Los 66 solitarios de Rodolfo Wilcock

Por Esteban Galarza

La bestia equilátera continúa con su tarea de rescate obras argentinas descuidadas al editar El estereoscopio de los solitarios, una compilación de microrrelatos que reflexionan sobre las relaciones humanas y los problemas que conllevan.

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El caleidoscopio es uno de los juegos ópticos mas conocidos en el mundo. Inventado a principios del siglo XIX por el físico escocés David Brewster, el artefacto consiste en un tubo alargado que contiene tres espejos que forman un prisma triangular. En un extremo del tubo hay un orificio que deja pasar la luz y además se colocan láminas de colores o vidrio fragmentado de color que al girar refleja un sinfín de formas que el ojo puede observar a contraluz y solo girando ese tubo.

La diversión que genera un caleidoscopio es extraña. Las formas suelen ser siempre bellas pero imposibles de compartir, porque solo puede ser visto por un ojo a la vez. Al girar otra vez el tubo, la forma se pierde en el infinito y resulta difícil transmitir el hallazgo a otra persona. De algún modo, la imagen queda encapsulada en lo efímero la experiencia y la diversión.

Rodolfo Wilcock supo tomar nota de la diversión entre egoísta y solitaria de este artefacto y lo reprodujo en un libro de microrelatos: El estereoscopio de los solitarios. El autor argentino nacionalizado italiano despliega en él 66 historias cortas, apenas esbozos de algo que podría ser mayor pero que aún así permiten sacar lustre de esa arista que se muestra. El título da cuenta de una estética que trabaja una pluralidad desde la individualidad; estéreo es un tipo de sonido que envuelve desde ambos lados a quien escucha. Al mismo tiempo, el nombre remite a un caleidoscopio, juego óptico para un solo individuo.

En cada microrelato, Wilcock despliega historias de burgueses, muñecos, seres fantásticos, pordioseros, bandidos, eremitas, adivinos y un sinfín de personajes muy particulares. Si bien existe un pacto con los lectores, que saben que el mundo que despliega el autor es una ficción,  de a poco se percibe un extrañamiento que produce  una incomodidad real. De algún modo, los protagonistas nunca se encuentran con un otro, y cuando eso sucede se produce la tragedia, como si fuese imposible el contrato social roussoniano.

El estereoscopio de los solitarios fue publicado en Italia en 1972. En aquel entonces, Wilcock era un personaje literario importante que había llamado la atención de autores y pensadores de la talla de Alberto Moravia, Pier Paolo Pasolini o Italo Calvino. Su pensamiento entró en consonancia directa con el de esos pensadores, y terminó desarrollando un abanico de posibilidades a partir del humor mediterráneo adquirido en Italia mezclado con una nostalgia rioplatense muy fuerte que llevó consigo cuando se fue de Argentina en 1957.

Los mundos que despliega no carecen de ternura, como el relato del centauro ermitaño que pinta sus sueños; o el de un grupo de muñecas que, olvidadas en un armario, deciden componer obras literarias de su propio tamaño; o el relato de una bestia que nadie quiere por ser bestia pero que es solícito con una comunidad entera. Pero al mismo tiempo, aquellas historias conviven con otras de una extraña crueldad, como la del bandido que masacra a una familia que le da asilo, o la de un cosmonauta que es eyectado para siempre al espacio en un juego cruel de sus compañeros. Y hay otros aún más delirantes, como el relato de una gallina crítica literaria; o el de una actriz que representa una sola obra para una persona a la vez.

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El gesto efímero se confunde en todo momento con el grotesco, el ridículo y la melancolía. De algún modo, Wilcock ve en esos mundos fragmentados como pequeños vidrios de colores, pedazos olvidados de existencia humana, que puestos a la luz de su escritura relucen con un brillo que conmueve. Y la fuente su creación parece retroalimentarse de esa fragmentación y soledad, como bien escribió en una suerte de declaración de principios: “La soledad nos hace hacer, porque de lo contrario corremos el riesgo de caer en la inexistencia. Lo mismo vale para Dios.”

El redescubrimiento de su obra es cada vez mayor y las ediciones de El Caos y ahora de El estereoscopio de los solitarios por La bestia equilátera refuerzan la sensación de que la literatura argentina debe recuperar autores que el canon exilió, o al menos visitarlos y rendirles homenaje hacia donde quiera que su soledad los haya dejado.

El estereoscopio de los solitarios de Rodolfo Wilcock.

La bestia equilátera

198 páginas.

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