Marina Tsvietáieva: “Qué hace el desmesurado en el mundo de todas las medidas”

Por María Malusardi

100 años de la Revolución Rusa. La poeta vivió escapando de la Revolución y sufrió el exilio, el desgarro de su familia y la tragedia de nunca pertenecer. Encontró refugio en las letras y la música hasta su suicidio en 1941.

Marina_Tsvetaeva_by_Max_Voloshin_1911

A mi madre

A Natalia Litvinova

 

Ya me es indiferente

Dónde sentirme sola.

Aunque rondaba los cuatro años, sus dedos eran flexibles y casi alcanzaba, con una misma mano, una octava entera en el teclado del piano. Sin embargo, a pesar de que su madre insistió, Marina Tsvietáieva no fue pianista sino poeta: “Pero a las teclas – las amaba: por su negrura y su blancura (¡un poco amarillenta!, por su negrura, tan evidente, – por su blancura (¡un poco amarillenta!), tan enigmáticamente – triste, porque unas eran anchas, y otras estrechas (¡ofendidas!), porque por ellas se podía, sin moverse de lugar, andar como por una escalera, porque esta escalera estaba – ¡bajo mis manos! – y de esta escalera brotaban arroyos helados – escaleras heladas de arroyos a lo largo de la espalda – y el calor en los ojos (…) Y porque las blancas, cuando las apretaba, se ponían claramente alegres, y las negras – de golpe tristes, de veras – tristes, tan de veras que cuando las apretaba era como si me apretara los ojos, de golpe brotaban –las lágrimas.”

            Mi madre y la música. Un texto infinito encerrado en el puño de un niño. Tsvietáieva compone una oda lírica para piano. Cierta vigilia de su biografía, además de significar, entona una melodía y canta a capela, en una tonalidad que recuerda las pinturas de Johannes Vermeer: azul abundante y ocres, y la luz, aunque contundente, acariciadora y dulce. La manera en que la poeta rusa escribe no es estrictamente lingüística sino que parecieran bailar las palabras sobre las cinco líneas del pentagrama. Notas –palabras- como pájaros. “Cuando dejo de tocar las notas vuelven a las ramas y, como los pájaros, duermen y, también como los pájaros, jamás se caen.”

Inaudita poeta que con el abuso de guiones interviene la escritura, incita  -antes lo hizo Emily Dickinson– a la rebeldía. La música incomoda al lenguaje, lo desautoriza, lo arranca de sí renovándolo. Es la música del sentido. Ni un oficio ni un género: para Tsvietáieva la poesía marca territorio, intima con el mundo: “Es una traducción de la lengua natal a otra –sea ésta el francés o el alemán, da lo mismo. Para el poeta no existe lengua materna. Escribir versos significa traducir. Por eso no comprendo cuando se habla de poetas franceses o rusos u otros (…). Yo no soy una poeta rusa y me siento siempre desconcertada cuando me consideran tal o me llaman de tal modo. Te conviertes en poeta (si acaso es posible convertirse en él, si no se es desde el nacimiento), para no ser francés o ruso, para ser –todos (…). La nacionalidad es inclusión y exclusión. Orfeo hace estallar la nacionalidad o amplía sus fronteras a tal punto que todos (los que han sido y los que son hoy) pueden incluirse. ¡Orfeo no puede ser alemán! ¡Ni ruso!”. Se lo escribe a Rainer Maria Rilke, en una carta fechada el 6 de julio de 1926. Poema o prosa: da igual. La escritura de Tsvietáieva se resuelve en un todo musical y pictórico; la vida imbricada en el mito. Es el paisaje del caos. Es el ritmo de la introspección.

Así escuchamos (la boca

escucha al manantial).

Así aspiramos la flor:

Hondamente –¡hasta perder el sentido!

Así, en el azul del aire,

la sed inagotable;

así, en la cama los niños

observan la memoria.

Así hasta la sangre siente

el joven –loto fue antes-.

… Así el amor enamora:

así caemos al abismo.

Y es la intensidad del mundo. Prefiere la experiencia, el desgaste, la corrosión. Marina ama escribir sobre lo que ya existe y exalta en la lírica. Los versos no asoman: estallan. Subliman hechos biográficos, emociones reales. No inventa personajes; los toma de su entorno, los recrea con agilidad. Viva voz de vida retrata al poeta Maksimilián Voloshin: “Me amaba también por mis fracasos (…). Puedo decir que amaba la poesía como yo –como si él nunca la hubiera escrito, con toda la fuerza de un amor desesperado por una fuerza inaccesible. Y, al mismo tiempo, escuchaba cualquier buen poema como si fuera suyo.”

            Se reconstruye a sí misma a través de otros. Un vaivén de ensambles y diferencias: “La infancia es la historia de mis verdades. La historia de mis errores – la juventud. Ambas son valiosas, la primera como Dios y yo, la segunda como yo y el mundo. Pero si se busca a la Goncharova de hoy, hay que ir a su infancia, y de ser posible – a su primera infancia. Ahí están las raíces. Y –aunque resulte extraño – para el artista es así: primero las raíces, después las ramas, y después el tronco.” Marina_Tsvetaeva_140-190_for_collage

La pintora Natalia Goncharova, que se llamaba igual que la esposa de Aleksandr Pushkin. Por ambos, Tsvietáieva se sintió atraída y marcada. Sobre ambos escribió como si se tratara de sí misma: Natalia Goncharova – Retrato de una pintora y Mi Pushkin. “No soy yo sola. Todos los poetas. (Y luego se suicidan, ¡porque la muñeca no era un ser apasionado!) Todos los poetas. – y Pushkin fue el primero.”

