Luc Besson quedó perdido en el espacio

Por Luciano Alonso

Valerian y la ciudad de los mil planetas es una película que tiene potencial para más, pero queda a medio camino entre una película más y una genialidad. El recurso 3D pudo haber sido mejor utilizado por el director francés, pero se concentró en tramas argumentales menos ricas.

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Valerian y la ciudad de los mil planetas arranca con unas imágenes retrospectivas de la historia de la conquista del Espacio por el hombre. Desde que aterrizó en la luna, hasta futuros imaginarios y diplomacia entre especies. Mientras tanto, suena Space Oddity, de David BowieEl comienzo es demasiado bueno y emocionante, para una película que, lamentablemente, no sabe sostenerse. Ojo, que tampoco es una pérdida de tiempo, como muchos críticos parecen empecinados en demostrar. Por el contrario, tiene algunos méritos muy destacables, algunas ideas excelentes, aunque no funcione en conjunto. Parte de una idea genial (dos jóvenes agentes de curiosa personalidad encargados de preservar la paz en el universo) y relata una aventura que, con sus pros y contras, es sólida. Sin embargo, hay algo en el resultado final que sabe a poco. Algunos deslices que frustran la experiencia.

Luc Besson es un director que, con el correr de los años, se ha ganado el discutible mérito de ser un incomprendido. Nunca hay acuerdo respecto a sus películas y, menos aún, en el momento de su estreno. La fórmula de “amado y odiado, pero nunca indiferente” puede aplicarse a su cine. El problema con Valerian y la ciudad de los mil planetas es que no encaja. No genera ni amor ni odio, aunque tampoco indiferencia. Más bien es una película de esas que, luego de salir de la función, olvidamos por completo. No tendría nada de malo (una costumbre que se ha vuelto hábito). Sin embargo, en este caso, el problema es que esa dinámica (mirar y olvidar) resulta injusta, porque tiene dos o tres ideas realmente buenas, que merecerían mejor suerte.

 El reclamo que, en definitiva, puede hacérsele a la película (y a Luc Besson) es que desaprovechó algunas ideas muy buenas, perdiendo de vista dónde valía la pena detenerse y dónde no. Se preocupó por construir allí donde no hacía falta y dejó a medio cocinar algunas ideas geniales, que se le escaparon sin remedio.

Hay una política de autor que subyace en gran parte de su filmografía. A saber: su costumbre por apostar a lo lúdico, a despojar de complejidad todo el discurso filosófico que sus películas puedan suscitar. Luc Besson se esfuerza especialmente por sortear su propia trampa, recuperando siempre una visión inocente, naif, adolescente, de las historias que él mismo relata. La estrategia no tiene nada de malo en sí. Se toma o se deja. El problema, en este caso, es que esta maniobra arruina la película.

La mayoría de las críticas negativas que comenzaron a circular sobre Valerian y la ciudad de los mil planetas son una sarta de estupideces proclamadas por críticos cortos de vista. Al leerlas, dan ganas de defender la película como si fuese una genialidad. Pero, cuando pasa el fragor del revanchismo, nos damos cuenta de que, si tenemos que ser justos y ecuánimes, la película no es particularmente lograda. Le falta magia, le falta chispa. La magia y la chispa que, precisamente, suele tener el cine de Luc Besson. Cuando lean que la película no es buena porque se parece a Star Wars, duden de la integridad de ese crítico. Primero, porque suponer que una película es buena cuando es original, es de una inocencia escandalosa y, segundo, porque basta googlear un poco para enterarse que el cómic que da origen a la película es, incluso, anterior a Star Wars.

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Desde luego, la discusión sobre la originalidad de las historias, en el cine y en la literatura, es una discusión rica, cuando se aborda con seriedad, pero menospreciar una historia, porque nos remite a otra más popular o más conocida, es desconocer por completo el mecanismo del arte y, por lo tanto, de los procesos culturales.

