La Cordillera: el secreto del mal

Por Luciano Alonso

Santiago Mitre apuesta a una película que remite al cine de espionaje de Alfred Hitchcock más que a mostrar episodios verosímiles de la realidad política actual.

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Hernán Blanco (Ricardo Darín) asumió como presidente de la República Argentina hace apenas unos meses. Sabemos que, desde entonces, el curso de su programa político no ha generado gran impacto y que la opinión pública se divide entre la expectación y la desesperanza. Parte de su campaña hizo de su condición de “hombre común” un lema pero, ahora, esa condición comienza a deteriorarse y a mostrar, acaso, sus fallas. ¿No será que, después de todo, se espera de un líder político que se distancie y diferencie de un hombre común? Sea cual sea la respuesta, se percibe enseguida que Hernán Blanco tiene personalidad y que sabe desenvolverse con decisión y soltura, en cuestiones cotidianas. Lo que, a su vez, nos lleva a cuestionar esa visión deteriorada que dinfuden los medios, a propósito de su liderazgo. La explicación posible, que se desliza como una sospecha, es que, quizás, Hernán Blanco no es una persona sin potencial, sino que simplemente no ha tenido ocasión de expresarlo.

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La encrucijada del personaje funciona como prólogo a una situación bisagra que podría ser el eje de la trama: la cumbre de presidentes latinoamericanos que se celebra en la Cordillera de los Andes. Sabemos que el tema que se debate es fundamental, aunque no sabemos muy bien de qué se trata. Algo relacionado con una alianza petrolera posible, que excluya (o no) la intervención norteamericana. Lejos de ser una discusión de rutina, la tensión en el ambiente nos recuerda la verdadera naturaleza del poder y del dinero, aunque en este caso no se trata sólo de dinero, sino de la delicada armonía que media en la interrelación y comercio entre países.
Mientras se desarrolla esta apasionante intriga internacional, otro tanto sucede en la vida privada de Hernán Blanco: el inestable ex esposo de su hija Marina (Dolores Fonzi) posee cierta información sobre un desvío de fondos con el que, probablemente, intenterá chantajearlo. Si bien para el presidente y su círculo más cercano no es prioritario resolver ahora mismo este asunto, sobrevuela como una sombra oscura, dotando a la película de tintes policiales. Tanto sea como medida preventiva o, tal vez, para poder conversar a solas con ella, el caso es que Hernán Blanco le pide a su hija que lo acompañe mientras dura la cumbre. Lo que no espera es que, precisamente entonces, ella tenga un episodio psicótico que hará que la trama dé un vuelco inesperado.
Si bien estos elementos constituyen un entramado complejo, apenas sirven para esbozar una idea aproximada de la película, profundamente rica en numerosas capas y matices. Desde las deslumbrantes locaciones, hotel cinco estrellas y maravillas naturales incluidas, hasta el impecable trabajo actoral del elenco completo, con una Dolores Fonzi que, en la escena de la hipnósis, a poco está de robarse la película completa. Santiago Mitre sabe cómo mantener la tensión, escena tras escena. Sabe dosificar con precisión la información que va revelando, de manera que no decaiga nunca la atención del espectador. Pocas veces se lo ha visto a Gerardo Romano tan preciso y solvente. Ricardo Darín está impecable y si bien estamos acostumbrados a estandares altos de calidad por su parte, vale la pena destacar lo particularmente bien que está en este papel.

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No obstante, el nombre clave en el que, probablemente, haya que rastrear las razones del éxito de la película (más allá de la discutible y azarosa condición comercial) es el del co-guionista Mariano Llinás, cuya influencia en el resultado final es imposible de disimular. La escena en la que los presidentes discuten los pros y contras de la alianza petrolera (donde importa menos quién tiene razón, como quien discute mejor) parece duplicar aquella otra de la Asociación Sol de Mayo (tercer capítulo de Historias Extraordinarias). El presidente de Brasil Oliveira Prete (Leonardo Franco) parece un émulo de Bagnasco (Julio Citarella). En ambos casos, el eje de la discusión se desdibuja, hasta perder sentido. Lo que prevalece es una lucha de egos, donde la personalidad de cada uno se impone sobre la del otro. A su vez, esta dinámica nos hace pensar en lo infantil que pueden llegar a ser los personajes involucrados, a pesar de sus dignidades. Es más, la manera en la que cada cual quiere tener razón nos hace pensar que se trata de un juego. La metáfora es del propio Dereck McKinley (Christian Slater), hombre de confianza del presidente de Estados Unidos, nada menos. Es que, quizás, la política internacional no es más que eso: un juego.

