Borges o Jack Kerouac, hay cosas en el medio para escribir, asimismo, las experiencias que necesitás para escribir se cortan más o menos a los quince años. Aún así, sería pesado ponerse a viajar, comer basura en cualquier estacionamiento y después tener que escribir al respecto. ¡Dejate de joder! No tengo ganas de ponerme a leer algo como eso.

Hay personas muy interesantes que escriben de forma muy aburrida. La literatura no tiene que ver con la inteligencia, la experiencia o la sabiduría, sino con saber contar una historia, interesar a alguien, llevarlo a algún lugar. Hay miles de personajes inteligentes que no los lee ni su abuela. En un libro yo no voy a buscar conocimiento, voy a buscar experiencia, no del autor sino la que me provee la historia: perturbación, extrañeza, cuestionamiento de reglas. Eso ni siquiera está anunciado en el libro, es parte de lo que sucede. En el caso de Stoner , de John Williams- un libro que me deslumbró el año pasado – no hay una sola frase de pensamiento, los del protagonista están muy acotados a su vida.

En el cuento Santa utilizás una estructura poco usual en los cuentos que es la de la crónica, ¿Cómo surgió esa idea?

Estaba releyendo Crónica de una muerte anunciada y me puse a ver todas las estrategias que le dan realidad al libro, que son buenísimas. Gabriel García Márquez es un genio, las esconde tan bien para que parezcan naturales. Yo tenía un doble trabajo. Elegí un género que tenía garantía de verosimilitud como lo es la crónica. A mí me gusta la crónica; uno tiende a creer algo sistemáticamente y quise poner un contraste entre una historia fantástica, sobrenatural y el relato periodístico. Hay autores que juegan con ese borde y son interesantes como Emmanuel Carrère y Javier Cercas; se ponen ellos en los libros, enuncian que están contando la verdad. Son esa clase de escritores que trabajan en el límite entre la ficción y lo real. Es una nueva forma de complejizar la literatura del yo, toda esta cuestión autobiográfica que se está dando.

¿Cómo llegaste a involucrarte en el relato fantástico?

Me gustó desde chico, como lector. Aun así, escribo desde que era niño, y obviamente historias fantásticas que es la opción natural para esa edad. Cuando estudié Letras y dejé eso de lado, escribí un libro realista más en el sentido tradicional que es El asesino de chanchos, donde todo puede ser considerado real, aunque teniendo cierto acercamiento a los límites: un hombre con una máscara de cuero, otro que cura con sus manos, unos chicos que ven un ovni; no es todo estrictamente real. Esa era mi idea del realismo: deforme. Luego quise probar escribir algo que no tuviera absolutamente nada que ver con lo que venía haciendo, y así volví a leer lo que consumía a los doce o trece años, como Ray Bradbury o Stephen King. Tener una base realista es muy bueno para poder escribir otra cosa.

Te leí decir en una entrevista anterior que tu género predilecto es la poesía pero que no contás con tiempo de llevarla a cabo. ¿No guardan acaso rastros de poesía tus cuentos?

Trato de que cierto funcionamiento de mi narrativa y los lugares a los que aspiro, sean poéticos, una experiencia poética. Buscar un enfrentamiento con lo otro, es decir, con la alteridad. Me interesa recuperar la experiencia de la poesía en la narrativa. No sé hasta qué punto me sale porque es un desafío muy grande. Alguien que lo hizo muy bien fue Juan José Saer. Logró escribir novelas que eran poesía pura. Pero la búsqueda “saereana” no la tengo. Lo leo con mucho placer, pero no tengo esa cuestión de escribir en quince páginas una escena. Me da fiaca.

¿Existe hoy una corriente literaria a seguir o solo hay tendencias pasajeras?

