“Apostamos a ver las expectativas, utopías, sueños, errores y excesos de quienes hicieron la revolución cuando creían que el viento de la historia soplaba a su favor”

Por Eduardo Minutella Fotos de Lucía Martínez

100 años de la Revolución Rusa. Martín Baña y Pablo Stefanoni son coautores de Todo lo que necesitás saber sobre la Revolución Rusa, libro que bucea en la primera revolución anticapitalista que triunfó y que cambió la historia del siglo XX. 

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Martín Baña y Pablo Stefanoni manejan la cadencia del habla de los buenos historiadores. Ambos hacen un culto a la búsqueda de la palabra certera y se muestran reacios a las frases grandilocuentes y las explicaciones simplistas. En Todo lo que necesitás saber sobre la Revolución Rusa, el libro que acaban de publicar en la colección de Paidós, actualizan las interpretaciones sobre un acontecimiento seminal de la Historia del siglo pasado. Para Baña, que enseña Historia de Rusia en las universidades de Buenos Aires y San Martín, ha sido un año particularmente fecundo en lo que se refiere a publicaciones; Meses atrás Gourmet Musical le publicó Una intelligentsia musical. Modernidad, política e Historia de Rusia en las óperas de Musorgsky y Rimsky-Korsakov, resultado de una larga investigación que constituyó la primera tesis doctoral sobre temas rusos realizada por un argentino. También Doctor en Historia, Pablo Stefanoni, se desempeña además como columnista en diversos medios, como el mensuario Le Monde Diplomatique y el suplemento Ideas, del diario La Nación. En la siguiente conversación, los autores repasan algunos aspectos centrales de la obra que acaban de publicar y reflexionan sobre el significado actual de un acontecimiento próximo al centenario.

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Ya desde el prólogo del libro se plantea una pregunta inevitable: ¿por qué otro libro sobre el proceso iniciado en 1917 y sus consecuencias? ¿Cuál es el aporte original de Todo lo que necesitás saber sobre la revolución rusa?

PS: En primer lugar, los grandes aniversarios invitan a repensar hechos históricos a partir de nuevas preocupaciones. En este caso, el centenario permite volver sobre un hecho histórico central en el siglo XX desde un presente que es muy diferente a otros momentos en el que se lo pensó y estudió: el estalinismo, la Guerra Fría o la caída del Muro de Berlín. Hoy podemos pensar la revolución con menos confianza en el progreso histórico –sea comunista o liberal– y ver qué nos dice ese “asalto de los cielos” que fue la Revolución rusa. En segundo lugar, este acontecimiento es muy conocido y, al mismo tiempo, poco conocido. Un aporte del trabajo es poner en un mismo libro aspectos políticos, económicos, culturales y societales de la Revolución, que a menudo se estudian por separado. Los lectores dirán hasta qué punto todo esto permite incorporar nuevas miradas e iluminar otros rincones de la historia.

Describen a la revolución como a un “proceso de experimentación social” cuya interpretación no puede limitarse exclusivamente al análisis del régimen que nació de ella. ¿Por qué? ¿Qué limitaciones encuentran en la historiografía que ha caracterizado a la revolución exclusivamente como rusa, obrera bolchevique?

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MB: Básicamente, tanto la izquierda tradicional como el liberalismo desarrollaron un relato que se concentró en los eventos políticos, los líderes de los partidos y una clase obrera abstracta. En el caso de la izquierda, para legitimar al Partido comunista en el poder; en el caso del liberalismo, para condenarlo. De aquí se derivan esos motes de rusa, obrera y bolchevique. Ambos relatos, sin embargo, opacan la multiplicidad de voces que tomaron parte de la revolución como también deja de lado otras formas de insurgencia que no tuvieron que ver necesariamente con la toma del poder político o que incluso fueron en contra de eso. Es ese proceso rico y creativo, que no puede subsumirse a lo que vino después, el que quisimos rescatar en el libro.

