Ricardo Strafacce: “En cada pequeña anécdota hay un germen de novela”

Por Pablo Salazar  Fotos: Belén Garbocci

El autor de La escuela Neolacaniana de Buenos Aires repasa su último libro, editado por Blatt & Ríos. Además, habla del sentido de sus obras y la estructura de sus personajes.

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El lunfardo se ha convertido en sinónimo de habla del porteño. Aunque tal definición es poco precisa, existe un sinfín de palabras que conforman el dialecto particular de Buenos Aires, que remonta a épocas de guapos y malevos, de aroma barrial y espíritu tanguero. Por aquellos días, el quía más pulenta era el que le paraba el carro a cualquier gil a cuadros que quisiera zarparse, o era palo y a la bolsa con el primero que quisiera copar la parada. Se hacía respetar más que ninguno, y nunca, ¡pero nunca!,  podía dejarse verduguear. Verdugueo deriva de la palabra verdugo.

La Escuela Neolacaniana de Buenos Aires, última novela del escritor Ricardo Strafacce, editada por Blatt & Ríos, cuenta la historia de una asociación fundada por un grupo de psicoanalistas que llevan a cabo un protocolo de atención a los pacientes basado en el maltrato: el verdugueo. Molestar espiritualmente y castigar físicamente, inspirados en teorías oscuras. Los especialistas complotan en un bar porteño para desarrollar los métodos aplicados, y compiten entre sí para ver quién verduguea más a sus pacientes. La cadena de maltrato aumenta hasta las últimas consecuencias.

 La competencia se torna audaz y sanguinaria cuando el líder del grupo, el Sr. Rodríguez Malo, supera la fase del verdugueo y decide darles “su merecido” a los pacientes para que “asuman su posición narcisista” y “despertar aquello que está metido dentro de lo que es su cobardía moral”. Rodríguez Malo propone un banquete en su mansión del Country Los Cuarteros de Pilar, al que concurren los siete personajes con sus respectivos pacientes.  Allí, todos dejan a un lado los roles de analistas y analizados, para darle lugar a lo violento e inesperado.

La novela termina antes del final. Aunque la historia continua en el mismo sitio, lo que ocurre en el último capítulo es consecuencia -y no consecuencia- de lo que ocurrió antes: “es una coda, para que el lector se olvide de la novela”, describe el autor.

***

No fue una tarea sencilla extirparle las palabras a un autor que cree que sus novelas hablan por él mismo, menos aún en el Bar Varela-Varelita, donde el Strafacce juega de local.

¿Qué es La Escuela Neolacaniana de Buenos Aires y qué representan los personajes que conviven e interactúan en ella?

Es una escuela que no existe y que a mí me dio la excusa para escribir una novela, hace dos o tres años, y se publicó justo ahora que hay una interna, parece, en la escuela de orientación lacaniana, que es la institución oficial. No más que eso. En cuanto a los personajes, para mí  son una patraña. Mi literatura no tiene personajes en el sentido clásico, estricto de su psicología. Son solamente funciones del relato. Por ejemplo, Rodríguez Malo se llama así porque va a ser un personaje malo. Es para cargar un poco la mano de entrada. Mis novelas no tienen personajes. Nadie puede ver que el agrimensor de El Castillo, de Franz Kafka, es un personaje. No sabemos nada de su vida, ni siquiera tiene nombre. Así que no se puede decir que el agrimensor sea un personaje. Simplemente es una función del relato. Recuerdo y me gusta citar al respecto a Macedonio Fernández, autor del Museo de la Novela de la Eterna, quien decía que los personajes era gente de fantasía que muere toda junta al terminar la novela. Hay escritores argentinos que hablan de los personajes como si fueran personas. No es mi caso, en absoluto.

Si la Escuela fue una excusa para escribir la novela supongo que debe existir el puntapié inicial para haber creado esta institución ficticia.

Esta novela comenzó a partir de una pequeña anécdota que me contaron. Y en cualquier pequeña anécdota hay un germen de novela, siempre. Para mí la novela se escribe sola, el relato tiene su propia lógica. No llevo ni una estructura de personajes. Por ejemplo, el final fue inesperado para mí. Lo que ocurre de alguna manera es consecuencia de lo que ocurrió antes. La novela ya estaba terminada cuando los pacientes se van, “como si nunca hubieran existido”.

Parece muy descontracturado decir que una novela se escribe sola, ¿Se puede dejar algún tipo de mensaje a través de ella, de esta manera?

Es muy importante resaltar que es todo en función del relato. Yo nunca quiero decir nada, es más, espero no haber dicho nada. Siempre hay alguien que le encuentra un sentido a las novelas que uno escribe, pero yo nunca lo hago. No pienso en el sentido, yo pienso en el relato. Ese es el único sentido que tomo en cuenta, que el relato avance. Ese es el verdadero sentido para mí. Jamás se me ocurriría dejar un mensaje. Ni en este libro, ni en ninguno. ¿Quién soy yo para dejar un mensaje? El arte no tiene por qué dar mensajes. Eso dejémoslo para los políticos, que están dando mensajes en campaña todo el tiempo. Por suerte los escritores que a mí me gustan no tienen nada que ver con la política. Creo que el arte debe ser autónomo. A veces pienso, ¡qué suerte ser escritor y no ser político!

La interviú, devenida ahora en una charla informal -bien porteña- comienza a surcar por caminos inesperados: el rugby, el fútbol y la política. Los amigos, la bohemia y la historia de Varela-Varelita. Un repentino corte de luz y la prematura muerte de un vaso largo cargado de granadina, luego de recibir un codazo certero por parte del entrevistado. La realidad –ahora sí- superaba a la ficción.

¿En qué estábamos?

Precisamente, todo se trata de “en qué estábamos”. Y nunca estamos en nada. Desde el punto narrativo te digo. No sé en qué estábamos, sigamos.

Ok

Yo quiero que mi lector sepa que está leyendo una novela y no presenciando un vivir. Hay muchas novelas que pretenden remendar la vida, y, como te decía antes, la vida ya es suficientemente triste y tediosa como para andar reproduciéndolas en cuentos y novelas. La literatura de alguna manera es exagerar, porque la que reproduce la vida es un embole. La vida es mejor vivirla, ¿no? Mi obra no representa la vida. Cuando presentamos el libro, alguien me dijo que le había regalado la novela a su terapeuta. Y yo pensé, “la puta si fuera terapeuta y me regalan esta novela, diría: este me quiere matar”.

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Los métodos que utilizan los analistas de la novela están por encima de la subjetividad de los pacientes. ¿En verdad importa más el método que el sujeto?

Conozco de psicoanálisis lo que puede conocer en Buenos Aires cualquier persona de cultura media. Sí puedo asegurar que el sujeto ha muerto fusilado por Foucault hace mucho tiempo. No hay sujeto, no hay hombre. Estamos todos pedaleando en el aire, digamos. La filosofía de la posguerra partió de la idea de libertad. Del sujeto libre, que puede elegir. A partir de fines de la década del 60, el estructuralismo dice no. No hay sujeto, no hay libertad, no hay un carajo. Por eso es problemático hablar de subjetividad. Y por eso, también es problemático hablar de personajes. Porque si no hay sujetos, no hay personas. Si no hay sujetos libres, no puede haber personajes en una novela.

La escuela neolacaniana de Buenos Aires de Ricardo Strafacce.

Blatt & Ríos

132 páginas.

 

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