Leonardo Sabbatella: “En Tipos Móviles hay una centralidad respecto de la identidad, sobre cómo habitar el mundo”

Por Marvel Aguilera  Fotos: Nazarena Talice

En su última novela, el autor de El modelo aéreo despliega sus inquietudes alrededor de la representación en una historia gris, minimalista y plagada de reminiscencias. Un texto atravesado por la imitación y las variaciones pero, por sobre todo, la soledad.

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En la Antigua Grecia la mimesis fue la práctica de representación de una figura mediante sus actos o aspectos centrales. Su origen se remontaba a los ampulosos rituales con que los ciudadanos buscaban encarnar las facultades divinas destinadas exclusivamente a los Dioses. Si bien la experiencia fue un escalafón de audacia y creatividad durante mucho tiempo, todo cambió durante el tercer reinado de Pisístrato en 528 A.C. El tirano ateniense dio rienda suelta al uso de técnicas de engaño hacia el pueblo, entre ellas, la de vestir en los desfiles a una mujer con los atuendos de Palas Atenea y así mostrar el beneplácito que los Dioses tenían para con su gobierno. A pesar de su repentino fallecimiento, aquello le significó el absoluto rechazo de Sócrates y el punto de partida de una confronta contra la mímesis que su discípulo, Platón, llevaría hasta el extremo. En el libro X de La República, el filósofo creador de la Academia fue inapelable: “El arte de la imitación se encuentra alejado de lo verdadero y al parecer realiza tantas cosas por el hecho de que alcanza sólo un poco de cada una y aún este poco es un simple fantasma”. Más allá del salvataje de la mano de Aristóteles, desde su función propedéutica, la mímesis recuperaría recién el rango ontológico con Søren Kierkegaard y su idea de repetición como “recreación de un espíritu libre” y, en especial, con Gilles Deleuze en el reconocido ensayo Diferencia y Repetición (1968). Allí, el pensador francés expresa la necesidad de romper con los hábitos internos para extraer, mediante la repetición, una novedad respecto a lo imitado. Deleuze cree encontrar en la repetición un eco, “una vibración más secreta” que actúa por debajo de las leyes e incluso puede superponerlas: “Si la repetición existe, expresa al mismo tiempo una singularidad contra lo general, una universalidad contra lo particular, un elemento notable contra lo ordinario, una instantaneidad contra la variación, una eternidad contra la permanencia. Desde todo punto de vista, la repetición es la transgresión”.

En su última novela, Tipos Móviles (Mardulce), Leonardo Sabbatella sigue surcando el camino que bien supo abrir con El Modelo aéreo y El Pez Rojo, en un texto milimétrico, fluido e indagatorio alrededor de Pratz, un extraño sujeto que busca dar sentido a su identidad mediante la copia y simulación de lo ajeno. La narración, que sigue los pasos a sol y a sombra del protagonista – como si una cámara corriera detrás de su cabeza – tanto del presente como de sus recuerdos, pone en eje de debate, tal como hiciera Jorge Luis Borges con Pierre Menard, el valor filosófico de la imitación; que, en el caso de Pratz, es más que un lapso, es el sustento mediante el cual logra construir, en palabras de Hans-Georg Gadamer, un horizonte de expectativas.

Aprender a mirar como un pájaro

Cuando Pratz siendo niño ve en la televisión cómo un sastre disfrazado de ave se lanza desde el balcón de un edificio – con ansias de volar – y cae apelmazado contra el frío del llano, una necesidad innata por representar esa situación se adueña completamente de él. En esa escena, ridícula pero trágica, se encierra el deseo que lo acompañará a lo largo de su vida, la repetición: desde la secuencia continua de comer parado frente a la ventana de la cocina y beber la leche de un sorbo; a imitar voces, caligrafía y hasta el comportamiento de un compañero de colegio herido por quemaduras. Todo es absorbido como una esponja y vuelto a expulsar, en un espíritu que se arma y desarma para sobrevivir. Pratz, prototipo del solitario reticente a las grandes urbes de gente, llega a una alejada ciudad balnearia luego de haber sido despedido de varios empleos, entre ellos el más representativo, el de tipógrafo. Invitado por un Geólogo a quien conoce en una lavandería, Pratz acaece en un sitio que pareciera desolado y distante, tanto como para hacerlo sentir un extranjero. Allí buscará continuar con su ritmo inquietante, dejarse llevar, tal cual a su esencia, por los laberintos de la contingencia: tomando un empleo de pulidor de lentes; llevando a un extraño viejo que encuentra en la calle a hacer una serie de trámites; persiguiendo a un hombre cuya campera y aspecto es idéntico al de él. No hay una razón suficiente para delimitar el rumbo de su andar. En ese viaje sin timonel, por contrapartida, deberá soportar las consecuencias que traen aparejadas sus imitaciones: la paranoia, las obsesiones; y el dolor ajeno que se impregna como propio en su ser. “Hay hombres que son perseguidos por vivencias del pasado, pero en el caso de Pratz se trata de vivencias ajenas, que supo de otros”Imitar puede implicar perfeccionamiento, pero también la reproducción de errores que vuelven, una y otra vez, casi como espectros. Sabbatella, dueño de una minuciosidad prodigiosa, recrea un mundo propio, privado, donde las escenas se ponen bajo corriente de los conceptos primordiales de su escritura, la representación y la observancia profunda detrás de los pasos de un personaje, como si el narrador, al describirlo, también lo investigara.