PS: Un desafío de la historia, tan necesario como imposible, es pararse en el momento en el que ocurren los hechos, reponer la incertidumbre de los actores frente a diferentes alternativas. Nosotros sabemos lo que pasó después, pero quienes hicieron la Revolución no. Y en esto que parece una verdad de Perogrullo se esconde la dificultad para escribir la historia. Una apuesta del libro es tratar de escapar a la tentación de contar la revolución a partir del “diario del lunes” y, por el contrario, pararnos en 1917. En las expectativas, utopías, sueños, errores y excesos de quienes hicieron la revolución, cuando creían que el viento de la historia soplaba a su favor. Pero también prestamos atención al día a día del gobierno, que además de “cambiar el mundo” debía resolver problemas cotidianos en un contexto social terrible.

¿En qué sentido todavía les parece rescatable la tradición revolucionaria de 1917 en particular, y la  idea de revolución, en general?

PS: Los socialistas rusos, en sus diversas tendencias, se propusieron transformar el capitalismo desde un imperio periférico. La revolución rusa pone en tensión las dificultades de hacer esos cambios a través de una vanguardia que cree tener la llave de la historia y del formateo del “hombre (y la mujer) nuevo” construido desde un Estado autoritario. Mucha agua corrió bajo el puente, muchos debates en las izquierdas y muchos otros experimentos con éxitos y fracasos relativos. Volver hoy sobre la revolución, cuando el capitalismo parece insuperable, puede servir para repensar el cambio social y otros mundos posibles soñando con los ojos abiertos.

MB: Claramente el actual no es un contexto favorable a la idea de revolución, pero justamente cuando las instituciones contra las cuales se rebelaron los rusos siguen estando presentes todavía hoy–me refiero sobre todo a la omnipresencia del Estado y del mercado– es que resulta de vital importancia ver qué pueden decirnos esos ancestros que se rebelaron hace cien años y cómo se proyectan sus deseos y sus prácticas sobre nuestros deseos de emancipación. Estoy pensando en una recuperación crítica, no tanto en una veneración acrítica de ese pasado que se termine convirtiendo en un lastre, más que en una herramienta de cambio.

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En el libro se otorga relevancia a una serie de actores y sucesos usualmente poco visitados en los trabajos sobre la revolución. ¿Por qué creen que han sido silenciados o, simplemente, olvidados?

MB: En gran parte por los intereses ideológicos puestos en juego. En los relatos del liberalismo, que es la corriente dominante dentro del campo de los estudios rusos, muchos de los sucesos vinculados a la experimentación cultural y social son burlados y minimizados, como “anomalías” que se escapan de lo que debería ser un desarrollo “normal” de una sociedad, que es la de la opresión capitalista. En ese sentido, es normal para ellos dejarlos de lado, silenciarlos. En el libro mostramos la gran cantidad de proyectos que buscaron construir formas de vida alternativas y la seriedad y el entusiasmo con el cual eran encarados por sus protagonistas. En el caso de la izquierda tradicional, todos los sujetos que no fueran la clase obrera, todos los partidos que no fueran el bolchevique y todos los sucesos que no estuviesen vinculados directamente a la lucha política fueron dejados de lado para resaltar el papel de liderazgo político del Partido Bolchevique como vanguardia del proletariado.

PS: En muchos casos, esos sucesos fueron analizados pero su estudio se encuentra disperso en numerosos libros y artículos especializados. Los cambios en las formas de hacer historia ayudan también a iluminar nuevos espacios del pasado y a usarlos para pensar viejos y nuevos problemas.

Otro tema que recorre el trabajo es la relevancia de la tarea crítica de los intelectuales rusos, que ya se manifestaba con fuerza en las décadas finales del siglo XIX. ¿Qué rol le adjudican a los intelligenty en el socavamiento del orden autocrático previo a la revolución?

MB: Muchos historiadores coinciden en señalar que la acción de los intelligenty fue fundamental para la construcción de una tradición revolucionaria “letrada” en Rusia. Hay que decir que la intelligentsia, en tanto grupo que se dedicaba a las tareas intelectuales,  se formó en un contexto que la alejó tanto del zarismo –porque no la necesitaba– como del pueblo –porque, dado el abismo cultural, no podía conectar con él–. De ese modo, la intelligentsia puso su saber al servicio de la construcción de una conciencia social de la nación, es decir, le dio a sus conocimientos un sentido práctico. Así, gran parte de la cultura y el arte en Rusia se orientó hacia la revolución. De la intelligentsia surgirían los líderes revolucionarios –ni Lenin ni Trotsky eran obreros– como también un conjunto de obras que desde el siglo XIX se colocarían en oposición al zarismo. Las vanguardias rusas, por ejemplo, se pueden incluir dentro de esta tradición.