Es cierto que en Valerian y la ciudad de los mil planetas resuenan ecos de otras películas: desde Star Wars, hasta Avatar, pasando por Inception e, incluso por su propia película: The Fifth Element. De buenas a primeras, no significa nada. El cine reescribe al cine. Todo el tiempo las películas están citando a otras películas. Que una película nos remita o nos recuerde a otra, no es un defecto. Incluso puede ser una virtud, al pensar la historia del cine en diálogo permanente con el cine. La originalidad pura es una fantasía inaplicable. Los griegos ya inventaron todo. No hacemos otra cosa que actualizar viejos mitos, generar nuevas emociones y significados, a partir de nuevas variaciones de elementos ya conocidos.  Lo único que puede aportar un cambio de paradigma real, es la incorporación de una innovación tecnológica en la instancia de producción artística. Si los griegos no inventaron la música electrónica es, sencillamente, porque no existía la tecnología que habilitara esa posibilidad.

Ahora bien, la tecnología 3D aporta nuevas herramientas con las que el cine, inevitablemente, se reescribe. Luc Besson hizo un uso formidable de la potencialidad 3D en Lucy, pero no se puede decir lo mismo a propósito de Valerian y la ciudad de los mil planetas. Justamente donde la película reclamaba un uso creativo de una innovación tecnológica real, es donde se vuelve laxa, donde Luc Besson se duerme en los laureles. Repasemos: la historia es la de los agentes Valerian (Dane DeHaan) y Laureline (Cara Delevingne), a los que se les encomienda la misión de recuperar un “objeto” robado. Para hacerlo, deben sortear numerosos desafíos (aquí es donde se abren numerosas subtramas, de distracción interminable) hasta que, hacia el final, descubren que ese “objeto” (que en realidad es un simpático bichito) no le pertenece al gobierno por derecho propio y los agentes especiales Valerian y Laurelin toman la iniciativa sobre lo que les parece justo que deben hacer, aunque desobedezcan órdenes directas de altos mandos. Hay, en esa tentativa, una suerte de moraleja sobre la integridad moral y sobre el amor, capaz de desafiar cualquier ley humana.

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El argumento no es grandioso, pero tampoco está mal. El problema es que, como quien no quiere la cosa, a Luc Besson se le filtró una idea mucho más interesante en el medio, que podría haber hecho de la película una verdadera gema del séptimo arte: la posibilidad de filmar (gracias a la tecnología 3D) las diferentes capas y niveles de realidades múltiples, donde merecía transcurrir toda la historia.

Vista en conjunto, Valerian es una película inofensiva, para pasar el rato, comiendo pochoclos y, desde ahí, funciona perfectamente. Pero toda la secuencia del mercado de los mil planetas encierra una idea que, gracias a la tecnología 3D, merecía ser el foco de atención, el eje de toda la película, y que podría haber sido realmente revolucionaria: la idea de que todos los mundos están solapados, superpuestos, imbricados en el mismo espacio. La idea de que incluso el tiempo es una realidad posible en un conjunto de realidades posibles y que, gracias a la intervención de la tecnología, podemos atravesar esas diferentes realidades.

Es tan obvio, pero tan obvio, que el eje de la película tendría que haber sido ese, que cuando entendemos que la película va por otro lado, no podemos evitar sentir la frustración, la impotencia, que genera una oportunidad desperdiciada. Cuando la misión se complica y los agentes abandonan el mercado, la película encalla. No es sólo Valerian el que se pierde en la Zona Roja (la zona donde no hay comunicación, ni contacto, con la torre de control) sino toda la película. Hasta ese momento, la película es brillante. Luego, se empantana. El desarrollo de la trama se soporta, pero deja de soprender (con la excepcional escena de Rihanna, que dios la tenga en la gloria). Por lo demás, un repaso desalmado de tópicos evidentes. Claro, para disculparlo, podemos alegar que Luc Besson estaba tratando de ser fiel al cómic y no a sí mismo. Podría ser.

Sin embargo, aunque el cómic no haya prácticamente circulado entre el público local y, por lo tanto, no podamos confirmarlo, goza de un prestigio que difícilmente sea inmerecido. De hecho, la sensación es al revés. Probablemente el cómic sea una genialidad total. Los innegables desatinos de la película son responsabilidad pura y exclusiva del director: la bomba desactivada en el último segundo, la falta de carisma de algunos personajes, la impostada intensidad dramática en la secuencia final de Bubble. La intención del director queda clara y es bien intencionada: homenajear al cine fundacional del género. Lamentablemente, muy bien no le salió. De cualquier manera, vale la pena el intento.

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