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Tanto en Tipos Móviles como con tu anterior novela, El pez rojo, hay un abordaje de la repetición o la mimesis a través de los personajes, ¿existe una continuidad entre los dos trabajos?

Sí, podría ser una continuidad. En verdad, es un tema que me interesa y que aparece siempre en lo que escribo. Tipos Móviles es una novela que trabajé de forma más deliberada hacia la mímesis: la copia, la falsificación, el simulacro; son ideas que se empezaron a armar tanto a partir de la pregunta por la representación como así también por la de la ficción. A diferencia de los textos anteriores, en esta novela decidí centrarme puntualmente en el tema. Si bien las tres novelas tienen una coincidencia, aunque fuera pequeña, sobre el simulacro o la copia (en sus distintas formas), en Tipos Móviles hay una centralidad al respecto. Existe un comportamiento similar entre Pratz y Víctor, y puede que responda a un interés propio por esa clase de personaje o de criatura: aquellos que buscan una forma de hacerse un lugar en el mundo y que encuentran – o al menos lo buscan – en la mímesis y la repetición una pregunta por la identidad, por cómo habitar el mundo, por una forma de vida.

¿Esa necesidad de mímesis termina siendo contraproducente al tener que asimilar también las penas ajenas?

Ahí hay una ruptura de Pratz en relación a los otros personajes con los que había trabajado. Él es una especie de grado cero de la identidad, un agujero negro de la representación. En cierto momento, el narrador dice que aquello que los otros llaman “propio” en Pratz es “copiar”, ese es su valor diferencial: la capacidad para interpretar y repetir, eso que lo hace distintivo. Es un personaje que tiene una identidad muy plástica, se puede ir adaptando a lo que sucede y, más aun, se adapta a lo que se le impone.

La novela habla de que Pratz es de las personas que se dejan llevar…

Claro. Es de los hombres que no saben decir que no. Entonces, eso lo lleva a situaciones que no ha elegido del todo, las cuales no puede evitar. Pero esa es su forma de vida: a la deriva; una especie de extranjero en su propio mundo.

El escenario del texto es una ciudad balnearia, pero en una época fuera de temporada, algo que termina siendo desolador, ¿a qué se debió esa elección?

Venía de escribir novelas muy urbanas, desarrollándome en otros espacios o geografías, y me interesaba trabajar el de la playa. Es un espacio con muchas propiedades, características muy fuertes, que genera cierto condicionamiento en la conducta; los balnearios parecieran influir los comportamientos de las personas. Además, me gustaba la idea de sacar al personaje de la ciudad, porque uno de los problemas que tiene Pratz es que su lugar, su departamento, su trabajo de tipógrafo; se lo están devorando poco a poco. Allí aparece la intervención de un amigo – jamás podría ser por él mismo – para sacarlo adrede de ese sitio pidiéndole que le cuide su casa en la playa. Eso genera un movimiento, y ese movimiento me interesaba poder observar: lo que sucede cuando un tipo de estas características se encuentra con un lugar que no es su hábitat natural, pero que pone a funcionar una serie de hechos, sentidos y acontecimientos que desbaratan el orden de su vida.

Tus obras se desarrollan en pequeños lapsos de tiempo que, más allá de los flashbacks que utilizas, no conllevan una extensión cronológica en la historia, ¿cuál es el criterio del tiempo que utilizás?

