Edgardo Scott: “Me interesaba devolver el cuerpo a su medio y método de transporte y expandir los sentidos como líneas de lectura”

Por Esteban Galarza

El autor indaga en Caminantes, publicado por Ediciones Godot, cuatro arquetipos de personas que utilizan las piernas como medio para conocer lo que los rodea, pero también a sí mismos.

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El método peripatético de enseñanza es uno de los más antiguos de los que se tenga registro en occidente. La escuela que lo impartía fue fundada por Aristóteles en el año 335 A.C. y consistía en el caminar de un maestro y sus discípulos mientras impartía enseñanzas.

Aristóteles no inventó nada, sino que de algún modo cristalizó en método dos tipos de funciones que son inseparables: el caminar y el conocer. El mundo da experiencia, la posibilidad del viaje permite desarrollar las potencialidades dormidas de las personas.

Hay cuestiones entre el caminar y el viajar que hacen distinto los tipos de andares. Mientras que el viaje implica medios de transporte que ayudan a superar grandes distancias, el caminar depende exclusivamente de las capacidades motrices del cuerpo de quien viaja. Todo caminar de algún modo implica soledades, aunque se recorra el trayecto en grupo. El sentir de cada centímetro que se camina es una experiencia individual y personal.

Ante el empequeñecimiento de las distancias tras el invento de los vehículos modernos el placer del primer tipo de viaje, el caminar, quedó relegado a algo cotidiano. Lo ya aprehendido que no presenta desafíos. Se camina para ir a hacer un trámite, para ir al trabajo, para ver alguna persona. En el caminar moderno es muy difícil adquirir experiencia e inclusive la literatura del siglo XX plantea un quiebre del caminante con su realidad. Pareciera que la escuela aristotélica no tiene  lugar en el mundo de los trenes, los aviones, los autos y las motos.

Ante esta realidad, Edgardo Scott rescata el caminar y revaloriza la fuerza motriz de las propias piernas y la riqueza de experiencia que de ella brota. En su libro Caminantes (Ediciones Godot, 2017) distingue cuatro tipos de caminares que se enquistaron en la tradición cultural occidental: flâneurs, paseantes, vagabundos y peregrinos. Entre esas cuatro categorías, Scott ubica una larga tradición de textos de diversa índole que dan cuenta de autores que buscaron el encuentro con algo más en el caminar.

Sin querer ser exhaustivo, el autor propone un diálogo con el pasado desde cierta hermandad de caminantes. Las personas y personajes salen a su encuentro: Robert Walser, Charles Baudelaire, Lucio Mansilla, Werner Herzog, Jack Kerouac, Henry David Thoreau, W. G. Sebald, Luis Chitarroni, Ignacio de Loyola. La lista se podría extender al infinito, pero Scott sabe cuando detener la marcha. El caminar debe ser en tramos cortos, detenerse en postas que no disten mucho entre sí, lo suficiente para alcanzarlas a pie.

Hay tantos porqués y formas de caminar como caminantes, pero en las cuatro categorías Scott supo agrupar autores con fines y andares similares. Así, el flâneur es un tipo urbano, que se expande en el crecimiento de la ciudad moderna decimonónica; el paseante no busca perderse en ningún tipo de paisaje sino salir para volver; el vagabundo erra en una vastedad sin principio ni fin; y el peregrino busca la luminiscencia al finalizar su viaje.

Todos de algún modo salen al encuentro de algo más o menos inmediato. Scott se deja llevar por pasajes y paseos en una escritura que recuerda las lecturas que hace sucesivamente Pascal Quignard de las fuentes. Pero, a diferencia del francés, Scott no es solemne y deja que sus lecturas entren en un juego con el lector y sus fuentes que invitan a recorrer las pequeñas rutas que arma en las páginas del libro.

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Proponés cuatro categorías de caminantes; los que salen para volver con experiencia; quienes salen sin rumbo; quienes salen con una guía, un objetivo casi trascendental. ¿Tenés algún tipo favorito?