          La vida de otros se añora en la propia. La propia se descascara en la de otros. Todo será excusa para desangrar el poema, cauterizar la existencia. Cada texto de Marina es una sobredosis de extrañeza. Son épocas de rabia y desapego y herida. El destierro, algo constante: casi veinte años de exilio. No encaja Marina con las ideas de la revolución. Es romántica hasta la médula. Inoportunamente lírica. Demasiado compleja, sofisticada, ajena: “Qué hace el desmesurado en el mundo de todas las medidas.Le pasan los años como siglos. Pero sólo vive medio. 49 años, con precisión. De 1892 a 1941. “Ya me es indiferente en qué lenguaje / no seré comprendida por el hombre”. Y decide su final, ahorcándose.

Conmigo no hace falta que hables,

aquí tienes mis labios: sacia su sed.

Aquí tienes mi pelo: acarícialo.

Aquí tienes mis manos: bésalas.

-Pero aún mejor, déjame dormir.

La muerte de un poeta, escribe Joseph Brodsky, es más que una pérdida humana: “Es, ante todo, un drama del idioma como tal: es la imposibilidad de adecuar la experiencia lingüística a la experiencia existencial.” Tan agudo, Brodsky, tan exiliado, tan filólogo, tan tierno. Pero Marina deja obra, vida, hermosas cartas donde refugiarse. Cada carta, una pieza literaria, “un derramamiento de alma”, dice Selma Ancira, su genial traductora al castellano. “En su correspondencia con seres vivientes, Tsvietáieva constantemente se olvidaba del hombre concreto, entusiasmándose con la imagen que le dictaba su inspiración.” Así construye a su Rilke. Se funde en él a través de sus intercambios epistolares. “Al estar llena de Rilke – penetro en él”. Es amor, admiración, la costura de su soledad, la percepción del desastre: el mundo derrapa, llamas y cenizas. “Rilke no es un encargo, no es la muestra de nuestro tiempo, es su contrapeso. Guerras, matanzas, carne lacerada en combates… y Rilke. Gracias a Rilke nuestro tiempo le será perdonado al mundo.

            No faltan en su vida escenas clásicas: se casa (con Serguei Efron), tiene tres hijos, amigos; además cocina, barre, usa pulseras y sombreros. Pero sobre todo obran las desgracias: hambruna, persecución, exilios, campos de concentración, la muerte de una de sus hijas. Una historia de sobresaltos, desgarradura y lágrimas.

Marina_TsvetaevaAcaso como una ronda, como un juego de continuidad, como un síntoma que acude al regreso, siempre resurge la infancia. La de los otros en la propia. Su mirada es contundente: “Sí, lo que conoces en la infancia, lo conoces para toda la vida; pero, también: lo que no sepas en la infancia – no lo sabrás en toda tu vida.” Y con la infancia la música, esa urdimbre de nostalgias, esa tentación de madre que un día esculpe y protege, y otro día abre y abandona. Y así, al final, llegan la escritura y el mar.Yo, silenciosa y obstinada, reduje mi música a la nada. Como el mar, que cuando se retira deja huecos, primero profundos, después menos, después apenas húmedos. Estos huecos musicales –huellas de los mares maternos -en mí se quedaron para siempre.”

***

Tres poemas de Marina Tsvietáieva

Los siguientes textos están traducidos por la poeta bielorrusa-argentina Natalia Litvinova. Y se brindan como adelanto del libro Noche mía, rival mía, poemas de 1915 y 1916, de próxima publicación por la Editorial Llantén.

No obedezco los mandamientos, no recibí la comunión.

— Mientras no se cante por mí una letanía, —

seguiré pecando — como peco — como pecaba: ¡con pasión!

¡Con los cinco sentidos— que Dios me dio!

¡Amigos!— ¡Cómplices!— ¡Ustedes, cuyas instigaciones — queman!

— ¡Ustedes, secuaces! — ¡Y ustedes, tiernos maestros!

Jóvenes, vírgenes, árboles, constelaciones, nubes, —

ante Dios, en el Juicio final, ¡responderemos juntos, toda la Tierra!

*

Flor prendida en el pecho,

no recuerdo —quién la puso ahí.

Insaciable es mi hambre

de tristeza, pasión y muerte.

Con el violonchelo, el crujir

de las puertas y el sonido de las copas,

el chirrido de las espuelas y el grito

de los trenes nocturnos,

el disparo de los cazadores

y las campanillas de la troika —

me llama, ¡me llama

mi no amado!

Pero aún me queda este placer:

esperar al primero que me comprenda

como se debe —

y dispare a quemarropa.

*

No puede navegar un barco para siempre,

tampoco el ruiseñor cantar.

Tantas veces quise vivir

¡y tantas morir!

Cansada de este juego,

como del bingo en la infancia,

me apartaré,

feliz de no creer

que existe un  mundo mejor que éste.

 

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