Simon Reynolds: “El glam generó una religión secular”

Por María Singla  Fotos: Nazarena Talice

Simon Reynolds presentó el martes su último libro, Como un golpe de rayo, en el Centro Cultural San Martín y brindó una conferencia magistral en la que explicó cómo el Glam rompió las estructuras de la música pop de la década del ‘70 volcándose en la industria del entretenimiento.

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En su segunda visita a Argentina, el crítico musical inglés Simon Reynolds repasó las distintas etapas del Glam, movimiento que nació desde el rock, pero que se extendió hacia otras regiones artísticas generando la última gran revolución cultural del siglo XX. Como un golpe de rayo (Caja Negra, 2017) ordena y presenta el complejo nacimiento, auge, caída y múltiples renacimientos del movimiento que no deja de mutar.

Aquellos artistas y bandas pioneros del Glam como David Bowie, T-Rex y Roxy Music propusieron una estética definida, que jugaba con los límites impuestos por los roles de género y asumieron su obra como puro entretenimiento. La escena musical británica comenzó a mirarse a sí misma y a hablar sobre los efectos del surgimiento del rock en los ‘50 y su posterior estallido y popularización en los ‘60. Los glitter rockers, a diferencia de sus predecesores, querían ser parte del mainstream y del Showbusiness. “Estaban obsesionados con la fama y el lado oscuro del estrellato”, consideró Reynolds.

Los ídolos pop pusieron por primera vez en la historia una barrera con su audiencia, haciendo una separación entre el artista-profesional y el público-clientela. Así se generó, según el crítico, “una religión secular”, en la que la estrella era adorada como a un Dios, justamente por lo extraordinario de su performance, su capacidad de brindar un escape de “una Gran Bretaña que se estaba hundiendo”.

Reynolds explicó que el “discurso del entretenimiento” enarbolado por el Glam significó una ruptura con los movimientos políticos y populares del hippismo, que ya agonizaba cuando Bowie lanzó en 1969 su primer disco, David Bowie. Aquel primer trabajo, antes de convertirse en sus múltiples personnas, de desdoblar su vida real de sus improntas artísticas, era un homenaje a la industria del entretenimiento tradicional, como la comedia musical, el vaudeville y el cabaret. Bowie fue el mayor exponente del “artista completo”; no realizaba un show, él era el show.

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El advenimiento del Glam significó a su vez una vuelta a valores más conservadores y cínicos, de alguna manera. Reynolds piensa que la “Dream Factory” se sostenía sobre “la resignación de no poder cambiar al mundo”, como pretendían los músicos folk. El espectáculo ya no pretendía representar la realidad, sino que propuso una vía de escape del mundo que eventualmente iba a colapsar. El estilo se volcó sobre el entretenimiento tradicional y reivindica los años dorados de Hollywood y Broadway y las grandes producciones de los ‘50. De manera endogámica, lo glitter homenajea a la industria del entretenimiento e idealiza el camino a la fama.

El Glam busca innovar con elementos precisos y pulidos, que van más allá de la mera música.  Los referentes del estilo utilizaron – y utilizan, en su versión Siglo XXI- el shock en su estética, justamente para desmarcarse de lo ordinario y lo cotidiano. Si bien los precursores del Glam eran hombres heterosexuales, jugar con los límites binarios impuestos por roles de género y sexualidad significó poner el foco en el “everything in between” (“todo lo que hay en el medio”) entre ser gay o straight, hombre o mujer. Según Reynolds, se trató de una apropiación cultural de “lo gay”, pero a su vez permitió mayor laxitud con respecto a la siguiente generación de artistas que pudieron “salir del closet” en la Gran Bretaña de Margaret Tatcher, años después.

Los ‘80 permitieron un revival del estilo, con artistas como Madonna o Culture Club. La televisación de la música y los primeros videos musicales abrieron nuevamente el juego a elementos externos a las melodías; el espectáculo volvió a contener diferentes dimensiones estéticas y la imagen y las personificaciones volvieron a ocupar un lugar preponderante en los fenómenos artísticos populares, luego de la ola “anti-glam” que significó el post-punk. El grunge fue otro ejemplo de movida opuesta, que se mantuvo de moda durante la década del ‘90 luego de una desilusión generalizada de la juventud occidental y las pocas perspectivas de futuro.

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Sin embargo, en el Siglo XXI el fenómeno Glam logró asentarse en el plano musical y profundizarse. Lady Gaga es la mayor referente del fenómeno, acentuado por el dinamismo exigido por internet y el caudal de información que los oyentes son capaces de recibir. El “hiper-glam”, como lo llama Reynolds, es el enaltecimiento de la cultura del entretenimiento y del negocio del espectáculo en sus múltiples facetas. Los performers hiper-glam tienen la capacidad de “oscilar entre un infinito número de personajes”, según Reynolds, al mismo tiempo y de manera omnipresente, desplazándose sobre todos los medios de comunicación y sus soportes.

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El autor considera que no hubo ningún momento en la historia en la que el Glam se haya mantenido tanto tiempo en el epicentro de la cultura como en el Siglo XXI. La ubicuidad del entretenimiento incluso llegó a correrse de la esfera cultural y artística, y se apostó sobre el plano político. Según Reynolds, Donald Trump utiliza el entretenimiento como forma de gobierno y su discurso se basa en elementos “post-verídicos”, problemáticas que empiezan a ser reales – o que al menos tienen efectos reales y tangibles – a partir de noticias o hechos falsos generados en las redes sociales.

 

Como un golpe de rayo por Simon Reynolds.

Caja Negra Editora

704 páginas.

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