Me gusta el resumen, la síntesis; siempre hay algo que se pierde, pero también la síntesis es una lectura subrayada, que afina y afila el cuchillo. Diría que en los paseantes, más que el “volver con experiencia”, está el paseo como un paseo interior. Por eso está bien eso que decía Gustavo Cerati: “Un paseo inmoral”. La introspección es siempre un poco inmoral, pero también es liberadora. En los paseantes el paisaje o el movimiento es una excusa para un recorrido interior. Por eso están Rousseau y Walser como emblemas.

¿Te considerás alguno de estos tipos?

Yo quisiera ser un cruzado, la fe en la causa, un peregrino. Pero acaso por la época, alterno con el paseo, con una profusa –y, obviamente difusa– interioridad. Sin embargo espero que esa interioridad esté al servicio de la crítica. Y de ahí a la causa.

¿Proponés algún tipo de itinerario en el diagrama del libro?

Qué interesante. Leer como caminar, caminar como leer. No, está mi itinerario, el itinerario del autor en el texto, pero que justamente yo, como lector, casi nunca respeto. Agarro los libros por cualquier lado. Armo recorridos/itinerarios –lecturas– raras, discontinuas y hexagonales. Además, un libro hecho de fragmentos siempre lleva la tentación de ir leyéndolo de un modo aleatorio. Si vos lo pensás, también así se leen los poemas, e incluso, los libros sagrados, ¿no? Por versículos. Habría que ver esa conexión entonces entre los libros sagrados y la poesía.

De algún modo cristalizás un canon de escritores que priorizan el caminar contra el viajar, ¿hay algún común denominador para la selección?

No lo había pensado así. Para nada. Pero ahora que lo decís está buena esa distinción. De hecho, yo sigo escribiendo un libro “de viaje”, una crónica larga, histórica, social, literaria, sobre el Riachuelo y mucho de Caminantes, de la escritura de Caminantes, está en ese libro. Pero es cierto que los autores citados y glosados no son viajeros. Finalmente el viajero tiene un destino. Cierto término, por eso justamente la crónica. El viaje tiene algo de aislamiento de la vida, de paréntesis. Aunque sea algo tan vital. Los caminantes, estos caminantes, en cambio, parecen tener, parecen estar guiados, como señaló en una de las reseñas críticas Osvaldo Baigorria, por una voluntad nómade. Inquieta. Hay una fricción mucho más cotidiana y presente con la vida.

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Priorizás el caminar al viajar, algo que en estos tiempos de redes sociales y fotos varias en lugares desde el otro lado del planeta tapan el espacio común que la mayoría habita. ¿Es tu libro un llamado de atención sobre el espacio en común que olvidamos ver? ¿Una revalorización de lo cotidiano?

Siempre me asombra, y ya lo dije en una entrevista, que mucha gente “no sabe dónde vive”. Literalmente. Mucho menos con quien, ¿no? Yo venía de traducir un libro de Iain Sinclair (Sinclair es un gran caminador, un raro discípulo inglés de Allen Ginsberg), Los ríos perdidos de Londres, donde encontré la sintonía crítica y lírica de indagar eso. También había traducido el Caminar, de Thoreau. Estaba ahí. Y Caminantes fue una manera de formalizar y, si se quiere, profundizar y detenerme en algunos detalles. Pero más allá de las figuras de la marcha, tanto literarias como las categorías, lo que me interesaba era la idea de medir el mundo con los pasos y el ritmo propio. Reconocerlo, incorporarlo. Ese intercambio directo, frontal, fatalmente cotidiano y esquivo con el mundo. Y teniendo en cuenta que hoy los hombres ya no navegamos los mares, sino los mares digitales, links y pantallas, me interesaba esa reintroducción de la materialidad, de lo sensible. Tanto hemos leído y repetido a Foucault y sin embargo el cuerpo está subyugado, casi desposeído en favor de la imagen. Sobre todo de la suya. Algo de exorcizar al cuerpo de la imagen. Me interesaba devolver el cuerpo a su medio y método de transporte y expandir los sentidos como líneas de lectura.

Caminantes. Flâneurs, paseantes, vagabundos, peregrino de Edgardo Scott.

Ediciones Godot

96 páginas.

 

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