En el tipo de escritura que me interesa, me resulta muy importante el montaje, en sus distintos sentidos, tanto en términos cinematográficos como en las secuencias de imágenes o textos. Es un concepto clave. Una de las formas de trabajarlo es a través de un lapso de tiempo, que es aquel en donde la novela se concentra, en este caso sería el presente: el tiempo de Pratz en la playa. Allí conviven otros tiempos, hay una superposición; en cada escena que uno vive hay anacronismos, donde se superponen distintas cosas que uno ha pasado. Pensar que el tiempo es algo lineal, ordenado y cronológico es no dar cuenta de que es solo una forma que se la ha dado para organizar los hechos, totalmente arbitraria. Es obviar, además, una situación que es mucho más caótica, donde no se sucede una cosa detrás de otra sino todo junto: podes perder tu trabajo y tu novia al mismo tiempo, no hay siempre una causa y efecto. Con la literatura he tratado de desbaratar esa idea de la linealidad, del tiempo cronológico. Hay ordenes más difíciles de representar, de dar cuenta, pero que son más interesantes y ricos para la producción de sentidos. La idea fue: ¿Cómo desarmar una vida? Bien, la vida de Pratz se desarma y se vuelve a rearmar.

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Parecieras muy interesado en todo lo relacionado con las reparaciones de artefactos, el mundo fabril y sus maquinarias.

Hay algo del imaginario técnico que me resulta muy atractivo, que es el imaginario de una época hoy un poco en extinción. Al mismo tiempo, es el imaginario en donde yo me crié. Mi viejo era fotógrafo y tenía un laboratorio fotográfico químico enorme en la casa donde vivíamos. Había grandes máquinas, con una mezcla de trabajo mecánico y manual todavía. A su vez, heredé de mi viejo el gusto por las imprentas, los lugares de impresión, la serigrafía. De ahí que en Tipos Móviles parta de una forma de vida en extinción que, por estar fuera del tiempo, paradójicamente, lo sigue interpelando.

En el último tramo de la novela se habla de que las cosas al repetirse: “vuelven, pero degradadas”. ¿Qué idea conlleva esa máxima?

Tengo la sensación de que las cosas cuando se repiten van perdiendo nitidez. No es más que la idea de la sobreimpresión continua, la que, en algún momento, empieza a fallar. Entonces, en esa repetición se puede encontrar la falla. Ninguna cosa vuelve siempre igual. Hay muchas ideas de Cesar Aira y de Jorge Luis Borges sobre el tiempo que me interesaban y que, si bien no son exactamente la misma, coinciden en que lo que vuelve no es siempre idéntico, y no necesariamente mejor. Es una versión tuya y de tus hechos degrada, de menor resolución.

¿Por qué se dice que Pratz está “a la espera de una misión”?

Pratz es un hombre sin ninguna misión propia, al menos no decidida por él.

¿Su misión es adoptar las metas de los demás?

Si, es tomar las de los demás, generar simulacros, probar otras vidas. El personaje, durante muchos momentos en la novela, es casi un tester, parece estar poniendo a prueba la vida de los otros, ejecutándolas. Lo que me interesaba era la idea de prueba y ensayo, de testear; imitar desde una forma de ver cómo es el otro.

¿Notás un eco conceptual que se reafirma en cada nueva obra que publicás?

Son los temas que me interesan. Hay algo de la fatalidad del estilo al que caí. Particularmente, me interesa la literatura que trabaja con las variaciones. Pareciera que hay autores que escriben siempre el mismo libro, pero no es así, el libro no es siempre el mismo. He trabajado con las mismas ideas, los mismos temas, la misma materia, pero en todo eso siempre hubo variaciones. Quizás es más fácil verlo en la pintura:  si un artista pintara toda la vida el mismo cuadro veríamos cómo a lo largo de los años ha podido ir cambiando su estilo o, en todo caso, podríamos observar las variaciones en los detalles. No es siempre lo mismo lo que pinta, pero al mismo tiempo sí lo es, porque hay una continuidad en términos temáticos, de motivos; hay una recurrencia. Pero también, en contrapartida, hay variaciones, y en esas variaciones se encuentra la literatura, allí está el sentido.

Tu primera novela, El modelo aéreo, cautivó por la originalidad que guardaba su estructura. No obstante, decidiste cambiar abruptamente en tu siguiente libro, pudiendo haber continuado con esa probada receta. ¿Qué te motivó a semejante cambio?