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La mejor literatura no intenta reflejar la realidad, sino que construye una ficción sólida, un universo propio, donde la realidad puede reflejarse o no, pero que utiliza modelos y estereotipos que funcionan más allá de cualquier contexto específico. La realidad, por definición, es inasible. Por lo tanto, cualquier ficción que quiera convocarla, será una versión, cuando no una tergiversación de la realidad. La mejor literatura bebe de las fuentes de la propia literatura y la realidad, a veces, no es más que un corolario de la literatura. Por eso son tan importantes las ficciones sólidas, las ficciones capaces de conjurar el mito de la ficción. Los lectores mediocres le piden a la literatura que sea como la realidad, cuando la única realidad posible es una ficción. Desde luego, es mucho más inteligente y acertado esperar que la ficción imite a la ficción, allí donde mejor funciona. Es decir, en su carácter universal e irreducible. Cualquier lector de Jorge Luis Borges lo sabe de sobra.
Antes que leyendo un manual de política internacional, La Cordillera está construída leyendo a Alfred Hitchcock, con sus consabidos macguffins siempre puestos y dispuestos. Nunca sabemos realmente hacia dónde se dirige realmente la trama. Cuando parece que va para un lado, sucede algo que nos persuade de que se trata de otra cosa y cuando estamos convencidos de ese rumbo, la película da un nuevo golpe de timón, sin perder jamás coherencia, ni forma. Al detectar este recurso, al percibirlo como un desafío tal vez innecesario, muchos criticastros aborrecieron de la película. Al parecer, el exceso de ingenio puede irritar a los intelectuales de pacotilla. En realidad, esta es su principal y mejor característica: pudiendo ser una película más, entre miles de películas, sabe diferenciarse de manera honesta. La cordillera no arriesga a inventar nuevas reglas, sólo se atiene a jugar con las reglas propias y características del mejor cine, sacando ventaja de ello.

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Tzvetan Todorov, al explicar la naturaleza del género fantástico, sostiene que su principal característica es la vacilación del lector en torno a los fenómenos narrados. La Cordillera no coquetea con el género fantástico, sino que, por definición, pertenece a él. El fuera de campo, no es sólo un recurso narrativo, sino que dota a la película un clima de misterio y enigma con el potencial de suscitar emociones profundas en el espectador. Hacia el final no podemos estar del todo seguros de qué acabamos de ver, no podemos estar del todo seguros de qué es exactamente lo que pasó. El final de la película genera más incógnitas que respuestas y esto no es un defecto, sino una virtud. Como sabe todo buen cinéfilo, la estética del enigma suele ser más interesante que su resolución. Así mismo, el final esconde otra lectura posible, un poco más abstracta y metafórica, donde es lícito pensar en el poder de decisión de un hombre y su repercusión e influencia. Cuánto hay de decisivo en nuestros actos y cómo repercute la libertad individual en el destino y viceversa.
La cordillera, como obra conceptual, constituye una reflexión sentida sobre el mal, con todo lo simbólico, abstracto y profundo que ello implica. Por lo demás, como película, contiene numerosos ingredientes para captar la atención del gran público, actuaciones y locaciones increíbles, intrigas y secretos que funcionan en diferentes niveles, donde lo público se mezcla con lo privado y el drama de una familia adquiere resonancias mitológicas universales. En definitiva, estamos ante una película de primera magnitud y es muy triste que no se reconozca su grandeza.

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