¿Era la Rusia revolucionaria realmente  una república soviética? ¿En qué sentido la pregunta de los marineros revolucionarios de Kronstadt de 1921 puso en evidencia las tensiones internas de la revolución?

PS: La Revolución navegó hasta mediados de los años 20 en la tensión entre las energías que venían de abajo (en gran medida de los soviets, de todo tipo) y los intentos de regimentación social desde arriba. Claramente los bolcheviques pusieron al partido por encima de las organizaciones de masas y eso se reforzó por el hecho de ser una corriente minoritaria, reacia a gobernar en coalición con otras fuerzas socialistas. Kronstadt constituyó un momento particularmente trágico porque quienes se rebelaron contra la “comisariocracia” y fueron reprimidos sin piedad habían sido para Trotsky “el orgullo y la gloria de la Revolución”. Claramente, esa rebelión puso en evidencia que los soviets ya habían sido reemplazados por el Partido. Hasta hoy es un tema de fuertes debates en las izquierdas porque los problemas que Kronstadt evidenció siguen vigentes en las izquierdas.

Un problema clásico de los textos sobre procesos revolucionarios es la cuestión de la periodización, especialmente en lo que respecta a establecer cuándo termina la revolución. ¿Por qué el libro no va más allá del año 1924?

MB: En verdad, creo que la Revolución termina mucho antes, ya en el año 1921, con la represión de la rebelión de Kronstadt. A lo sumo podemos extenderla hasta 1922, cuando se crea la Unión Soviética. Nos parecía que la periodización de una revolución tenía que apuntar a resaltar el momento en el cual se destruye un viejo régimen y se abre el espacio para pensar uno nuevo, radicalmente diferente del anterior. Esto es algo que problematizamos en el libro: durante 1917, 1918, hay claras experiencias que apuntan en ese sentido pero es un proceso que se fagocita relativamente rápido. Como decía Pablo, el caso de Kronstadt es emblemático porque los marineros reclaman más democracia y autonomía –pilares de la revolución– y los bolcheviques los reprimen sin dudarlo. Y luego viene la construcción de la URSS, que mantuvo formalmente la presencia de los soviets, pero vaciados de contenido.

PS: Siempre la periodización tiene algo de arbitraria. Nosotros quisimos hacer un libro sobre la revolución, no sobre la Unión Soviética. Y ¿cuándo se termina una revolución y empieza un régimen? Por las razones que decía Martín nosotros tomamos la decisión de cortar ahí, con algunos capítulos que nos proyectan hacia el futuro, por ejemplo el que discute si el estalinismo estaba inscripto en el leninismo o el que cuenta como se festeja hoy la Revolución bajo (Vladimir) Putin.

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En los años de Yeltsin y la apertura capitalista de Rusia la revolución fue interpretada como un paréntesis incómodo en la historia de ese país. Según cuentan en el libro, la operación de Putin es diferente: hay cierta recuperación de la experiencia soviética, aunque no exactamente de sus años iniciales. ¿Por qué?

PS: Putin rescata la URSS más que la revolución; el orden más que la experimentación libertaria. Y construyó un nuevo panteón nacional(ista) que va desde Pedro el Grande hasta él, pasando por Stalin, el industrializador del país, el reconstructor del imperio y el que derrotó al nazismo, y por la “grandeza soviética” de la guerra espacial. Putin no puede simpatizar con un Lenin cosmopolita, antinacionalista, que en la Primera Guerra Mundial proclamaba el “derrotismo revolucionario”. Por eso llama a celebrar el acontecimiento de 1917 sin alterar la “unión nacional”.

MB: Creo que Putin no se diferencia tanto de (Boris) Yeltsin: para él la Revolución es también un paréntesis que trajo caos y debilitó a la nación rusa. Por eso su recuperación de la experiencia soviética se da más en términos nacionalistas que de justicia social. Para Putin, la preocupación es el reposicionamiento geopolítico de Rusia y así, como dice Pablo, no tiene problemas en vincular a Stalin con Pedro I, resaltando el paréntesis que vino a significar la Revolución. En ese sentido, no se diferencia mucho de las interpretaciones liberales occidentales que dice combatir.

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