No hay una corriente literaria dominante. Antes uno podía ver que durante cinco años había una forma de ver la cuestión, y muchos escritores que escribían desde ese ángulo y opacaban a todo lo demás. Hoy creo que coexisten los policiales, el realismo, la novela costumbrista. No sé si es tan buena esa coexistencia porque se anuló el debate y nadie tiene ganas de pelearse por una corriente literaria. No hay hegemonía de una sobre otra, sí “micromodas” que van y vienen. Lo que sucede es que ahora es todo mucho más individualista, cada escritor escribe lo que se le canta cuando se le canta. Eso es algo muy liberador, le da a la literatura una impronta de libertad absoluta.

Existen géneros que conviven sin rispideces, autores que crean cuando su voluntad les dicta. ¿Lo que falta es la crítica literaria?

Faltan espacios creíbles de legitimación. Cuando entrevisté a Juan Forn, él decía que es muy difícil creer en una voz que te diga qué debes leer. Ya no hay espacios así. El mercado está más fuerte en este momento que la crítica, sacan más pecho. Igual hay algunas voces interesantes, como Maximiliano Crespi. Sus criticas aportan conocimiento, ven más allá del libro. Por ahí falta la figura del crítico malo.

¿No tenés resquemor en quedar fijado a la etiqueta del género fantástico?

Si me quieren etiquetar que lo hagan en Facebook. El espacio de la escritura es libertad. Lo que me salga, si es digno, va estar bien, así sea realista, fantástico, novela histórica o manual de autoayuda.

Tomando el cuento La ventana, ¿es la literatura tu ventana hacia otro mundo o el espejo que refleja tu vida transfigurada?

Una cosa no contradice a la otra. Cuando escribís te das cuenta de que siempre procesás tus cuestiones biográficas, más o menos disimuladas. Quizás, para que alguien se dé cuenta te tiene que conocer muy bien o lograr estar en tu mente. Trato de estar en todo lo que escribo. Si tengo que escribir sobre una casa vieja, escribo sobre la de mi abuela. El cuento La ventana es sobre la casa de al lado de lo de mi abuela, la de una vieja amiga de ella. La estructura es la misma. Cuando iba a lo de mi abuela y me decían que estaba al lado, entraba a esa casa y las encontraba a las dos casi a oscuras, comiendo facturas, todas llenas de migas. Una imagen extrañísima, lyncheana por completo. A la vez, tengo imaginación, es uno de mis puntos fuertes como autor. Para mí el mundo de la imaginación es como el de la religiosidad atea, precisamente por leer poesía, porque alude hacia ese otro mundo; básicamente porque no tenemos lenguaje. La poesía trata de generarnos eso en la mente y yo sería muy feliz al saber que llevé al lector hasta el borde del abismo. No para que se caiga, hasta ahí nomás. Esa sería mi misión.

Algunos periodistas no dudan en asemejar tus relatos a los de Mariana Enríquez, ¿te ves cercano a su escritura?

Ella es hábil y astuta en hacerte creer lo que narra y porque usa su formación periodística en lo que escribe. Hay una vuelta de verdad en sus escritos y de creencia por parte del lector muy interesante. Me encanta que sea tan directa y clara en su forma de narrar, y que a su vez, te genere algo rarísimo. En la literatura lo más difícil de conseguir es la naturalidad, los grandes escritores consiguen que no se noten los remiendos, que todo parezca surgir por sí mismo en el momento.

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¿Lo real qué lugar ocupa en la literatura?

La literatura es una recreación de lo real. Si transcribís un dialogo tal como se lo escucha en la vida real, no funciona. No es que al ser real va a funcionar. Borges decía que la realidad no tiene la obligación de ser verosímil, la literatura sí.

¿Y cuál es tu código de credibilidad?

Primero, crear lo real, desde lo que tengamos en común con el lector; un marco realista antes de ponerme a sacar al monstruo. Es mi obligación. Ahí aprovecho en poner lo que me gusta de los escritores realistas, como J. M. Coetzee, por ejemplo. Es más, leo más escritores realistas que fantásticos, pero bueno, me sale otra cosa al escribir. Hay un consejo que daba Steven Millhauser, que si querés escribir fantástico tenés que leer mucho realismo y si querés escribir realismo, leer fantástico. Ese contraste en el arte se lleva muy bien. 

Luciano Lamberti

Literatura Random House

192 páginas

 

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