Fue parte del trabajo con las variaciones. Uno puede encontrar una serie de continuidades entre El modelo aéreo y El pez rojo, pero también un montón de rupturas. Después de la primera novela, tenía muchas ganas de hacer una obra que fuera contraria, su negativo. Si El modelo aéreo era un texto con una enorme cantidad de personajes, que todo el tiempo aparecían recomponiendo ese gran mapa de efectos de las dos muertes; en El pez rojo quería algo completamente contrario, ir a un solo personaje y ver hasta dónde se podía sostener. Y la misma estructura de El pez rojo hizo aparecer otras cosas: el montaje; el sentido de la ficción creando ficción a través de los personajes. Son otras formas de escritura que me parecieron interesantes. Hay en ellas, si se quiere, un positivo y un negativo de lo mismo. En Tipos Móviles, la idea fue tratar de ver si era posible conciliar ambas cosas: trabajar con algo que hable todo el tiempo para romper la trama y desviar la linealidad y, a su vez, con la idea de estar observando siempre al mismo personaje. Es pensar la novela como una investigación privada, un proceso de indagación biográfico sobre el personaje como si una cámara lo estuviera siguiendo todo el tiempo.

Trabajás también como critico literario, analizas textos y autores, ¿cuál crees que es el rumbo que está tomando la literatura en la actualidad?

No lo tengo claro. Lo cierto es que una de las características de la época es la atipicidad: hay muchos autores distintos, con proyectos autónomos; puede haber alguna corriente, pero es difícil ordenar eso en el presente. No vivimos en una época donde haya grandes corrientes, podemos hablar de ciertas tendencias o algunas agrupaciones con inquietudes similares, pero no hay un estado de situación totalizante ahí.

¿La de César Aira es la corriente más importante del país?

Aira es una de las tendencias, quizás la más proteica y una de las que más me interesa. Pero también podría decir que hay una tendencia fuerte hacia el policial; hacia la literatura del yo; entre tantas cosas que están ahí, que te pueden gustar más o menos, pero que sería de miope negar.

Hablamos del tema que es recurrente en tu obra, ¿cuál es el tema que no está presente en tus libros y te interesaría abordar?

Es difícil pensar en temas. La pregunta por la representación está, y calculo que seguirá estando; de allí se derivan muchas cosas. Tengo algunos proyectos, pero no estoy seguro si ligados a núcleos temáticos, más bien son de núcleos formales. Parto de formas más que de temas. Sí hay algo que me interesó en su momento y que puede que llegue a tomarlo algún día, es sobre el mundo del trabajo. Hay una serie de oficios y profesiones que me interesaría poder abordar. El mundo del trabajo me resulta muy atractivo y complejo: se pueden decir banalidades muy fácilmente y hay que tener cuidado con ello. Generalmente cuando se quiere representar al trabajador o a los sectores populares se termina cayendo en miradas miserabilistas, estigmatizantes; que ponen el foco en la carencia, en la falta, y no logran revertir esos estereotipos. Es una cuestión compleja que amerita un abordaje interesante, que en pocas ocasiones se ha logrado. Una de las formas que rescato es la novela El trabajo de Anibal Jarkowski, también la película Réimon de Rodrigo Moreno. Allí se pone en crisis esta idea de los lugares comunes; bajo el discurso de la representación realista se esconden los procedimientos de miserabilismo.

Si hablamos de repetición, ¿qué volverías a repetir de tu propio pasado?

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Me cuesta segmentar o separar. Tiendo a ver el pasado más como un bloque algo monolítico, que viene entero. Debido a que las cosas no son lineales ni se dan separadas, tengo la sensación de que cualquier elemento que quiera aislar viene atado a otras cuestiones que pasaron, antes o después, o en simultaneo. Una de las cosas interesantes de la literatura es ver cómo se invierten los órdenes o las relaciones de poder. Uno puede someter su vida o su pasado a cualquier tipo de operación, delación o maniobra para invertir todo. He escuchado a muchos escritores decir que cuando descubren la escritura encuentran una forma de poder, y esa forma de poder puede someter a tu propio pasado: atribuir tu historia a personajes, invertir, alterar, corromper; es una materia que está ahí para trabajarse.

 

Tipos Móviles de Leonardo Sabbatella.

Mardulce Editora

144 páginas.

 

 

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